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Ciencias Sociales

Tema 22. Historia e historiografía. Metodología y didáctica de la Historia

La Historia es una disciplina que exige una re­flexión so­bre su carácter como ciencia, su metodología y sus técnicas, su teoría. En suma, sobre su epistemología. No hay consenso entre los estudiosos sobre estos pun­tos, y, de hecho, se han elabora­do distintos paradigmas cientí­ficos sobre la his­toria, incluso para negar que sea una ciencia.

Indice de contenidos

Características del conocimiento histórico

Se pueden establecer múltiples divisiones de la His­toria, tanto por su ámbito geográfico (historia universal, na­cional, local…) como por los aspectos humanos que abarca (historia política, económica, cultural, social, de las religiones, del derecho, de la filosofía, del arte, de la ciencia…). La His­toria las integra todas, dándoles una base metodológica común, aunque algunas han conseguido una consistencia propia tan firme que ya pueden considerarse disciplinas propias, con lo que la Historia sería una “ciencia madre” para las ciencias sociales históricas, tal como lo fue la Fi­losofía para las ciencias na­tu­rales y las ciencias sociales no históricas (psicología, so­ciología…). También hay una historia de perso­na­jes (bio­gra­fías) y de acon­tecimien­tos parti­culares.

El objeto de la Historia es el conocimiento científico históri­co, es decir, del pasado. Una definición clásica de His­toria es ‹‹La narración ordenada y verídica sobre el conjunto de los acontecimientos memorables del pasado humano››, pero una defini­ción más moderna hace hincapié en la interpretación del pasado para mejor conocer el presente y prever el futuro. La historia es siempre historia contemporánea, como sostenían Benedetto Cro­ce, Marc Bloch y Lucien Febvre, pues el pasa­do es la clave para entender el presente y es desde el presente, desde nues­tras preocupacio­nes y obsesiones, que miramos e interpretamos el pasado.

La inter­pretación histórica da sentido a un tema me­diante un proceso de selección, ordenación y síntesis de datos histó­ricos referidos a ese tema. Pero no puede establecer un rí­gido criterio de causalidad histórica: en la historia no hay leyes generales deterministas (propias sólo de las ciencias natura­les), dado que en la evolución histórica influyen múlti­ples factores, imposibles de aislar. Por ello, en la actuali­dad se pre­fieren usar los conceptos de “factor” y de “tendencia” para ex­pli­car las causas y la evolución históricas.

El historiador trabaja con un concepto subjetivo, el tiem­po, que debe ser objetivado mediante la cronología, que ordena el tiempo histórico en ­categorías temporales. A la vez, el historiador trabaja con una materia prima, las fuentes históricas, que son toda información del pasado que ayude a conocerlo. Las fuentes pueden ser materiales o humanas y re­quie­ren una interpretación con rigor crítico, a fin de com­pro­bar su autenticidad y fiabilidad.

La Historia como ciencia

La cuestión fundamental en la metodología de la historia puede plantearse así: ¿Es la histo­ria una ciencia? Nuestra res­puesta a priori es que sí (y que es un saber útil), pero muchos autores responden que no es una ciencia, sino un mero relato. Desde fina­les del siglo XIX, ante el problema de la revolu­ción científica experimentada por las ciencias naturales (en especial la física), algunos historiadores y filóso­fos alema­nes, que a veces se han denominado “historicistas” (Dilthey, Windelband, Rickert…), propusieron una separación tajante entre el méto­do de las ciencias del espíri­tu, entre las cuales se halla­ría la historia, y el méto­do de las ciencias naturales. Las primeras son idiográficas (refieren sólo casos parti­cula­res) y tratan de “comprender” los hechos, en vez de expli­car­los; las segundas son nomotéticas (establecen leyes ge­ne­ra­les) y tratan de “explicar” los he­chos.

La historia sería así una ciencia distinta de las natura­les, que no sería predictiva, pero que ayudaría a comprender la vida humana. Esta concepción ha influido a lo largo del siglo XX. El historiador de la ciencia Bernal (1969), si­guiendo esta di­vi­sión, ha distinguido dos grupos de ciencias sociales:

  • Las ciencias sociales des­criptivas, asociadas a las tra­dicio­nes idiográficas. Son la his­toria, geo­grafía, antropo­lo­gía, socio­logía, que procuran la “comprensión” de la vida so­cial. Se re­fieren a las ciencias del espí­ritu.
  • Las ciencias sociales analíticas, asociadas a las tra­diciones nomotéticas. Son la psicología, las ciencias económi­cas y políticas, que procuran la “explicación” de la vida so­cial. Se refieren a las cien­cias na­turales.

Se puede conceder a estos autores que, en muchos casos, el acercamiento que el historiador hace al objeto de su estudio se asemeja más al modelo idiográfico que al nomotético. Cabe pre­guntarse, no obstante, si esto no se debe a que la metodología histórica se halla todavía en un estadio poco desarrollado. Para los investigadores que no admiten el supuesto de dos rea­lidades enteramente separadas, una natural y otra espiritual, esta división de principio entre los dos métodos aparece como poco satisfactoria.

Una manera de decidir el status lógico de la historia se­ría considerarla una ciencia taxonómica integrada en una futura teoría sociológica de gran alcance, de un modo similar a como los estudios paleontológicos han constituido un elemento de capital importancia para una teoría biológica general como la de Darwin. Así, la historia sería a la sociología lo que la paleontología a la biología.

Desafortunadamente, esta analogía no parece muy adecuada, puesto que hay dificultades muy graves en el intento de inte­grar la historia en una teoría sociológica general. Las leyes sociológicas sólo valen, a lo sumo, para un ámbito muy reducido en el tiempo y en el espacio, y la recopilación de datos histó­ricos no suele ser relevante para la confirmación o refutación de leyes tan restringidas.

Como ha demostrado Popper en varios de sus estudios, no se pueden establecer leyes socio-históricas generales, pues en historia no se puede predecir. En efectos, esas leyes, de ser posibles, versarían sobre las regularidades en la conducta de los grupos humanos. Ahora bien, uno de los factores fundamenta­les que modifican la conducta de los grupos humanos es el au­mento de información. Formular una ley sobre la conducta de esos grupos es un aumento de información para los mismos, que modificará, por tanto, su conducta, que la ley trata de prede­cir. De ello se desprende que no pueden hacerse predicciones a gran escala partiendo de los hechos sociales pasados: el estu­dio de la historia no permite formular leyes predictivas sobre el desarrollo de los acontecimientos futuros, porque, caso de ser formuladas, se modificaría automáticamente el curso de la historia que se trata de predecir.

La imposibilidad de construir teorías históricas de largo alcance revierte sobre la idea misma de la historia. Es dudoso que la historia pueda concebirse como una ciencia teorética (nomotética), en el sentido en que lo son la física, la biolo­gía, o incluso la psicología: conjuntos de teorías con potencia predictiva. Para ello debería matematizar sus enunciados cien­tíficos (el rasgo que según Koyré define a la ciencia en senti­do riguroso) y esto nos parece tan improbable para la his­toria como para otras ciencias humanas.

En cualquier caso, esto no implica en absoluto que con el estudio histórico no pueda alcanzarse un conocimiento objetivo, deseable por sí mismo. La historia podría llegar a conside­rar­se incluso una ciencia rigurosa (Cardoso), siempre y cuando no se es­tipu­le que toda ciencia debe contener teorías predictivas.

Y aun admi­tiendo que la historia no pueda llegar a ser una ciencia en sentido estricto, los métodos de investigación sí pueden ser (y deben ser) plenamente científicos. Así, la meto­dología de cier­tas ramas históricas, como por ejemplo la arqueología, la paleografía o el análisis demográfico, está tan cerca de los cánones de cientificidad usuales como puedan estarlo otras ra­mas de las ciencias naturales.

Pero no hay un consenso al respecto. En muchos autores actuales hay un radical escepticismo sobre el carácter cientí­fico de la Historia. Julio Caro Baroja afirma que: ‹‹En cual­quier forma, después de haberse de­dica­do medio siglo a los es­tudios históricos se puede llegar a la con­clusión de que la Historia es la ciencia que trata de las dis­tintas formas de mentiras que el hombre fabrica en su memo­ria››.

Y es que las predicciones se demuestran generalmente erró­neas. El eminente historiador marxista británico Eric Hobsbawm escri­bía en 1978: ‹‹Sólo la revolución sovié­tica de 1917 propor­ciona los medios y el modelo para un autén­tico crecimiento eco­nómico global a escala planeta­ria y para un desarrollo equili­brado de todos los pueblos››. Estas palabras, a la luz de la posterior caída del bloque comunista en 1989 y del conocimiento de sus angustiosos problemas internos, demuestran que la maes­tría en el co­nocimiento del pasa­do no proporciona necesa­riamen­te una mejor comprensión del pre­sen­te ni sirve para pre­ver el futuro, ni siquiera el más inmedia­to.

Una metodología de síntesis

Por todo ello, consideramos que la Historia (al igual que la Geogra­fía) es una disciplina de síntesis, que aúna la com­pren­sión y la explicación a fin de alcan­zar la inter­pre­tación his­tórica. De síntesis de otras disciplinas, también, pues to­dos los saberes son útiles para reconstruir el pasado.

El historiador dispondrá para alcanzar esa interpreta­ción de los dos méto­dos científicos: induc­tivo (que pasa de lo par­ticu­lar a lo ge­ne­ral) e hipo­téti­co-de­ductivo (que pasa de lo gene­ral a lo par­ticular).

Asimismo usará todas las técnicas científicas propias de la historia y de otras disciplinas: ma­temáti­cas, econométricas, estadística, paleografía, diplomática, arqueología…

La interpretación histórica

¿Por qué se puede y debe hacer una interpretación históri­ca? Se considera hoy que la Historia no puede con­tentarse con una simple enumera­ción o relato de los hechos (por ejemplo el positi­vismo del siglo XIX consideraba que bastaba exponer los hechos, que “hablaban” por sí mismos), sino que debe apor­tar una inter­pre­tación (Carr: ‹‹historiar significa interpretar››) que nos ayude a conocer mejor el pasa­do, el pre­sen­te y el futuro, que dé senti­do y utilidad a la Historia y que su­pere la tenta­ción de con­vertirla en un simple divertimen­to, aunque aceptando unas evi­dentes limitaciones tanto en el cono­cimiento del pasado como en la predicción del futuro.

Característi­cas del cono­ci­miento científico

Veamos cuáles son las características del conocimiento científico, que se predican también para el histórico.

Las características del conocimiento científico son: gene­rali­zación, uso de metodología, técnicas e instrumen­tos cien­tífi­cos, expre­sión con lenguaje científico, verdad, comproba­ción, neu­trali­dad, profe­sio­nalidad, co­municación.

