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Ciencias Sociales

Tema 3. Climas y zonas bioclimáticas

Los climas de nuestro planeta son la respuesta del sistema Tierra-atmósfera al estímulo provocado por la radiación incidente, es decir, el resultado del balance energético entre la radiación solar absorbida y el modo mediante el cual se distribuye esta energía entre los componentes del sistema. Dicho balance se manifiesta en unos valores medios de las variables meteorológicas observadas durante un intervalo de tiempo fijado y en sus variaciones extremas o excepcionales no contempladas por los datos promedios.

Introducción

Conforme a esta concepción, el término clima expresa las condiciones generales propias de la atmósfera sobre un lugar durante un periodo relativamente largo, y se distingue del concepto de tiempo atmosférico, que se refiere a un periodo corto y expresa el estado puntual de la atmósfera.

La climatología ha tenido como objetivo básico conocer el reparto de los climas en la superficie terrestre y estudiar su extensión, sus características, sus mecanismos y su evolución. En principio, la configuración climática tiene una clara componente zonal, dominada por los grandes flujos de la circulación atmosférica; pero sobre la misma intervienen gran variedad de factores, tales como la distribución de tierras y mares, la continentalidad, el relieve, la altitud, etc., que introducen modificaciones azonales y que, en definitiva, son los responsables del variado mosaico climático del globo.

Otro objetivo de la climatología es la clasificación de los climas. Estos pueden agruparse de forma sistemática sobre la base de las propiedades que tienen en común, siendo posible aplicar muy diversas variables. El propósito es presentar un esquema ordenado de la diversidad climática, lo cual no deja de ser problemático debido a la forzosa generalización que ha de adoptarse y a las dificultades en el acopio de información base, que hacen que los límites entre climas diferentes tengan un alto grado de imprecisión. Más allá de los núcleos climáticos definidos con claridad se sitúan extensas franjas de transición en las que las influencias climáticas se interpenetran, con matices distintos de una época a otra, que hacen difícil cualquier intento de clasificación.

Elementos y factores del clima

Elementos del clima

El estado del tiempo atmosférico se caracteriza por un cierto número de magnitudes físicas, que pueden medirse, y de circunstancias ambientales, que pueden observarse y describirse. Unas y otras constituyen los elementos del clima, entre los que están: la temperatura, la precipitación, la presión atmosférica, la velocidad y dirección del viento, la duración de la insolación, la nubosidad y la humedad atmosférica.

Durante mucho tiempo la climatología se ha fundamentado en dos de estos elementos: la temperatura del aire y la precipitación, que han sido considerados básicos para determinar el clima, en parte por su fuerte impacto sobre las actividades humanas y por la disponibilidad de largas series de datos. Sin embargo, otros elementos pueden tener igual o, aveces, superior consideración en casos concretos. Por ejemplo, la temperatura y la humedad del suelo, junto con la evaporación, son fundamentales en agricultura; y los flujos de energía radiante lo son para conocer los procesos atmosféricos.

Por otra parte, hay que señalar que algunos elementos del clima deben ser registrados con delicados instrumentos de medida (la turbulencia de la atmósfera, por ejemplo), no siempre disponibles; mientras que en la actualidad surgen nuevos elementos a tener en cuenta sobre los que contamos aún con pocos datos y observaciones precisas (la lluvia ácida, por ejemplo). Al final, más o menos importantes y determinantes, la combinación de todos los elementos integrantes del complejo sistema que forma la atmósfera definen el clima de una región.

Factores que controlan el clima

Como tales se consideran el conjunto de mecanismos e influencias que inciden en las manifestaciones atmosféricas que observamos y que son responsables de la diversidad climática regional.

En efecto, los distintos climas son el resultado de la actuación conjunta de factores astronómicos, meteorológicos y geográficos, siendo los más significativos: la latitud, la altitud, la distribución de tierras y mares, la naturaleza de las corrientes oceánicas, la disposición del relieve, los sistemas de vientos dominantes y la distribución de los centros de altas y bajas presiones.

Los factores astronómicos, derivados de la situación latitudinal y los movimientos de la tierra, de los que resultan las diferencias en los balances de radiación, son los responsables del carácter rítmico del tiempo y de la sucesión de las estaciones.

Los factores meteorológicos, relacionados con la dinámica general de la atmósfera: tipo de circulación regional, sucesión de masas de aire, frentes y centros de acción; confieren el sentido cambiante que presenta el estado de la atmósfera.

