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Ciencias Sociales

Tema 11: El área del Pacífico asiático: sociedad, política y desarrollo económico

El presente tema es tan vasto como lo son las áreas históricas, geográficas y culturales a las que se refiere. Asia es más un concepto que una realidad, debido a la profundidad de esa tan respetable región del mundo. Algo similar ocurre con el Pacífico, cuya superficie y recursos exigen un verdadero esfuerzo de imaginación.

Es obvio, por tanto, que las consideraciones aquí realizadas tan solo tendrán un carácter de aproximación muy esquemática a las complejas realidades que se esconden tras estos enunciados. Para preparar este tema de la oposición de profesorado de Geografía e Historia queremos plantear estas cuestiones, por supuesto, no de forma exhaustiva, pero sí lo más objetiva posible para que luego, cada uno pueda desarrollar o ampliar esta fascinante materia a través de los enlaces y la bibliografía recomendada.

El área del Pacífico asiático

Comencemos considerando el área del Pacífico asiático como un escenario. Calificarlo de gigantesco sería, incluso, correr el riesgo de quedar corto. No hay pautas para graficar su dimensión física o geopolítica, profundidad cultural, su historia y su geografía. Pero muy especialmente para calificar su rol en la historia futura.

Breve descripción geográfica

El área Asia‐Pacífico, concepto más académico que real, está integrada, de una u otra forma, por todos los países que tienen un significado político o económico en el mundo de hoy. Todos están presentes allí, físicamente o a través de territorios de su pertenencia.

La Cuenca del Pacífico constituye una enorme masa que equivale a un tercio de la superficie total y contiene la mitad del total de agua del planeta. Naturalmente, incluimos en esta cifra los territorios de los Estados ribereños, entre los cuales figuran las dos superpotencias, prácticamente todas las medianas potencias, China y casi todas las potencias emergentes cuyos recursos naturales las hacen respetables. El Asia es el continente multitudinario, de culturas milenarias. El Pacífico es un mundo todavía casi vacío, en términos comparativos. En conjunto, están constituyendo no sólo el gran centro de interés del mundo de hoy, sino que un desafío integral que se está comenzando a comprender poco a poco en su real dimensión.

Descubramos ahora este enorme escenario. Nuestra preocupación se centra sobre los países asiáticos ribereños del océano Pacífico: Japón, China, Corea y la Unión Soviética, en su dimensión asiática; luego, más al sur, los países miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), especialmente Filipinas e Indonesia; más adelante, Nueva Zelanda, Australia y Papua Nueva Guinea, para concluir con el enorme y desparramado mundo insular del Pacífico norte y sur, básicamente, la Micronesia, la Melanesia y la Polinesia. Se trata de un variado conglomerado humano diverso en todo, pero unido en el interés que está provocando en el mundo exterior.

Antecedentes históricos

La historia de la Humanidad en Occidente, ha sido escrita básicamente por los europeos. Por tal motivo, continentes y mares surgen o desaparecen en la medida que los países europeos llegaban o dejaban determinadas partes del mundo. Pero Asia y el Pacífico existían desde mucho antes, y sus pueblos habían desarrollado vastas culturas de aporte a la civilización y ejecutado proezas sin límites, verdaderas epopeyas que sólo recién comienzan a vislumbrarse, después de serias y prolijas investigaciones históricas.

Antes de su descubrimiento por los europeos, el océano Pacífico había sido el teatro de grandiosos viajes de conocimiento y comercio realizados por los antiguos pueblos navegantes de la región.

Pero limitémonos a decir, por ahora, que esta área del mundo ha sido el centro de vastas y profundas culturas políticas, religiosas, que trajeron vida y desarrollo e impulsaron los intercambios recíprocos desde tiempos muy pretéritos. Los chinos han estado presentes en todas las áreas antes descritas, donde día tras día se están encontrando nuevos vestigios que así lo confirman. Los maoríes, nombre genérico tradicional de todos los polinésicos, vinieron probablemente de la región que hoy ocupa Indonesia, y desarrollaron civilizaciones respetables en diferentes áreas de ese mundo marítimo. Su aventura, desde las islas del sudeste asiático hasta la isla de Pascua —hay muchos que sostienen que llegaron y tal vez poblaron América— ha sido desconocida, pero paulatinamente investigaciones cuidadosas comienzan a dar luz acerca de pueblos que parecían no haber hecho aporte alguno de civilización, sino que habrían sido más bien simples receptores. Incluso los aborígenes australianos, que hasta principios de siglo eran considerados simplemente como “las más atrasadas criaturas humanas del universo” o “el más bajo tipo de vida humana de nuestro planeta”[1], han cambiado su imagen, y hoy se les ve como forjadores de una imaginativa forma de civilización, que numerosos libros y museos australianos les sirven de testimonio.

Lamentablemente, estos pueblos no escribían o sus escrituras se han perdido o no han podido ser descifradas, motivo por el cual sus epopeyas (distancias grandiosas, medios primarios, ambiente hostil), no han podido perdurar.

No vamos a entrar, naturalmente, en los orígenes misteriosos y casi mágicos del Asia y del Pacífico. Las distancias son, aun para los parámetros de fines del siglo xx, incalculables. De la costa australiana del Pacífico (digamos, Sydney) hasta Perth, en el lndico, casi cinco horas en un super moderno jet; en los buenos trenes chinos, de Huhehot, capital de la Mongolia interior y poco al norte de Pekín, hasta Cantón, hay cuatro días ininterrumpidos de viaje. La distancia marítima entre las islas del Pacífico, que tan cerca se ven las unas de las otras en los mapas, son casi interminables, incluso si sus aguas fueran inmóviles, lo que, como es sabido, no es el caso. Sólo para dar una idea más gráfica, podríamos señalar que toda América es la cuarta parte en extensión de la Cuenca del Pacífico, y podríamos agregar que es posible que tenga, a pesar de las riquezas de nuestro continente, cuatro veces más recursos. En el fondo del mar recién estamos en el período de recolección, si pensamos en los nódulos poliminerales, o bien extrayendo tímidamente el petróleo desde profundidades aun relativamente pequeñas.

Analizada como un todo, parece ser que Indonesia está en el corazón de la región, dando la impresión de ser el centro de un mundo que hace miles de años estallara en mil pedazos, desparramando islas y culturas, por aquí y por allá. Difícil es saber cuántas islas hay en esta zona; Filipinas, solamente, tiene más de 7.000. No hay que olvidar, por otra parte, que el nombre del lugar donde se encuentran las llamadas “islas benditas” del Capitán Cook, la Polinesia, viene de las expresiones griegas “poli”, o muchas, y “nesos”, islas. Sin embargo, a pesar de ese elemento que podría ser disociador, hay algo en común, y es con ese concepto que debiéramos quedarnos por el momento. La transfusión permanente desde uno a otro lado del Pacífico, por la cual se han inclinado muchos tratadistas[2].