  • Generalización: reúne los hechos en conjuntos que tienen alguna i­dentidad común.
  • Uso de metodología, técnicas e ins­tru­men­tos científicos.
  • Expresión con lenguaje cien­tí­fico para ex­plicar el co­nocimien­to abstracto.
  • Verdad: búsqueda de la verdad y rechazo de la falsedad.
  • Com­probación: para aceptar su vali­dez.
  • Neutralidad: no debe estar sometido a la ideolo­gía de los gru­pos sociales.
  • Pro­fe­sionalidad: el autor ha de ser miembro de la comu­nidad científica.
  • Comunicación: para que pueda ser conocido y revi­sado por la comuni­dad científica.

Limitaciones científicas del conocimiento histórico.

El conocimiento histórico científico es un conocimiento distinto al científico porque no cumple rigurosamente todas sus características pero también es distinto al conocimiento histó­rico coti­diano (que se ba­sa en la memoria), porque requiere el cum­plimiento de varias de las características del co­nocimiento cientí­fico ya indicadas. Veamos algunas de las limitaciones científicas del conoci­miento histórico: la subjetividad del historiador, la inter­pre­tación histó­rica previa, la caren­cia de medios científicos de comprobación y la infi­nita cau­sa­lidad histórica.

La subjetividad del historiador

Se critica que el conoci­miento histórico no es obje­tivo ya que el histo­riador es subje­ti­vo, al “estar en el tiem­po” que es­tu­dia. Algu­nos positi­vis­tas, como Langlois y Seigno­bos, incluso afir­man que ‹‹El va­lor de la afir­ma­ción de un autor depende ex­clusi­va­mente de las con­diciones en que haya trabaja­do›› el autor, aunque esta es una crítica es­té­ril porque es casi imposible averi­guar cuáles son la condi­ciones de traba­jo en la realiza­ción de una obra histó­rica con­creta.

La interpretación histórica previa

Partiendo de esa sub­jetividad, el his­to­riador debe hacer una interpretación, para lo que parte general­mente de una interpre­tación previa (una hipótesis), basada en múltiples op­ciones individua­les y socia­les inherentes al histo­riador (su clase social, su forma­ción, sus ideales políticos…), lo que afecta a su neutralidad cien­tífica.

La caren­cia de medios científicos de comprobación

El his­toriador carece general­men­te de los medios para veri­fi­car abso­lutamente la validez cien­tífi­ca de las hi­pó­tesis.

La infinita cau­salidad histórica

La gran mayoría de los teóri­cos actuales acepta que el historiador casi siempre estu­dia acon­tecimientos únicos, incluidos en un inmenso tejido de in­terco­nexiones con otros acontecimientos, lo que hace impo­si­ble aislar aconte­ci­mientos para esta­blecer relacio­nes cau­sa­les en­tre ellos, pues el azar y la liber­tad personal son muy im­por­tantes. La ley nunca podrá preverlo todo. En contra de esta te­sis, el de­termi­nis­mo (por ejemplo el mate­ria­lismo histórico) conside­raba que sí se pueden esta­blecer leyes de rela­ciones cau­sales. En la actua­li­dad, aun re­chazando la vali­dez científica de las causas his­tó­ricas únicas, se em­plea a menudo el concepto de causa (factor) para sig­nificar que un acon­te­ci­mien­to ha influi­do de modo decisivo en otros (por ejemplo la Revo­lu­ción Francesa no es “la causa”, pero sí “una causa” esen­cial del nacionalismo del siglo XIX). Paul Veyne dis­tin­gue tres tipos de factores: azar (causas superficiales, incidentes, ge­nio, ocasión), causas ma­teriales (causas, condiciones o datos objetivos), causas fina­les (libertad, decisión y reflexión hu­mana). Por ejemplo en el inicio del Imperio Romano contó, entre otros, un azar con la aparición del gran hombre (Julio César), una causa material con la crisis polí­tico-social de la República, y una causa fi­nal con la deci­sión de César y de sus partidarios de transfor­mar la es­truc­tu­ra del poder en Roma.

De este modo, si no se pueden establecer leyes generales, sí que se pueden definir tendencias, puramente empíricas y por lo tanto sin valor predictivo. Por ejemplo hay una tendencia en la Edad Contemporánea a que se reduzca primero la mortalidad y luego la natalidad, pero no siempre ha de ocurrir así.

Características especiales del conocimiento histórico.

Se carac­teriza especialmente por: usar un número limitado de fuentes, basarse sobre todo en fuentes indirec­tas, usar el proce­dimiento de la postgno­sis.

– Usa un nú­mero limi­tado de fuentes: el historiador se limi­ta a las fuentes disponibles, que siempre son escasas.

– Basarse sobre todo en fuentes indirectas, que pue­den ser existentes (como los seres humanos), inani­madas (do­cu­mentos, restos, monu­mentos), observa­ciones de otros (cró­ni­cas, estudios históri­cos), memoria de otros (histo­ria oral), propia memoria, “indi­cadores ilati­vos”, etc. En su­ma, es un con­junto de conoci­mien­tos indi­rec­tos, prin­cipal­mente escritos, obteni­do desde una experiencia cientí­fica previa. Al respecto, apunta Marc Bloch: ‹‹la existen­cia de interme­diarios entre un hecho pasado y el histo­riador es el criterio de distinción en­tre co­nocimiento directo e indirec­to››.

– Usar el procedi­mien­to de la postgnosis, al partir del co­no­cimiento previo de los efectos de los hechos que estudia.

El método contrario, de la progno­sis, parte de los hechos para deducir los efectos (leyes de causa-efecto), pero ya hemos razonado porqué la his­to­ria no es capaz de formular leyes ex­plicativas y pre­dic­tivas so­bre los he­chos sociales.

  • Los niveles del conocimiento histórico.

En la Historia hay tres niveles de conocimiento relaciona­dos con la espe­ciali­zación pro­fesional. Son la historia propia­mente dicha, la metodología de la historia y la teoría de la historia, cada nivel con sus propios especialistas.

1) Los problemas inmediatos, que estudian los his­toria­do­res (los cuales se dedican a ‹‹construir la Histo­ria median­te sus in­vestigaciones››).

2) Los problemas metodológicos y de las técnicas de inves­ti­gación, que estudian los metodólogos de la historia.

3) Los problemas teóricos: Epistemología, Gnoseología, His­toriografía, Teoría de la Historia, etc., que estudian los teó­ri­cos del conocimiento histórico, los historiólogos.

Grandes corrientes historiográficas de los siglos XIX y XX y actuales

Se ha dicho que el siglo XIX fue el siglo de la Historia[1]. Ciertamente en pocas épocas como en esa tuvo la Historia un reconocimiento social tan elevado. Dos testimonios de este, entre los muchos posibles, son la autoridad moral e incluso la influencia político-cultural de F. Guizot, antes de 1848, y la concesión del premio Nobel de Literatura de 1902 al gran historiador alemán de la República Romana Theodor Mommsen.

Desde el punto de vista de la praxis, es en el siglo XIX cuando surge la figura del historiador profesional, que recibe una preparación específica (estudio de lenguas, metodología de la crítica de fuentes, Paleografía y demás ciencias auxiliares de la Historia) para su tarea y se dedica prioritariamente a la investigación y a la enseñanza de la Historia. Esta, como disciplina institucionalizada, nace entonces, apoyada -y tutelada- en buena medida por los estados. Creación de cátedras universitarias, inclusión en los curricula de la escuela secundaria, constitución de archivos y bibliotecas públicos, edición de grandes colecciones documentales y nacimiento de las primeras revistas históricas especializadas, son fenómenos concomitantes[2]. Todos ellos se orientan en el mismo sentido de constitución de una disciplina y de institucionalización y más amplia difusión del conocimiento histórico, al compás también de los progresos de la alfabetización[3].

El trabajo de historiador deja de ser una tarea secundaria, derivada y habitualmente tardía de hombres cultos y/o de políticos retirados. A ella consagran todas sus energías e ilusiones ahora también espíritus jóvenes y entusiasmados como el Jules Michelet que se nos proyecta retrospectivamente en los espléndidos prefacio y postfacio de 1869 a su gran Historia de Francia. He aquí un breve fragmento revelador: «Más complicado todavía, más angustioso, era mi problemática histórica planteada como resurrección de la vida en su integridad, no en sus apariencias sino en sus organismos internos y profundos. Ningún hombre sensato lo habría soñado. Por suerte, yo no lo era».

Estudiar la genealogía de los diferentes estados naciones del mundo europeo-occidental y celebrar la expansión victoriosa de esta civilización -la civilización- son los dos grandes cometidos temáticos que subyacen en gran parte de la actividad historiográfica institucionalizada. En ese siglo cientificista y de apogeo de Europa, la confianza, derivada de la ideología ilustrada, en una evolución positiva y discernible de la Historia es rara vez cuestionada; como no sea por alguna Consideración inoportuna a contracorriente.

Por otra parte, en el siglo XIX avanza considerablemente la especialización en los estudios históricos y la teoría de la Historia comienza ya a decantarse en obras como la Historik de J. G. Droysen (1887)[4] (4), y a fines de siglo en Dilthey, que retoma a Vico.

El siglo XIX y el surgimiento de nuevas interpretaciones o visiones de la Historia en cuanto evolución de la Humanidad

El siglo XIX es crucial también para la evolución de la teoría de la Historia, por cuanto en él surgen, como ya dije, algunas nuevas grandes interpretaciones o visiones de la Historia, además de afirmarse la interpretación liberal que queda ya trazada en sus líneas esenciales en la obra clásica de François Guizot (1787-1874), Historia de la civilización en Europa desde la caída del Imperio Romano hasta la Revolución Francesa (1828-1830). Estoy pensando ante todo, en la interpretación hegeliana, la comtiana y la marxista, que -al igual que la liberal- prolongan y desarrollan, por vías diferentes, el racionalismo y el optimismo ilustrados.

Interpretación hegeliana

La paradigmática interpretación hegeliana, una de las cuatro prototípicas analizadas en la lúcida síntesis de J. Ferrater Mora[5], es una grandiosa y sobrecogedora visión idealista y teleológica según la cual la Historia es ante todo la progresiva autoconciencia del Espíritu universal (el Weltgeist). Este Espíritu universal de los pueblos y de los individuos se sirve de ellos para sus propios fines mediante ardides, como una especie de Providencia inmanente. La interpretación dialéctica hegeliana, que tendrá una gran influencia y conecta con el Liberalismo en algún sentido en cuanto que la Historia es realización de valores, se distancia de él por su propensión estatista. En la lectura hegeliana de la Historia, la libertad individual queda bastante diluida ante el Estado.