Los factores geográficos, por su parte, actúan como modificadores de los demás factores y a ellos se debe la diversidad de las características climáticas. Estas modificaciones revisten grados de importancia territorial muy variables, que van desde la fracción de continente y océano hasta la vertiente de una montaña.

Los diferentes grupos de factores intervienen de un modo interrelacionado y su acción determina la distribución de los climas del planeta. En principio, los factores astronómicos y meteorológicos establecen el dominio zonal, y sobre éstos los factores geográficos imponen las alteraciones azonales y, en definitiva, los climas regionales y locales.

Clasificación de los climas

El intento de clasificar los climas se puede fundamentar en un gran número de parámetros, resultando difícil establecer criterios generales partiendo de los rasgos climáticos característicos. Por otra parte, el método de clasificación debe basarse en los documentos disponibles, no siempre suficientes, y en el objetivo que se persiga, que no es siempre el mismo según los intereses de las distintas disciplinas que se preocupan por el clima (agronomía, botánica, geografía…). En conclusión, resulta imposible establecer un esquema de clasificación de los climas único y válido para todo el planeta, pero, dada la trascendencia de este tema para la formulación de hipótesis y la orientación de determinadas investigaciones, el intento de clasificación ha sido abordado por muchos autores de todas las épocas y desde los presupuestos de diferentes disciplinas.

Aunque existen propuestas de clasificación regional de los climas desde la época de los griegos, el siglo XX ha sido el que ha contemplado una mayor proliferación de propuestas de clasificación de los climas, pudiendo observarse dos tendencias principales. Por un lado, las que se basan en los factores que generan la diversidad climática, como son la circulación atmosférica, las masas de aire y los tipos de tiempo, que se conocen como clasificaciones genéticas[1]. Por otro lado, las que combinan diferentes elementos del clima (habitualmente el grado de aridez y las temperaturas) y los efectos que producen en el medio geográfico, llamadas clasificaciones empíricas[2]. De las diferentes propuestas, las de STRAHLER, THORNTHWAITE y KÖPPEN están entre las más extendidas.

Clasificación de STRAHLER

El esquema seguido por este autor utiliza los conceptos de regímenes térmicos y tipos pluviométricos, pero los explica considerando la localización de las regiones manantiales de las diferentes masas de aire, así como la naturaleza y movimientos éstas, los frentes y las borrascas. Distingue tres grandes grupos climáticos:

Climas de las bajas latitudes, controlados por las células de altas presiones subtropicales y las masas de aire tropical y ecuatorial.

Climas de latitudes medias, dominados por el frente polar y las masas de aire tropical y polar.

Climas de las altas latitudes, bajo el control de las masas de aire polar y árticas-antárticas.

Estos tres grupos se subdividen a su vez en trece tipos climáticos, a los que se añaden los climas de montaña. El resultado es un esquema sencillo y efectivo (ver mapa).

Clasificación de THORNTHWAITE

Se basa en el concepto de evapotranspiración potencial y en el balance de vapor de agua, y tiene como cuatro criterios básicos: el índice global de humedad, la variación estacional de la humedad efectiva, el índice de eficiencia térmica y la concentración estival de la eficiencia térmica.

La evapotranspiración potencial (ETP) se determina a partir de la temperatura media mensual, corregida según la duración del día; y el exceso o déficit se calcula a partir del balance de vapor de agua, considerando la humedad, que junto con la ETP permite definir los diferentes tipos de clima (ver cuadro).

Clasificación de KÖPPEN.

Constituye tal vez el mejor ejemplo de clasificación empírica y es uno de los esquemas más conocidos y usados por los geógrafos. Toma como idea de partida el que la vegetación natural constituye un indicador del clima, y algunas de sus categorías se apoyan precisamente en los límites climáticos de ciertas formaciones vegetales. Los climas son definidos por los valores medios y mensuales de las temperaturas y las precipitaciones, criterios con los que se diferencian varios grupos y subgrupos climáticos que se identifican mediante un código de letras.

KÖPPEN distingue seis grandes grupos climáticos, que se reconocen mediante la asignación a cada uno de una letra mayúscula. El criterio principal para esta primera división es el térmico, aunque la diferenciación de los climas B se basa en la humedad:

Climas A: Cálidos. La temperatura media mensual es superior en todos los meses a 18o.

Climas B: Secos. La evaporación es superior a la precipitación y no hay excedente hídrico.

Climas C: Templados. El mes más frío tiene una temperatura media superior a -3o y el mes más cálido supera los 10o.

Climas D: Templados con invierno frío. La temperatura media del mes más frío es inferior a -3o y la del mes más cálido supera los 10o.

