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Ciencias Sociales

Tema 5. La población mundial: modelos demográficos y desigualdades espaciales

Distribución de la población

A las puertas del Tercer Milenio, la población mundial rebasaba ligeramente los 6.000 millones de habitantes, que se reparten en el espacio de modo muy desigual. El continente asiático, por sí solo, aglutina a más del 60% de la población total del mundo, a una distancia considerable de todos los demás continentes. Estos reúnen al 40% restante de la población mundial, que —como se observa en la figura adjunta—, se asienta preferentemente en el llamado mundo menos desarrollado, frente al llamado mundo desarrollado, que no llega a sumar la quinta parte de la humanidad.

Distribución de la población en el mundo, según grandes regiones. (Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/File:World_population_distribution.svg).

 

Densidades medias de población en el mundo (habitantes por kilómetro cuadrado). (Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/File:World_population.PNG).

Desde la perspectiva de las densidades de población, una vez más sale a relucir la parte desproporcionada que corresponde a Asia, más expresiva aún si consideramos que este continente es el más grande en superficie. Europa es otro continente con densidades relativamente altas. Pero en las zonas interiores de estos dos continentes y de los demás, se registran índices más bien bajos e incluso muy bajos, y las densidades demográficas varían grandemente de una zona a otra dentro del mismo continente. Por este motivo, la densidad media continental, y sobre todo la mundial, carecen relativamente de interés, salvo como indicador del hecho de que no se justifica la idea de que vivimos en un mundo superpoblado.

La natalidad

La Tasa Bruta de Natalidad en el mundo se sitúa en torno a los 23 nacidos vivos por cada mil habitantes. Este nivel supone un descenso continuo y considerable de la natalidad desde hace ya muchos lustros y enmascara grandes diferencias regionales. A nivel de continentes, se puede considerar que la natalidad sigue siendo bastante alta en África, en claro contraste con el resto del mundo, donde los índices son relativamente altos en América Central, moderados en América del Sur y en Asia, bajos en Oceanía y en América del Norte, y muy bajos en Europa.

Indices de tasa bruta de natalidad en el mundo, según países.
(Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Birth_rate_figures_for_countries.PNG)

No debe extrañar que los índices más altos correspondan a los países africanos, aunque en este continente hay también países con tasas más moderadas. Lo mismo cabe decir de los otros continentes, que contienen países con natalidad variada e incluso muy disparatada en cuanto a niveles, como en el caso de los países de América Latina y sobre todo en el caso de los países de Asia, dentro de una tónica de una mezcla de tasas altas y moderadas, y casos aislados de tasas más bajas.

La excepción a esta regla de una cierta mixtura intracontinental en las tasas de natalidad —que a nivel mundial, como se ve, no son altas, como pretenden hacernos creer los defensores del control demográfico—, la constituyen los países de Europa occidental, donde todos ellos —incluyendo España— ostentan valores netamente inferiores a la media mundial. Esta natalidad europea sumamente baja suscita la alarma en vista de que no se están renovando las estructuras demográficas, con el consiguiente envejecimiento demográfico, a la vez consecuencia de la baja natalidad y propiciadora de más bajas cotas de natalidad aún, a modo de círculo vicioso altamente difícil de romper.

Las diferencias mundiales en la natalidad se deben a una multiplicidad de factores, tanto históricos como actuales, que no permiten una fácil explicación. Una manera típica de enfocar el tema es la de equiparar los bajos índices de natalidad con los altos niveles de desarrollo social y económico, para afirmar a renglón seguido que la baja natalidad es a la vez factor e indicador de desarrollo, mientras que la alta natalidad es a la vez un freno al desarrollo y un indicador de subdesarrollo. Ciertamente, la alta natalidad coincide por regla general con países del mundo menos desarrollado, y conversamente, la baja natalidad es una realidad casi exclusiva del mundo desarrollado. Pero afirmar categóricamente que para alcanzar el desarrollo es menester reducir drásticamente la natalidad, a pesar de lo que ha ocurrido históricamente, es un ejercicio arriesgado, ya que no está demostrado que los países desarrollados no hubiesen alcanzado altas cotas de progreso sin el correlativo descenso de la natalidad.

Es más correcto afirmar, contrariamente al planteamiento anterior, que no es el descenso de la natalidad lo que ha propiciado el desarrollo, sino que más bien ha sido el desarrollo lo que ha propiciado el descenso de la natalidad.

El mundo entero ha optado por la reducción de la natalidad, y la realidad actual, para los no especialistas, puede deparar más de una sorpresa. La idea generalizada de una India o de una China superpobladas a causa de una natalidad desbordante, no obedece a la realidad. La idea de una más alta natalidad en los países católicos de Europa carece igualmente de fundamento.

Mapa del mundo con los países por índice de fertilidad. Periodo 2012 (Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Countriesbyfertilityrate.svg)

Para asegurar la reposición (la renovación o el reemplazo) de las generaciones, un país tendría que mantener una media superior a los 2 hijos por cada mujer adulta, en atención al hecho de que en la generación anterior han sido, en el caso de cada nacimiento que entrará a formar parte de la generación siguiente, dos progenitores. Esta cifra (que en Demografía se sitúa en los 2,1 hijos al tenerse en cuenta la mortalidad y otros factores), no se alcanza desde hace bastantes años en los países de Europa.