Interpretación comtiana positivista

El teleologismo de Hegel es compartido por la interpretación que hace de la Historia Comte, el padre de la Sociología y del Positivismo cientificista[6]. La doctrina de Comte de los tres estadios en la evolución de la Humanidad (teológico, metafísico y positivo o científico) es célebre. Y tanto esta como su divisa políticosocial de orden y progreso influirían notablemente en el clima cultural de su tiempo, especialmente, pero no sólo, en Francia bajo el Segundo Imperio.

De hecho, la influencia de Comte en la práctica historiográfica posterior puede considerarse ambigua. Por una parte, los historiadores podían encontrar en él un alegato en favor de la importancia de obtener datos fiables. En ese sentido se tilda -o se tildaba- por parte de algunos a ciertos historiadores de “positivistas” porque permanecían muy pegados a los “datos” empíricos. (Algunos textos de Fustel de Coulanges sobre el aferramiento a los textos podrían aducirse en ese sentido). Por otra parte, sin embargo, Comte reivindicaba para la Sociología el protagonismo y la hegemonía sobre la Historia. Sólo la Sociología podía aspirar a descubrir las leyes que rigen la evolución de la Humanidad -se presuponía que la evolución seguida por Occidente era la que recorrerían después otras áreas culturales-, a partir de las informaciones, de los hechos suministrados por la Historia. Por tanto, Comte favorecía en cierto sentido el diálogo de la Historia con la Sociología, pero más bien el sometimiento de aquella a esta.

Interpretación marxista

Marx (1818-1883) se ubica en la estela teleológica y dialéctica de Hegel y comparte, como la mayoría de sus coetáneos, el Cientificismo de Comte. Pero Marx se nutre también de la atmósfera revolucionaria, favorecida por las duras condiciones de vida del proletariado en la primera industrialización. Marx alumbrará una interpretación de la Historia acentuadamente materialista que es a la vez un gran proyecto radicalmente revolucionario, basado en la lucha de clases, no exento de mesianismo o de utopismo[7]. Es cierto que, como afirma Kolakowski, no hay una sola afirmación sobre el Marxismo que no sea polémica. He aludido ahora a su discutida e influyente propuesta porque, aunque como corriente o tendencia historiográfica el Marxismo (o más bien los marxismos) haya que ubicarlos, por su difusión e influencia, ante todo en el siglo XX, el contexto histórico-cultural en el que surge y se explica la visión de la Historia de Marx es el siglo XIX.

La historiografía en el siglo XX

El siglo XX representa para la ciencia histórica una época de grandes contradicciones y controversias que sólo pueden entenderse en el contexto de los antagonismos políticos y sociales de este siglo, que ha contemplado dos guerras mundiales, la revolución rusa de 1917 y sucesivas revoluciones socialistas en otros países, la aparición de los fascismos, el colonialismo y la descolonización, la división del mundo en bloques antagónicos y, más recientemente, el derrumbe de los sistemas socialistas en buena parte del mundo y el surgimiento de un nuevo orden -o desorden- que no termina de aclararse y que motiva no pocos conflictos bélicos, nuevos antagonismos nacionalistas y un incremento de la inestabilidad política en numerosas regiones del globo. La plasmación de todos estos desarrollos en la historiografía es, a la par que indudable, bastante complicada de resumir.

A partir de la II Guerra Mundial, tres nuevos paradigmas se disputarán el predominio en la práctica histórica desde la segunda posguerra hasta los años 1980. La escuela de Annales, la marxista y la cuantitativista. Pese a partir las tres de presupuestos ideológicos y teóricos muy diferentes, a lo largo del siglo abundaron entre ellas las influencias, comunicaciones e intercambios, más aún si pensamos la enorme diversidad interna que las caracterizaba. Igualmente podríamos destacar sus puntos en común: ampliaron enormemente la temática de los estudios históricos, renovaron fundamentalmente su metodología, agrandaron el concepto de fuente histórica e impulsaron la aproximación a las demás ciencias sociales.

Un confuso inicio del siglo. Idealismo, destrucción y reconstrucción de la historia.

En lo que a la ciencia histórica se refiere, los inicios del siglo XX se vieron marcados por una cierta reacción, dentro de la historiografía académica, contra la hegemonía del historicismo positivista, contra su asepsia y empirismo metodológico. Esta reacción significó, en algunos casos, un retorno hacia posturas idealistas que entroncaban con la filosofía kantiana y hegeliana, protagonizadas sobre todo por filósofos: Wilhem DILTHEY (1833-1911), Benedetto CROCE (1866-1952), COLLINGWOOD (1899-1934) o SPENGLER (1880-1936), por citar los más destacados. El historiador profesional que más destacó en esta línea, intentando combinar las posturas idealistas con un enorme esfuerzo de erudición y de rigor, fue Arnold TOYNBEE (1899-1975), que llegó a concebir una morfología de la historia de la humanidad de tinte culturalista basada en la evolución, a veces paralela y otras divergente, de las diferentes sociedades o civilizaciones. TOYNBEE llegó a definir veintinueve civilizaciones que se habrían sucedido en la historia de la humanidad, siendo el motor del cambio los factores adversos que estimulan la respuesta de los hombres y jugando un papel determinante lo que él denominaba «individuos creadores».

En otros casos, la reacción contra el historicismo llegó a suponer serios intentos de destrucción de la ciencia histórica o, al menos, de negación de su posibilidad. El mejor ejemplo de esta postura es Karl POPPER, que en su obra La miseria del historicismo (1935) defendía la inexistencia de «una historia del pasado», y mantenía que lo único que existía era una sucesión de «interpretaciones históricas», ninguna de las cuales era definitiva.

Por lo que respecta a los intentos de reconstrucción de la ciencia histórica, uno de los aspectos más interesantes de los comienzos del siglo XX es el de la fusión de la historia con otras disciplinas sociales que por esa época avanzaban con paso cierto: la sociología, la antropología y la economía sobre todo. La deuda de muchos historiadores de los inicios del siglo XX respecto a sociólogos o antropólogos como DURKHEIM, Max WEBER o MALINOWSKI, por citar sólo algunos ejemplos, es innegable, aunque actualmente los resultados de esta inicial mezcolanza entre historia, sociología y antropología no son valorados muy positivamente[8].

La escuela de los Annales

La llamada escuela de los Annales se formó a partir de la revista Annales d’Histoire Economique et Social, fundada en 1929 por Marc BLOCH (1866-1944) y Lucien FEBVRE (1878-1956), y ha constituido uno de los focos más importantes de renovación historiográfica del siglo XX, cuya influencia sigue dejándose notar en este fin de siglo. El proyecto de BLOCH y FEBVRE consistía en superar el desfasado positivismo y afrontar una renovación que permitiera a la historia asumir su carácter social sin renunciar al rigor científico.

En primer lugar, optaron por redefinir el objeto de estudio de la historia, considerando que las diversas manifestaciones del hombre en sociedad debían ser tratadas como un todo unitario, superando incluso las artificiales barreras cronológicas y espaciales que hasta la fecha se habían propuesto.

En segundo lugar, la escuela de los Annales no renunciaba al carácter científico de la historia, pero preconizaba una renovación metodológica que superara la esclerosis del positivismo. Esta renovación se canalizó en tres direcciones:

  • Frente a la importancia que el positivismo concedía al hecho histórico como elemento objetivo constitutivo de la historia, los analistas conciben la importancia del planteamiento de problemas e hipótesis por parte del historiador, que adopta así un método propio de otras disciplinas científicas.
  • Frente al imperio del documento escrito como única fuente histórica, la escuela de los Annales acepta cualquier realización que parta de la actividad humana: el arte, la cultura material, el pensamiento, el paisaje; en fin, como señalaba el propio FEBVRE, todo lo que el ingenio del historiador pueda permitirle utilizar[9].
  • En último lugar, la renovación metodológica se consumó en el mestizaje que la escuela de los Annales practicó con otras disciplinas sociales, mostrándose abierta a la colaboración y a los préstamos de la antropología, la sociología, la economía, la filosofía, etc.

Desde sus orígenes hasta nuestros días, la escuela de los Annales ha seguido una trayectoria fluctuante y ha atravesado por diferentes fases[10]. En sus inicios podían detectarse bastantes puntos de encuentro entre las propuestas de BLOCH y FEBVRE, directores conjuntos de la revista, y las del materialismo histórico y otras corrientes progresistas de las ciencias sociales. La segunda guerra mundial supuso un cierto viraje conservador en la revista, que tras el asesinato de BLOCH por las fuerzas de ocupación alemanas (1944) quedó bajo la dirección unipersonal de FEBVRE. Éste pareció querer borrar toda sospecha de connivencia con la interpretación materialista de la historia, sobre todo a partir del inicio de la guerra fría, procediéndose incluso a un cambio de nombre de la revista, que desde 1946 pasó a denominarse Annales. Economies. Sociétés. Civilisations, título con el que se ha mantenido hasta nuestros días. A la muerte de FEBVRE, Ferdinand BRAUDEL pasó a dirigir la revista, abriéndose un período de esplendor (1956-1968), pues ante la quiebra definitiva del academicismo tradicional toda una oleada de jóvenes historiadores encontró en las propuestas de Annales un camino a seguir. Desde 1968, fecha en la que se opta por una dirección colectiva de la revista, la trayectoria de los Annales ha sido realmente errática, alternándose diversas fascinaciones, como la moda del estructuralismo de Levi-Strauss, la denominada historia de las mentalidades o la imitación superficial de los métodos de la antropología en lo que se ha dado en llamar etnohistoria. En los últimos años, la revista ha ejercido sin duda una especie de dictadura en las modas historiográficas, muchas de ellas efímeras, y ha contribuido a la difusión de propuestas y trabajos que, al ser avalados por los miembros de Annales, pasaban a convertirse inmediatamente en modelos a imitar, a veces torpemente, por cualquier historiador que quisiera estar a la moda.

La renovación de la historia económica: cuantitativismo

A partir de los años 50, en la historia se dejó notar la misma fiebre cuantitativa que sacudió a la geografía y que motivó una notable innovación metodológica en la historia económica. Lejos del análisis global de la sociedad propuesto desde los Annales, en el que la economía no sería sino uno más de los numerosos aspectos que se interrelacionan, algunos economistas optaron por aplicar a la historia las teorías económicas en boga en los años 50, intentando también aplicar los nuevos métodos cuantitativos.