Climas E: Polares. La temperatura media de todos los meses es inferior a 10o. Diferencia los subgrupos ET (clima de tundra), cuando el mes más cálido supera los 0o, y EF (clima de hielo permanente), cuando ningún mes supera los 0o.

Los grupos anteriores se subdividen a su vez en subgrupos más específicos mediante la asignación de letras minúsculas que hacen referencia a la distribución estacional de las precipitaciones:

f: No existe estación seca.

s: Estación seca en verano.

w: Estación seca en invierno.

m: Presencia de lluvia monzónica.

Para matizar el régimen térmico se hace uso de una tercera letra minúscula, siendo las principales:

a: El mes más cálido supera los 22o.

b: El mes más cálido no supera los 22o, pero al menos 4 meses superan los 10o.

c: Menos de cuatro meses superan los 10o.

d: El mes más frío está por debajo de -38o.

La clasificación de KÖPPEN es susceptible de enriquecimiento en sus detalles, mediante la adición de nuevos símbolos, así como de adaptaciones regionales que maticen aun más las diferencias entre subtipos climáticos. Para la Península Ibérica, por ejemplo, se propone la aplicación a la minúscula s de las comillas (s”), cuando, además de la estación seca en verano, se detecta un mínimo secundario de lluvias en enero. Igualmente, para la Península se propone matizar el régimen térmico añadiendo la consideración de que exista o no un mes inferior a 6o.

Zonas bioclimáticas

Sería imposible describir individualmente todos los climas existentes, aunque sí es necesario adoptar algún esquema que identifique los grupos principales. Seguiremos la división básica zonal en climas cálidos, templados y polares, explicando las características generales de la dinámica atmosférica y haciendo una síntesis selectiva de los climas regionales existentes en cada área.

Climas cálidos

Ocupan la extensa superficie del globo comprendida entre los Trópicos de Cáncer y Capricornio, y se caracterizan globalmente por sus temperaturas altas y homogéneas a lo largo del año, debido a los balances positivos de energía solar en las latitudes bajas. Desde el punto de vista de las temperaturas no existen estaciones propiamente dichas, y la amplitud térmica media anual es escasa. En una primera aproximación pueden diferenciarse dentro de esta familia cuatro grandes tipos de climas.

Climas ecuatoriales

Tienen una disposición zonal a lo largo de la vaguada ecuatorial, entre las latitudes 10-15o al Norte y al Sur del Ecuador. Son climas de gran uniformidad térmica, con medias mensuales y anuales próximas a los 27o, débiles contrastes estacionales y oscilaciones diarias también de poca importancia. Esta uniformidad se debe a varios hechos: la duración prácticamente idéntica de los días y las noches, la ausencia de invasiones de masas polares frías y la elevada humedad del aire.

La precipitación es siempre abundante, provocada por los mecanismos de convergencia de vientos (choque de los alisios) y por convección (calentamiento, elevación y condensación del aire), alcanzando la precipitación anual valores por encima de los 2.000 mm. No existe estación seca, pero pueden detectarse dos máximos anuales en las precipitaciones, que suelen relacionarse con los dos momentos en que los rayos solares caen perpendicularmente sobre una zona[3].

El clima ecuatorial domina en la amplia cuenca del Amazonas, en la cuenca del Congo y en las islas de Indonesia. Constituye el dominio del bosque ecuatorial denso, que presenta en estado natural el aspecto de una alfombra infinita. El número de especies vegetales que conviven en estos bosques es inmenso y no podemos considerar que se hayan inventariado todas[4]. La importancia de esta masa forestal para el equilibrio climático del planeta se ha empezado a valorar en tiempos recientes, justo cuando su imparable proceso de destrucción ha cobrado auge.

Desde el punto de vista edafológico, el clima ecuatorial se relaciona con la existencia de suelos en general pobres, ya que la abundante agua que reciben disuelve y arrastra las bases esenciales para la fertilidad. Las rocas, sobre todo las cristalinas, se descomponen profundamente y en la parte superior se forma un suelo limo-arcilloso de color rojizo por la abundancia de óxidos de hierro y aluminio. Cuando el porcentaje de estos minerales es elevado se habla de suelos lateríticos[5], que se secan al sol y forman piezas de gran consistencia.

Climas tropicales

El clima ecuatorial lluvioso se va degradando conforme se sube en latitud dando lugar a toda una gama intermedia de climas tropicales, caracterizados por la alternancia de una estación lluviosa y otra seca, de duración y extensión variables, que influyen lógicamente en la precipitación total recibida. Este ritmo pluviométrico deriva de la acción de los vientos alisios y su explicación es simple:

El periodo de lluvias tiene lugar en verano, y coincide con el desplazamiento de la vaguada ecuatorial en dirección al polo y con el arrastre por los vientos alisios de masas de aire marítimas muy inestables y cargadas de humedad.