No hace falta insistir excesivamente en el hecho de la quiebra de la fecundidad en Europa, que obedece a una profunda transformación en el modo de pensar y de actuar de los hombres y de las mujeres en cuanto a la reproducción humana, acorde con la llamada mentalidad moderna. Los factores y variables que entran en juego en dicha mentalidad son más bien de índole psicológica y ética: se refieren a los contravalores de la sociedad postindustrial que colocan otras aspiraciones por encima y al margen de la formación de familias.

En un asunto como la natalidad, tan íntimo y tan impredecible a la vez, pueden darse cambios de tendencias, variaciones y quiebros en un espacio de tiempo muy corto, por lo que nunca acabamos de decir la última palabra sobre este particular. Con todo, de momento, no hay indicios de que la clara tendencia a la baja, tan pronunciada en los últimos treinta años, esté en trance de modificarse en ninguno de sus aspectos globales, salvo en casos muy puntuales.

La mortalidad

A nivel mundial, la Tasa Bruta de Mortalidad se sitúa en torno a los 9 fallecidos por mil habitantes, lo cual es una muestra fehaciente de los logros de la medicina, de la política sanitaria, de las mejoras en la vivienda y en el entorno laboral, y de la paz social en amplios espacios del mundo, entre los muchos factores que se pueden enumerar.

Los datos contenidos en la figura adjunta pueden sorprender sobre todo al deducir a partir de ella que muchas zonas del llamado mundo menos desarrollado ostentan tasas de mortalidad netamente inferiores a las de muchas regiones del mundo desarrollado. No deja de llamar la atención, por ejemplo, que Asia tenga un índice de mortalidad inferior al del conjunto de Europa (cuya media es superior a la media mundial), o que América Central y América del Sur tengan un índice de mortalidad netamente inferior al de América del Norte (cuya media, por otra parte, es superior a la de Oceanía y a la de Asia).

Tasa bruta de mortalidad en el mundo. (Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Death_rate_world_map.PNG).

Las Ciencias Sociales vienen al socorro de una explicación, que si bien no da plena cuenta de todas estas aparentes anomalías, sí ofrecen un análisis que explica, a grandes rasgos, las diferencias mundiales. Salvo en casos excepcionales —guerras, genocidios, epidemias, catástrofes naturales, hambrunas—, la mortalidad se mueve entre dos grandes ejes demográficos fundamentales, que son el grado de desarrollo socioeconómico y el grado de juventud de la población. De acuerdo con estos dos grandes ejes, se dice que la mortalidad es selectiva, en cuanto que incide más, a nivel global, en zonas de gran pobreza, y a nivel individual, en personas enfermas y de edad avanzada.

Según estas coordenadas, los países más pobres del mundo, por su propio subdesarrollo, tienden hacia una mayor mortalidad, pero el aumento anticipado es frenado por el alto grado de juventud que ostentan sus estructuras demográficas. Por el contrario, los países menos pobres, debido a su alto grado de desarrollo, tienden hacia una menor mortalidad, pero el descenso anticipado es frenado por el alto grado de envejecimiento de sus estructuras demográficas, y de hecho la mortalidad no sólo no desciende en muchas de esas regiones en los últimos años, sino que de hecho aumenta.

El resultado final arroja niveles muy aceptables a nivel mundial, con la excepción de África, que sigue rezagada en la lucha contra la muerte, ya que su extrema pobreza es excesiva para atajar la mortalidad por medio de su alto grado de juventud. Llama la atención la situación contradictoria de Europa, que a pesar de su alto grado de desarrollo social y económico, ostenta un nivel de mortalidad superior a la media mundial, debido a su elevado grado de envejecimiento.

A todo esto hay que añadir la consideración —difícilmente cuantificable—, del modo, de las causas y de la edad de la muerte. En este sentido, el cuadro actual, generalmente favorable en el mundo entero y también en el caso de la mayoría de los países menos desarrollados en una primera apreciación, se torna en contra de este segmento del mundo, por cuanto que mientras que en el mundo desarrollado normalmente la gente muere (por así decirlo) a su debido tiempo y en las debidas condiciones, en el mundo menos desarrollado son frecuentes las muertes en niños y jóvenes, por violencias y por múltiples carencias, y muchas veces en condiciones infrahumanas cargadas de gran dramatismo.

Mortalidad infantil y esperanza media de vida

Especial relevancia cobra, como indicador de desarrollo social y económico, la mortalidad infantil, que hace referencia a la muerte de infantes menores de un año de edad, cuya media mundial ronda los 57 fallecidos por cada mil nacidos en un año. Los países pobres continúan estando muy alejados del mundo desarrollado, máxime si tenemos en cuenta otro indicador fiable, la esperanza media de vida, que mide —como el mismo nombre indica—, el número medio de años que puede esperar vivir un individuo desde el momento de su nacimiento, y cuya media mundial, en el momento actual, es de 66 años (64 años para los hombres, y 68 para las mujeres; es bien sabido que las mujeres son más longevas que los hombres).