La historia económica cuantitativa, que pasó a conocerse como new economic history, tuvo su principal foco en los Estados Unidos, y centró su interés casi exclusivamente en los problemas derivados del crecimiento económico, estudiados con los métodos matemáticos que se empleaban para la economía. Su recurso a las series estadísticas que permiten estudiar la evolución anual de los flujos y los stocks, en cualquier caso, es aplicable sólo en el estudio de los períodos que cuentan con fuentes susceptibles de ser cuantificadas, y también para aspectos muy concretos de la economía.

La nueva historia económica ha difundido sus métodos y aportaciones a través de la revista Journal of Economic History y, como sucede con los Annales, sigue vigente después de una cierta evolución interna. Si sus inicios se han valorado positivamente, debido a la aportación metodológica que supuso la aplicación de modelos económicos a la investigación de asuntos concretos de la historia, su evolución posterior es más que dudosa, ya que algunos han querido pasar del estudio de casos concretos a concebir los métodos cuantitativos como base de una explicación global de toda la evolución histórica.

La evolución y diversificación de la historiografía marxista desde el materialismo histórico hasta la antropología crítica

El siglo XX, más que el propio siglo XIX que lo vio nacer, ha sido crucial para el desenvolvimiento del materialismo histórico y para su conversión en una corriente historiográfica de fuerte arraigo, tras aquellos inicios en los que sus adeptos eran más ideólogos que historiadores profesionales.

Resulta evidente que la conversión del marxismo en doctrina oficial de la Rusia soviética supuso una consagración del materialismo histórico como única teoría de la historia válida para aquellos historiadores, soviéticos o no, que apoyaron la revolución socialista y tendieron a justificarla mediante un análisis sesgado y monolítico de la historia. Lo que en MARX había sido lenta maduración de unas ideas adaptadas a la realidad de su época, pasó a convertirse, desde esta óptica, en una especie de catecismo reformulado por PLEJANOV y LENIN que una pléyade de historiadores aplicaban al pie de la letra en cada caso concreto de estudio. Por otra parte, aquellos que no se plegaban a las directrices soviéticas e intentaban reinterpretar el materialismo histórico o, al menos, utilizarlo como método de trabajo de un modo flexible, eran simplemente tachados de revisionistas y traidores.

El anquilosamiento del materialismo histórico oficial se hizo aún más patente durante la época de Stalin, que consiguió una subordinación total de la historiografía marxista oficial a su política. En esta línea, resulta bastante curioso el hecho de que este materialismo histórico «ortodoxo» potenciara al máximo el enfoque economicista de la historia, el mismo que ya ENGELS había criticado poco antes de su muerte. Por así decirlo, los discípulos se habían hecho más marxistas que sus propios maestros y que el mismo MARX.

En este primer tercio del siglo XX el materialismo histórico fuera de la Unión Soviética se desarrolló con una mayor libertad, si bien fueron muchos los historiadores de diversos países que se limitaron a aplicar al pie de la letra las recetas elaboradas en Moscú. No fue este el caso, sin embargo, del italiano Antonio GRAMSCI (1891-1937), que, sin renunciar al carácter revolucionario y político del marxismo, rechazó plenamente la conversión del materialismo histórico en un burdo esquema economicista para la explicación de la historia. Su intento de recuperar el papel del hombre como sujeto agente de la historia, y no como simple objeto subordinado a la economía, ha hecho que su concepción filosófica y de la historia se haya etiquetado como «humanismo socialista».

En Francia e Inglaterra destacaron también las figuras de Ernest LABROUSSE, Vere GORDON CHILDE (1892-1956) y Maurice DOBB (1900-1976), historiadores marxistas que durante la época del estalinismo superaron los fríos esquemas que se predicaban desde la Unión

Soviética y apuntaron hacia la futura renovación del materialismo histórico. Si GORDON CHILDE tiene el mérito de haber transportado a la arqueología y al estudio de la prehistoria los esquemas básicos del materialismo histórico, DOBB destacó por su reinterpretación de la transición del feudalismo al capitalismo, que generó un importante debate entre los historiadores marxistas.

A partir de la desestalinización, el materialismo histórico ha sufrido un importante proceso de renovación, basado en la superación de los rígidos esquemas economicistas. En esta línea ha destacado un grupo de historiadores británicos que, sin renunciar a su compromiso político, han redefinido una historia social de inspiración marxista en la que la economía se inscribe como un factor más, y no como el referente explicativo de todos los desarrollos sociales. Sin duda, este grupo de historiadores marxistas británicos no sólo destaca en el campo de la renovación del materialismo histórico, sino que sus estudios históricos sobre diversos temas y épocas les han valido un reconocimiento internacional importante. En la nómina de este grupo, por citar sólo alguno de sus miembros más destacados, puede incluirse al medievalista Rodney HILTON, estudioso de los movimientos campesinos, al modernista Christopher HILL, especialista en la revolución inglesa, o a los contemporaneístas HOBSBAWN y E.P. THOMPSON, cuyos trabajos han iluminado muy diversas facetas de la vida de las clases bajas, acercándose a fenómenos como el bandolerismo, la delincuencia, la subsistencia, las condiciones de trabajo, la cultura popular, etc.

Nuevas líneas de investigación en el siglo XXI: la cultura histórica

El concepto de cultura histórica y sus homólogos en otras lenguas (como Historical Culture, Geschichtskultur, Culture historique) expresa una nueva manera de pensar y comprender la relación efectiva y afectiva que un grupo humano mantiene con el pasado, con su pasado. Se trata de una categoría de estudio que pretende ser más abarcante que la de historiografía, ya que no se circunscribe únicamente al análisis de la literatura histórica académica. La perspectiva de la cultura histórica propugna rastrear todos los estratos y procesos de la conciencia histórica social, prestando atención a los agentes que la crean, los medios por los que se difunde, las representaciones que divulga y la recepción creativa por parte de la ciudadanía.

Si la cultura es el modo en que una sociedad interpreta, transmite y transforma la realidad, la cultura histórica es el modo concreto y peculiar en que una sociedad se relaciona con su pasado. Al estudiar la cultura histórica indagamos la elaboración social de la experiencia histórica y su plasmación objetiva en la vida de una comunidad. Elaboración que, habitualmente, llevan a cabo distintos agentes sociales –muchas veces concurrentes- a través de medios variados.

Es imposible acceder al pasado en cuanto que pasado. Para aproximarnos a él, debemos representarlo, hacerlo presente a través de una reelaboración sintética y creativa. Por ello, el conocimiento del pasado y su uso en el presente se enmarcan siempre dentro de unas prácticas sociales de interpretación y reproducción de la historia. La conciencia histórica de cada individuo se teje, pues, en el seno de un sistema socio-comunicativo de interpretación, objetivación y uso público del pasado, es decir, en el seno de una cultura histórica.

La reflexión teórica sobre el concepto de cultura histórica se ha realizada desde los decenios 1980 y 1990, mediante trabajos rotulados con ese mismo término, como los de Jörn Rüsen, Maria Grever o Bernd Schönnemann, o con otros términos estrechamente relacionados[11]. Entre estas últimas aportaciones destacan las influyentes investigaciones sobre las formas y transformaciones de la memoria cultural (Kulturelles Gedächtniss), en la que se inscribe la memoria histórica, publicadas por Jan y Aleida Assman[12]. Recientemente, se ha designado con el término de historia pública[13] a las representaciones del pasado que campean en los media. En cierto modo, la aproximación sociocultural a la historiografía propuesta por Ch.-O. Carbonell a fines de los 70, próxima a la historia de las mentalidades, puede ser vista como un enlace entre la historia de la historiografía, entendida como una noble vertiente de la historia intelectual, y el concepto actual de cultura histórica[14].

La noción de cultura histórica surge, con una tensión teórica y unas implicaciones filosóficas innegables, como un concepto heurístico e interpretativo para comprender e investigar cómo se crean, se difunden y se transforman unas determinadas imágenes del pasado relativamente coherentes y socialmente operativas, en las que se objetiva y articula la conciencia histórica de una comunidad humana. Esa comunidad humana, ese “sujeto colectivo”, puede acotarse, aunque no como un compartimento estanco, según múltiples criterios: nacionalidad, lengua, religión, género, clase, generación que comparte experiencias formativas o civilización que se basa en un legado simbólico y material común.

Las connotaciones más bien cognitivas que tiene el término de cultura histórica, sin que esta aproximación desdeñe la dimensión estética, marcan una diferencia de enfoque con el subrayado de los aspectos vivenciales e inconscientes asociados a los estudios en el ámbito de la memoria. Pero, como han propugnado, tanto la propia A. Assmman como Fernando Catroga, no cabe contraponer de forma nítida la historia a la memoria; una y otras deben imbricarse y disciplinarse mutuamente[15]. Una historia fría y distanciada, sería socialmente inerte y apenas operativa. Estaría cercana a la erudición estéril. Una memoria partidista y confusa, ofrecería poco más que la exaltación ciega del grupo.

El conjunto de imágenes, ideas, nombres y valoraciones, que, de forma más o menos coherente, componen la visión del pasado que tiene una sociedad no es fruto hoy exclusivamente, ni quizás predominantemente, de las aportaciones de los historiadores profesionales o académicos. En la creación, diseminación y recepción de esas representaciones del pasado inciden directamente más hoy las novelas y films históricos, las revistas de divulgación sobre historia y patrimonio cultural, las series de televisión, los libros escolares, las exposiciones conmemorativas y las recreaciones de acontecimientos relevantes que llevan a cabo instituciones públicas, asociaciones, o parques temáticos. Por eso, en algunos estudios recientes sobre la “construcción” del pasado, por T. Morris-Suzuki, se da un gran protagonismo a formatos (lugares, en sentido amplio, de memoria) tan impensables antes en una historia de la historiografía como algunos relatos manga[16].

Es importante remarcar también que la cultura histórica no es nunca un sistema granítico de representación del pasado. Es, más bien, un proceso dinámico de diálogo social, por el que se difunden, se negocian y se discuten interpretaciones del pasado[17]. La cultura histórica de una sociedad abarca, por tanto, múltiples narrativas y distintos enfoques, que pugnan por imponerse socialmente. Los debates sociales sobre el pasado son sumamente relevantes, porque en ellos no está en juego un simple conocimiento erudito sobre la historia, sino la autocomprensión de la comunidad en el presente y su proyección en el futuro. Auscultar la negociación social sobre el pasado lleva a comprender los dilemas sociales del presente y revela cuáles son las problemáticas axiológicas y políticas presentes en el espacio público. La historia es la arena donde se debate la identidad presente y futura de la comunidad.