El periodo de sequía se produce en invierno, debido a la acción de los vientos alisios continentales (secos) y al desplazamiento de los anticiclones subtropicales hacia las latitudes bajas, estabilizando la atmósfera.

Estos mecanismos generan una distribución zonal escalonada de diferentes subtipos climáticos, a lo que se unen factores geográficos que matizan estos subtipos y originan distribuciones azonales.

En las fachadas orientales de los continentes, la exposición a los vientos oceánicos e inestables que penetran desde el Este hace que las precipitaciones sean abundantes todo el año. Esto ocurre en las costas del Caribe, en la fachada Sudeste de Brasil, en las costas orientales del África meridional, en las islas del Océano Indico y en el Noreste de Australia, regiones todas en las que suelen superarse los 1.000 mm de precipitación anual. El clima de estas zonas se asemeja bastante al ecuatorial, aunque por factores distintos, y suele conocerse como subecuatorial.

El clima tropical típico, denominado por algunos geógrafos sudanés, suele tener unas precipitaciones anuales entre 750 y 1.000 mm., que se concentran en una sola estación que dura de cinco a siete meses, abarcando el verano, y suele contemplar potentes tormentas acompañadas de vientos fuertes. El invierno no se deja sentir en las temperaturas, pues los meses menos calurosos suelen superar los 25o, pero en ellos se inicia una estación seca que se prolonga durante la primavera, dominada por vientos continentales muy secos. Este clima tiene un extenso dominio en América del Sur y Central, en África y en el Sureste Asiático.

Cuando la cantidad de precipitaciones desciende (entre 400 y 750 mm) y la estación seca se hace más prolongada (2/3 del año), la tendencia a la aridez se acentúa y entramos en la zona de transición hacia el desierto. Esta modalidad de clima tropical marcadamente seco se conoce como saheliense, ya que encuentra su dominio más extenso en África, en la región que los árabes denominan Sahel (= orilla, en este caso del desierto), debiendo su aridez al dominio del viento continental seco denominado harmattan. Además de en África, esta modalidad de clima tropical muy seco aparece en el interior de México, en el altiplano boliviano, en el Noroeste de la Península India y en el interior de Australia, siempre en zonas de transición hacia regiones plenamente desérticas.

El clima monzónico.

En realidad es un clima tropical con estación seca, pero que se da en una región de Asia que coincide en latitud con el dominio del desierto en África. El factor principal que imprime su carácter al clima monzónico es el viento denominado monzón, que afecta básicamente a la Península India y a la región del Sureste Asiático.

El mecanismo del monzón se basa en un sistema de vientos estacionales que soplan alternativamente del mar, en verano, y del continente, en invierno, cuyo origen combina a la vez procesos dinámicos, asociados al movimiento del Jet Stream de la atmósfera superior, y, sobre todo, procesos térmicos que se relacionan con el desigual ritmo de calentamiento y enfriamiento de la masa continental y del mar.

En definitiva, la estación seca invernal del clima monzónico está dominada por el monzón de invierno, vientos secos de procedencia continental, mientras que en el verano el régimen de los vientos cambia, entrando flujos cálidos y muy húmedos del océano que provocan fuertes lluvias de junio a septiembre. A pesar de la estación seca, las lluvias monzónicas son tan abundantes que el total anual de precipitaciones suele ser muy superior al de un clima tropical con estación seca convencional, pudiendo llegar a superarse con holgura los 1.500 mm.[6]

Aunque el monzónico es un clima típicamente asiático, sus rasgos aparecen también en una estrecha franja costera del Africa Occidental (Guinea Bissau). Su dominio más extenso abarca parte de la Península India, Sri Lanka, gran parte del Sudeste Asiático (Indonesia, archipiélago malayo, Sur de China) y, con menor grado de representación, algunas zonas del Asia Oriental (centro y norte de China y Japón). Sin duda, el clima monzónico se encuentra íntimamente asociado en estas regiones con el cultivo del arroz, que exige a la vez mucha cantidad de agua y calor.

Climas secos.

