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Ciencias Sociales

Tema 71: La construcción de la Unión Europea: del Tratado de Roma a la Europa de los veintisiete

La Unión Europea es una entidad geopolítica que cubre una gran parte del continente europeo. Se basa en numerosos tratados y ha sido objeto de ampliaciones que han llevado de los seis Estados miembros iniciales en 1957 a los veintisiete de 2020, la mayoría de ellos en Europa. Este tema se encuentra estrechamente relacionado con el Tema 10. Las unidades regionales en Europa, si bien el presente tema adopta un punto de vista histórico y aquel más geográfico.

Cuando el rótulo del presente tema nombra la “Europa de los veintisiete” cabe sospechar que no se refiere a la situación más reciente y que hace que los estados miembros sean un total de 27 (situación inducida por la salida de Reino Unido de la UE en 2020), sino que probablemente se está refiriendo a la situación que se dio entre los años 2007, tras integración de Bulgaria y Rumanía, y 2013 cuando Serbia entró como estado miembro y entonces la “Europa de los veintisiete” se convirtió en la “Europa de los veintiocho”.

Los orígenes de la Unión Europea se remontan al periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, en particular la fundación en 1951 de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en París, tras la “declaración Schuman”, y a los Tratados de Roma, el constitutivo de la Comunidad Económica Europea y el de la Comunidad Europea. Ambos organismos son ahora parte de la Unión Europea, que se formó bajo ese nombre en 1993.

Orígenes y objetivos

Dejando a un lado el imperialismo romano, han sido muchos los pensadores y políticos que, ya desde finales de la Edad Media, plantearon la idea de una unidad europea; bien con el fin de poder defenderse frente a un enemigo común (Ej. Alianza anti-turca propuesta por Luis Vives), bien para dirimir los conflictos entre los distintos Estados y así mantener la paz continental (el Duque de Sully, el Abad de Saint-Pièrre, Montesquieu, Rousseau, Kant, Bentham, Saint-Simon, Victor Hugo, Proudhom, Bluntschli, Spengler, Lorimer, Madariaga, Ortega y Gasset, Keyserling, Coudenhove-Kalergi,…); sin embargo, para que las clases dirigentes se convencieran de que sus intereses quizá estarían mejor protegidos con la unidad, fueron precisas dos guerras mundiales (o “guerras civiles europeas”, como las califican algunos), que asolaran el viejo continente europeo y finiquitaran su secular poderío.

Era necesaria una “organización” que, agrupando a los distintos Estados europeos, evitara la confrontación entre ellos, facilitara su desarrollo económico y creara una identidad europea, sin perjuicio de las múltiples identidades nacionales.

Fue precisamente en el periodo de entreguerras cuando tuvieron lugar dos antecedentes muy importantes de la formación de la Comunidad Europea: la “Unión Económica Belga-Luxemburguesa” de 1923 (que posteriormente se conocería como BENELUX al incorporarse a la misma Holanda en 1944) y la presentación en 1929 ante la Sociedad de Naciones, por el entonces ministro de Asuntos Exteriores francés Arístide Briand, de un proyecto político para la conformación de unos “Estados Unidos de Europa”.

Todo ello cristalizaría tras la firma de la paz, dando comienzo entonces “la construcción de la Comunidad Europea”. Así, se suele considerar el punto de partida de todo ello el célebre discurso de Winston Churchill pronunciado en la Universidad de Zurich el 19 de septiembre de 1946, debido fundamentalmente a su oportunidad histórica, contundencia de contenido y claridad de propuestas (“¡Levantemos Europa!”).

Ampliaciones de la Unión Europea

La actual Unión Europea no es sino el resultado de un largo proceso de integración y de ampliación territorial. Lo que inicialmente comenzó siendo básicamente un proyecto de cooperación económica, ha ido evolucionado progresivamente hacia una paulatina integración política, social y cultual, a través de las sucesivas modificaciones de los tratados fundacionales.

Mapa de las sucesivas ampliaciones de la Unión Europea

En dicho proceso, desde el principio, ha habido entre los integrantes de la Unión Europea, y hay, partidarios de dos tendencias opuestas. Mientras unos prefieren que el proceso iniciado desemboque en la creación de una Europa federal, que actúe como un único Estado, otros apuestan por la necesidad de que las diferentes naciones conserven sus poderes fundamentales y su independencia. Los sucesivos compromisos a los que han ido llegando los seguidores de ambas corrientes de opinión, que han jalonado la historia de la construcción de la comunidad europea, han permitido de alguna manera ir superando distintas etapas hacia la gradual unificación de sus miembros en todos los terrenos. Dicho proceso no tendría un límite prefijado y su avance, aunque constante, ha sido sin duda bastante irregular, aunque siempre con una unión aduanera, una unión económica y una unión política como horizonte.

Resumen de los tratados de la Unión Europea

Así, en el proceso de construcción europea, iniciado al finalizar una II Guerra Mundial que había dejado el continente físicamente destruido, económicamente arruinado y políticamente muy debilitado, podrían distinguirse hasta nueve periodos o fases distintas atendiendo a las sucesivas incorporaciones de nuevos Estados:

De 1946 A 1957, año de la firma del Tratado de Roma.

Tras el devastador conflicto, durante esos años verían la luz la Unión Europea Occidental (UEO), en marzo de 1948 y la Comunidad Europea de Defensa (CED), en mayo de 1952, para unificar los esfuerzos militares europeos, pero ambas fracasaron; la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), en abril de 1948, para administrar la ayuda americana del Plan Marshall, iniciado un año antes; en mayo de ese mismo año, como consecuencia directa del conocido como “Congreso de Europa” (Conferencia de La Haya del 7 al 10 de 1948), vería la luz el Consejo de Europa; y por último, la firma del Tratado de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), de 4 de abril de 1949. A su vez, los países del Este de Europa, sometidos a la influencia soviética tras los Acuerdos de Yalta, se agruparon en el Consejo de Asistencia Económica Mutua (COMECON), en enero de 1949, y en el Pacto de Varsovia, firmado el 14 de mayo de 1955.

No obstante, el punto verdaderamente de partida de la unidad europea se encontraría en las declaraciones de Robert Schuman, ministro de Asuntos Exteriores francés, en mayo de 1950, y en la posterior firma, siguiendo un proyecto ideado por él junto al economista también francés Jean Monnet, de un Tratado de París por el que en abril de 1951 se instituía la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) entre Francia, Italia, la República Federal de Alemania y los países miembros del BENELUX (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), con el fin de unificar unos recursos carboníferos y siderúrgicos vitales para una Europa esquilmada tras el conflicto bélico.

Visto el éxito económico y político que alcanzaría la CECA, ya en junio de 1955 los ministros de Asuntos Exteriores de dichos países acordarían la ampliación de ese mercado común al conjunto de la economía y a la investigación nuclear. Para ello, encargarían a un grupo de expertos, dirigidos por el político belga Paul Henri Spaak, la elaboración de un proyecto que contemplara la posibilidad de crear una amplia comunidad económica europea (“Informe Spaak”).