La historia va girando y con ella surgen y desaparecen culturas y centros de poder. Lejana está la época en que los juncos chinos iban de un lado al otro, recorriendo las costas asiáticas del Pacífico, comerciando por aquí y por allá. Con el reciente impulso que ha tomado últimamente el interés por las antigüedades, resulta extraordinariamente atractivo observar hoy en el comercio especializado malayo o indonesio, jarrones, porcelana y otros objetos chinos provenientes de esas épocas, que aparecen de excavaciones impulsadas por el desarrollo y que testimonian épocas de comercio floreciente y de estrecha vinculación. Nadie podría así negar tales evidencias. Luego llegarían los europeos, españoles, portugueses, holandeses, ingleses y franceses, que iniciaron otro tipo de comercio, no ya de trueque sino de importación, plagado de riesgos, y que dio origen a fortunas incalculables. Justo es reconocer, sin embargo, que los primeros en radicarse fueron los holandeses, pueblo de ilustres y valientes descubridores, quienes fundaron la primera colonia europea en Timor, en 1516.

La penetración europea en el Asia, igual que como ocurrió en el Pacífico, está plagada de aventuras, de las más interesantes de la historia de la Humanidad. Ante la imposibilidad de recordarlas todas, pensemos solamente en los últimos momentos de Magallanes— relatado por uno de sus subalternos, Pigafetta— luchando cuerpo a cuerpo con los aborígenes cebuanos de Mactán (Filipinas) con una flecha en una pierna, un brazo herido con una espada de bambú, y luego, en el asalto final, sobre este hombre herido, que en su desesperación había hecho quemar, pocas horas antes, todas las casas del villorrio. Y así, como decía aquel oficial, hasta que mataron a nuestro espejo, nuestra luz, nuestro apoyo y nuestro guía”[3].

Acontecimientos similares ocurrían en las más diversas latitudes de esa interminable región. Laperouse jamás habría podido imaginar —mientras disfrutaba en Concepción, Chile, días pletóricos de felicidad entre fiestas, bailes y tantas demostraciones de gentileza de toda índole de la sociedad penquista, en febrero de 1786, para todos quienes habían llegado en la Boussole— que su fin sería prácticamente similar en el alejado atolón de Vanikoro —como solamente se supo hace menos de diez años— en el archipiélago de Santa Cruz en las Nuevas Hébridas (hoy Vanuatu), “en un paisaje verde de kaoris, caimanes y oscuros melanésicos”[4].

Y junto a ellos fueron llegando tantos otros, los primeros de los cuales recordamos, hasta ahora, como los holandeses Tasman y Roggeveen, los británicos Dampier, Anson, Cook, Byron, Wallis; los franceses Bougainville y d’Urville. Pero tal vez el más importante de todos fue el Capitán Cook, el glorioso navegante del Endervour, descubridor de tantos lugares, de cuyos viajes resultó más civilización, más comercio, violentos cambios de vida y, en una palabra, una de las más grandes epopeyas del hombre en su avidez de conocimiento y de poder. Coetáneamente con tan ilustre navegante, Rusia se convertía en la primera nación europea con actividades colonizadoras en Asia. Imposibilitada de adquirir Constantinopla, bloqueada por Inglaterra en Persia, comenzó a observar hacia el este. A fines del siglo XVII ya había alcanzado el mar de Bering, tomando algo de Manchuria y construyendo Vladivostok, su único puerto en aguas templadas.

Así, entonces, se iba desarrollando un segundo descubrimiento del Pacífico, que comenzó cuando Vasco Núñez de Balboa, “de infortunada vida y de lamentable muerte”, descubriera, en 1503, el océano Pacífico. Existiendo detrás de cada uno de ellos un reino y un poder político, pasaron a ser los adelantados de un poder extraño a la zona, que con el tiempo se iría haciendo más y más fuerte, dando origen a la presencia europea que, de una u otra forma, aún perdura. Así ocurrió por todos lados, pero muy especialmente en Australia y Nueva Zelanda, donde los europeos lograron consolidar importantes puntos de apoyo para toda la zona del Pacífico.

Igual cosa ocurrió en Asia, donde los europeos intentaron, hasta lograrlo, quebrar la autoprotección fijada por el gigante de la zona, China, usando puertos de avanzada conquistados, primero, económica, y después, políticamente, en el sudeste de ese continente, en especial en Indonesia, Malasia, Filipinas, Hong Kong y Singapur. Esa área permitió a Occidente contar igualmente con un apoyo en el continente, facilitándole la adquisición de bienes entonces muy apetecidos en Europa.

Japón, aún cerrado por esa misma época, constituía otra área codiciada, tal como lo eran por esos mismos tiempos —fines del siglo XVIII y comienzos del XIX— Australia y Nueva Zelanda. Estos últimos habían sido dejados de lado durante siglos. Hay pruebas que confirman cómo desde épocas muy pretéritas hubo navegantes que avizoraron sus costas pero no les dieron importancia, empeñados como estaban por llegar a otra Asia, tan rica como la conocida, que esperaban encontrar en ese vasto espacio de océano que, según ellos, no podía estar vacío. Los fuertes vientos del sur los alejaron de esa zona, aun cuando hoy se sabe que ya Luis Vaez de Torres fue el español que pasó más cerca de Australia en 1506, a través del estrecho que lleva hoy su nombre y que separa ese país ‐ continente de Papua Nueva Guinea.

Pero al no ver a Australia, Torres nada perdió para la Europa de esos años, que buscaba sedas y especias. Por lo demás, fue un error el que permitió poblar a Australia. Cook y su científico Joseph Banks visitaron Botany Bay, en la costa del Pacífico, bautizada así por la cantidad de plantas de todo tipo que en ella encontraron en una época húmeda, pero creyendo que se trataba de la temporada seca. Si realmente hubiesen sabido lo poco fértil de su suelo y el sofocante calor del verano, diferente habría sido el informe que presentaron respecto de las características de Australia. Sin duda que en ello influyó la pérdida de sus colonias americanas en 1776, pues tal vez, de otra forma, no habría habido presencia inglesa en la zona, a partir de 1788, desde donde alcanzaría posteriormente a Nueva Zelanda[5]. Fue en esa época cuando por primera vez llegó a esas costas, después de un tedioso viaje de 36 semanas, una flota de once barcos al mando del Capitán Phillip, transportando mil personas a bordo, en su mayor parte convictos, quien confirmó que la descripción de Cook y Banks estaba plagada de errores, y hubo de cambiarse hasta Port Jackson, hoy Sydney, lugar que describió como “la más bella bahía del mundo”, en lo cual tal vez no estuvo equivocado. Pero ni Torres ni Cook ni menos Phillip estaban en condiciones de ver las montañas de uranio, de cobre, de oro, de plata y tantos otros minerales que hacen de Australia uno de los países más ricos del mundo actual.