Los climas secos afectan casi a un tercio de la superficie continental en latitudes muy diversas. La característica principal de estos climas es la extrema aridez, fruto de unas escasas precipitaciones y de una elevada evaporación, que crean un balance de agua deficitario durante casi todos los meses del año. Los factores que provocan la aridez son diversos y a veces se suman varios: acción de potentes anticiclones dinámicos, estabilidad del aire en contacto con corrientes marítimas frías, efecto de la continentalidad, influencia de la orografía… Podemos encontrar climas secos tanto en las latitudes tropicales, donde aparecen climas secos sin invierno, como en las latitudes templadas, donde existe un periodo frío a veces muy marcado.

Los desiertos cálidos están vinculados a las extensas células anticiclónicas en torno a los trópicos de Cáncer y Capricornio, cuya persistencia crea las mayores zonas desérticas del globo: Sahara, Arabia, Irán, Kalahari y buena parte de Australia. En estas zonas la insolación alcanza valores muy elevados, la sequedad del aire es extrema y las temperaturas llegan a cotas muy altas, aunque la claridad de la atmósfera[7] provoca una amplitud térmica diaria que puede llegar a los 30o. Las precipitaciones son siempre muy débiles y muy irregulares, tanto en el tiempo como en el espacio. En estos desiertos cálidos no existe una red fluvial permanente, la escasez de las precipitaciones impide la formación y evolución de los suelos y las condiciones de vida tanto para la vegetación como para los animales son extremas, lo que origina adaptaciones muy peculiares y una concentración en los escasos puntos en los que el agua filtrada se acumula a poca profundidad del suelo (oasis).

Dentro de los desiertos cálidos, un caso singular lo constituyen los desiertos litorales de las costas occidentales de los continentes, donde la sequedad es debida, entre otros factores, a corrientes marítimas frías que estabilizan el aire en contacto con la superficie de las aguas. Es el caso del desierto de Atacama (costa chileno-peruana), en relación con la corriente de Humboldt, el de Namibia, originado por la corriente de Benguela, el de California, relacionado con la corriente del mismo nombre, y el desierto costero marroquí, ligado a la corriente de Canarias. En los desiertos costeros la proximidad del océano favorece el aumento de la humedad del aire, que no llega a dar lugar a precipitaciones pero origina abundantes nieblas y permite que la vida vegetal y animal esté más presente que en otros desiertos cálidos. Igualmente, la cercanía de la masa marítima atenúa la oscilación térmica.

Los desiertos templados se encuentran en las latitudes medias, en áreas interiores de los continentes alejadas de la acción de los vientos del Oeste. En Asia los desiertos templados ocupan una extensa franja desde Irán hasta Manchuria, mientras que en América se alargan en sentido del meridiano a sotavento de las montañas Rocosas, las Cascadas y los Andes. Su origen se debe al concurso de diferentes circunstancias: la estabilidad atmosférica en las regiones afectadas por las altas presiones subtropicales, el aislamiento de la influencia marítima por barreras montañosas y, sobre todo, el efecto de continentalidad que trae consigo el debilitamiento progresivo de las perturbaciones y su pérdida de humedad. Las precipitaciones son siempre muy débiles e irregulares, mientras que los regímenes térmicos son los propios de la zona continental, endurecidos por la constante sequedad de la atmósfera, con inviernos muy fríos, veranos tórridos y amplitudes absolutas en ocasiones superiores a los 90o.

Climas templados

Cubren una amplia franja en ambos hemisferios entre los paralelos 40o y 70o aproximadamente, dominada por la circulación de los vientos del Oeste y el juego de las masas de aire tropical y polar. Debido a la acción de los ciclones y anticiclones móviles de las latitudes medias, los cambios de tiempo son continuos. Por otra parte, las características y la posición latitudinal de los centros de altas y bajas presiones experimentan cambios estacionales, de modo que en verano las depresiones tienden a ser menos intensas y están desplazadas hacia el Polo, mientras en invierno los anticiclones se mueven hacia el Ecuador y aumenta la presencia de borrascas en las latitudes más bajas.

Al igual que sucede en la región intertropical, en la zona templada se dan climas muy diferentes, desde los cálidos a los muy fríos, y desde los lluviosos a los secos. No obstante, frente a los climas tropicales, sin invierno, y los climas polares, carentes de verano, los climas templados tienen un rasgo común: el régimen térmico contrastado, con alternancia estacional de calor y frío.

Esta diversidad climática refleja la interacción de los factores meteorológicos con los geográficos. En principio va unida a la confrontación de influencias tropicales y polares y a las perturbaciones del frente polar, pero a esta acción se superpone la influencia del relieve y de las masas marítimas y continentales, que imponen múltiples variaciones. A grandes rasgos en la zona templada pueden distinguirse tres tipos principales de clima: el mediterráneo, el oceánico y el continental.