Así, poco después, por el Tratado de Roma se establecerían el 25 de marzo de 1957 la Comunidad Económica Europea (CEE), creándose con ello el llamado Mercado Común Europeo, y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (CEEA o EURATOM). De esa manera, la base de la nueva Europa quedaba constituida por una amalgama de textos conocidos en su conjunto como Tratados Constitutivos de las Comunidades Europeas (CECA, CEE y EURATOM). En pocas palabras, ese Mercado Común Europeo, preveía la futura libre circulación de mercancías, de mano de obra, de capitales, de establecimiento y prestación de servicios, y la integración progresiva de las políticas social y fiscal.

Los países europeos, celosos durante siglos de su independencia y de su propia idiosincrasia, se veían ahora unidos en algo que parecía poner eso mismo en peligro. Sin embargo, muy pronto los opositores a la integración se convencieron de los beneficios que ésta reportaba. Cada país seguía conservando su soberanía y su propia forma de ser y de actuar, y recibía a cambio todo aquello que la pertenencia a una organización de tal naturaleza le podía aportar, que era mucho.

De 1958 a 1972, la “Europa de los seis”

Pero no todo iba a ser fácil y positivo en el proceso de nacimiento de la organización. Así, los primeros años de vida del todavía irreal Mercado Común (no conseguido de manera efectiva y completa hasta 1993) se verían jalonados por una serie de desacuerdos y tensiones.

En esos primeros años la actitud de Gran Bretaña sirvió para delimitar los dos campos que en el plano económico iban a dividir el espacio de la Europa occidental, capitalista y crecientemente próspera tras el esfuerzo de la reconstrucción postbélica. Habiendo rechazado ya en su momento el ingreso en la CECA, el Gobierno de Londres basó sus reticencias a formar parte del proyecto de unidad europeo en dos principios aislacionistas:

  • La existencia de sus lazos económicos y políticos con los países miembros de la Commonwealth, que lideraba como potencia en declive.
  • Su frontal rechazo al principio de supranacionalidad que promulgaban los partidarios del Mercado Común, con Francia en primer término.

Así pues, como reacción directa a la creación del Mercado Común, Gran Bretaña organizaría en julio de 1959 una Asociación Europea de Libre Comercio (en inglés, EFTA) integrada, además de por el país patrocinador, por las neutrales Suiza y Austria, los países nórdicos (Suecia, Noruega, Islandia y Dinamarca, siendo Finlandia país asociado) y también Portugal.

Por otro lado, en Francia la crisis de Argelia había terminado por derribar la IV República, surgiendo entonces un nuevo régimen fuerte liderado por la carismática figura del general De Gaulle; sería precisamente este personaje el que marcase el tono de la CEE durante los años siguientes, con sus cerradas posturas (Ej. Oposición cerril a la integración británica en la Comunidad), tratando de convertir a su país en árbitro decisor de todo el conjunto europeo. Los creadores de la idea del Mercado Único lo habían concebido como un paso previo para la instauración en el continente europeo (en su parte occidental y capitalista) de una federación de Estados; por el contrario, De Gaulle defendía la idea de una Europa occidental considerada como “una entidad económica, cultural y humana”, basada en la cooperación entre los Estados miembros, pero que nunca debía suponer para estos la renuncia a su propia soberanía.

Dada la cada vez más evidente separación existente entre la CEE y la EFTA, pues mientras la primera atraía los más importantes capitales extranjeros, sobre todo norteamericanos, la segunda languidecía en un estancamiento del que no era capaz de salir, en el verano de 1961 Gran Bretaña iniciaría los primeros contactos dirigidos a conseguir su adhesión a la Comunidad. Dichas negociaciones, sin embargo, no iban a ser ni fáciles ni rápidas, pues Londres pretendía mantener su posición de privilegio en varios planos (Ej. Conservar un campo de acción propio en sus excolonias), algo que el espíritu europeísta no podía aceptar. Realmente, Francia no estaba dispuesta en absoluto a perder su papel hegemónico dentro del conjunto de la Comunidad. La entrada en la Comunidad Económica Europea de un país del peso de Gran Bretaña podía poner en peligro el liderazgo de Francia. Por ello se rechazaron de plano las pretensiones de expansión de Gran Bretaña a las que para aquel entonces también se habían sumado Dinamarca, Noruega e Irlanda.

Al mismo tiempo, a esas alturas ya comenzaban a mostrarse en varios países europeos, sobre todo en Francia, muestras de rechazo al liderazgo que EE.UU. había impuesto sobre el mundo occidental tras la guerra, y que había sido fundamentado por las ayudas plasmadas en el Plan Marshall. Con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) los norteamericanos poseían un utilísimo instrumento de control en todos los ámbitos, viéndola los europeístas como un obstáculo a toda idea de futura integración del continente. Así las cosas, los europeístas temieron que la posible entrada de Gran Bretaña en la CEE otorgara en cierta manera un control de la misma por parte de su aliado estadounidense. Ese fue el momento en que vio la luz el denominado “Eje París-Bonn”, es decir, la potenciación de las relaciones entre Francia y la RFA tratando de establecer un contrapeso europeo a la visión demasiado atlántica propugnada por los partidarios del ingreso británico.

Pero llegarían los movimientos de protesta que definieron el año 1968, decisivos en el devenir político de Francia, y con ello, en el de la CEE, que por primera vez se vio libre de su tutela. La salida del poder del general De Gaulle no puede ser considerada como la causa determinante de la posterior progresión de la Comunidad, pero lo cierto es que los meses que siguieron al agitado y convulso “mayo francés” sirvieron como nuevo marco para la construcción de la Europa comunitaria. Ya el 1 de julio de aquel 1968 se llevó a efecto la unión aduanera entre los países miembros, mientras también se restauraban las relaciones y conversaciones tendentes a la ampliación de la CEE.

De 1973 a 1981, la “Europa de los nueve”

La primera ampliación de la CEE se hizo efectiva el 1 de enero de 1973, cuando Gran Bretaña, Dinamarca e Irlanda ingresaron en ella como miembros de pleno derecho. Nacía así la que por unos años iba a ser conocida como la “Europa de los Nueve”.

En otro orden de cosas, las condiciones materiales no eran en esos momentos las mejores para lanzar amplios planes económicos, afectando duramente la crisis energética iniciada en 1973 a los países industrializados. No obstante, sí se adoptaron medidas de política energética y monetaria encaminadas a la plena adaptación de sus nuevos miembros. Por ejemplo, en diciembre de 1978 se decidió en Bruselas la instauración, para el 1 de enero de 1979, del Sistema Monetario Europeo y se creó un nuevo impuesto indirecto sobre el valor añadido, conocido como IVA, el cual debía imponerse sobre el consumo en los países comunitarios.