Los datos referidos a la mortalidad infantil en el mundo actual reflejan grandísimas diferencias regionales en el número de recién nacidos que no alcanzan el primer año de vida. La media mundial dista mucho de una situación ideal, y se debe a la alta mortalidad de niños en el continente africano, que eleva la media estadística del mundo. En los demás continentes, la mortalidad infantil es aún inaceptable en Asia, América del Sur y América Central, sólo relativamente aceptable en Oceanía y muy aceptable sólo en Europa y América del Norte.

Mortalidad infantil en el mundo (fallecidos por mil nacidos) (Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Mort.svg).

Las diferencias regionales referidas a la esperanza media de vida son igualmente reveladoras. Una vez más, hay grandes deficiencias en el caso de África, como no podía ser de otra manera, puesto que la mortalidad infantil guarda una estrecha relación con el grado de desarrollo socioeconómico, lo mismo que la esperanza media de vida, y por lo tanto los dos fenómenos están correlacionados, y situaciones sólo medianamente aceptables en Asia, pero ya más que aceptables en América del Sur y en América Central, altamente favorables en Oceanía y plenamente satisfactorias —próximas al «límite fisiológico» de la mortalidad (es decir, a la cota mínima capaz de alcanzarse en el momento actual)— en Europa y en América del Norte.

La mortalidad infantil y la esperanza media de vida constituyen los mejores indicadores del grado de desarrollo de un país, al reflejar, en su forma más elemental, las bondades o las deficiencias de ese país en todos los demás aspectos socioeconómicos y culturales, habida cuenta del carácter selectivo de la mortalidad. Por esto mismo, pocos indicadores hay más elocuentes que éste, para mostrar las tremendas diferencias globales en el orden social y económico —o en el orden estrictamente humano—, que se dan en el mundo actual. Que una persona de África viva un promedio de 25 años menos que una persona de América del Norte, o —más expresivo aún—, que un ciudadano de la República centroafricana viva un promedio de 40 años menos que un japonés o que un sueco, refleja, no sólo una mera situación de desequilibrio demográfico o de simple dicotomía Norte-Sur sin más.

Más bien, constituye una denuncia sin paliativos de un estado actual de las cosas en el mundo, en el que se parece que se consienten disfunciones flagrantes acordes con la configuración de un orden político y económico —o de un orden humano—, asentado sobre fundamentos en los que, muchas veces, la justicia, la solidaridad y otros tantos valores básicos inherentes a la dignidad humana, brillan por su ausencia.

Esperanza media de vida al nacer en el mundo (años). (Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/File:Esperanza_de_vida.PNG).

De todos modos, también podemos hacer constar, en cuanto a la evolución, tanto de la mortalidad infantil como de la esperanza media de vida, que desde mediados del siglo presente, ha habido grandes progresos en el mundo entero, y las tendencias apuntan hacia la continuación de este proceso altamente favorable. En este sentido, hace cincuenta años, la mortalidad infantil se situaba en torno a los 200 fallecidos por cada mil nacidos en un año determinado en los países del mundo menos desarrollado (es decir, el 20% del total de nacidos), mientras que la esperanza media de vida apenas superaba los cuarenta años.

Nos costaría pensar que hace apenas algo más de cuarenta años, países como Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Siria, Egipto, México o Perú, por ejemplo, se hallaban en una situación mucho peor en cuanto a la mortalidad general y específica, y a la esperanza media de vida, que muchos de los actuales países más pobres del mundo menos desarrollado. Por otra parte, según las realidades recientes y las previsiones a corto y medio plazo, los índices de mortalidad y de esperanza media de vida se van acercando, cada vez más, a los del mundo desarrollado, ya situados en cotas muy aceptables.

Se pueden albergar esperanzas, entonces, en favor de países como Niger, Burkina Fasso, Mozambique o Malí, por ejemplo, en las puertas del Tercer Milenio, puesto que la victoria sobre la muerte, que es una realidad patente en el mundo desarrollado en el momento actual —hasta donde lo permite el ingenio humano y la ciencia médica—, también puede hacerse pronto una realidad patente en esas naciones más depauperadas del mundo menos desarrollado.

Cuando esto se produzca en el mundo entero, es decir cuando la mortalidad alcance las cotas mínimas posibles de mortalidad —calculadas, en el momento actual, en torno a un 5 por mil de fallecimientos, aproximadamente, en ausencia de factores externos—, quedará cerrado de este modo, definitivamente, el ciclo tan positivo que ha sido, en los dos últimos siglos, la lucha contra la muerte. Será una prueba, no sólo del ingenio humano o de los logros de la ciencia médica, sino de la nueva configuración de un mundo seriamente comprometido con la tarea de hacer desaparecer una de las muestras más patentes y a la vez más desgarradoras de las desigualdades e injusticias en el mundo de hoy.