Clima mediterráneo

 El dominio mediterráneo se localiza al Oeste de los continentes, entre los paralelos 30 y 45o, estando especialmente representado en las tierras que bordean la cuenca del mar Mediterráneo, además de en estrechas bandas costeras de California, Chile central, la provincia sudafricana de El Cabo y el Suroeste de Australia.

Es un clima de lluvias mediocres y de tendencia cálida, que debe sus principales características a la alternancia estacional de los anticiclones subtropicales y a la circulación general del Oeste. Durante el verano, el dominio de las altas presiones origina cielos soleados, altas temperaturas y tiempo seco. En invierno las altas presiones subtropicales descienden de latitud y dejan paso a la entrada de borrascas frontales que aportan la mayor parte de las lluvias y motivan un descenso suave de las temperaturas, aunque ocasionalmente en invierno se producen invasiones de aire polar frío que pueden provocar heladas.

Dentro de estos rasgos comunes, el abanico de modalidades del clima mediterráneo es amplio. Así, la templanza térmica es característica de las regiones costeras, pero se degrada hacia las tierras interiores, donde la continentalidad endurece las temperaturas invernales y los veranos pueden ser tórridos[8]. Igualmente, las zonas de clima mediterráneo más cercanas a los trópicos conocen, por lo general, temperaturas más elevadas y precipitaciones más débiles e irregulares, con una prolongación del periodo estival seco[9]. En las zona meridional europea, las costas del Atlántico[10] conocen un clima mediterráneo atenuado por la cercanía del océano, en el que la estación seca es muy corta y la amplitud térmica más suave.

La violencia estacional de las lluvias en el clima mediterráneo origina un importante problema de erosión de los suelos, sobre todo en las vertientes montañosas desprovistas de vegetación, de las que el agua arrastra importantes cantidades de materiales, dejando la roca madre al desnudo.

Clima oceánico (templado-cálido de las costas occidentales)

Es propio de las fachadas occidentales de los continentes, donde la circulación dominante del Oeste trae el influjo directo del aire marítimo y las borrascas del frente polar. Bajo la acción reguladora del océano, los inviernos son templados y los veranos frescos, con una amplitud térmica media anual de apenas 10o. En todas las estaciones la humedad del aire es alta y la precipitación abundante, pero es durante la estación invernal cuando se suceden con más frecuencia e intensidad las bajas presiones, por lo que las precipitaciones suelen ser mayores.

Este clima suave, húmedo e inestable queda reducido a estrechas franjas litorales del Oeste norteamericano, de Chile y de Neva Zelanda, regiones en las que las cadenas montañosas litorales impiden que su dominio se extienda hacia el interior. En las costas de Europa occidental, sin embargo, la influencia marítima se prolonga hacia el interior del continente debido a la existencia de llanuras abiertas, a través de las cuales se pasa en lenta transición al clima continental.

Clima chino (o templado-cálido de las costas orientales)

Este tipo de clima se da en las mismas latitudes que el clima oceánico, pero en la fachada opuesta de los continentes. Su versión más típica aparece en las costas de China, de ahí el nombre, pero también lo encontramos en la costa suroriental de América del Norte (Mississipi), en la costa argentina y en Australia.

Se trata de un clima con un régimen térmico semejante al clima mediterráneo, ya que los inviernos son suaves (normalmente en torno a los 9º) y los veranos calurosos (el mes más cálido supera los 22º).

En cuanto a su régimen pluviométrico destaca la existencia de precipitaciones suficientes durante todos los meses del año (le correspondería la letra f de Köppen), aunque se destaca un importante descenso de la precipitación en los meses invernales, que en algún caso roza el rango de sequía, y un incremento igualmente notable en el verano. Esto se debe a que en la estación fría los anticiclones térmicos del interior de los continentes frenan en parte la entrada de borrascas, mientras que en el verano la cercanía de estas costas a la zona de influencia monzónica conlleva un aumento del paso de borrascas.

Este clima está asociado a los bosques de bambú.

Clima continental

Sus características son prácticamente las opuestas del clima oceánico: tiene un régimen térmico muy contrastado, riguroso frío invernal y limitada acción de las borrascas oceánicas. Ocupa importantes superficies de América del Norte y de Eurasia, con transiciones a veces sutiles hacia los climas fríos de las áreas polares, a los cálidos de filiación tropical o a los oceánicos del Oeste. En este sentido resulta ejemplificador el cambio progresivo al clima continental que se observa en la llanura euroasiática conforme decrece la influencia del aire marítimo.