De 1981 a 1995, la “Europa de los diez y de los doce”

El proceso de ampliación de la CEE conocería un nuevo y muy significativo capítulo con el ingreso, en 1981, de Grecia. No en vano, desde entonces las estructuras comunitarias ya no responderían de forma exclusiva a la idea inicial de un “club de ricos”. Grecia era el primer país de economía básicamente agraria, y bastante atrasada, que ingresaba en el conjunto sin que su adhesión viniera apoyada de forma expresa por ninguno de los demás miembros integrantes. Era la apertura al Sur, que vendría a servir de efectivo contrapeso a la dominante preponderancia de los países industrializados del norte del continente.

Dicha tendencia tendría 5 años más tarde su mejor plasmación práctica con las adhesiones de España y Portugal en 1986, que reforzarían el flanco sur de la Comunidad. Las negociaciones con España resultarían larguísimas y muy complejas, pero, finalmente, tras años de reuniones, se acordó su entrada para el 1 de enero de 1986, aunque para muchos temas hubiera que fijar un calendario especial con el fin de evitar que los cambios desestabilizasen tanto la economía española como el sistema de organización comunitario.

Poco después de esa ampliación a 12 del número de países miembros de la CEE, se firmaba el Acta Única Europea (1986, en vigor desde 1987). Con aquel nuevo tratado se ampliarían los objetivos de la Comunidad, sobre todo, al fijar jurídicamente la realización de un verdadero mercado interior entre sus países miembros para 1993, siendo sus objetivos fundamentales:

  • La realización de un verdadero espacio común sin fronteras, garantizando con ello la libre circulación de mercancías, servicios, capitales y personas
  • La profundización en el desarrollo de la integración europea ante el aumento de las diferencias entre los Estados miembros, y aún más entre las diferentes regiones, contrapunto mínimo a la tendencia neoliberal dispuesta, por ejemplo, a través del impulso dado a los conocidos como “Fondos Estructurales” (el FSE, para disminuir el paro fundamentalmente; el FEOGA, para financiar las políticas agrarias; el FEDER para contribuir a la corrección de los desequilibrios regionales…).

A finales de los años 80 y principios de los 90 del siglo XX, diversos países europeos comenzaron a aproximarse a la CEE, incluso solicitando su integración en la misma. Y es que toda la serie de acontecimientos geopolíticos importantísimos que tuvieron lugar durante esos años (la caída del “muro de Berlín” y la consiguiente reunificación alemana, el estallido de la URSS y su posterior desmembramiento, la crisis yugoslava y la ceguera de algunas potencias europeas…), provocó profundas transformaciones, y no ya sólo a nivel europeo sino también mundial (Ej. Emergencia de los EE.UU. como única superpotencia mundial).

Ante tales factores de incertidumbre e inseguridad, en el seno de la CEE se impusieron las tesis que abogaban por un reforzamiento de la misma, cristalizando las negociaciones con la firma en Maastricht del Tratado de la Unión Europea en 1992. Dicho tratado, que modificaba el Tratado de Roma, el Acta Única y todas las revisiones anteriores de los textos fundacionales, giraba en torno a dos ejes:

  • La culminación del espacio económico sin fronteras con la introducción de una Moneda Única (primero designada como ECU, y luego ya de manera definitiva como EURO), construyendo una Unión Económica y Monetaria.
  • El establecimiento de las bases de Unión Política más democrática, más eficaz, más solidaria tanto en el interior como con el exterior, y más equilibrada.

A partir de entonces la CEE pasaría a conocerse como Unión Europea, intentándose con ello, de alguna manera, despojarse del cariz economicista que desde su fundación arrastraba la organización; se trataba de alcanzar una verdadera dimensión europea en todos los ámbitos y no sólo en el financiero. Desgraciadamente, en la práctica la mejor parte del tratado se la llevaría la Unión Económica y Monetaria (definición clara de los objetivos de convergencia económica y su temporalización).

De 1995 a 2004, la “Europa de los quince”

El 1 de enero de 1995 la Unión Europea vio incrementar su número de miembros de doce a quince tras las incorporaciones de Austria, Suecia y Finlandia; Noruega, tras un referéndum, rechazaría su integración. Dichas adhesiones se consiguieron en un tiempo record, algo favorecido por el hecho de que ya con anterioridad a su incorporación se hallaban estrechamente vinculados a la Unión Europea a través de diversos tratados de libre comercio. Esa cuarta ampliación de la Unión Europea modificó los principales datos económicos, geográficos y demográficos de la misma, incidiendo también en muchos otros aspectos. No en vano, se puede afirmar que en términos económicos los 3 nuevos miembros se encontraban en el grupo de los países más ricos del planeta, por encima incluso de la media de sus socios comunitarios, por lo que su integración no supuso grandes ajustamientos transitorios ni el encarecimiento de los duros programas de convergencia, más bien al contrario.

Desde entonces, la Unión Europea se reuniría en continuas sesiones en busca de una “Europa más fuerte y más grande”. Así:

  • Por el Tratado de Ámsterdam de 1997 (en vigor desde 1999), la Unión Europea puso en marcha el conocido como “espacio de Schengen”, lo que supuso la supresión de los controles fronterizos en las carreteras y aeropuertos, así como la cooperación entre policías y aduanas para garantizar la libre circulación de las personas.
  • Con el Tratado de Niza de 2000 se intentaron sentar las bases de una futura Unión Europea que, inevitablemente, se iba a ver ampliada hacia el Este europeo. En síntesis, los principales acuerdos a los que se llegó en esa Cumbre de Niza fueron:
  • La propuesta de que el sistema de mayoría cualificada se convirtiera en norma general, para con ello evitar que la futura Unión pudiera quedar bloqueada.
  • La reponderación del voto de cada país teniéndose en cuenta el peso demográfico de cada uno; precisamente, fue este punto el que mayores tensiones generó en la cumbre, entre los países “grandes” y los “pequeños”, pues nadie quería perder poder (ej. Alemania, tras la reunificación, por primera vez iba a tener más población, y con ello más “poder”, algo de lo que recelaba Francia).
  • La proclamación de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, aunque sin fuerza vinculante al no ser incorporada a los tratados.

De 2004 a 2007, la “Europa de los veinticinco”

El 1 de mayo de 2004 se hizo por fin efectiva la entrada en la Unión Europea de diez nuevos países: la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Polonia, Letonia, Lituania, Estonia, Hungría, Malta y Chipre (aunque sólo la parte sur de la isla, la greco-chipriota).

Por otro lado, con la firma en Roma el 29 de octubre de 2004 del Tratado por el que se establece una Constitución para Europa, parecía que asistíamos al inicio de una nueva e importante etapa en la construcción política de la Unión Europea. No obstante, dicho tratado constitucional no quería ruptura alguna, inscribiéndose perfectamente dentro de la continuidad del sistema de integración europeo, persiguiéndose básicamente simplificar y codificar el ya amplio abanico de tratados internacionales, suscritos entre 1951 y 2004, que contienen las reglas fundamentales del sistema europeo de integración. De todos modos, en realidad, no se trataría de una verdadera Constitución, pues la Unión Europea no es un Estado sino una organización internacional intergubernamental formada por miembros soberanos e independientes, por lo que su título no debería llevarnos a engaño.

