«Dersu Uzala», pureza sin blandura

El guion está basado en las memorias escritas en 1923 por el explorador Vladímir Arséniev (1872-1930) sobre Dersú Uzalá, un hombre de la etnia hezhen que acompañó a sus hombres durante varias expediciones por la región siberiana de Sijoté-Alín [1]

Publicado por Rodrigo Cortés en ABC el domingo 29 de marzo de 2020.

El cineasta japonés Akira Kurosawa filmó en 1975 Dersu Uzala, «una de esas raras obras de arte capaces de abrir las nubes en los días más oscuros»

Arrancaban los 70 en el Japón -y en todo el mundo- y Akira Kurosawa, tótem nacional en teoría intocable, trataba de sacudirse una depresión en forma de ola que lo había arrastrado a las puertas del suicidio. La trágica belleza de su película «Dodes ‘Ka-Den» no le había impedido darse de bruces contra la taquilla; la estrella de Kurosawa, tan necesitada de triunfos como la de cualquiera, se apagaba. Sumido en un profundo abismo, Kurosawa se cuestionaba su capacidad creadora; los estudios japoneses se alejaban de él, le era imposible financiar nada; sólo en la idea de la muerte, que planeó con cuidado, encontraba reparación y alivio. Por fortuna, no sólo el estreno le fue mal, también fracasó su intento de suicidio. Y, como sucede siempre, las nubes que parecían tapar el cielo fueron apartándose del modo más inesperado.

Akira Kurosawa

A unos siete mil kilómetros de Tokio, la compañía soviética Mosfilm, fundada en 1920 (los amantes de Eisenstein reconocerán su logo, con el obrero y la koljosiana mano a mano), insatisfecha con la calidad de sus propios autores, invitaba a Kurosawa a Moscú para beber de alguna fuente rusa. Kurosawa llevaba décadas tentado de adaptar las memorias de Vladímir Arséniev, escritas cincuenta años antes, y ahora, surgida de la nada, se le presentaba la ocasión, para la que sólo impuso un requisito: conservar el control creativo. El capitán Arséniev, nacido en 1872, fue un explorador y naturalista de San Petersburgo que cartografió para el ejército varias áreas del Extremo Oriente ruso. En una de sus exploraciones por la región del río Ussuri, conoció a un nativo singular, un anciano cazador nómada de la etnia hezhen (un nanái) que lo ayudó varias veces en los bosques siberianos del Sijoté-Alín. Así comenzó todo.

Un cazador nómada de la etnia heznev al que el capitán Vladímir Arséniev había conocido en Siberia inspiró al protagonista de «Dersu Uzala»

Tres años de producción

La producción de «Dersu Uzala» duró más de tres años; el rodaje, en los abruptos parajes originales (los bosques boreales de la taiga), fue arduo y lento. El perfeccionismo de Kurosawa irritaba a los responsables de Mosfilm, que habrían deseado recibir más material diario, más eficiencia; le dejaron hacer, sin embargo. La madre naturaleza, a veces una tía avinagrada, pocas veces colabora (directores montaraces como Herzog lo saben), pero entrega su propina a quien sigue el camino del salmón.

Las peleas fueron continuas, las sublevaciones, frecuentes: el equipo de cámara cambiaba cada semana. Del centenar de hombres y mujeres que engrosaban el grupo, sólo seis eran japoneses, y sólo había un intérprete. Llovió, nevó, salió el sol; a veces todo a la vez; todo lo aprovechó Kurosawa con propósitos simbólicos o estéticos, logrando por el camino algunas de las imágenes más bellas jamás filmadas (como la escena, casi muda, de la ventisca inclemente en el lago helado de la tundra, un hito irrepetible en la historia del cine); ninguna tan hermosa, sin embargo, como el propio retrato de Dersu, ese hombre bueno y sin mansedumbre conocedor de la implacabilidad de la taiga y la inminencia constante de la muerte.

Perturbadoramente bella

¿Cuántas veces ha entregado el cine una obra tan conmovedora y franca, tan humana, tan brutal, tan real y hermosa, tan transformadora, tan perturbadoramente bella, de tal pureza? ¿Cuántas veces se ha reflejado así la hermandad, la amistad honda y sencilla, la pérdida de las fuerzas, el paso de la vida? ¿Cuántas veces ha quedado el espectador tan callado? «Dersu Uzala», una flor entre las grietas, es uno de esos logros singulares que pueden verse siempre, sin motivo ni fecha, sin aniversarios ni excusa. Una de esas raras obras de arte capaces de abrir las nubes en los días más oscuros.

[1]