Antes de comenzar a rivalizar por el Pacífico y sus posibilidades, los europeos habían luchado por el control del transporte a través del Atlántico y del Indico. En este último, Gran Bretaña había logrado el más rico premio, la India, aun cuando —gran ironía— no controlaba ninguno de los dos accesos marítimos a esa región. Los holandeses controlaban el cabo de Buena Esperanza, donde habían creado prontamente un puerto de atraque, Table Bay, cerca de Ciudad del Cabo, desde donde obtenían agua fresca, verdura, carne, madera y ayuda para sus barcos que hacían la ruta hacia el Asia. A partir de 1653, incluso había holandeses viviendo permanentemente en Ciudad del Cabo. Desde ahí, el viaje se hacía directamente hasta Jakarta y no les resultaba necesario buscar otros puntos de escala. Los españoles, por su parte, controlaban la otra vía, el cabo de Hornos, obligando a los ingleses a difíciles travesías, plagadas de aventuras entre las cuales revisten interés especial la recalada de Drake en la isla Mocha y la de Anson en Juan Fernández, al descartar los protegidos puertos españoles de Concepción y de Valparaíso, respectivamente.

Llegamos así hasta mediados del siglo XIX, siendo todavía el Pacífico considerado como un muro, más que un puente entre Oriente y Occidente. Asia atraía la atención de Europa, pero básicamente de Gran Bretaña, y en forma especial el comercio. Toda la segunda mitad del siglo pasado, hasta la guerra chino‐japonesa de 1894-95, puede ser descrita como la del gran atractivo por impulsar el comercio con ese continente. “El comercio era lejos nuestro mayor atractivo; ni siquiera pensábamos a través de él llegar a crear un imperio”[6]. China, en particular, figuraba ante los ojos británicos como una especie de “El Dorado” comercial, ofreciendo ilimitadas perspectivas para una gran nación manufacturera, como lo era Gran Bretaña. La diplomacia británica perseguía entonces, con los métodos de la época, la apertura del mercado chino, intentando destruir o neutralizar los focos de resistencia activos y pasivos de los chinos a la penetración extranjera.

A pesar de tales esfuerzos, esta situación dio origen a las guerras del opio con puntos álgidos en 1840, 1857 y 1860. Lord Napier, el primer representante permanente británico en China, tenía instrucciones de atenerse a las reglamentaciones chinas y considerar sus características propias[7]. Los medios usados —el tráfico de opio importado desde la India a Cantón— fueron moralmente escandalosos, como lo fueron las guerras a que este dio origen. Sin embargo, habría que recordar que cualesquiera fueran los objetivos que tuviera en mente, ni Gran Bretaña ni ningún otro país europeo intentaron alterar la integridad del Imperio Chino.

Estados Unidos, por su parte, estaba intentando lograr la apertura del Japón al comercio con el exterior, esfuerzos en los que era seguido igualmente por Gran Bretaña. El Comodoro Perry fue apoyado por Lord Elguin, logrando suscribir convenios comerciales cuya génesis no está exenta de las más extraordinarias peripecias políticas y diplomáticas. Esta penetración extranjera en Japón provocó en ese país tremendas luchas intestinas, entre partidarios y contrarios de la misma. Simultáneamente, esas naciones perseguían evitar una lucha abierta entre Japón y China, no por solidaridad humana, sino que simplemente por cuanto ella podría debilitar a ambas potencias en beneficio de Rusia, que estaba incrementando su presencia en la zona. Esa alternativa no figuraba, naturalmente, como la más favorable a Europa occidental y a América. Sin embargo, los enfrentamientos directos entre los dos gigantes asiáticos, por Formosa, Corea y las islas Ryukin, nada positivo hacían presagiar.

Todo cambió, sin embargo, después de la guerra chino-japonesa. El comercio se hizo floreciente con Europa, dando paso al establecimiento de otros intereses: transporte marítimo, barcos seguros, inversiones europeas, lo cual no estaba, como es obvio, exento de complicaciones políticas. Así, las relaciones con China y Japón, pero muy especialmente con la primera, estaban entremezcladas con lo político y constituían una de las primeras prioridades diplomáticas europeas. Tanto era así, que se decía que para entender los asuntos europeos era indispensable comprender los problemas de China, hasta el extremo de que la situación política de una esfera afectaba la de la otra[8].

Olvidada estaba la época de preservar la integridad de China. Las potencias europeas habían considerado que una China fuerte era el más poderoso muro para evitar la expansión rusa al sur de Asia. Inglaterra llegaba a pensar que aquella podría llegar a amenazarle la India. Pero una vez que se consideró difícil salvar a China del desmembramiento, hubo un violento cambio de política y comenzó la batalla por las concesiones, una verdadera carrera por obtener áreas de influencia y adquisiciones territoriales. Naturalmente, ninguna potencia europea se preocupaba entonces de China por motivos altruistas, sino pensando en su propio beneficio. Estas concesiones fueron definidas en la época como “una región del Imperio chino en la cual un determinado poder extranjero tiene garantías jurídicas preferentes o exclusivas para invertir”[9]. Favorecidas por tal régimen, surgieron Francia en el sudoeste, Rusia en el norte y Alemania en Shantung, junto a Gran Bretaña en el valle del rio Yangtzé.

Estados Unidos estaba entonces comenzando a adquirir importancia en el área, básicamente tras la guerra con España que le permitió la adquisición de las Filipinas tras la guerra filipino-estadounidense. Pero ya sea a través del apoyo a Japón contra Rusia o a través de tantos otros ejemplos, los europeos y americanos se fueron haciendo fuertes en la zona, llevando hasta allá sus propias rivalidades. El propósito de evitarse problemas entre socios en el mismo proyecto será claramente expuesto en las instrucciones impartidas por el Presidente McKinley a su Comisionado de Paz: “No pretendemos ninguna ventaja en el Oriente, que no sea común para todos”, aplicación lisa y llana del principio de puertas y ventajas para todos o para ninguno.