Así las cosas, a partir de su adopción y autentificación definitiva en Roma ese 2004, se abrió un largo paréntesis de debate interno y aprobación parlamentaria en los 25 países miembros de la Unión Europea. España, por ejemplo, dio el SÍ el 25 de febrero de 2005 tras un referéndum consultivo. No obstante, y aunque la entrada en vigor del Tratado se disponía fuera para el 1 de noviembre de 2006, nunca llegó a buen puerto tras el rotundo NO francés u holandés, o la suspensión del proceso en el Reino Unido, lo que supuso dos años de “parálisis” en la construcción de la Comunidad Europea a la espera de un momento mejor.

De 2007 a 2013, la “Europa de los veintisiete”

El 1 de enero de 2007 dos países más de Europa Oriental, Bulgaria y Rumania, ingresaron en la Unión Europea, constando ésta ya de este modo de 27 Estados miembros. La incorporación del otro candidato, la “problemática” Turquía, deberá aguardar todavía un poco más; últimamente, además, también Croacia y la Antigua República Yugoslava de Macedonia se han convertido en candidatos a formar parte en un futuro próximo de la Unión Europea.

Ante el parón sufrido por el fracaso en la aprobación de una “Constitución europea”, y dada la insuficiencia del Tratado de la Unión, el pasado 13 de diciembre de 2007 Europa “echó de nuevo a andar” con la firma de un Tratado de Lisboa cuyos objetivos serían los de aumentar la democracia, la eficacia y la transparencia de la Unión Europea, dotándola además de personalidad jurídica única. En su concepción se ha abandonado el concepto constitucional que tantas trabas supuso en los años previos, optándose mejor por conferirle el cariz de “tratado de reforma”.

Probablemente, la nueva y vinculante Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea sea la novedad más destacada del nuevo tratado, sustituyendo a la proclamada en Niza, que redefine la ciudadanía de la Unión como un espacio de libertad, seguridad y justicia.

De 2013 a 2020: “La Europa de los 28”

Croacia solicitó el ingreso a la Unión Europea (UE) en 2003, y la Comisión Europea recomendó hacerla candidato oficial a principios de 2004. Se le garantizó el estatus de país candidato a Croacia por parte del Consejo Europeo (el ejecutivo de gobierno de la UE) a mediados de 2004.​ Las negociaciones de entrada, habiendo sido originalmente establecidas para marzo de 2005, comenzaron en octubre de ese año, poniendo en marcha también el proceso de investigación. Se esperaba que Croacia se adhiriera en el año 2010,​ pero surgieron algunas dudas sobre la ampliación de la UE tras el rechazo de Irlanda al Tratado de Lisboa en un referéndum.​ Pero tras la entrada en vigor de este tratado las negociaciones para la adhesión de nuevos países se han descongelado, posibilitando de este modo que Croacia pueda ser miembro de la UE con mayor brevedad. ​Finalmente, el 30 de junio de 2011 Croacia pudo finalizar con éxito las negociaciones sobre su integración, firmando el 10 de diciembre de 2011 su tratado de adhesión,​ el cual se ratificó en referéndum el 22 de enero de 2012.​ De este modo, Croacia pasó a formar parte de la Unión Europea el 1 de julio de 2013​ tal y como recomendó la Comisión Europea.

Después de Eslovenia, Croacia es la que mejor se ha recuperado de la disolución de Yugoslavia y es la segunda ex-república yugoslava en ser miembro de la UE. Tiene una economía de mercado estable y se encuentra por delante de estados miembros de la UE como Polonia, Bulgaria y Rumanía en lo que se refiere al PIB per cápita.

La adhesión de Croacia ha exigido la consolidación institucional del país, una reforma electoral, incremento de los fondos para la Corte Constitucional y el Defensor del Pueblo, así como mejoras en la regulación de los derechos de las minorías y el retorno e integración de refugiados. Todos estos avances y mejoras permitieron el cierre de la Misión de Croacia de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa a finales de 2007.

2020. El Brexit y salida de Reino Unido de la UE

La salida del Reino Unido de la Unión Europea, también conocida comúnmente como brexit​, (palabra combinada de las palabras inglesas Britain, ‘Gran Bretaña’,​ y exit, ‘salida’), fue un proceso político que consiguió el abandono por parte del Reino Unido de su condición de Estado miembro de la Unión Europea. Tras un referéndum celebrado en el Reino Unido el 23 de junio de 2016 en el que el 51,9 por ciento de los votantes apoyó abandonar la Unión Europea, el Gobierno británico invocó en marzo de 2017 el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, iniciando un proceso de dos años que debía concluir con la salida del Reino Unido el 29 de marzo de 2019. Ese plazo fue prolongado en primer término hasta el 12 de abril de 2019. El plazo volvió a ser prolongado hasta el 31 de octubre de 2019. ​Por tercera y última vez, el plazo volvió a ser prorrogado hasta el 31 de enero de 2020. ​Pasada esa fecha, tras haberse aprobado definitivamente el Acuerdo de Retirada, Reino Unido abandonó automáticamente la Unión Europea. En virtud de dicho acuerdo, hubo un periodo transitorio hasta el 31 de diciembre de 2020 en el que el Reino Unido se mantuvo en el mercado europeo y los ciudadanos y las empresas no notaron diferencias.​ Reino Unido y la UE negociaron una nueva relación comercial durante dicho período transitorio, que firmaron la Nochevieja de 2020, y que entraba en vigor al día siguiente.

La retirada de la Unión fue defendida principalmente por los euroescépticos de derecha (aunque también en menor medida por los de izquierda), mientras que los proeuropeos, que abarcan todo el espectro político, han abogado por la membresía continua y el mantenimiento de la unión aduanera y el mercado común. Ya en 1975 se había celebrado un primer referéndum sobre la permanencia del país en la Comunidad Económica Europea, precursora de la UE, con resultado favorable a la permanencia. En los años setenta y ochenta, la salida de la Comunidad Europea fue abogada principalmente por la izquierda política, y el manifiesto electoral de 1983 del Partido Laborista abogaba por la retirada total. En 1987, el Acta Única Europea, la primera revisión importante de los Tratados de Roma de 1957, estableció formalmente el mercado único europeo y la Cooperación Política Europea.

Desde la década de 1990, la oposición a una mayor integración europea vino principalmente de la derecha. Cuando en 1992 el Tratado de Maastricht, que creó la UE y el mercado único y garantizó las cuatro libertades básicas (la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas en toda la UE) fue presentado ante el Parlamento, hubo divisiones dentro del Partido Conservador, lo que llevó a una rebelión sobre el Tratado.

El Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP por sus siglas en inglés), formado en 1993, creció fuertemente a principios de la década de 2010 y la influencia de la campaña People’s Pledge («Compromiso del Pueblo») entre partidos también se ha descrito como influyente para lograr un referéndum. El primer ministro británico, David Cameron, prometió durante la campaña para las elecciones generales de 2015 celebrar un nuevo referéndum, una promesa que cumplió en 2016 tras la presión del ala euroescéptica de su partido. Cameron, que había hecho campaña para permanecer, renunció después del resultado y fue sucedido por Theresa May, su exMinistra del Interior. Llamó a elecciones generales anticipadas menos de un año después, pero perdió su mayoría general. Su gobierno minoritario fue apoyado en votos clave por el Partido Unionista Democrático.