El rigor invernal del clima continental se debe al dominio casi permanente en el interior de los continentes de las altas presiones durante el invierno. La masa continental enfría el aire superficial llegando a formarse potentes inversiones térmicas que interfieren la circulación general y cierran el paso a los frentes lluviosos. Debido a esto, el invierno, además de muy frío, es seco.

En verano la situación se invierte y el calentamiento rápido de la masa continental genera un predominio de las bajas presiones que dejan paso a la circulación zonal del Oeste, permitiendo el paso de borrascas que, no obstante, son débiles y proporcionan precipitaciones bastante moderadas.

En la fachada oriental de los continentes aparece una variedad de clima continental sin estación seca. El régimen térmico sigue siendo muy contrastado por la presencia alternante de masas de aire polar y ártico en invierno y tropicales marítimas en verano; pero las precipitaciones son más abundantes que en el clima continental típico debido a la humedad que aporta la cercanía del océano. Pese a que no existe estación seca en invierno, en esta variedad de clima continental el verano sigue siendo la estación más lluviosa.

Climas polares

Son los climas de las latitudes altas, caracterizados por el frío intenso y la ausencia de verano. El frío de las regiones polares es resultado del enorme déficit del balance de radiación neto, pues aunque el sol puede estar sobre el horizonte las veinticuatro horas del día, la intensidad de su radiación es baja por la oblicuidad de los rayos solares.

Las áreas polares son también regiones secas, debido al dominio de las altas presiones térmicas y a la escasa evaporación, lo que motiva que el volumen anual de las precipitaciones sea similar al de los climas secos templados o tropicales.

Otro rasgo de las regiones polares es la presencia de fuertes vientos, debido a las turbulencias que se producen entre las altas presiones polares y las bajas presiones circumpolares.

Dentro de los climas polares pueden distinguirse dos variedades principales:

El clima de tundra[11] ocupa las franjas costeras ártica y antártica, afectadas por la influencia oceánica y el paso frecuente de familias de borrascas del oeste, a las que se deben las relativamente importantes precipitaciones. Aunque no existe el verano propiamente dicho, varios meses pueden alcanzar temperaturas superiores a los 0o, lo que permite el deshielo superficial.

El clima glacial corresponde al dominio permanentemente helado del Océano Artico y, sobre todo, del interior de Groenlandia y de la Antártida, donde al factor latitud se une su considerable altitud. Es el clima más frío del globo, con temperaturas siempre inferiores a 0o y registros absolutos extraordinariamente bajos, como los -88o del observatorio de Vostok en el continente antártico. Las precipitaciones son muy escasas, debido al dominio casi absoluto de las altas presiones polares, y casi siempre en forma de nieve.

Climas de montaña

Las montañas constituyen un factor azonal del clima e introducen importantes modificaciones en los elementos meteorológicos. La disposición del relieve, la altitud, la exposición y el volumen, no sólo crean anomalías locales, sino que, cuando las montañas son bastante elevadas y extensas, originan verdaderos tipos particulares de clima

Un rasgo destacado de la regiones montañosas elevadas es la disminución de la presión atmosférica con la altitud, de la que derivan muchos de sus rasgos climáticos. Debido a la reducción de la masa atmosférica y a la disminución de los componentes variables de la atmósfera, ésta absorbe menos energía solar y la intensidad de la insolación que llega al suelo aumenta; así, el aire de las montañas retiene poco calor y mantiene temperaturas bajas, mientras que el suelo de las laderas expuestas al sol alcanza durante el día elevadas temperaturas, que contrastan con el acusado enfriamiento nocturno y con las bajas temperaturas de las zonas de umbría.

En general, y aunque en los valles profundos pueden producirse inversiones térmicas, la temperatura desciende con la altitud a un ritmo de medio grado por cada 100 metros de desnivel, aunque este gradiente varía notablemente según las condiciones locales y tampoco es regular durante todo el año. Igualmente, la precipitación suele aumentar con la altitud debido al ascenso forzado de las masas de aire y a su enfriamiento y condensación; aunque la relación entre precipitación y altitud no es sencilla y varía según la situación geográfica de la montaña y su orientación respecto a los vientos dominantes.

El clima de cada región montañosa permanece en muchos aspectos bajo la dependencia de las latitudes de implantación, sobre todo en lo que hace referencia al ciclo de radiación, los ritmos térmicos y, en buena medida, al régimen de las precipitaciones.

En las regiones intertropicales, donde la elevada perpendicularidad de los rayos solares asegura un alto grado de uniformidad térmica anual, el progresivo descenso de las temperaturas con la altitud origina un característico escalonamiento de pisos climáticos, con franjas de transición casi inexistentes. En los trópicos húmedos, además, la altitud acentúa la abundancia de precipitaciones, llegando a registrarse en algunas montañas de estas regiones los registros pluviométricos más elevados del planeta[12].