La aventura asiática no estuvo, sin embargo, exenta de los más altos riesgos. Uno de los más extraordinarios, entre tantos otros, ocurrió el 2 de junio de 1900, cuando las once Legaciones extranjeras residentes en Pekín fueron asaltadas por los boxers y la tropa imperial china, a lo cual siguió un sitio de 45 días al barrio diplomático, obligando a una defensa por medio de las armas. Estos sucesos, conocidos como el levantamiento o la guerra de los boxers, constituyeron un hito en el desarrollo de la China moderna, provocando una crisis interna que puede haber influido en la caída misma del Imperio, once años después. Asimismo, afectó profundamente las relaciones del Celeste Imperio con el mundo exterior, que de una u otra forma aún perdura. Desde entonces, los dirigentes chinos han debido controlar cualquier desborde en contra de extranjeros. Durante el proceso que condujo a la victoria de los comunistas en 1949 y sus primeros años de consolidación en el poder, con motivo de la Revolución Cultural de los años 60, y ahora, con motivo de la progresiva presencia extranjera en la vida china, se ha hecho lo posible, a pesar de todo, por evitar la repetición de actos de esa envergadura, lo que se ha logrado, con la excepción de los abusos cometidos por los Guardias Rojos, especialmente en 1967[10]. En aquellos tiempos la lucha había tomado características de guerra civil, alcanzando incluso a quienes se consideraba sospechosos de tener simpatías “por los bárbaros”, según lo determinó la expedición internacional movilizada posteriormente para liberar las Legaciones sitiadas[11].

Desde entonces, la importancia de la región no ha hecho sino incrementarse sin cesar. Las dos guerras mundiales, pero muy particularmente la segunda, han tenido al Pacífico como uno de los escenarios. La zona constituye un foco de atracción internacional de primera línea, político, comercial, diplomático y de todo orden. La comunidad internacional observa a esa vasta área con la mayor atención y se esfuerza por participar en su desarrollo y en los beneficios que éste provocará.

China

La República Popular China, o simplemente China, es un país soberano situado en Asia Oriental. Es el país más poblado del mundo, con más de 1400 millones de habitantes, y la primera potencia económica mundial por PIB, en términos de paridad de poder adquisitivo. ​La República Popular China es un Estado socialista gobernado por el Partido Comunista y tiene la sede de su gobierno en la capital, Pekín.

Aspectos sociales y políticos

Está dividida en veintidós provincias, cinco regiones autónomas, cuatro municipios bajo jurisdicción central —Pekín, Tianjin, Shanghái y Chongqing— y dos regiones administrativas especiales —Hong Kong y Macao—.​ Asimismo, reclama la que considera su provincia de Taiwán, que es controlada por la República de China con un estatus político de la isla controvertido.​ Durante la época de la Guerra Fría, se utilizaban con frecuencia los términos «China Popular» para referirse a la República Popular China y «China Nacionalista» para la República de China, respectivamente. También se han utilizado los nombres de China continental, China comunista o China roja para denominar a la República Popular.

Con una superficie de 9 596 960 km²,​ China -que tiene fronteras con catorce Estados soberanos-​ es el tercer país más extenso del planeta por superficie terrestre detrás de Rusia y Canadá y el cuarto si se cuentan las masas de agua, detrás de Rusia, Canadá y los Estados Unidos. El paisaje chino es vasto y diverso, desde las estepas y los desiertos del Gobi y Taklamakán en el árido norte hasta los bosques subtropicales en el húmedo sur. Las cordilleras montañosas del Himalaya, el Karakórum, Pamir y Tian Shan la separan del sur y el centro de Asia. Los ríos Yangtsé y Amarillo, tercero y sexto más largos del mundo, discurren desde la meseta tibetana hasta desembocar en las densamente pobladas costas orientales. China tiene 14 500 km de costa a lo largo del océano Pacífico, en donde está bañada por los mares Amarillo, de Bohai, de China Oriental y de la China Meridional.

China fue una de las principales potencias económicas del mundo durante la mayor parte de los dos milenios que van del siglo I al XIX.

La civilización china, una de las más antiguas del mundo, floreció en la fértil cuenca del río Amarillo. Durante milenios su sistema político se basó en monarquías hereditarias, conocidas como dinastías. La primera de las cuales fue la semimitológica dinastía Xia en torno al 2000 a. C. Desde el 221 a. C., cuando la dinastía Qin conquistó diversos Estados y formó el primer Imperio chino, el país se ha expandido, fracturado y ha sido reformado en numerosas ocasiones. La República de China derrocó a la última dinastía en 1911 y gobernó la China continental hasta 1949. Después de la derrota del Imperio del Japón en la Segunda Guerra Mundial y la retirada de sus tropas de China, el partido comunista se impuso en la Guerra Civil y proclamó la República Popular China en Pekín el 1 de octubre de 1949. El derrotado régimen de la República de China, dominado por el partido Kuomintang trasladó su gobierno a Taipéi y desde entonces, la jurisdicción de la República de China se limita a Taiwán y algunas islas periféricas.

Aspectos económicos

El país más poblado del mundo, con casi 1.200 millones de habitantes, extenso y profundo, está llevando a cabo una de las revoluciones más espectaculares de la historia de la Humanidad, intentando impulsar ahora un desarrollo integral mediante incentivos, alejándose así de la planificación socialista ortodoxa. Se trata de un verdadero continente que pudiera ser autárquico; pero sus dirigentes visualizan su desarrollo a través de un modelo abierto hacia los productos y las tecnologías del mundo exterior. China produce prácticamente todo lo que Occidente conoce, y mucho de lo que desconoce, pero necesita técnicas extranjeras adecuadas para mejorar calidad y cantidad, así como la comercialización internacional de su producción que es justamente lo que está intentando obtener a través de su apertura política y económica externa, y de un prodigioso y bien razonado estilo de negociación diplomática y comercial.

China es, paradójica y simultáneamente, una gran potencia, un país industrializado y una nación subdesarrollada, según sean los índices que se le apliquen. Su voz es actualmente escuchada y respetada, y es miembro permanente, con derecho a veto, del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Sus cifras de producción e importación la sitúan a un nivel similar al de Japón, Europa occidental o Canadá, pero sus exportaciones y su nivel de vida no están acorde con lo anterior. Sin embargo, hay que considerar que China no tiene los desniveles socioeconómicos que se observan en otros países del mundo.

Si bien aún no mantiene relaciones diplomáticas con Indonesia y Corea del Sur —pero sí comerciales indirectas— China es cada vez más influyente en el contexto general de esa región, y, actualmente promueve “el retorno de Taiwán a la madre patria”, usando un método relativamente similar, que sus dirigentes pudieran cambiar de orientación, al que se usó para recuperar Hong Kong.