May anunció la intención del Gobierno británico de no buscar ser miembro permanente del mercado interior europeo o de la unión aduanera de la UE después de abandonar la UE y prometió derogar la Ley de Comunidades Europeas de 1972 e incorporar la legislación vigente de la Unión Europea que fuera de interés para el país en la legislación nacional del Reino Unido. Las negociaciones con la UE comenzaron oficialmente en junio de 2017. En noviembre de 2018, se publicó el Proyecto de Acuerdo de Retirada, negociado entre el Gobierno del Reino Unido y la UE. La Cámara de los Comunes votó en contra del acuerdo por un margen de 432 a 202 (la mayor derrota parlamentaria en la historia para un Gobierno del Reino Unido) el 15 de enero de 2019, y nuevamente el 12 de marzo con un margen de 391 a 242 en contra del acuerdo.

El 14 de marzo de 2019, la Cámara de los Comunes votó para que May le solicitara a la UE una extensión del período permitido para la negociación. Miembros de toda la Cámara de los Comunes rechazaron el acuerdo. Los líderes sindicales exigieron que cualquier acuerdo debe mantener una unión aduanera y un mercado único. Theresa May acabó dimitiendo en julio de 2019 y fue sustituida por Boris Johnson, quien obtuvo un gran resultado electoral en diciembre de ese año en nuevos comicios anticipados.

El amplio consenso entre los economistas es que el brexit tiene la posibilidad de reducir la renta per cápita real del Reino Unido a mediano y largo plazo, y que el referéndum sobre el brexit en sí mismo dañó la economía. ​ Existe la posibilidad que el brexit reduzca la inmigración desde países del Espacio Económico Europeo (EEE) al Reino Unido, y plantea desafíos para la educación superior y la investigación académica del Reino Unido. A partir de julio de 2019, el tamaño de la “ley de divorcio” —la parte del Reino Unido de las obligaciones financieras de la UE— y las relaciones con Irlanda y otros Estados miembros de la UE siguen siendo inciertas.

Instituciones y organismos europeos

Como hemos visto, la Unión Europea es una organización supraestatal formada por estados europeos soberanos e independientes, que delegan parte de su soberanía en unas instituciones comunes, con el fin de tomar decisiones de interés conjunto, de forma democrática, y a escala europea. Así, para alcanzar los fines últimos de la unidad europea, como serían la creación de un ente supranacional, la garantía de las 4 libertades fundamentales (de mercancías, de servicios, de capitales y de trabajadores), la aproximación de las legislaciones nacionales, y el desarrollo de políticas que contribuyeran a la integración socioeconómica, paulatinamente la Unión Europea se ha ido dotando de unos órganos e instituciones propias.

El consejo europeo

Órgano capital para la dirección global de la Unión Europea, llegó de la práctica en 1974 (su “primera cumbre” fue ya en París, en febrero de 1961), por lo que su creación se dio con posterioridad a los Tratados constitutivos. Reunido desde entonces al menos 2 veces al año (habitualmente 4), formalmente no es una institución aunque, de facto, es la más importante.

Se determinó que estaría compuesto por los Jefes de Estado o de Gobierno de los Estados miembros, sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores, y los representantes de la Comisión, siendo sumisión básica la de orientar e impulsar el desarrollo de la integración europea erigiéndose en un foro eficaz de dirección política que guía el destino de la Unión Europea.

La Comisión Europea

La Comisión Europea (CE) es una de las siete instituciones de la Unión Europea. Ostenta el poder ejecutivo y la iniciativa legislativa. Se encarga de proponer legislación, aplicar las decisiones comunitarias, defender los tratados de la Unión y en general se ocupa de los asuntos diarios de la Unión. Opera de manera independiente a los Gobiernos nacionales y representa y defiende los intereses de la Unión.​ Tiene su sede en la ciudad de Bruselas (Bélgica). La actual presidenta de la Comisión es Ursula von der Leyen.

La Comisión actúa a modo de un «Gobierno de Europa», y se compone de veintisiete miembros llamados comisarios. Hay un representante por cada Estado miembro, pero los miembros están obligados a representar los intereses de la UE en su conjunto. Uno de los miembros es el presidente de la Comisión, que es seleccionado por el Parlamento Europeo de un candidato propuesto por el Consejo Europeo. Los otros veintiséis miembros de la Comisión son propuestos por el Consejo de la Unión Europea y el presidente electo, que deben ponerse de acuerdo para enviar una propuesta de Comisión al Parlamento Europeo, donde el conjunto se somete a una última votación.

El término «Comisión» puede designar dos realidades no estrictamente idénticas. Así, puede hacer referencia, por una parte, al conjunto de miembros que la componen en sentido estricto, y que, constituidos en un Colegio de Comisarios, son los depositarios formales de sus poderes; por otra, al conjunto administrativo que los asiste, y que engloba a una oficina ejecutiva compuesta por más de 38 000 funcionarios. Este artículo empleará, preferentemente, el término en el primer sentido institucional apuntado, sin perjuicio de referir la actividad de la administración que dirige y en que se sostiene.

La actual Comisión Von der Leyen tomó posesión de su cargo el 1 de diciembre de 2019, sucediendo a la Comisión Juncker.

El Parlamento Europeo

Considerado el representante del interés de los pueblos de los Estados miembros, al ser elegidos sus representantes por sufragio universal directo, cada 5 años, se podría decir que encarna el principio democrático en el sistema institucional comunitario. De todos modos, ello es muy matizable dada la tradicional gran abstención característica de las elecciones al Parlamento Europeo, lo que sin duda relativiza esa legitimidad democrática que se le confiere.

Cada Estado miembro tiene un número asignado de parlamentarios, no pudiendo exceder el total de 750, debiendo ser el reparto decrecientemente proporcional a la población. Resulta destacable el hecho de que en él los diputados no se agrupen por nacionalidades sino por ideologías, por grupos políticos (Ej. PPE-DE, PSE, VERDES-ALE, etc.).

En cuanto a sus competencias, subrayar que ésta ha sido una de las instituciones que más cambios ha experimentado a lo largo de la historia comunitaria, en el sentido de ir ampliándose sus competencias paulatinamente, de forma que, de ser una institución de carácter meramente consultivo en sus orígenes, en la actualidad se podría decir que en muchas ocasiones incluso colegisla con el Consejo de la Unión Europea.

El Consejo de la Unión Europea

Situado en la base del organigrama institucional europeo, representando la dimensión intergubernamental de la estructura institucional de la Unión Europea, ocupa desde el principio un lugar central en el mismo al ser sus decisiones resultado de la negociación de las posiciones e intereses de los Gobiernos de todos los Estados miembros.