Inmigración actual en Europa y en España

Desde hace varios decenios, la situación de las migraciones ha cambiado grandemente de signo con respecto al continente europeo. La Europa del envejecimiento y de la esclerosis de los nacimientos, la Europa de la involución demográfica, dejó de ser un continente de expulsión a partir de los años cincuenta y sesenta, y se ha convertido en las tres últimas décadas en un continente de acogida masiva de inmigrantes.

Sin embargo, esta acogida no se está haciendo sin tensiones y sin traumas, hasta el punto de convertir el tema de la inmigración, en algunos países, en un asunto de alta prioridad por parte de los poderes públicos. Se va produciendo esta inmigración masiva en un momento en que parece que Europa no se encuentra con plenos resortes culturales, sociales y económicos —no digamos demográficos—, como para asimilar a grandes contingentes de población venida de fuera, sobre todo del mundo menos desarrollado y de cultura foránea a la europea. De allí que el ámbito de los movimientos migratorios haya vuelto a revestir una gran importancia para Europa occidental, pero desde un nuevo ángulo, pues en la ausencia de un boyante crecimiento demográfico, sólo el influjo masivo de individuos foráneos a una nación puede estimular el crecimiento real de su población, pero a la vez esto trae consigo complicaciones y problemas de orden económico y social.

La nueva inmigración en Europa, sucesora de aquellos primeros movimientos migratorios hacia y entre las fronteras europeas de los años cincuenta y sobre todo de los años sesenta —en la que participó España en número importante—, procede, por regla general, de los viejos territorios coloniales, y se dirige hacia las respectivas metrópolis. Se va reproduciendo, como una ironía de la historia, el mismo patrón clásico de la búsqueda de destinos con afinidades culturales e históricas, sólo que en estos años recientes la dirección de los flujos es justamente contraria a la de hace cien años. En el momento actual, son los colonizadores del Viejo Mundo, los que están siendo colonizados por el Nuevo Mundo.

Como parte de esta nueva colonización, participan otras naciones del entorno occidental, pero cada vez los inmigrantes vienen de más lejos, como por ejemplo de América Latina y China, que en los últimos años han ido consolidando una presencia cada vez más importante en la práctica totalidad de los países de Europa occidental, incluida España. Desde la caída del Muro de Berlín y a partir del conflicto de los Balcanes, los flujos migratorios desde el Este de Europa también se han ido intensificando de modo exponencial. Por otra parte, los flujos internos dentro del seno de la Unión Europea, se han visto beneficiados grandemente por el proceso de integración económica y política de los últimos años.

Del total de residentes extranjeros en España, algo más de la mitad está establecida en el llamado Arco Mediterráneo, que se extiende desde la frontera con Francia hasta Murcia y las provincias andaluzas mediterráneas. Este dato resulta significativo como indicador de las preferencias respecto del lugar de establecimiento de los inmigrantes, dado que dicho espacio representa menos de la cuarta parte de la superficie total del país. Las zonas del Arco Mediterráneo son especialmente propicias para la entrada de inmigrantes dada su cercanía geográfica al Norte de Africa, entre otras cosas, y es conocida su idoneidad como lugar de asentamiento más o menos permanente debido a sus condiciones climáticas y a la actividad turística, en la que los inmigrantes tienen más oportunidades de acceder a un puesto de trabajo en el sector terciario no cualificado, así como más posibilidad de una colocación laboral en actividades agrarias no especializadas. Este tipo de inmigrante de bajo nivel formativo y profesional es el que siente la exclusión económica y la marginación social con mayor fuerza, teniendo en cuenta sus carencias de todo tipo. Sobre todo, estos inmigrantes sufren las consecuencias de los estereotipos que se puedan crear en su entorno, puesto que las distintas formas de delincuencia protagonizada por individuos procedentes de grupos muy minoritarios, son fácilmente extrapoladas por la población autóctona al conjunto de la colectividad extranjera.

En el ambiente altamente volátil de los movimientos migratorios actuales en Europa, especialmente teniendo en cuenta la evolución reciente del proceso de integración hacia la unión plena y la política social y exterior de la Unión Europea, es muy difícil predecir, incluso a corto plazo, el rumbo que van a emprender las migraciones. No resulta demasiado arriesgado afirmar, no obstante, que estos movimientos migratorios van a continuar siendo una importante variable dentro de la compleja configuración del espacio sociopolítico y económico europeo, y que España va a constituir un solar donde se van a producir grandes cambios en este ámbito en los próximos años.