El 15 de noviembre de 2020 se firmó en una ceremonia celebrada por videoconferencia un acuerdo comercial entre quince países ribereños del océano Pacífico, incluida la República popular China. El acuerdo se denomina Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP) y sobre él se crea un bloque comercial que constituye aproximadamente un tercio del PIB mundial. El RCEP lo integran, aparte de la propia China, Japón, Corea del Sur, Filipinas, Indonesia, Australia y todos los países de indochina. No ha sido algo improvisado, los ahora socios llevan ocho años negociando en paralelo con el ya difunto acuerdo Transpacífico al que Donald Trump dio la estocada hace casi cuatro años cuando decidió retirar el país de un acuerdo que se había firmado un año antes, en febrero de 2016, con Obama aún en la presidencia.

Con Estados Unidos fuera del tablero, los chinos han recogido el guante y, a lo largo de estos últimos años, han impulsado el RCEP que, por ahora, se queda en la costa occidental del océano Pacífico, pero que podría saltar a la oriental incorporando a Canadá y a países de Hispanoamérica como México, Perú o Chile. Para el gabinete Biden es un hecho consumado ante el que tendrá que responder para al menos salvar la ropa.

Japón

El archipiélago japonés supone un conjunto regional de unos 372.000 km2 repartidos entre varios miles de islas, de las que 4: Honshu, Hokkaido, Shikoku y Kyushu, reúnen el 97 % del total. Su carácter de potencia industrial se dio a raíz de la revolución Meiji de 1868, que ha permitido a la población japonesa alcanzar un nivel de renta y dotación social propia de un país desarrollado, una revolución demográfica que hoy alcanza un crecimiento moderado, y un intenso desarrollo urbano que culmina con la megalópolis japonesa. El crecimiento espectacular en la segunda mitad del XX (tras su destrucción en la II Guerra Mundial) responde al denominado “milagro japonés” producido a base de disciplina, tesón y dólares norteamericanos que han convertido a Japón en la segunda potencia económica mundial.

En líneas muy generales podríamos anotar que su clima se encuentra bajo la influencia monzónica, su relieve es vigoroso, la base de su agricultura es el arrozal irrigado, la población se concentra en las llanuras del sur y suroeste, mientras algunas zonas montañosas están despobladas.

Aspectos sociales

El medio físico y los recursos naturales

El archipiélago japonés es un área esencialmente montañosa, en tanto las llanuras resultan escasas. Japón se sitúa en el límite entre dos placas: las Euroasiática y la del Pacífico, afectado por una intensa sismicidad y vulcanismo activo. El relieve es extraordinariamente joven. La proximidad de estas áreas montañosas a la costa, junto a las fuertes precipitaciones y la abundancia de materiales poco consistentes han potenciado una violenta erosión lineal, por ríos y torrentes, que se encajan profundamente en las vertientes. Las llanuras son escasas, colonizadas por la población y la ricicultura irrigada. Todas estas llanuras aparecen en el litoral, alcanzando su máximo desarrollo en el sector central de Honshu.

La mayor parte de su superficie se integra en el extremo septentrional del Asia Monzónica, pero su situación en la margen oriental de la masa continental más grande del globo, así como su accidentado relieve vienen a contrastar y matizar el clima tropical. En la mitad meridional predomina el clima subtropical de rasgos monzónicos (inviernos fríos y veranos cálidos y lluviosas) frente a los inviernos largos y fríos con veranos suaves en la mitad norte. En la vegetación, hay que destacar la gran extensión de la superficie forestal, que incluye desde el bosque boreal de coníferas, al bosque templado caducifolio y el bosque subtropical perennifolio. Por otro lado, destacan los abundantes cursos fluviales de escaso desarrollo longitudinal con fuertes pendientes y abundante caudal que provocan una intensa erosión.

Junto a la escasez del suelo agrícola, la pobreza en recursos naturales contrasta con el desarrollo de la industria japonesa. Son abundantes los recursos forestales, pero la riqueza pesquera de sus mares es ya insuficiente para su flota; son también importantes los recursos hídricos para la producción de energía hidroeléctrica, pero aun así la dependencia energética de Japón supera el 90 %, ya que no produce petróleo y sólo tiene yacimientos de carbón de cierta importancia. Cuenta también con modestos yacimientos de azufre, zinc y cobre.

La población

Con 128 millones de habitantes en 1997, Japón es el 8° país del mundo en volumen de población; esta se concentra en los poco más de 80.000 Km2de llanuras del archipiélago, lo que ha generado un problema de superpoblación y una fuerte presión sobre el espacio. Esta concentración ha potenciado una revalorización de la montaña como espacio de ocio y esparcimiento. Las altas densidades son una constante en la historia japonesa. Con la Revolución Meiji la población creció el doble al tiempo que se reducía la natalidad, lo que provocó una superpoblación, paliada, parcialmente, con la expansión colonial por el Pacífico hasta 1945. La derrota supuso la repatriación de colonos y soldados. A partir de 1950 el gobierno puso en práctica una política antinatalista, cuyos efectos empiezan a notarse a partir de los 70.

Es destacable cómo la población, en vez de convertirse en un problema que impida el desarrollo, máxime cuando no se tienen grandes recursos naturales, se ha convertido en Japón en un importante factor de desarrollo del crecimiento. Por un lado, su abundancia ha supuesto un amplio potencial de mercado, junto a un excedente de mano de obra que ha reducido los salarios y los costes de producción, aumentando así la competitividad de la industria japonesa.

La estructura social

No hay que olvidar la influencia ejercida por la fuerte estructuración vertical imperante tradicionalmente en la sociedad japonesa, junto al alto grado de cohesión nacional que ha posibilitado una amplia solidaridad de los trabajadores con la empresa, reflejada en una escasa conflictividad laboral, una alta productividad, un incremento salarial moderado y un nivel de desempleo muy bajo. El fuerte aumento de las tensiones sociales producido desde el decenio pasado está en relación con la revisión de estos supuestos, ante la crisis que el éxodo rural, la urbanización masiva, el consumismo, las contradicciones de clase, etc…, están produciendo en muchas de estas herencias culturales.