En el último decenio, la cultura histórica ha pasado a ser también un término para designar todo un campo de estudios socio-humanísticos al que se le dedican asignaturas, programas específicos universitarios de grado o de postgrado y centros de investigación. Los estudios sobre cultura histórica y sobre memoria se han convertido en un prolífico ámbito interdisciplinar en el que confluyen filósofos, historiadores, teóricos de la literatura, sociólogos y antropólogos. No es extraño por ello que hayan surgido alguna revista específica en ese ámbito, como History and Memory ni que ésta haya nacido en un país (Israel) especialmente concernido por un gran trauma del siglo XX: la Soah. History and Memory, y las anteriores Theory and History e Storia della Storiografía son sin duda algunas cabeceras de referencia para os estudiosos de la cultura histórica.

Para cerrar este tema introductorio, aludiré a algunas dimensiones del concepto de cultura histórica que los estudios en profundidad sobre este campo no pueden obviar, o, al menos, deben tener en cuenta. La reflexión sobre la cultura histórica (sobre la presencia articulada del pasado en la vida de una sociedad) conduce inevitablemente a abordar algunas cuestiones fundamentales de teoría o filosofía de la historia. Entre estas, podríamos citar la crucial problemática de la aprehensión de la realidad y la proyección del sujeto cognoscente en la representación del pasado (teorizada magistralmente por P. Ricoeur), la simultaneidad de lo no simultáneo y la reflexión radical sobre el tiempo (tan cara a R. Koselleck), la interrelación entre experiencias límites o traumáticas y conciencia histórica (un tema predilecto de F. Ankersmit) o hasta qué punto puede tener vigencia el concepto de memoria colectiva. Un concepto éste retomado recientemente por varios autores, en la estela de los trabajos ya clásicos de M. Halbwachs, y cuya discusión ha sido relanzada recientemente por figuras tan influyentes como Pierre Nora, el creador de otro término clave, lieux de mémoire (lugares o referentes, no sólo físicos, de la memoria)[18]. Por ello, acogeremos con gusto aquí algunos trabajos destacados en esos ámbitos.

Además de la dimensión prioritariamente cognitivo-existencial (conocimiento del pasado y orientación en el tiempo), la cultura histórica posee otras no menos relevantes, como, por ejemplo, su plasmación estética y su objetivación artística. Por otro lado, en toda cultura histórica suele latir también una tensión política. En efecto, la cultura histórica de una sociedad puede ser, muchas veces, analizada desde una perspectiva político-discursiva, y para ello es necesario indagar las agencias e instancias claves que intervienen en la producción y difusión de los constructos simbólicos que la configuran. El análisis de los motivos de estas intervenciones, ya sea para fortalecer la identidad, cohesionar un grupo o legitimar un dominio, así como los mensajes nucleares que se orientan a esos fines, puede ser estudiado tanto desde una perspectiva teórica general, como mediante estudios de casos pertinentes. Ambas aportaciones nos interesan.

El tiempo histórico y las categorías temporales

El tiempo histórico: La Historia como ciencia del tiempo.

Como explica Bloch, la historia es ‹‹la ciencia de los hom­bres en el tiem­po››, así que el tiempo, la dimensión temporal, es la ca­tego­ría por excelen­cia de la histo­ria, por encima del espacio. Podríamos decir, simplificando mucho, que dentro de las cien­cias so­ciales la Historia es la ciencia del tiempo y la Geo­grafía la ciencia del espacio.

Tiempo, duración y sucesión

El tiempo y el tiempo histórico.

La noción de tiempo, siempre muy debatida en Filosofía (Aristóte­les, Descartes, Leibniz, Newton, Kant…)[1], está en íntima relación con los con­ceptos de duración y suce­sión. Se lo podría definir como la duración de los acontecimientos, pero hay también un tiempo inmediato (del acontecimiento) y un tiem­po suce­sivo (del cambio).

El tiempo histórico es la objetivación del tiempo subjeti­vo por la ciencia histórica, como explica Bagu[2]. La Historia, mediante sus métodos y técnicas, consigue que el tiempo subje­tivo del indi­viduo sea objeto del conocimiento científico.

La duración

La duración es la noción del paso del tiempo que transcu­rre entre el comienzo y el fin de un proceso o cosa. El tiem­po, como demos­tró Bergson, se aprecia siempre de modo subjeti­vo, aunque la cro­nología pro­cura objetivarlo.

La sucesión

La sucesión es la continuación ordenada de una serie de hechos en el tiempo. El historiador se interesa por la su­cesión porque le per­mi­te valo­rar las semejanzas y dife­rencias en­tre los distin­tos proce­sos evo­lutivos de las socieda­des.

Tradicio­nalmente la filosofía de la historia se ha dividi­do en dos grandes concep­ciones de la sucesión: la li­neal (el pro­greso cons­tante y determinado en etapas hacia la realización de la histo­ria) y la cí­clica (la repetición de ciclos en la histo­ria de los pueblos, entendidos como organismos vivos). Ambas hoy pare­cen superadas, apareciendo la His­to­ria como un pro­ceso irregular, no de­terminado, de cambios y continuidades en el tiempo, que pueden ser de in­ten­si­dad y dura­ción va­riables.

Cambio y continuidad: conceptos esenciales

El tiempo de la historia fluye en una tensión entre dos opuestos: los factores de cambio y de continuidad, cuyo imposi­ble e­quili­brio marca la sucesión de los hechos históricos. Debemos distinguir las distin­tas ve­locidades his­tóri­cas de los he­chos políticos (rápi­dos), eco­nó­micos (menos rápi­dos e incluso lentos, como en la Edad Media) y sociocultu­rales o de las men­talidades (siempre lentos en comparación).

Al respecto hay varios conceptos esenciales: cambio, acon­tecimien­to, coyun­tura, es­tructura, evo­lución, revo­lu­ción, con­ti­nuidad, desarrollo, condicionamiento, causa, factor, tenden­cia.

  • Cambio: constata­ción de di­fe­ren­cias en una deter­mina­da di­rec­ción. El cambio referido a una estructura social puede ser un acontecimiento (corto plazo), co­yuntural (a medio o largo plazo) o estructural (permanente).
  • Acon­tecimiento: el hecho histórico relevante. Es un nudo de relaciones (Veyne).
  • Coyuntura: movimiento a medio o largo plazo en la socie­dad que afecta a aspectos aislados o secundarios.
  • Estructura: rea­li­dad (política, eco­nómica, cultu­ral) re­sistente al cam­bio y que perdura a muy largo plazo.
  • Evolución: es el cambio estructural lento.
  • Revolución: es el cambio estructural rápido. La rapidez es subjetiva (por ejemplo la revolución neolítica duró miles de años, mientras que la Revolución Francesa sólo unos pocos).
  • Continuidad: es la permanencia de una estructura a lo lar­go del tiempo.
  • Desa­rrollo: aparición y crecimiento de los cambios. También descrip­ción de los cam­bios con indica­ción de su meca­nismo de actuación
  • Condiciona­mien­to: interac­ción con un acontecimiento que favo­rece el cambio.
  • Causa: motivo decisivo y necesario del hecho o cam­bio. Cuanto más particular y pequeño es el cambio, más fácil es identificar una causa decisiva. Por ejemplo la II República se procla­mó justo el 14 de abril porque ese día los republicanos ganaron las elecciones municipa­les.
  • Factor: causa no única que contribuye al cambio. Los cam­bios más complejos tienen incontables factores. Por ejemplo, la II Re­pública sustituyó a la Monarquía debido anumerosos factores políti­cos, económicos y sociales.
  • Tenden­cia: movimiento predecido hacia una situación.

La teoría de Braudel de los tres tiempos

Braudel diferencia entre acontecimiento a corto plazo (por ejemplo la Peste en 1348; la muerte de Franco en 1975), coyuntura a medio plazo (por ejemplo la crisis de­mográfica-social en 1344-1348; los últimos años del franquismo en 1968-1975) e historia lenta a largo plazo (la longue durée del estancamiento y la definiti­va crisis desde 1320 hasta el siglo XV; el franquismo entre 1936 y 1975). Los ejemplos se extienden a todas las épocas. Más porme­norizadamente, la duración, según Braudel, puede adoptar tres esca­las:

El tiempo corto

Propio de los acontecimientos, ha sido muy utilizado por las corrientes historiográficas que se cen­traban en el análisis de documentos. Puede el acontecimiento servir como indicador ila­tivo (aquel dato del que se sacan conclusiones) de los mo­vimientos más duraderos y ser rela­cio­nado con sus causas y efectos. El tiempo corto es el tiempo del cronis­ta, del perio­dista, de la vida cotidiana. Para muchos historia­dores (sobre todo Braudel) es la más ‹‹enga­ñosa de las duracio­nes››, por su excesivo detallismo y documen­talismo, y debe ser susti­tuido por el tiempo medio y largo.

El tiempo medio

Es el de la coyuntura, que en el caso de la Historia Eco­nó­mica conduce al estudio de fluc­tuaciones eco­nómicas, en forma de ciclos regulares, clasifica­dos en:

  1. a) Movimientos de corta duración, que van desde los dia­rios, semanales, mensuales, etc., a los ciclos Kitchin (3-4 años) y Ju­glar (7-10 años), con los periodos de expansión, cri­sis, depresión y recuperación.
  2. b) Movimientos de larga duración: son los ciclos Kondra­tieff (50-60 años), de tendencia secular (de un siglo), inter­ciclo (10-20 años).

El tiempo lar­go

Es el de la larga duración de las estruc­tu­rasBraudel ha sido su mejor investigador, aunque haya sido cri­ticado por Vi­lar por su “fatalismo es­tructural”. Para Brau­del ejemplos de estas permanencias de las estructuras en el tiempo son: la di­ficultad de romper los marcos geográficos y biológi­cos, los esquemas mentales que per­manecen, los “univer­sos cons­truidos” por la ciencia (los de Aristóteles, Galileo, Newton, etc.), el capitalismo comercial, etc. Lo mental evoluciona más lentamente que lo económico.

La cronología

La Cronología estudia el orden y las fechas de los aconte­cimientos. Dado que la duración es subjetiva, para hacer­la uni­forme y objetiva las civili­zaciones idea­ron métodos de cro­nolo­gía para com­pu­tar el tiem­po. Los conceptos más importantes son: unidades de tiempo, calendarios, edades y periodos.

Unidades de tiempo

Las unidades de tiempo miden el paso del tiempo, desde las unidades más breves (segundo, minuto, hora) a las largas: día, se­mana, mes, año, lus­tro (cinco años), de­cenio (diez años), siglo (100 años), mile­nio (1.000 años).