Compuesto por un representante de cada uno de los gobiernos de los Estados miembros, el Consejo de Ministros es una institución compleja en cuanto a su composición pues agrupa a los ministros competentes de cada Estado, según los asuntos que vayan a tratarse: Asuntos Generales y Relaciones Exteriores, Economía, Agricultura y Pesca, Medio Ambiente, etc.

Su función principal es la de ejercer el poder legislativo o normativo, aprobando, modificando o rechazando las propuestas que le presenta la Comisión (Ej. Presupuesto anual), para desarrollar los objetivos fijados en los Tratados.

La Comisión de las Comunidades Europeas

Conocida vulgarmente como Comisión Europea, la Comisión de las Comunidades Europeas está actualmente compuesta por un Comisario de cada Estado miembro, incluidos su Presidente y Vicepresidente, cuyos mandatos son de 5 años, renovables, que desempeñan una actividad colegiada aunque cada uno de ellos tenga a su cargo una serie de temas específicos: Economía y Finanzas, Empleo y Asuntos Sociales, Energía y Transportes, Agricultura y Pesca, Medio Ambiente, etc.

Siendo seguramente la institución comunitaria más directamente implicada en la marcha diaria de la gestión, la Comisión tendría como función fundamental la de asegurar y garantizar la aplicación y el cumplimiento de los Tratados y de las normas comunitarias; también elaboraría las propuestas normativas de las políticas comunitarias (se pretende sea la representante de los “intereses generales”, de los intereses del conjunto comunitario, por lo que juega un papel crucial).

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea

Es el órgano judicial independiente encargado del control del respeto del ordenamiento jurídico comunitario, es decir, supondría la garantía del respeto del Derecho en la interpretación y aplicación de los Tratados.

Junto a esa función contenciosa, también asume una función consultiva respecto de los Acuerdos concluidos por la Comunidad con otros Estados u Organizaciones internacionales.

Elegidos sus miembros por personalidades del derecho de cada país comunitario, su composición se rige desde su origen por la regla de igualdad entre los Estados miembros, cada uno de los cuales nombra a un Juez para un periodo de 6 años, si bien cada 3 años tiene lugar una renovación parcial en la composición del Tribunal.

El Alto Representante de la Unión para los Asuntos Exteriores y la Política de Seguridad

Ya esbozado en el fallido “Tratado por el que se establece una Constitución para Europa” de 2004, es la gran novedad institucional venida de la mano del “Tratado de Lisboa”, siendo el motivo de la creación de su figura el de garantizar la unidad, coherencia y visibilidad en la acción exterior de la Unión Europea. Dadas las fricciones y desavenencias públicas habidas en los últimos años, entre la figura de “Mister PESC” y el miembro de la Comisión encargado de las relaciones exteriores, se ha optado por unificar el cargo y que haya una sola persona al frente de la acción exterior comunitaria (tanto la económica como la política).

No obstante, cada Estado miembro sigue siendo soberano en su política exterior, es decir, en la definición de los intereses propios en los foros políticos internacionales y en las relaciones políticas o diplomáticas clásicas y en la protección de su seguridad y defensa; ahora bien, hay ámbitos y problemas internacionales, que afectan a intereses comunes y valores que compartimos, en los que sin duda la Unión Europea podrá ser más fuerte e influyente si da una respuesta común (Ej. la pasada división en la posición europea ante el conflicto en Irak).

Otras instituciones y órganos consultivos

Y luego también, otras instituciones y órganos consultivos que servirían de apoyo a la Comunidad, como el Tribunal de Cuentas, el Comité Económico y Social, el Comité de las Regiones, el Banco Europeo de Inversiones, el Banco Central Europeo, el Defensor del Pueblo Europeo…

Reflexiones sobre el europeísmo y su arraigo en España

En esta sección abordamos -al hilo de las consideraciones de Paloma Pájaro que compartimos ampliamente- cuestiones de carácter interpretativo en contraste con los puntos anteriores meramente descriptivos.

¿Qué es Europa?

Quizás algunos de ustedes recuerdan el texto de aquel frustrado Tratado de la Unión Europea. Uno podría pensar que nos encontrábamos ante un texto puramente técnico. Sin embargo, aquel Tratado de 2005 ofrecía una concepción filosófica a través de ideas como tolerancia, cultura, libertad de conciencia, laicismo, etc. Dicha concepción filosófica, siendo completamente respetable, es asimismo completamente discutible.

Podemos entender a Europa como una entidad geográfico-histórica, en un sentido espacio-temporal: Europa es una península que forma parte del supercontinente euroasiático. No obstante, por motivos histórico-culturales, se le considera un continente que limita con el continente asiático en los Urales, el río Ural, el mar Caspio, la cordillera del Cáucaso, el mar Negro y los estrechos del Bósforo y de Dardanelos. Es excesivo decir, como alguna vez se ha dicho, que geográficamente Europa va desde Lisboa a Vladivostok. Para ofrecer algunos datos positivos más, podemos decir que Europa representa únicamente el 2% de la superficie del planeta, así como el 6,8% de las tierras emergidas. Abarca 10.530.751 km² y a día de hoy tiene un censo de 744.781.221 habitantes, lo que supone aproximadamente el 10% de la población mundial.

Por otro lado, tradicionalmente se asocia el origen del topónimo «Europa» con un personaje de la mitología griega y desde el año 500 a. C. «Europa» remitía a la tierra situada al oeste del mar Egeo. Algunos investigadores indican que el término «europeos» (europenses) se habría citado por primera vez en la Crónica mozárabe del año 754 para referirse al enfrentamiento entre los reinos cristianos y la expansión musulmana y, de hecho, hasta el siglo XVI los territorios europeos no eran conocidos como «Europa» sino como «La Cristiandad». Con el Renacimiento, y tras el auge de la Reforma protestante, empezaría a generalizarse el término «Europa», expresión que acarreaba menos connotaciones confesionales-culturales.

Entrando ya de lleno en el terreno de la filosofía, hay que precisar que existen diversas ideas de «Europa» que es necesario definir y clasificar. Vemos en pantalla la tabla elaborada por Gustavo Bueno en su obra España no es un mito donde ofrece una clasificación exhaustiva de las múltiples Ideas que sobre Europa circulan en cuatro tipos de Ideas que denominamos Europa I, II, III y IV. (→ Gustavo Bueno, “Las cuatro Europas”, con vídeo.)

Tabla de clasificación de las Ideas de Europa, Gustavo Bueno

De forma bochornosamente simplificada diremos que la Europa I se corresponde con la Europa sublime y remite a la idea metafísica que defendieron Ortega y Gasset y Husserl, entre otros muchos. Desde esta perspectiva se entendía a Europa como la continuación de Grecia y de sus logros (la razón, el logos, la democracia). Una Europa que, a través de los siglos, habría descubierto la ciencia, la justicia, la libertad, la paz, la armonía, &c. Esta Europa sería la fuente de todos los valores, la auténtica cultura y, por tanto, debía ser la antorcha que guiara al resto de sociedades del mundo. Esta Europa I o Europa sublime no tiene sentido político, sino ideológico y metafísico.