La inmigración es una cuestión con múltiples caras. Por un lado, la libertad para moverse a través de las fronteras nacionales es considerada por muchos, no sólo como una realidad inevitable y cada vez más generalizada en la sociedad postindustrial, sino como un fenómeno deseable y acorde con la dignidad humana, y por lo tanto como un derecho que tendría que reconocerse más plenamente. Los que mantienen esta postura condenan a aquellos grupos políticos, sociales o económicos —como los ultranacionalistas, un sector proteccionista del empresariado y algunos sindicatos—, que abogan a favor de la justicia social para sus propias gentes, pero que sin embargo no están dispuestos a defender las mismas reivindicaciones cuando se expresan en favor de los extranjeros. Por otro lado, se articula, a veces, como base para excluir a los extranjeros que arriban a las puertas de un nuevo país o de una nueva región, el argumento de que tienen prioridad absoluta los derechos de los ciudadanos autóctonos a gozar de los frutos del propio trabajo frente a los inmigrantes, cuya presencia es considerada como una amenaza o como una usurpación.

En el contexto de este dilema aparente, muy de nuestros días, llegan a ser relevantes los hechos en torno a los impactos económicos y sociales de la inmigración. El tema más de fondo en torno a las migraciones en Occidente radica en que la mayor parte de los inmigrantes procede, hoy en día, de los países más pobres del mundo, y esto —desde el lado de los integrantes de los movimientos migratorios—, trae consigo, a gran escala, los problemas de inadaptación física, psicológica y social que todo movimiento horizontal entraña.

Por otra parte, los argumentos de tipo económico suelen encubrir —desde el lado de la población autóctona—, la grave cuestión del rechazo de los inmigrantes, lo cual ha propiciado, en los últimos años, el surgimiento de nacionalismos excluyentes (en Francia, Alemania y Austria, por ejemplo), que van asociados a brotes periódicos de violencia que reflejan un racismo (discriminación por motivo de la raza) y una xenofobia (odio hacia los extranjeros), males que no han sido erradicados del mundo desarrollado a pesar de los grandes logros sociales de la modernidad. Debido a todo esto, el tema de la inmigración, como se ve, es un ámbito en torno al cual las personas y las naciones todavía tienen que superar muchas barreras y opacidades heredadas de épocas históricas más oscuras en el caminar de la humanidad hacia el verdadero progreso y hacia el verdadero cambio social.

Los españoles aparecen, en general, como muy tolerantes respecto de los inmigrantes, pero también es cierto que, en comparación con los otros países europeos, el contacto diario de los españoles con personas procedentes del extranjero, por regla general, es menos frecuente y menos intenso, por lo que la posibilidad de tensión y de conflicto se reduce substancialmente. Está por ver si la inmigración incrementada en España va a discurrir por derroteros de la asimilación o de la inserción de los inmigrantes, en un ambiente de conflicto y enfrentamiento, (como ha ocurrido recientemente en Andalucía), o por su plena integración pacífica y armoniosa en la sociedad. Los españoles —que según un orgullo muy arraigado siempre han tenido a gala manifestarse, individual y colectivamente, como ciudadanos de un pueblo no racista y no xenófobo, frente al supuesto chauvinismo de otros países europeos—, tendrán su verdadera prueba de fuego, muy probablemente, antes de que termine el primer tercio del Siglo XXI.

Envejecimiento de la población occidental

Mientras que en 1960, en los países desarrollados, los menores de 19 años superaban el 30% del total de la población, en la actualidad apenas superan el 20%, y dentro de menos de una generación, no alcanzarán, ni siquiera, este porcentaje. Al otro extremo de la estructura demográfica, en 1960 los mayores de 60 años representaban alrededor del 15% de la población total de estos países; en la actualidad ya son más del 20%, y dentro de una generación ya superarán el 30% del total, si no se producen cambios inesperados. Esta evolución de marcha forzada hacia el envejecimiento, que no da señales de aminorarse por el momento, es lo que tanto temor ha suscitado en Occidente —también en España— respecto de la muy posible incapacidad de la población adulta y activa para mantener económicamente a la anciana y jubilada en un futuro ya muy próximo, o —lo que es lo mismo— acerca de la muy posible quiebra del sistema de la Seguridad Social.

Grupos de edad en el mundo, según categorías y regiones. (Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Promedio_edad_mundo.png).

Conforme a su dinámica demográfica, los países del mundo desarrollado están abocados a la senectud. Las consecuencias de estos desequilibrios y de estos desbarajustes son muy importantes de cara a los aspectos económicos y sociales más acuciantes del mundo en el momento actual. Por lo que se refiere al caso de España, la situación respecto de la juventud y de la vejez no ofrece un panorama nada halagüeño desde hace ya muchos años. El índice de juventud de España es sólo de 2,0, uno de los más bajos del mundo, como resultado de un 15% aproximado de menores de 15 años, comparados con un 17% aproximado de mayores de 64 años. Esto se enmarca, como se sabe, dentro de un contexto de una natalidad y de una mortalidad prácticamente equiparadas en torno a los 9 por mil, lo cual sitúa a España a las puertas del crecimiento cero, y no es en absoluto un buen presagio de cara a su futuro a corto plazo. No debe extrañar, entonces, que España se halle plenamente involucrada en el proceso de envejecimiento típico de los países desarrollados, cuyos parámetros estadísticos actuales se expresan en la figura adjunta. Esta figura también ofrece una proyección hasta el año 2025, es decir dentro del contexto cronológico de una generación.