Calendarios

Los calendarios ordenan el tiempo tomando como fe­cha de re­ferencia acontecimientos importantes de las distintas civili­za­ciones, lo que ha favorecido la existencia de muchos calenda­rios: e­gip­cio, judío, grie­go, mu­sul­mán, cris­tiano, chi­no, japo­nés… Así, la “era cris­tiana” (calendario gregoriano, adoptado en 1580) toma como fecha de ini­cio el año 1 (que se creía co­rres­pondien­te al nacimiento de Cristo, aunque en realidad nació en el 4 aC.), por lo que se señalan como aC. las fechas ante­riores y a veces como dC. las posteriores.

Edades

Se ha realizado una división fic­ticia del tiempo histórico, en edades, que tienen como fechas aproxi­madas (las fechas más em­blemáticas de cortes son 330, 410, 476, 1453, 1492, 1517…):

  • Prehistoria: 2 M aC.-3000 aC.
  • Edad Antigua: 3000 a.C-400 dC.
  • Edad Media: 400-1500.
  • Edad Moderna: 1500-1789.
  • Edad Contemporánea: 1789-hoy.

Esta artificial división tem­poral corresponde al eurocen­trismo de la ci­vi­li­zación occi­dental y a la historiografía tra­di­cional. No es uni­versal porque muchos pueblos han tenido una evolución histó­rica dis­tinta (por ejemplo algunos pueblos aún vi­ven en el Neo­lítico; China no vivió un corte entre la Edad An­tigua y la Edad Media hasta el siglo XV) y se acepta generalmente aunque es criticable (la Prehistoria “también” es Historia aunque no hay documentos escritos).

Periodos

Los periodos son otras divisiones artificiales del tiempo más cortas que las eda­des. Son cortes tem­porales rea­lizados por los histo­riadores para juntar unida­des de tiempo relevantes, basán­dose en facto­res objetivos, con una duración gene­ralmente irre­gular. Por ejemplo los pe­riodos ro­máni­co y gótico, el periodo de las re­voluciones libe­rales… La periodi­zación es un problema recu­rren­te de la Historia (Kula, Topolski)[3].

El historiador y las fuentes. La investigación histórica.

Las fuentes históricas

Las fuentes históricas son todo tipo de documento, testi­monio o simple objeto que sirve para transmitir un conocimiento total o parcial de hechos del pasado. Todo lo que aporte infor­mación sobre otras épocas es una fuente histórica.

Los historiadores, como Marrou[4] y Bernheim[5] han procurado definir las fuentes, de un modo más preciso, como los pro­ductos del hombre que faci­litan el pro­ce­so cog­nos­citivo de re­construc­ción de los hechos histó­ri­cos.

Clasificación de las fuentes

La historiografía ha desarro­llado muchas clasificaciones[6] y ninguna es universalmente aceptada. Por ejemplo las fuen­tes en po­tencia y las efec­tivas (me­dian­te el tra­bajo del histo­riador); las locales y las nacio­na­les; las escri­tas y las ora­les; etc. Una de las más comunes es:

  • Escritas: manuscritas o impresas; documentos, prensa, me­morias, co­rrespondencia, obras literarias. Los documentos son los más usados y se dife­rencian en públicos y privados; políti­cos, ju­rídicos, económi­cos; cuantitativos (estadísticas); cen­sos, re­gistros…
  • Iconográficas: obras plásticas (pinturas, esculturas…) y gráficas (fotografías, cine…).
  • Testimonios orales: directos o grabados.
  • Fuentes varias: instrumentos de trabajo, útiles…
  • Fuentes arqueológicas: restos materiales del pasado des­cubiertos me­diante excavaciones.

El rigor de las fuentes

Las fuentes no son siempre válidas científicamente, por lo que se debe valorar el rigor de las fuentes con un aná­li­sis crí­tico permanen­te, sin caer, por ejemplo en el “fe­tichis­mo de los textos”. Así, para Pierre Vilar sólo la repeti­ción de los tes­timo­nios es una garantía válida de que sean fi­dedignos.

Crítica de las fuentes

Salmon explica el método crítico de las fuentes, que divi­de en crítica externa y crítica interna.

1) La crítica externa (o crítica de autenticidad), se di­vide a su vez en crítica de procedencia y de restitución.

2) La críti­ca interna (o crítica de fiabilidad), se divide a su vez en crítica de interpreta­ción, de competencia, de sin­ceridad y de exactitud.

El rigor de las fuentes se determina por su autenti­cidad (fuente) y fiabilidad (informante).

Autenticidad

La autenticidad se refiere a la fuente que transmite la información. Puede ser auténtica/falsa en 4 sentidos:

a) fecha-lu­gar: puede ser auténtica sobre su contexto es­pacio-tiempo pero falsa para los datos que dé.
b) alcance o tema de la investigación: puede ser falsa pero informar verdaderamente de porqué se mintió.
c) total o parcial: de modo que no sea anacrónica o dis­cordante en exceso respecto a otras fuentes.
d) original (o co­pias), aunque puede ser original y falsa.

Fiabilidad

      La fiabilidad o credibilidad se refiere al informante, que sólo transmi­te infor­mación verdadera si:

a) puede acceder a la ver­dad(accesi­bili­dad).
b) si quie­re transmi­tirla (intencionali­dad).

La explicación y la funcionalidad de la historia

En las categorías o campos de significados de Phoenix la Historia estaría incluida en la categoría sinóptica, que com­prende los campos de conoci­miento que combinan o integran otros significados, como la his­toria, la fi­lo­sofía y la religión, esto es, las ciencias del espíritu (Dilthey).

Las otras catego­rías (defi­nidas por sus significados, mé­todos y campos de conocimiento) son

  • Simbólica (lenguaje ordinario y matemático),
  • Empírica (ciencias),
  • Estética (artes, música),
  • Sinoé­ti­ca (expe­riencia e intuición) y
  • Éti­ca (moral).

La teoría de Hirst (1965) afirma que hay una división del conocimiento inherente a este, así que el conocimiento puede subdividirse en “for­mas” independientes del uso final a que se destine. Hay “signi­ficados públi­cos” (consensua­dos), que han sido construidos por la Humanidad y que son simbó­licos. A su vez están inte­grados por “conceptos” (que tienen su origen en la necesidad de formular nuestras experiencias), que en un “pro­ceso de di­feren­ciación pro­gresiva” se encua­dran en “grupos característicos”. Los con­cep­tos se re­la­cionan entre sí mediante una “gramática lógica” y las proposiciones (leyes, principios) que rela­cionan estos conceptos entre sí tie­nen unas “pruebas de verdad” que son también inherentes a cada una de las formas de conocimien­to. En la versión (que seguimos) de la teoría de Hirst por Domínguez (1989), la Historia tiene tres su­bes­tructuras:

  • Los con­cep­tos,
  • Los proce­di­mientos explicativos,
  • Los procedi­mientos de in­vesti­ga­ción-verificación

La estructura conceptual

Otras disciplinas tienen una estructura conceptual propia, que se puede jerarquizar para establecer qué conceptos tienen la categoría de “inclusores” y cuáles tienen menos rango y es­tán “incluidos”. Para muchos historiadores la Historia no pre­senta una red conceptual jerárquica ni dispone de unos concep­tos específicos, sino que utiliza los de la experiencia general humana. Para determinar la estructura conceptual de la Historia tenemos varios proble­mas:

1) La indefi­nición conceptual, con conceptos compartidos por his­toriadores y hablantes, por ejemplo “his­tórico” como acepción de ex­cep­cional.

2) O los historiado­res no se ponen de acuerdo en su uso, por ejemplo “crisis, progreso, indus­tria­lización”.

3) O cam­bian se­gún el contexto espacio-tem­poral: por ejemplo la “ti­ranía” en la Gre­cia Anti­gua y en el siglo XX.

Para Domínguez hay dos tipos de conceptos:

  1. a) Hi­póte­sis o con­ceptos expli­cativos, por ejemplo los usados por el materialismo histórico: clase, siervo, excedente, etc.
  2. b) Gene­raliza­ciones, sin carácter explicativo, sino con­vencional. Por ejemplo Renacimiento, Ilustración, etc. Las generali­za­ciones pueden considerarse metaconceptos (su comprensión exi­ge la comprención de otros conceptos). Así, Novak (1985) consi­dera metaconcepto al Feudalismo, en la cima de un mapa concep­tual, relacionado con conceptos como vasallaje, feudo, corveas…

Los procedimientos explicativos

Son la trama de rela­ciones entre los conceptos. Son los siguientes:

a) El principio glo­baliza­dor de los hechos.

b) La explicación causal. La causalidad tiene dos carácte­res: el carácter de multicausalidad por la variedad de factores y el carác­ter de internidad (Bunge) por la dificultad de sepa­rar efectos y cau­sas.

c) La explicación teleo­lógica inten­cional: las motiva­cio­nes personales o grupales explican muchos hechos. Se usa el concep­to de empatía.

d) Los procesos de cam­bio: los acontecimientos y las trans­for­maciones. Se distinguen las doctrinas positivista (los he­chos ante todo, como las batallas…) y antipositivista (los hechos no tienen importancia). Vilar(1992) divide los hechos en cau­sas, conse­cuencias y síntomas. Topolski (1982) explica que se interpreta el hecho de dos modos:

– Ontológicamente, un suceso en sí mismo.

– Epistemológicamente, la interpretación del suceso por el historiador.

El positivismo participa de ambas interpretaciones: el pasado es un conjunto de hechos que reconstruye el historiador.

El estructuralismo (antipositivista) toma al hecho como una construcción científica en sí misma. El estructuralismo ha sido acusado de subjetivismo, porque el historiador tiende a crear su propia rea­lidad histórica.

La tesis dialéctica une el positivismo y el estructuralis­mo, y considera que existe una realidad ob­jetiva e independien­te de la materia de estudio, una realidad que no es una mera serie de hechos, sino que su complejidad exige que deba ser estudiada a través de las teo­rías.

¿Qué hechos son históricos? Las tesis son dos: 1) todos los hechos, 2) sólo los relevantes según ciertos criterios.

Carr considera que los hechos dependen de la interpreta­ción del histo­riador, ‹‹los hechos sólo hablan cuando el histo­riador apela a ellos: él es quien decide a qué hechos se da paso, y en qué orden y contexto hacerlo, y él es quien los saca del limbo de los hechos del pasa­do››.

Topolski también valora el papel del historiador, ‹‹fabri­cante›› del conocimiento histórico. No hay Historia sin el his­toriador, pues él la hace accesible a la sociedad.