La Europa II tampoco tiene un sentido político, sino cultural: es la Europa de los antropólogos. Desde esa perspectiva se considera a Europa como «una Civilización», la occidental, entre otras civilizaciones (la Oriental, Mesoamericana o africana). Esto es, Europa sería un círculo cultural entre otros círculos culturales. Según los antropólogos clásicos como Morgan y Tylor, Europa habría superado la fase del salvajismo y la fase de la barbarie y se encontraría ya en la fase de la civilización. Pero no solo eso, sino que Europa habría alcanzado el culmen del desarrollo cultural, el punto más álgido de la civilización, y con ello se justificaba el colonialismo del siglo XIX. Pero, ojo, porque el llamado «gobierno indirecto» que bajo esta visión practicó el Imperio británico, siguió la norma depredadora que consistía en respetar las costumbres del pueblo colonizado, aunque fueran salvajes, y aprovechar la explotación. A causa del supremacismo blanco y anglosajón, se mantuvo una diferencia crucial entre la metrópoli y las colonias. El Imperio romano o el español, sin embargo, siguieron la norma del imperio generador que no respetaba el salvajismo, sino que trataba de elevar a las sociedades que encontraba a su paso a su mismo nivel. Por eso en la Roma imperial no había «colonias», sino provincias: Hispania no era algo inferior a Roma, Hispania era Roma; del mismo modo que en el Imperio español tampoco había colonias, sino virreinatos: los virreinatos de Nuevo México o del Perú eran España y no solo eso, sino que eran las regiones más florecientes de España.

Pero sigamos. Europa III sería entendida como una especie de «Europa sin fronteras». Es lo que nos permite reconocer un cierto aire de familia entre los diferentes países europeos: casas parecidas, ropas parecidas, gustos musicales parecidos, &c. Cabe preguntarse, sin embargo, si en esta época de globalización positiva, no se han nivelado ya muchas de estas características locales, o si, por ejemplo, los españoles no percibimos más aire de familia con Ciudad de México que con Helsinki. Europa III se entiende en un sentido social, como una Europa unida culturalmente, pero no políticamente.

Europa IV es la Europa de las patrias, que decía de Gaulle, la Europa de las Naciones, de los Estados con soberanía, la Europa de España, Italia, Alemania, Francia, Irlanda, Finlandia, &c. Europa IV, por tanto, ya tiene un sentido político.

La Unión Europea

La Unión Europea no es el producto de la madurez de los europeos que, tras siglos de graves conflictos internos y de dos guerras mundiales, se pusieron definitivamente en el camino de la paz y de la libertad. No, la Unión Europea es una construcción de los EEUU, nace como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y es posibilitada gracias a la puesta en marcha del Plan Marshall que tenía entre sus principales objetivos el levantar en Europa un dique anticomunista que sirviera para implantar un conjunto de democracias homologadas con la estadounidense. Así que la Unión Europea es un producto de la dialéctica entre Imperios durante la Guerra Fría: EEUU y la URSS.

Uno de los principales ideólogos del movimiento europeísta fue el polaco judío Joseph Retinger, que es conocido por fundar junto al Príncipe Bernardo de Holanda el globalista Club Bilderberg. No quiero detenerme aquí en enumerar toda la serie de instituciones que históricamente han intervenido en la configuración de la Unión Europea, pero sí diré que en 1949 se crea la OTAN, que fue fundamental para el desarrollo de unificación de los países europeos en solidaridad con Estados Unidos frente a la URSS durante la Guerra Fría.

La protounión europea o la primera idea de comunidad europea se consolidó tan solo cinco años después de la caída del nazismo, y lo hizo gracias a la doctrina del francés Jean Monnet y del también francés de origen germano-luxemburgués Robert Schuman. Ambos postulaban un federalismo sectorial y progresivo: esto es, proponían integrar un sector pujante de la economía (el carbón y el acero) bajo una Alta Autoridad común para luego darle a ese organismo un sentido político. Pero, ojo, porque la Declaración Schuman leída el 5 de mayo de 1950 estaba pensada inicialmente desde y para el eje franco-alemán y así decía Schuman: «Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar en una solidaridad de hecho. La agrupación de las naciones europeas exige que la oposición secular entre Francia y Alemania quede superada, por lo que la acción emprendida debe afectar en primer lugar a Francia y Alemania». Es decir, el plan Schuman proponía la creación de una comunidad franco-alemana para aprovechar conjuntamente el carbón y el acero, dado que entonces Alemania producía el doble de acero que Francia. Asimismo, trataba de evitarse el estallido de un nuevo conflicto bélico entre ambos países. Una vez en funcionamiento, esta comunidad económica entre Francia y Alemania se ampliaría a otros países europeos para formar un espacio de libre circulación de personas, mercancías y capital.​

La Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la CECA, quedó finalmente constituida en la primavera de 1951 con la firma del Tratado de París por parte de Alemania Occidental, Francia, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. Interesante apuntar, por cierto, que Robert Schuman también impulsó el plan para la formación de un ejército europeo denominado Comunidad Europea de Defensa, plan que fue rechazado por los franceses en 1954. Por su parte, el bloque comunista firmó en 1955 el Pacto de Varsovia como respuesta a la OTAN y constituyó el COMECON como respuesta a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Vemos perfectamente cómo está en marcha la dialéctica de Imperios durante la Guerra Fría.

En 1986, y al mismo tiempo que se iba incorporando a la OTAN, España entró en el club de naciones europeas. En 1993 entró en vigor el Tratado de Maastricht con doce Estados socios, en cuyo primer borrador se hablaba de «la vocación federal europea», algo así como crear unos Estados Unidos de Europa. Por presiones británicas, sin embargo, se eliminó el sintagma «vocación federal», pues implicaba la pérdida de la soberanía nacional, sustituyendo tan viscosa expresión por un vago «proceso hacia una Unión más estrecha». Y es que Reino Unido ha tenido siempre muy claros sus intereses, así como su rechazo a una «Europa» liderada por Alemania. El Brexit, insistimos, lo deja bien claro.

En 2002 entró en circulación la moneda europea, el euro, y lo hizo bajo el control del Banco Central Europeo. No todos los países miembros aceptaron el euro y una vez más los británicos dieron muestras de su recelo protegiendo y conservando su libra esterlina. Volvemos a insistir, Inglaterra y España son naciones de tradición atlántica en el sentido de que ambas tienen intereses fuera de Europa: sus respectivos mundos se enraízan más allá de Europa. No pasa lo mismo con Francia y Alemania que son Estados continentales, razón por la que tratan de controlar a la Unión Europea según sus propios intereses. Reino Unido no ha perdido de vista esta realidad, España sí y eso nos está acarreando gravísimos conflictos porque no se puede entender España sin América. Pero sigamos.