Evolución demográfica en España de 1950 a 2014. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Demograf%C3%ADa_de_Espa%C3%B1a#/media/Archivo:Spain_1950-2014_Population_pyramid.gif

Se ve claramente que otro de los grandes retos demográficos de España para antes de la clausura del primer tercio del Siglo XXI es el reto de la composición de su población, sobre todo si se cumple el pronóstico de poco más de un 10% sólo de población menor de 15 años en el año 2025, frente a algo más de un 22% de población mayor de 64 años. Son incalculables las implicaciones negativas de todo tipo que se derivan de una situación de esta naturaleza.

España está plenamente inmersa en la involución demográfica de la llamada «Europa de la tercera edad», y el hecho de la existencia, en Europa, de una falta de resortes para hacer frente a los retos del futuro inmediato, es plenamente aplicable a nuestro país. La situación es asimismo alarmante en los otros países envejecidos de Europa y de América del Norte, cuyos índices de dependencia van en aumento por causa del desequilibrio en sus estructuras demográficas, con repercusiones drásticas que van desde las excesivas cargas para la Seguridad Social respecto de las pensiones y la provisión de otros servicios sociales a la totalidad de la población, a serios desequilibrios en las estructuras de producción y de consumo, así como a importantes ramificaciones respecto de áreas sociales y económicas que guardan una relación estrecha con la edad, como son, por ejemplo, la educación y la atención sanitaria.

Todos estos peligros y estas amenazas son una muestra patente del «profundo malestar» que hay en el «Estado de Bienestar». Si su quiebra ha de producirse de hecho, uno de los principales responsables será, precisamente, la derivación de los índices de dependencia hacia cotas de mayor aumento a corto y medio plazo, no sólo en Europa, sino también en América del Norte y en otras parcelas del mundo desarrollado. Estas parcelas del mundo no presentan, en este aspecto, un panorama demográfico que haga vaticinar un futuro muy halagüeño a medio plazo, pues cada año se hace mayor la distancia que media entre el número de nacidos necesarios para la reposición de las generaciones y de la población activa, y la cantidad de nacimientos que se producen de hecho.

Se estanca o va en aumento la mortalidad, ya situada por encima de la media mundial. Apenas se incrementa la población, de acuerdo con un índice de crecimiento vegetativo que con duras penas supera el nivel cero. Si añadimos a esto el gran declive en la incidencia de matrimonios y el aumento de las disoluciones de las familias por medio de la separación o del divorcio, así como el ámbito problemático de la inmigración, se puede completar un escenario altamente complejo y problemático, que difícilmente encuentra correlativos tan dramáticos en ninguna otra región del mundo.

La transición demográfica

La ruptura de la estabilidad demográfica multisecular fue llamada por vez primera, al filo de la Segunda Guerra Mundial, la transición demográfica. Consiste básicamente en el continuo descenso de la mortalidad a partir del siglo pasado, y en la ya muy conocida quiebra de la natalidad en el presente siglo. Este cambio respecto de las épocas anteriores dio lugar a varias etapas diferenciadas en cuanto al crecimiento de la población, ya que la cronología del descenso de la mortalidad y de la natalidad no coincidió exactamente en el tiempo.

Por otra parte, se produjo en momentos y con características distintas según países y espacios geográficos, y en circunstancias diferentes según cada caso. Occidente y sobre todo Europa fueron por delante, ya a partir del siglo pasado, mientras que los países del mundo menos desarrollado se han ido incorporando a los cambios en fechas mucho más recientes. Constituye asimismo uno de los apartados —no libre de opiniones divergentes y de una cierta controversia— más estudiados y más comentados dentro del ámbito de la Demografía.

La controversia existente en torno a la transición demográfica no gira en torno a estos los históricos, de por sí incontrovertibles, sino del hecho de que un sector de la comunidad científica ha pretendido ver, en esta transición, la manifestación de una ley demográfica e histórica inexorable, de necesario cumplimiento en todos los países del mundo. De ahí que a partir de la transición demográfica se haya elaborado una teoría de la transición demográfica, que en gran medida niega la libertad humana en el área de la reproducción humana por un lado, y por otro aboga a favor de la transición —sobre todo en lo que afecta al descenso de la natalidad— como pieza necesaria para lograr el desarrollo económico y social, incluso en regiones donde esta transición no tiene visos de ir por los mismos derroteros que siguieron los llamados países ricos en épocas todavía recientes. Es decir, a partir de la historiade la transición, se pretende establecer una leyde la transición, pero ya no desde la perspectiva de la ciencia, sino desde un planteamiento que arranca de la ideología, y no de los hechos científicamente comprobados.

La magnitud del impacto de la transición demográfica se puede observar en la Figura adjunta, que nos revela, por medio de la estadística, hasta qué punto ha sido elevado el crecimiento de la población mundial desde 1750 —sobre todo en los continentes menos desarrollados y especialmente en los decenios más próximos a la presente década—, hasta alcanzar una cota actual, que —en términos de su dimensión—, multiplica por diez el tamaño de la población en aquella fecha.