Didáctica de la historia

Toda la literatura pedagógica que ha tratado de la enseñanza de la Historia coincide en señalar las dificultades que se derivan del aprendizaje de esta disciplina por parte del alumnado de la Educación Secundaria (12-18 años), especialmente en las primeras etapas. Los males se han detectado en todos los frentes: en el de los profesores/as, muy mediatizados por su propia formación universitaria en una determinada época y carentes en su mayor parte de una metodología adecuada a las dificultades de la enseñanza de la Historia; un alumnado escasamente motivado por las ciencias humanas y, en especial, por la Historia, algo “inútil”, de escasa aplicación práctica y alejada de sus problemas cotidianos en el ámbito escolar, familiar o social (barrio, amistades, asociaciones, etc.); unos materiales que invitan poco a cambiar el discurso histórico dominante, que sin embargo son sustituidos en ocasiones por otro recurso peor: los apuntes y la clase magistral; unos centros educativos y unos departamentos en los que, a pesar de los avances experimentados, se carece de los necesarios elementos dispuestos para un correcto y motivador aprendizaje de la historia y en los que las limitaciones físicas pueden determinar la estructura del curriculum (medio rural, medio urbano; barrio obrero, barrio residencial; proximidad de centros culturales como Museos, archivos, bibliotecas, centros de recursos, etc.).

Fundamentos epistemológicos de la historia

Es ineludible, pues, que clarifiquemos al profesorado cuáles son nuestros presupuestos a la hora de elaborar este Diseño Curricular. Y para ello se hace preciso definir desde la epistemología, qué historia debemos o queremos enseñar. Pero antes hemos de saber cómo se construye, cómo se elabora y cómo se investiga esta ciencia social. Es decir, debemos aproximarnos, siquiera sea de una forma elemental, a la forma de entender la Historia. Y eso lo hacemos desde tres planos: desde el plano filosófico, desde la historiografía o estudio de la propia ciencia histórica en el tiempo y desde el plano educativo. Son tres perfiles de una misma realidad, pero se hace necesario su análisis para mejor comprender las conexiones existentes entre ellos y, en definitiva, llegar a una conclusión: qué historia creemos nosotros se ha de enseñar para mejor cumplir con los planteamientos de la psicología del aprendizaje que se abordan en otra parte de este Proyecto.

En un cuadro comparamos el plano filosófico de la Historia (la Historia que se piensa), el plano historiográfico (la Historia que se investiga) y el plano educativo (la Historia que se enseña), con sus correspondencias entre los tres niveles. Lo que debe enseñarse de la Historia —y el alumnado aprender—es lo siguiente:

Fundamentos de la construcción histórica

Son aquellos elementos que utiliza el historiador para explicar los fenómenos del pasado, sin los cuales sería difícil entender lo que dice. Son el tiempo, entendido como marco cronológico de corta o larga duración; el espacio, o sea, el marco físico en el que se desarrolla la acción o el fenómeno histórico (una ciudad, el campo, un país, el hogar de una familia) y los mecanismos de interrelación, es decir, aquellos supuestos que permiten explicar cómo actuaron los seres humanos en el pasado y por qué lo hicieron así y no de otra manera. Estos mecanismos engloban la intencionalidad o motivos, las causas y la situación (el momento histórico) que explican en un todo globalizado por qué se produjeron los hechos históricos de un determinado modo. Discernir estos elementos por parte del alumnado es tarea compleja y a ello debe dirigirse el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Contenidos factuales del proceso histórico

Abarca la materia histórica, razón de ser de la disciplina y de su aprendizaje. El pasado humano es la materia prima que utilizamos en el aula para iniciar al alumno/a al conocimiento no sólo de lo pretérito, sino de los fundamentos de la explicación histórica que hemos señalado más arriba. Incluye hechos protagonizados por hombres y mujeres, en sociedad o como individuos, en el pasado de cualquier área espacial considerada y de todo tipo: políticos, sociales, económicos, técnicos, culturales e ideológicos. Se incluyen también aquí los llamados conceptos históricos (monarquía, capitalismo, democracia, totalitarismo, etc.) o categorías (Renacimiento, Barroco, modo de producción, Neolítico, clase social).

Procedimientos o métodos de lectura e interpretación de la historia

Se incluyen aquí el conocimiento de las fuentes históricas (heurística), su interpretación (hermenéutica) y su utilización en la construcción del relato histórico. Es propiamente una metodología inspirada por igual en la de la investigación histórica, como en la de la enseñanza de esta disciplina. Queremos decir con ello que no sólo interesa conocer cómo se elabora el conocimiento histórico, sino también cuál es la lógica de su aprendizaje. Esto último, al menos, debe ser conocido por el profesor o profesora.

Valores o actitudes hacia los hechos del pasado.

Tolerancia, respeto por las minorías, diversidad de culturas, igualdad entre los sexos (o razones que explican la desigualdad), actitud positiva ante la paz, etc. Son también contenidos inclusores, ya que afectan a todos las unidades didácticas y a toda el área.

Pero, ¿qué Historia enseñar? Desde el punto de vista filosófico se ha planteado la necesidad de acotar qué es el conocimiento. De ello se ocupa la teoría del conocimiento, hoy más conocida como epistemología o gnoseología. Si ya hemos visto cuáles son los paradigmas epistemológicos de la historia desde el campo de la filosofía y de la historiografía (véase Cuadro anterior), nos falta ahora hablar de los perfiles gnoseológicos de la historia que se enseña, o que se debe enseñar. El problema que se plantea con la historia no se da en otras ciencias llamadas de la naturaleza o exactas: matemáticas, física, química…

Aquí las leyes conducen a una causalidad necesaria, mientras que en historia no siempre que hay unas causas determinadas sucede lo mismo, aunque en esta cuestión hay encontradas diferencias entre quienes consideran que las ciencias sociales son estructuralmente similares a las ciencias físicas y quienes afirman que entre ellas existe un abismo insalvable. Pero nos interesa el “conocimiento educativo”, y su forma de clasificarse: frente a la postura de quienes mantienen que el conocimiento es un todo integrado y que así debería enseñarse, la complejidad de ese mismo conocimiento —como algo existente de por sí y como algo creado por el ser humano— ha hecho necesario la aparición y desarrollo de las disciplinas o materias. Así, Hirst (1965) y Graves (1985) han señalado cómo existen “formas de conocimiento” en las que los conceptos no sólo están relacionados entre sí por medio de lo que se ha dado en llamar su gramática lógica (o su lógica interna), sino que las proposiciones que relacionan estos conceptos entre sí tienen pruebas de verdad que también son características de cada forma de conocimiento. Si esas pruebas de verdad están claras en las ciencias puras, ya son menos evidentes en las ciencias humanas o sociales. Así Hirst incluyó en 1965 como “formas de conocimiento” la física, la matemática, la historia, la estética, la ética, la teología y las ciencias humanas. Pero cinco años más tarde excluía a la historia, debido al desacuerdo existente entre los historiadores respecto a qué es lo fundamental en las explicaciones históricas. Para la geografía, Hirst utiliza el concepto “campo de conocimiento”, ya que considera que es deudora de varias “formas de conocimiento”, como las ciencias naturales, la matemática y las ciencias humanas (Graves, 1985: 72-77).

Esta ambigüedad de Hirst respecto a la historia planea hasta hoy a la hora de definir su perfil desde el punto de vista educativo. Siguiendo el esquema propuesto en el cuadro anterior, en el plano educativo hemos señalado hasta seis posibles paradigmas, que se corresponderían con las escuelas historiográficas y se traducirían en un determinado tipo de contenidos dominantes. Esta sería la equivalencia:

  • Plano educativo.
    • Historia relato (transmisión verbal).
    • Historia técnica.
    • Historia-dogma.
    • Historia crítica (instrumento de cambio social).
    • Microhistoria (nuevos sujetos de historia).
    • Historia de las estructuras.
  • Contenidos
    • Hechos (acontecimientos)
    • Conceptos (cambio, desarrollo proceso, causalidad, estructura, etc.).
    • Ideología (marxismo catequístico).
    • Categorías (modo de producción, lucha de clases, clase social).
    • Hechos de la narración y conceptos del microanálisis.
    • Historia de las civilizaciones.

De los seis paradigmas de historia “para enseñar” hay algunas que son rechazables de plano por diversas razones que van desde las ideológicas hasta las puramente racionales. Es evidente que en el marco de un Estado democrático no son válidas las concepciones que estimulan los valores contrarios, como la marxista ortodoxa, una forma de escolástica que Fontana ha llamado recientemente “marxismo catequístico” (Fontana, 1992). Tampoco se acepta hoy la visión de la historia-relato del paradigma historicista. La historia de las civilizaciones, heredera de la historia estructural y sobre todo de la tendencia braudeliana del tiempo largo, ha demostrado ya su ineficacia en el actual sistema educativo. Nos quedan la historia técnica y la historia crítica, que se corresponden con los paradigmas de la Nouvelle histoire y el marxismo crítico. Si además se tiene en cuenta que estos dos modelos son los preferidos de los profesores según un reciente estudio (Guimerá-Carretero, 1992: 120), parece procedente esta decisión.

No es éste un terreno fácil a la hora de elaborar un proyecto curricular. Jesús Domínguez ya soslayó este problema con las siguientes palabras:

‹‹Un planteamiento del problema en estos términos (el de qué escuela historiográfica debe dominar), conllevaría por un lado una toma de posición frente a las distintas corrientes historiográficas que impediría de hecho alcanzar unos mínimos puntos de acuerdo sobre el futuro programa escolar, y por otro, esta forma de abordar la cuestión escamotearía, en mi opinión, el problema principal, a saber, discernir qué podemos considerar que sea lo verdaderamente esencial y definitorio de la disciplina, aquello que permite calificar por igual de historiadores a personas cuyas obras difieran claramente tanto en los métodos como en las hipótesis explicativas que emplean.››[7]

Pero Domínguez acaba con un principio de compromiso necesario:

‹‹Personalmente me situaría junto a aquellos historiadores para quienes el conocimiento histórico se mueve en una constante tensión entre dos polos: por una parte una teoría en continua revisión y construcción (materialismo histórico y aportaciones de la escuela de “les Annales”, entre las más importantes) y la investigación empírica de los hechos.››[8]

La fuente de inspiración más común en la historiografia española actual procede esencialmente de la escuela de los Annales, es decir, de la Nouvelle histoire, con toda la riqueza de matices que ha aportado al conocimiento del pasado, pero sin descuidar la utilización de aquella concepción global y crítica que aporta el materialismo histórico en su versión no dogmática, es decir, en cuanto método de análisis de la realidad histórica, alejado, por tanto, de interpretaciones esquemáticas y simplistas tan frecuentes en algunos materiales educativos que han tenido cierta difusión en nuestro país. También habrá que incluir alguna referencia a esa nueva historia narrativa, que aunque no está consolidada, surge como una forma de recuperar personajes, hechos y situaciones alejadas de la práctica histórica habitual. Al menos, debería estar presente en alguna unidad, para que el alumno/a pudiera introducirse en el conocimiento del pasado humano a través de esta nueva forma de entender el relato histórico (la microhistoria), que es en definitiva la forma en que se presenta toda explicación histórica.