Circunstancias históricas determinantes

La forzada apertura de Japón a las potencias coloniales occidentales provocó la Revolución Meiji, que acabó con la estructura feudal del país, eliminó las trabas a la libre circulación, impulsó la incorporación de tecnología occidental y, mediante inversiones directas, los transportes, laminería y la industria. El aumento de la productividad, la concentración empresarial y los bajos salarios llevaron a un sorprendente crecimiento. Las guerras frente a China (1894) y Rusia (1905), les llevó a la consolidación de un imperio donde Taiwán y Corea eran sus principales posesiones. La I Guerra Mundial obligó a la sustitución de las importaciones y a ocupar mercados hasta entonces dominados por los británicos. Tras la guerra, Japón aumenta su imperio con las posesiones alemanas en China y el Pacífico. Sin embargo, su política expansiva le lleva a chocar con los EE.UU. ya la derrota en la II Guerra Mundial. Japón perdió todo su imperio y durante años estuvo bajo el control de los EE.UU. Sin embargo, el Plan Dodge de 1948, al devaluar el yen, permitió una recuperación del comercio exterior japonés, y, sobre todo, la guerra de Corea, en el contexto de la Guerra Fría, permitió un nuevo desarrollo de la industria pesada japonesa.

Aspectos económicos y políticos

Desde los comienzos de la industrialización tanto el poder económico como el político han presentado una fuerte tendencia a la concentración. Dentro de la estructura social del país, las grandes familias han conservado secularmente su poder, si bien bajo formas diversas. Durante los dos siglos y medio que se mantuvo la hegemonía del “shogun” Tokugawa en Edo(Tokio), frente a la casa imperial en Kioto, los señores feudales controlaron el poder estableciendo una estricta división del país en dominios o “ham”, al tiempo que se establecía una rígida estratificación de la sociedad en samurais, campesinos, artesanos y mercaderes, sin movilidad ninguna.

Tras la restauración imperial de 1868 se sustituyó la fragmentación territorial feudal por una centralización administrativa bajo el poder del gobierno central que dividió el país en 46 prefecturas o “kan”, con capital en Tokio. Desde entonces la intervención estatal en la economía es muy importante. Con el hundimiento del sistema feudal en 1868 hubo una renovación dinástica con una base de poder financiero, industrial y comercial, empezando a surgir grandes grupos conocidos como “Zaibatsu”. Hasta la II Guerra Mundial su organización se basaba en clanes familiares (Mitsubishi, Kawasaki) que controlaban un holding con un gran número de empresas. La coincidencia entre los intereses del gran capital y las estructuras del poder político ha sido prácticamente total: la gran empresa, la metrópoli y el puerto se convirtieron así en los tres vértices esenciales en los que gravita la organización territorial.

Las presiones de USA condujeron a la ley antimonopolio de 1947 para suprimir estos truts, pero la guerra de Corea impuso la necesidad de potenciar la industrialización japonesa eliminándose esta ley en 1950. Hoy día, 30 de las cien mayores empresas del mundo son japonesas.

Japón como potencia industrial

Recuperados los niveles productivos anteriores a la II Guerra Mundial en 1954, Japón ha conocido un crecimiento económico sin precedentes (“milagro japonés”). Este crecimiento se vio amenazado con la subida delos precios energéticos en 1973, continuando el crecimiento en 1975 hasta los años 90, momento en que la crisis financiera (aumento de los costes, caída de las exportaciones y devaluación del yen) provocaron dudas sobre su futuro. Pese a todo, el mantenimiento de una elevada productividad y una tasa de paro muy baja son síntomas de su fortaleza. A su vez ha aumentado la presencia de inversiones japonesas en el extranjero mientras hay una escasa penetración de empresas extranjeras en su territorio. En consecuencia, Japón se reafirma como la 2a potencia económica, con el desarrollo industrial como motor del crecimiento y con la grave contrapartida de un fuerte impacto ambiental.

Japón ocupa el segundo lugar por su PNB entre los países ricos. Con sus 128 millones de habitantes representa casi los 2/3 del PNB de toda Asia. Es un país fundamentalmente industrial (ocupa a gran parte de la población y aporta el 41% de la renta nacional según datos de 1994) que se caracteriza por la concentración económico-financiera en este sector, a la vez que conviven con la pequeña y mediana empresa. Gran diversificación industrial y mano de obra rápida, cualificada y disciplinada son otras de las características de la industria japonesa.

Paralelamente ha tenido lugar una descentralización de las ramas productivas de mayor uso de mano de obra y menor rentabilidad, enfocadas ahora hacia el sureste asiático (Corea, Singapur, Hong-Kong, Malasia, Indonesia, Taiwán). La política de innovación, protagonizada por las empresas y apoyadas desde el Estado se ha orientado en dos direcciones complementarias: por un lado, se han realizado fuertes inversiones en investigación y desarrollo; por otro, se ha buscado mejorar la productividad de aquellas más tradicionales mediante la automatización, y mejoras en su organización y gestión.

La política económica se mueve esta entre el liberalismo económico, la planificación estatal y el control de un pequeño número de grandes conglomerados. Desde hace años el Gobierno y la economía privada colaboran estrechamente (reducción de gravámenes y trabas legales y voluntad de entendimiento por ambas partes). Actualmente la política económica tiende a favorecer a la pequeña y mediana industria a través de facilidades fiscales y crediticias. También la política económica se ocupa del comercio exterior dada la gran importancia del sector.

Nuevos factores han venido a sumarse en los últimos tiempos a los ya comentados: Fuerte inversión en I+D; Política de reconversión industrial; Política de dinero barato (inflaccionismo nulo); Internacionalización de su economía, “estrategia de la araña” hilos y ramificaciones de las empresas japonesas por todo el planeta.

En la década de 1990 comenzó una clara recesión económica que se manifestó más en las fábricas que en la vida cotidiana. Más que una crisis, en el caso japonés se puede hablar de desaceleración. Las previsiones aventuran la recuperación. Su problemática actual se centra en el esfuerzo por mantener el liderazgo en el área del Pacifico y en mantener parte activa en todos los distintos triángulos y cuadriláteros de cooperación regional puestos en marcha en toda Asia y evitar que estos programas puedan minar su liderazgo económico y financiero en el área.

Situación económica tras la pandemia y la “abenomics”

El primer ministro de Japón, Shinzo Abe, anunció el 28 de agosto de 2020 su dimisión por motivos de salud,​ y su sucesor fue escogido en una elección indirecta, el 14 de septiembre.​ En dicha elección fue elegido Yoshihide Suga como su sucesor y fue reemplazado el 16 de septiembre de 2020. Abe llevaba en el poder de manera ininterrumpida casi ocho años, desde diciembre de 2012. Antes ya había sido primer ministro entre 2006 y 2007. No se va porque haya perdido las elecciones o tema perderlas, sino por una enfermedad, una colitis ulcerosa que le tiene convaleciente de hospital en hospital desde hace meses.

Tras de sí deja una reforma económica muy ambiciosa bautizada por la prensa como “Abenomics” que no ha dado los resultados que su impulsor esperaba. En la última década Japón no ha logrado superar el estancamiento económico en el que entró a principios de los años noventa. El país, que sigue siendo una gran potencia, la cuarta del mundo incluyendo a la UE, pero ya a mucha distancia de China, se enfrenta ahora a una gran recesión como consecuencia de la pandemia.