Evolución del crecimiento de la población mundial entre 1750 y 1999. (Fuente: Naciones Unidas (1999) and Oficina del Censo de los Estados Unidos (2008), citados en: http://cgge.aag.org/PopulationandNaturalResources1e/CF_PopNatRes_Jan10ESP/CF_PopNatRes_Jan10ESP_print.html).

Este enorme crecimiento experimenta, sin embargo, desde hace algunos lustros, un aminoramiento importante, como consecuencia de nuevas quiebras de la fecundidad, que esta vez van afectando a los países del entorno menos desarrollado. Este proceso de quiebra, según los seguidores de la teoría de la transición demográfica, sería una nueva prueba de que la reproducción humana discurre dentro de coordenadas más o menos inflexibles que guardan una estrecha relación con elementos determinantes exteriores, propios de la sociedad, más que con elementos condicionantes interiores, propios de los individuos, como mantienen los seguidores de la postura opuesta.

Lo que sí está claro es que esta ralentización de la expansión demográfica es otra manifestación de la globalización de la sociedad, ya que las pautas occidentales se van transmitiendo a otras esferas geográficas del planeta, y muy  previsiblemente esta tendencia continuará en el futuro inmediato, como se ve en la figura adjunta.

Proyecciones de población del año 1950-2100. (Fuente: http://blogdegeografiadejuan.blogspot.com.es/2013/07/previsiones-de-poblacion-para-el-2100.html).

Por otra parte, esta tendencia a la baja viene a desbaratar los muchos vaticinios que se hicieron en la segunda mitad de este siglo, que pronosticaban, desde el pesimismo más absoluto respecto de una supuesta superpoblación en el mundo, grandes males a raíz de un proceso que no tenía visos de frenarse hasta muy avanzado el Siglo XXI. Ahora, sólo treinta años más tarde, ese proceso puede ir enmarcándose ya dentro de las coordenadas de la historia, más que dentro de las coordenadas de la actualidad.

Las políticas demográficas

Los Estados, en todos los tiempos históricos, han elaborado y puesto en marcha legislaciones y programas de diversa índole con el fin de incidir en los fenómenos y comportamientos demográficos. Pero es principalmente en este siglo y a partir de la segunda mitad, sobre todo, cuando se han ido acentuando y generalizando en el mundo entero. La mayor parte de las políticas demográficas de las últimas décadas ha pretendido incidir negativamente en las tasas de natalidad. Esto se ha conseguido o se va consiguiendo, en gran medida, en amplias zonas del mundo.

Desde el punto de vista su forma de aplicación, las políticas demográficas pueden ser no intrusas (libres de injerencias o presiones oficiales por parte de los gobiernos), o intrusas (aplicadas mediante injerencias y presiones oficiales). En las últimas décadas y en el momento actual, ha habido y hay una variedad de grados de intrusión según los casos. Se podría decir que la intrusión ha sido más corriente en los países del mundo menos desarrollado, donde en ausencia de una verdadera democracia y debido a un menor grado de cultura y de formación de las gentes, en muchos casos los gobiernos han tenido menos reparos y han hallado menos oposición a la hora de obligar el cumplimiento de las leyes demográficas. El caso más conocido es el de China, donde la política del hijo único —que prohíbe a los ciudadanos tener más de un hijo salvo en circunstancias muy excepcionales—, se suele aplicar con gran rigidez, por lo menos hasta el momento actual, en flagrante violación del derecho inherente que tienen las personas a procrear según dicte su conciencia y según permitan sus propias circunstancias particulares.

También en los últimos años han ejercido fuertes presiones, en los países del mundo menos desarrollado, entidades internacionales como por ejemplo las organizaciones no gubernamentales más o menos vinculadas a la Federación Internacional para la Planificación Familiar o a las Naciones Unidas, así como algunos gobiernos occidentales, como por ejemplo el de Estados Unidos. Estas presiones se ejercen con la pretensión de atajar las disfunciones y los problemas del subdesarrollo por vía de la reducción de la fecundidad.

En lo que atañe a los países pobres, conforme la aceptación del modelo de una fecundidad reducida ha ido alcanzando a un número más elevado de capas sociales en esos países, en años más recientes, la tendencia ha sido de una menor incidencia de la intrusión, y de un aumento del carácter voluntario del control de la natalidad. Por otro lado, en lo que atañe a las presiones externas, los pueblos del mundo menos desarrollado no están tan dispuestos, hoy en día, a tolerar injerencias de cualquier tipo desde el exterior, en comparación con hace treinta años, por lo que estas injerencias también han experimentado un importante declive.

Un análisis muy somero de las políticas demográficas en España nos lleva a considerar que la política poblacional en nuestro país constituye un ejemplo paradigmático del carácter contradictorio de las políticas demográficas en Occidente, ya que da la apariencia de que se quiere fomentar precisamente aquello que se debería evitar, en estrictos términos demográficos. España, que como hemos visto es el país del mundo que junto con Italia y otras naciones del entorno europeo tiene uno de los índices de natalidad más bajos del mundo, parece de hecho estar desaconsejando la fecundidad y estar aconsejando el envejecimiento demográfico desde la esfera política. Por un lado, la ayuda oficial prestada a la maternidad y a la familia, en términos monetarios sobre todo, es una de las más bajas de Europa.