Y estos paradigmas concuerdan en cierta forma con las tres “posturas morales” que señala el profesor Bermejo Barrera (1990: 274-275) y que se corresponden con tres formas de historiografía: la historia monumental o historia de las naciones y los Estados, motor del fanatismo e instrumento de control moral, en la que el historiador actúa como ideólogo o propagandista; el historiador anticuario es un “funcionario de la Historia” que solo se preocupa de recibir el beneplácito de sus colegas, son los técnicos de la historia, ideólogos sin ideología; y, por último, la historia crítica, según la cual la historia ha de estar al servicio de la vida y servirá como instrumento de crítica social, política y moral. El historiador crítico no estudia un hecho por el mero hecho de que pertenezca al pasado, sino en tanto que su análisis le sirva para iluminar alguno de los problemas del presente; es decir, mantiene una postura ética, de compromiso con la realidad que le ha tocado vivir. Es evidente que, a pesar del esquematismo de este planteamiento, sólo cabe una adscripción por nuestra parte, al triple modelo que nos propone Bermejo: el del historiador crítico, del que deben surgir alumnos y alumnas también críticos, capaces de actuar en la sociedad en la que viven.

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[1] El tiempo, para Aristóte­les es ‹‹la medida del movimiento se­gún un antes y un después››, para Descartes ‹‹Es un modo inse­pa­ra­ble de las cosas, es la duración misma de los acontecimien­tos››, para Leibniz ‹‹el or­den de los fe­nómenos suce­si­vos››, para New­ton ‹‹El tiempo es un atribu­to de Dios, es la duración infi­nita de Dios››

[2] Bagu explica cómo se construye el tiempo histórico, sometiendo el tiempo subjetivo al tiempo objetivo. Un sometimiento posible gracias al perfeccionamiento de los sistemas de cuanti­ficación. Así se puede construir el tiempo histórico: ‹‹que es el que permite a cada individuo vislumbrar un horizonte temporal donde el presente se vuelve inteligible a través de una comprensión real de su pasado como ser humano y le hace concebir su actividad y la de las demás personas (la sociedad en definitiva), como un proceso conflictivo y dialéctico con continuidad histórica››. Para Bagu, hay tres dimensiones en la temporalidad: a) El transcurso, el tiempo organizado en secuencia. b) El espacio, el tiempo como un campo de operaciones. c) La intensidad, el tiempo como rapidez de tarnsformaciones y riqueza de combinaciones.

[3] La periodización es un tema muy controvertido, pues la datación de los acontecimientos y sobre todo de los cambios históricos es altamente subjetiva. Kula distingue las periodizaciones: 1) Convencionales, las más simples, sobre aspectos concretos o periodos cortos. 2) Objetivas, las más complejas, sobre periodos cuya diferenciación se basa en el proceso histórico. Topolsky distingue en las objetivas una subclasificación: a) Las periodizaciones cíclicas, sobre largos periodos, espacios grandes, con fluctuaciones cíclicas. Hay teorías como la del movimiento pendular o eterno retorno, la del movimiento direccional en espiral, etc. b) Las periodizaciones direccionales, que imaginan un límite, un fin (como el Juicio Final de los cristianos que imaginó San Agustín); c) Las periodizaciones irregulares, que son las más usadas y se basan en factores políticos, económicos (el más utilizado por el marxismo) o culturales (Renacimiento, Barroco, etc.)

[4] Marrou. Las fuentes son ‹‹todo aquello que en la herencia del pasado pueda interpretarse como un indicio revelador por algún concepto de la presencia, de la actividad, de los sentimientos y el modo de pensar del hombre que nos precedió››.

[5] Bernheim opina que ‹‹las fuentes son resultado de la actividad humana que, por su destino o por su propia existencia, origen u otras circunstancias, son particularmente adecuadas para informar sobre hechos históricos y para comprobarlos››.

[6] La clasificación historiográfica de las fuentes. A finales del siglo XVII la escuela erudita distingue: auténticas y falsas. Lelewel (1815): 1) tradición (orales), 2) no escritas (monumentos), 3) escritas. Droysen: 1) monumentos (fuentes involuntarias pero hechas para durar en la posteridad), 2) restos (todas las obras humanas), 3) fuentes (realizadas a propósito como fuentes). Topolsky: 1) Directas (restos) e indirectas (documentos para conservar la memoria del pasado). 2) Escritas y no escritas. Las escritas están subdivididas según los distintos destinatarios (personas coetáneas, posteridad, historiadores).

[7] Domínguez, 1989: 44.

[8] Op. cit. 51.

[1] «Notre siècle est le siècle de l’histoire», afirmaba G. Monod en 1876 en el primer número de la Revue historique. Ch.-O. Carbonell recoge este y otros testimonios en ese sentido en su pequeño gran libro (1981) L’historiographie. Paris: PUF, p. 84.

[2] Algunas precisiones y datos sobre este proceso pueden encontrarse, además de en la obra anterior, en Iggers, Georg G. (1995). La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales. Barcelona: Editorial Labor, pp. 24-33. Más monográficamente, algunas de las grandes revistas históricas del siglo XIX, como American Historical Review, la Revue historique y Rivista Storica Italiana, han sido estudiadas en Middell, Matthias, dir. (1999). Historische Zeitschriften im internationalen Vergleich, Leipzing: Akademische Verlagsanstalt.

[3] Ver “Profesionalización del saber histórico y erudición institucional” en M. Puyol y J. Andrés-Gallego, dirs. (2004). Historia de la historiografía española. Madrid: Editorial Encuentro, pp. 140-143.

[4] Disponemos de traducciones en castellano: (1983) Histórica. Barcelona: Editorial Alfa; y en catalán, (1986) Històrica. Barcelona: Edicions 62.

[5] Ferrater Mora, José (1982). Cuatro visiones de la historia universal. San Agustín, Vico, Voltaire, Hegel. Madrid: Alianza Editorial.

[6] Comte, A. (1830-1852). Curso de filosofía positivista, 6 vols. A partir de la lección 47, Comte habla de sociología y/o física social y la define en la obra como «el estudio positivo del conjunto de leyes fundamentales propias de los fenómenos sociales».

[7] Marx, Karl H. (1987). El capital, vol. 1.

[8] J. FONTANA, Historia, pp. 167-184, hace una crítica bastante dura de esta corriente, que considera una historia social carente de reflexión teórica, y que creó una jerga para iniciados que diera impresión de lenguaje científico. Su opinión es que esta tendencia no fue más que un intento de encubrir la ideología reaccionaria de muchos de sus defensores bajo un ropaje de objetividad.

[9] FEBVRE, Combates por la historia, p. 232.

[10] Estas fases son señaladas por FONTANA, Historia, pp. 201-204.

[11] Entre los trabajos de Jörn Rüsen, tiene una especial relevancia el titulado “Was ist Geschichtskultur?. Überlegungen zu einer neuen Art, über Geschichte nachzudenken”, en K. Füssmann / H. T. Grütter/ J. Rüsen (Hg./Eds.): Historische Faszination. Geschichtskultur heute. Colonia, 1994, 3-26. El concepto de Maria Grever de Historical Culture se encuentra, entre otros lugares, en la presentación del Center for Historical Culture de la Universidad de Rotterdam, que ella impulsa. Bernd Schönnemann ha tratado la genealogía y significación de este concepto en algunos artículos como: “Geschichtsdidaktik, Geschichtskultur, Geschichtswissenschaft,” en Hilke Günther-Arndt (ed.): Geschichtsdidaktik. Praxishandbuch Für Die Sekundarstufe I Und II. Berlin, Cornelsen Verlag, 2003, 11-22. Aunque, en un sentido mucho más restrictivo, el término culture historique, había sido utilizado ya por el investigador de la historiografía medieval Bernard Guenée en 1980 en su importante obra Histoire et Culture historique dans l’Occident médiéval. París 1980.

[12] Assmann, Jan: Das kulturelle Gedächtnis. Schrift, Erinnerung und politische Identität in frühen Hochkulturen. München, Beck, 1992 (6ª. ed., 2007). Assmmann, Aleida: Erinnerungsräume. Formen und Wandlungen des kulturellen Gedächtnisses.Múnich, 1999 (3a. ed, 2006). El término Erinnerungsräume (lugares de memoria o de recuerdo), hace eco a la obra seminal y monumental, publicada algunos años antes, bajo la dirección de Pierre Nora, Les lieux de mémoire, Paris, 1984-1992).

[13] Cfr. Bodnar, John: Remaking America. Public Memory, Commemoration and Patriotisme in the twentieth Century. Princeton University Press, 1994, p. 13.

[14] La necesidad de ampliar los horizontes de la historia de la historiografía, fue abordada por G. Iggers en “Cómo reescribiría hoy mi libro sobre historiografía del siglo XX”, en Pedralbes. Revista d’Història Moderna 21, p. 11-26. Esa ampliación de horizontes, que aproxima la historiografía a la cultura histórica, y de perspectivas civilizatorias, se ha plasmado recientemente en un nuevo libro: A Global History of Modern Historiography, Harlow 2009, escrito por G. Iggers y Q. Edward Wang (con la contribución de Supriya Mukherjee).

[15] Assmann, A.: Der lange Schtten del Verganhenheit, 2006, p. 51; Catroga, F.: Memoria, historia e historiografia, Coimbra, 2001, p. 63-64. Esta misma actitud preside el trabajo de Philipe Joutard, “Memoria e historia: ¿Cómo superar el conflicto?”, en Historia, Antropología y Fuente Oral, I, 38, 115-122. Por mi parte, he propuesto complementar y equilibrar la “historia-ciencia” y la “historia-memoria” en “Memory-History vs. Science-History? The Attractiveness and Risks of an historiographical Trend, Storia della Storiografia, 48, 117-129.

[16] Morris-Suzuki, T.: The Past within Us. History, Memory and Media. Londres 2005

[17] La importancia de la perspectiva comunicativa para comprender correctamente los mecanismos de la memoria colectiva y la cultura histórica ha sido puesto especialmente de relieve por Wulf Kansteiner: “Finding Meaning in Memory: a Methodological Critique of Collective Memory Studies”, en History and Theory, Mayo de 2002, p. 179-197. Kansteiner propone utilizar categorías de teoría y análisis de la acción comunicativa para entender cabalmente el funcionamiento de la memoria social.

[18] Una inteligente crítica metodológica a algunos estudios sobre la memoria colectiva puede encontrarse en Kanstteiner, W.: “Finding Meaning in History: A methodological Critique of collective memory Studies”, History and Theory 41, 179-197.