En el segundo trimestre de este año el PIB japonés se contrajo casi un 8% y las herramientas habituales que emplea su Gobierno (deuda pública a raudales y liquidez sin límites) no parecen funcionar. En este punto muchos se preguntan qué vendrá después ya que el momento actual, con la crisis económica mundial marcando sus primeros compases y las elecciones estadounidenses a dos meses vista, es especialmente delicado.

Los cuatro dragones del sureste asiático

La Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ANSEA) o área del Pacifico está formada por Indonesia, Malasia, Filipinas, Tailandia y Brunei, además de los cuatro nuevos países industrializados de Asia (NPIA) que son Corea del Sur, Taiwan, Hong-Kong y Singapur. En esta área del planeta se materializan toda una serie de situaciones que van desde un elevado grado de desarrollo, en sintonía con el nivel de Japón, hasta un evidente subdesarrollo más próximo a las situaciones de países como China e India.

Desde el punto de vista económico, el área del Pacifico viene participando desde los años 70 de una tendencia dinámica creciente. A la cabeza de este movimiento están Corea del Sur, Taiwán, Hong-Kong y Singapur (también llamados los cuatro dragones) aunque cada uno con su propio y peculiar modelo de desarrollo. Los segundos nuevos países industriales serían Malasia, Tailandia, Indonesia y Filipinas, que han comenzado un despegue económico reciente y aún manifiestan importantes problemas económicos y sociales.

Pocos rasgos comunes podemos establecer entre los países que ocupan esta orilla del Pacífico. Desde el punto de vista físico la influencia de los monzones se deja notar en toda la zona, así como las altas precipitaciones anuales y una rica vegetación de bosque tropical lluvioso. Sin embargo, los climas van desde el ecuatorial al monzónico, pasando por el subtropical. No hay un pasado común y si la colonización fue un fenómeno general en la zona, ésta dejó poca huella cultural. Aunque todos estos países han reducido sus tasas de mortalidad, los contrastes aumentan si evaluamos sus datos económicos y nivel de vida.

Políticamente hablando, todos los países de la zona vienen siendo gobernados a través de regímenes más o menos totalitarios de uno u otro signo, siempre disfrazados de pseudo democracias, que en parte y gracias a un fuerte aparato administrativo y a Estados poco sometidos a los intereses privados, son causa del proceso de industrialización y desarrollo.

Características de su crecimiento económico

Un primer rasgo común a los 4 dragones es su rápido crecimiento económico en las tres últimas décadas, que se ha mantenido hasta 1997, y que se ha producido sin grandes oscilaciones interanuales, pese a ser importadores de petróleo y no contar con abundantes recursos naturales. Pero el cambio más relevante es el producido en el volumen y estructura delas exportaciones, situándose en 1989 entre los primeros 15 países exportadores de manufacturas, con una presencia particularmente destacada en sectores como el cuero, calzado, textil, componentes electrónico-informáticos y juguetes. Este proceso se ve acelerado por una mano de obra abundante, barata y poco organizada, una moneda devaluada, rígidas medidas para controlar la inflación, inventivos a la inversión extranjera… Estos países se especializaron en la fabricación de manufacturas acabadas destinadas sobre todo a los países desarrollados y, por lo tanto, fuertemente dependientes del exterior. Tan sólo en Corea y Taiwán se dio una posterior diversificación, desarrollándose algunos sectores pesados y bienes de equipo. En el extremo opuesto, países como Indonesia, Filipinas, Malasia… aún continúan manteniendo una base exportadora con destacada presencia de recursos naturales y de aquellas manufacturas más simples y de menor valor añadido.

La actividad industrial se ha concentrado en el litoral, en ciudades portuarias, a excepción de Taiwán donde ha triunfado la industrialización rural relativamente dispersa. Entre los factores destaca la importante ayuda exterior que en el caso de Hong-Kong se relaciona con la China comunista y en Corea del Sur y Taiwán con los EE.UU. en el contexto de la Guerra Fría. En el caso de Singapur, la influencia externa se relaciona directamente con las multinacionales. Más relacionado con los factores internos deben mencionarse las reformas agrarias en Taiwán y Corea, o su tradición al carácter comercial como en Hong-Kong y Singapur. El recurso a préstamos de la banca internacional para sustentar el proceso industrializador ha supuesto, sin embargo, un fuerte endeudamiento (ej. Corea). Por otro lado, el carácter puntual de la implantación empresarial, concentrada en unos cuantos enclaves escasamente interconectados ha reforzado los desequilibrios y la macrocefalia urbana. El gran salto cualitativo ha tenido lugar al inaugurarse la etapa de globalización en los años 90, una vez superadas las consecuencias de la segunda crisis del petróleo y merced a la masiva afluencia de capitales exteriores.

Ya hemos mencionado que Corea del Sur, Singapur, Hong-Kong y Taiwán han sido denominados muy recientemente los cuatro dragones, y en ellos encontramos una serie de puntos coincidentes en sus situaciones pasadas y presentes tales como: menor importancia del problema agrario; estado de seguridad nacional; estrategia basada en zonas francas y en inversiones internacionales directas; y tradición educativa y cultural. Estos cuatro países han sido los protagonistas de una fuerte expansión económica en los últimos cuarenta años, y atendiendo a una serie de indicadores socioeconómicos y a su comparación con los europeos, podemos asegurarla tendencia creciente de aproximación del nivel medio de vida de estos países asiáticos a los occidentales.

Corea del Sur

Aunque por su situación geográfica pertenece al Asia Oriental, desde el punto de vista económico está totalmente enmarcado en nuestra área de estudio. Este país de elevada densidad de población (452 h/km2) ve disminuir continuamente su población rural en favor de la urbana. Las claves de su desarrollo son: Mano de obra barata y abundante y los capitales americanos y japoneses.

Producción enfocada al mercado exterior: tabaco y seda cruda como productos agrícolas, madera prensada en el sector forestal, productos electrónicos, automóviles y productos textiles en cuanto a las manufacturas. En minería destacan en producción de acero. Es una gran potencia pesquera además del segundo constructor de barcos del mundo y un gran productor de papel. Su único recurso energético es el carbón y se ve obligada a importar trigo y azúcar para el consumo interno.