En las latitudes medias y bajas, por el contrario, las diferencias de insolación entre invierno y verano determinan variaciones térmicas anuales mucho más amplias que en los trópicos, que se hacen especialmente acusadas en el interior de los continentes. Además, debido a la oblicuidad de los rayos solares, la distribución de las temperaturas depende mucho de la orientación de las vertientes y ocasiona la conocida oposición entre solana y umbría. En las montañas de estas regiones, el incremento pluviométrico con la altitud se mantiene hasta los 2.000 o 3.000 metros, al tiempo que las precipitaciones en forma de nieve aumentan en importancia. En cualquier caso, el nivel de las precipitaciones depende mucho de la orientación del relieve con respecto a los vientos dominantes, de modo que en los sistemas montañosos cuyo eje del relieve es perpendicular a la dirección de los vientos se origina una tremenda diferencia entre la vertiente húmeda, en la que los vientos descargan toda su humedad, y la vertiente seca, sometida al efecto Foëhn[13].

Por todo lo visto, no es sorprendente encontrar notables diferencias climáticas en las áreas de montaña. En realidad, junto a los caracteres generales que impone el factor altitud actúan una gran variedad de factores puntuales que dan origen a gran variedad de climas locales.

El tiempo y el clima como condicionantes de la actividad humana

Para abordar este apartado os propongo que realicéis una especie de ensayo personal, para el que podéis seguir el siguiente guión o bien elaborarlo más libremente.

– El “determinismo geográfico” a grandes rasgos. Conviene manifestar una postura contraria, pero sin negar la importancia de factores como el clima en las actividades humanas.

– El clima ha condicionado la actividad humana de una forma más o menos determinante según el grado de desarrollo tecnológico de cada cultura. Se pueden poner ejemplos de la dependencia casi total de la agricultura con respecto al clima cuando no se cuenta con un nivel tecnológico avanzado (históricos o actuales). Pero también se pueden poner ejemplos de los avances técnicos que liberan a la agricultura de esa dependencia: regadíos, invernaderos, etc. que permiten cultivar productos de huerta incluso en zonas de clima desértico.

– A grandes rasgos, puede afirmarse que las zonas templadas de la tierra son las más favorables, desde el punto de vista climático, para la vida humana. Sin embargo, el ser humano ha demostrado su capacidad de adaptación incluso a los climas más extremos, y ha sabido explotar las posibilidades de los distintos medios climáticos.

– Por último, pueden mencionarse ejemplos de que con el nivel tecnológico actual ni siquiera el clima más hostil frena el desenvolvimiento de actividades económicas que puedan resultar interesantes. Por ejemplo, estoy pensando en la explotación de las minas de diamantes del desierto namibio, que dio lugar a fines del XIX a que surgiera una ciudad lujosa en medio de dicho desierto. El agua era transportada en barcos desde El Cabo, pero los ingresos que reportaban las minas permitían que la ciudad contara con lujos increíbles, como un teatro de ópera en el que actuaban compañías europeas.

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Notas

[1]. Las más importantes entre éstas son las debidas a FLOHN, ALISOV y STRAHLER.

[2]. De este tipo son las clasificaciones de PAPADAKIS, THORNTHWAITE Y KÖPPEN, entre otras.

[3]. Aunque recientemente se resta exactitud a esta explicación y la existencia de los dos máximos de precipitaciones tiende a relacionarse con el movimiento estacional de la vaguada tropical. J.M. CUADRAT, Geografía Física, p. 356.

[4]. En la selva amazónica se han inventariado más de 8.000 especies vegetales. P. GOUROU y L. PAPY, Compendio de Geografía General, p. 63.

[5]. Del latín later = ladrillo.

[6]. En Calcuta se alcanzan los 1.634 mm.

[7]. Que origina que el aire no absorba la energía calorífica.

[8]. Esta transición del mediterráneo al continental se intuye en el interior de la Península Ibérica, pero donde se aprecia con más claridad es en la zona de los Balcanes.

[9]. El ejemplo más típico de esta modalidad del clima mediterráneo lo encontramos en la fachada mediterránea norteafricana.

[10]. Lisboa sería el ejemplo más típico.

[11] También suele denominarse polar-oceánico.

[12] En las montañas de Colombia o de las islas Hawai, por ejemplo, las cantidades promedio superan los 10.000 milímetros de lluvia anual.

[13] Explicarlo.