En 2005 el Parlamento Europeo presentó el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa recomendando a los Estados miembros que lo ratificaran a través de referéndums. Como ya sabemos, los referéndums llevados a cabo en Francia y en los Países Bajos dieron un «no» al Tratado, lo que produjo una importante crisis institucional, así como la cancelación del documento.

En el año 2012 la Unión Europea recibió el Premio Nobel de la Paz «por su contribución durante seis décadas al avance de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa». Y nosotros preguntamos, ¿también contribuyó la Unión Europea al avance de la paz en los Balcanes durante la década de los 90?

En 2017 la Unión Europea fue, asimismo, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de la Concordia y es que, como ya hemos advertido, los españoles somos los más europeístas del mundo mundial. Insistimos, posiblemente esto se deba a la enorme influencia que el filósofo José Ortega y Gasset ha ejercido este último siglo sobre el conjunto de la sociedad española. Ortega elogiaba a Europa vinculándola con el Sacro Imperio Romano Germánico (secularizado en plan hegeliano) y no con la Monarquía Hispánica de Felipe II. De ahí que, con ingenuidad, el filósofo germanófilo pensase que España era el problema y que Europa era la solución, o sea, que Alemania era la solución. Como ya hemos señalado en varias ocasiones, Ortega y Gasset entendía que lo germánico representaba el palo que debía tensionar a la indisciplinada y floja España y sabemos que Unamuno se le opuso en feroz controversia, advirtiendo que la Kultur alemana acabaría con la esencia de España. Con el estallido de la Gran Guerra europea en 1914, a Ortega se le volvió loca la modelo y, desde luego, Miguel de Unamuno no tuvo ningún pudor en refregárselo. En España frente a Europa, un libro pensado contra esta concepción «invertebrada» de España, Gustavo Bueno critica la visión de Europa como Idea sublime, esto es, somete a trituración a la Europa I que veíamos al principio, a esa Europa que se postula como la vanguardia de la humanidad.

España frente a Europa

Tras la muerte de Franco, España se vio abocada a acercarse a Europa, una Europa que, insistimos, venía preparándose desde hacía décadas como instrumento de EEUU para frenar el empuje de la URSS. En ese momento, la tradicional relación de España con las repúblicas americanas que hablan español se vio reajustada por esa voluntad europeísta. Esto supuso el descabezamiento industrial de España, pues la privatización a manos del PSOE de muchísimas empresas que dependían del Estado dejó a muchos sectores bajo el control de empresarios alemanes y franceses (siderurgia, automóviles, supermercados, &.) Alemania –con suma prudencia para sus intereses eutáxicos, como es lo normal– ha nutrido su industria eliminando a España como principal competidor. Sin esa industrialización Alemania no hubiese alcanzado sus impresionantes superávits y es que el presupuesto federal alemán cerró 2019 con un plus de 13.500 millones de euros, el mayor desde la reunificación en 1990.

Pero si Alemania es una potencia industrial, también es una enana militar pues recordemos que no tiene permisos internacionales para desarrollar armamento nuclear. Francia, en cambio, sí los tiene y por ello es la principal potencia militar ahora mismo en Europa. Por si esto fuera poco, resulta que el ejército español también ha sido esquilmado durante estos años y ha quedado subordinado militarmente a los intereses de las potencias anglosajonas por su pertenencia a la OTAN. Cabe hablar, asimismo, de la subordinación cultural con la imposición del inglés y el general desprecio por lo propio a favor de todo tipo de gustos e ideologías foráneas: ahí están nuestros profesores de filosofía universitarios dando buena cuenta de ello. Y no olvidemos que hasta permitimos que sean otros los que escriban nuestra historia, pues ahora mismo los historiadores de la historia de España más prestigiosos son de estirpe anglosajona, ¿imaginan, ustedes, que los libros de historia de Inglaterra más vendidos en Inglaterra estuvieran escritos por españoles, mexicanos o colombianos? España, además, es un país sin moneda propia ya que abandonó la peseta para subirse al euro, lo que implicó la pérdida de la soberanía monetaria. El euro ha sido para Alemania como maná caído del cielo. Para España, en cambio, casi completamente desindustrializada y volcada hacia el sector servicios, el euro ha sido una ruina que nos ha costado un ojo de la cara y con la que se nos viene encima puede que nos quedemos ciegos. Y eso por no hablar de la vergonzosa actuación de los países europeos en relación a nuestros fugados separatistas. Hace ya años que un dirigente nacionalista vasco dijo: «Separémonos de España, entremos en Europa y allí nos reencontraremos». Por tanto, ¿qué interés tiene España de estar dentro de un fantasma político como es esa Unión Europa de la que se ha salido Reino Unido y donde hay una disputa del poder entre Francia y Alemania?

La clase política española está imbecilizada por cuestiones ideológicas: desenterrar a Franco, derechas e izquierdas, secesiones, lenguaje inclusivo, feminismos, cambio climático, &c. Ni siquiera en plena crisis del coronavirus son capaces los partidos que lideran el Gobierno de la Nación de defender a la Nación, sino que siguen actuando como si fueran la oposición o como si estuvieran haciendo campaña electoral. No asumen la responsabilidad de estar al mando del Gobierno de España.

Más le hubiese valido a España haber llevado a cabo una alianza con los países hispanoamericanos, utilizando la lengua española como arma de pensamiento geopolítico, científico y filosófico. Pero España se ha europeizado y ello significa que se ha deshispanizado. De hecho, a medida que España se ha ido integrando en la Unión Europea los separatismos han ido ganando fuerza, así como el indigenismo en los países hispanoamericanos (con la ayuda de Estados Unidos a fin de que no se instale una plataforma hispana con suficiente potencia geopolítica). Así que menos separatismo, menos Europa y más Hispanidad. ¿O tal vez es ya demasiado tarde?

Bibliografía

  • BESNÉ MAÑERO, R. et al (2002). La UE. Historia, instituciones y sistema jurídico, Bilbao: Universidad de Deusto.
  • MAMMARELLA, G. (1996). Historia de la Europa Contemporánea de 1945 hasta hoy, Barcelona: Ariel.
  • MANGAS MARTÍN, A. (2005). La Constitución Europea, Madrid: Iustel.
  • MUÑOZ, R. y R. BONETE (1997). Introducción a la Unión Europea, Madrid: Alianza
  • TAMAMES, R. (1994). La Unión Europea, Madrid: Alianza.
  • TSOUKALIS, L. (2004). ¿Qué Europa queremos. Los retos políticos y económicos de la nueva Unión Europea, Barcelona: Paidós.
  • Anuarios de EL MUNDO y EL PAÍS.
  • El estado del mundo. Ed. Akal.

Bibliografía literaria

  • LEONARD, M. (1998). Rediscovering Europe, Londres: Demos.
  • PRIETO, A. (1998). La lluvia del tiempo, Barcelona: Seix Barral.

Webgrafía

  • http://europa.eu.int
  • http://www.aquieuropa.com

Filmografía

  • “El cielo sobre Berlín”, de WENDERS, W., Alemania, 1987
  • “El efecto mariposa”, de COLOMO, F., España, 1995.

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