Hong-Kong

Antigua colonia británica, actualmente es una región autónoma especial de China de régimen capitalista. Su economía se fundamenta en su naturaleza de puerto franco de exportación y reexportación de entrada y salida de productos desde y hacia China. Además cuenta con instalaciones de reparación de buques y es muy notable su actividad manufacturera (gran exportadora de productos textiles, electrónicos y juguetes). La agricultura está muy tecnificada y aunque ocupa a un sector mínimo de población, la producción es muy elevada. En definitiva, es un centro financiero mundial y muy especialmente de la región surasiática.

Taiwán

Esta isla del Pacifico que constituye la República de China no reconocida internacionalmente ha basado su acelerado desarrollo en la industria manufacturera (actualmente son importantes la industria siderúrgica -acero- y la industria del motor y de alta tecnología en microelectrónica). Su dependencia del exterior es total, tanto en sus exportaciones como en sus importaciones de materias primas de las que carece absolutamente. Asimismo, las inversiones extranjeras desempeñan un importantísimo papel en la economía nacional.

Singapur

La infraestructura y el gran desarrollo del sector terciario (prácticamente inexistente en los demás países de la ANSEA) hacen de este país un centro comercial intrarregional e internacional sin rival en la zona. Es paso obligado de las mercancías que entran o salen en la región, tanto para ser transformadas como para su posterior redistribución. Los servicios con que cuenta en este sentido son comparables a los de las zonas más desarrolladas del mundo.

Análisis conjunto de la estrategia de industrialización

Según los análisis de los expertos en este tema, los puntos que se mencionan a continuación serían las claves del éxito de industrialización de estos cuatro países asiáticos.

  • A principios de los 60 el enfoque de crecimiento se dirige hacia la producción de bienes para la exportación.
  • Políticas de estabilización macroeconómica, apertura comercial y devaluación monetaria (“economías sesgadas hacia el comercio”).
  • Coincidencia del periodo de despegue económico con la época de estabilidad de los regímenes autoritarios que no entraron en crisis hasta finales de los 80.
  • Estabilidad de precios en el mercado mundial de productos manufacturados, principal exportación de este grupo de países.
  • Reformas agrarias que propiciaron que el capital agrario se transformara en capital comercial e industrial a la vez que suponía una reserva de mano de obra y una fuente de producción de alimentos baratos que hacían innecesaria la subida de los salarios industriales.
  • Mano de obra abundante y barata.
  • Políticas monetarias restrictivas no inflacionistas.
  • Tendencia a la diversificación productiva en la dirección de actividades más intensivas en capital y tecnología.
  • Apoyo financiero, especialmente de EEUU por estar considerados como bastiones contra el comunismo en la zona.
  • Fuerte intervención del Estado.

La expansión económica de estos países ha sido, en el periodo 1965-1996, muy superior a la del resto del mundo. Son muchos los motivos que aconsejan descartar la visión de meros países-taller propios del capitalismo periférico y relocalizado en el tercer mundo. Las razones son evidentes si atendemos a su elevado grado de autonomía tecnológica y su prodigiosa diversificación industrial. La dependencia del capitalismo extranjero tampoco es paradigmática en la zona, además de que existen poderosas empresas de capital nacional (multinacionales coreanas como Sansumg, Daewoo, Hyundai, etc.).

La expansión industrial de estos países es producto de iniciativas y compañías nacionales financiadas por créditos bancarios comerciales obtenidos en los mercados internacionales, pero nunca a causa de inversiones directas de capital extranjero.

Los restantes países del área del Pacífico

Tailandia

Este país sufre de importantes disparidades socioeconómicas regionales (más desarrollado Bangkok y Valle Central y menos la zona NE). Mantiene una gran dependencia de la exportación de materias primas agrícolas (arroz y caucho) y productos manufacturados, alimenticios y textiles, así como la importación de petróleo. El sector turístico es una importante fuente.

Malasia

Su crecimiento se ha basado en la explotación indiscriminada de recursos petrolíferos y naturales como el caucho, el estaño y la madera, así como la apertura al capital extranjero que en los años 80 llegó a dominar al aparato productivo. Esto ha dado lugar a una sociedad dual donde la mayoría es campesina y pobre y una minoría (etnias chinas e hindúes) se relaciona con las actividades más dinámicas y lucrativas.

Indonesia

En la línea de las anteriores, el alto ritmo de crecimiento económico de este país se ha basado en la implantación masiva de capital extranjero, la explotación masiva de recursos naturales, mano de obra barata y abundante, una industria dedicada a la exportación de bienes de consumo y la industrialización de zonas agrícolas para la producción exportadora. Pero esta forma de desarrollo ha originado desequilibrios potentes en el país. La explotación y exportación de su riqueza forestal y petrolífera constituyen sus principales fuentes de ingresos. La falta de articulación política es otra característica de estas economías subdesarrolladas.

Filipinas

Al igual que los otros miembros de este grupo de países, Filipinas es totalmente dependiente de los capitales extranjeros, sobre todo japoneses y estadounidenses, y ha basado su desarrollo en su abundante y barata mano de obra, y en la modernización de los cultivos para la exportación (caña de azúcar, y también arroz, maíz, mandioca, bananas, café y aceite de coco). Filipinas adolece de un gran déficit energético, y posee importantes recursos mineros que aún están sin explotar. La producción manufacturera más importante está relacionada con el sector textil algodonero. En relación con la población, los mayores índices decrecimiento coinciden con las zonas fértiles agrícolas. A la debilidad estructural de su economía se une actualmente su incertidumbre política.

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Interesante y completa página de origen privado: http://www.japon-net.com/

Japonología: http://www.terra.es/personal3/japonologia/index.htm

Página con variada información de Japón (política, economía, sociedad, cultura, historia, etc.): http://www.nakarnachi.com/

Notas

[1] The call of the Pacific, J.W. Burton, Londres, 1912.

[2] The story of the Pacific, Hendrick Willem van Loon, Londres, 1940

[3] Spain in the Philippines, Nicholas P. Cushner, S.J., Quezon, 1971

[4] Laperouse, des combats à la decouverte, Amiral de Brossard, París, 1978

[5] The tyrany of distance, Geoffrey Blainey, Melbourne, 1968.

[6] China and the foreign powers, Sir Frederick Whyte, Oxford University Press, 1927.

[7] British Far Eastern Policy, G.E. Hubbard, Institute of Pacific Relations, Nueva York, 1943.

[8] Foreign Diplomacy in China, 1894-1900, P. Joseph, Londres, 1928.

[9] The far east in world politics, G.F. Hudson, Oxford University Press, 1937.

[10] The siege at Pekin, Peter Fleming, Oxford University Press, Londres, 1959.

[11] Crónicas de Le Figaro de París, publicadas bajo el título “Los últimos días de Pekín”, Pierre Loti, Ballard, París, 1985.

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