Por otro lado, España es uno de los países de Europa que menos ha asimilado a la población foránea en cuanto a números absolutos, por lo que el rejuvenecimiento de sus estructuras demográficas envejecidas por vía de la inmigración, tampoco se está produciendo. En materia demográfica en cuanto a la España actual, parece que se está operando, más que nada, por defecto.

Es decir, resulta muy difícil poder afirmar de forma tajante que existe, de hecho, una política demográfica en nuestro país, o por lo menos es muy difícil saber cuál es esa política, dadas las muchas contradicciones e incoherencias que se dan en el momento actual en este ámbito. Como parte de esas contradicciones y de esas incoherencias, es revelador considerar que la liberalización de leyes desfavorables a la natalidad se produjo mucho más tarde en España que en muchos otros países del entorno occidental, cuando los efectos negativos de tal liberalización ya se hacían notar en todos esos países. Es muy posible, dados los tiempos que corren y al margen de otras muchas consideraciones, como por ejemplo las que pudieran hacerse desde los ámbitos de la Sociología, de la Etica o de la propia Política, que esta liberalización ha sido inevitable, y muchos la consideran como un elemento necesario de progreso, sobre todo teniendo en cuenta que siempre deja la puerta abierta para el ejercicio de la libertad humana, como incumbe en una sociedad democrática. Pero si nos ceñimos al estricto ámbito de la Demografía, la puesta en vigor de leyes desfavorables a la natalidad no supone un elemento de tranquilidad, sino de desestabilización.

Economía de la población y Biología de la población

Los intentos de legitimar una economía de la población y de asentar una «ley demográfica» supuestamente incontestable, se dejaron notar por primera vez hace ahora dos siglos, en 1801, en la obra de Thomas Robert Malthus (1766-1834) —en su famoso «Primer Ensayo sobre el Principio de la Población»—, así como en los postulados poblacionales de ciertas escuelas económicas tempranas de la época de la llamada Ilustración, como los mercantilistas y los fisiócratas, y en el propio Adam Smith. Para este modo de pensar, la población constituye un factor de operatividad más o menos seguro dentro de los requisitos necesarios para asegurar un crecimiento económico que se considera a todas luces una necesidad histórica, y como tal, la población se puede —y se debe— programar, igual que los demás elementos que forman parte de ese crecimiento económico ineludible.

La idea de partida de Malthus, como el título de su «Ensayo» indica, se apoya en la tesis de que la población humana queda sujeta a un único «principio» que regula las relaciones entre los individuos y sobre todo entre la reproducción humana y los medios de subsistencia. Es muy conocida la ecuación de Malthus, que postula una «progresión aritmética» para los medios de subsistencia (los alimentos, sobre todo en relación con la agricultura y, dentro de ella, con el agravante de los rendimientos decrecientes), y una «progresión geométrica» para el crecimiento de la población (al ritmo registrado a finales del siglo XVIII en el Reino Unido, y con el agravante de la ausencia de frenos externos). Eventualmente, con el correr de los años, esta ecuación se resolvería de forma negativa de cara a la población, ya que después de un período relativamente corto de grandes tensiones entre la población y los recursos, durante el cual las dos progresiones irían a la par, la reproducción humana (en «progresión geométrica») no tardaría, según Malthus, en sobrepasar la producción de alimentos (en «progresión aritmética»), dando lugar a la triple hecatombe del hambre, la peste y la guerra, que Malthus denomina —de forma expresiva—, el «freno positivo de la mortalidad».

Para evitar esta triple hecatombe desde la mortalidad, que él considera a todas luces inevitable (no en balde ha pasado a la historia arrastrando el apodo de «Gran Pesimista»), Malthus propone, como único remedio seguro y necesario, lo que él llama el «freno preventivo de la natalidad», es decir el control de los nacimientos, que debería empezar, según Malthus, con las «clases sociales inferiores», es decir con la clase obrera. Este prejuicio en contra de la clase obrera, dicho sea de paso, acarreó sobre Malthus las iras de los socialistas utópicos primero, y luego de los socialistas científicos y del propio Karl Marx, que tacharon al teórico inglés de «enemigo del pueblo», de defensor del «Establishment» conservador y de ser el responsable, en parte, del retraso en la reforma de la legislación que regulaba la situación laboral y social de las clases trabajadores menos acomodadas —las conocidas «Poor Laws»— en el Reino Unido a principios del siglo XIX.

Malthus, pastor protestante además de profesor de Economía Política, no quiso proponer —como hacen sus seguidores actuales, los neomalthusianos—, unos métodos reguladores de la natalidad que fuesen contradictorios con una fe y unos valores tradicionales que él sostenía, acordes con los valores convencionales de su tiempo. Más bien, sugiere, para atajar la «progresión geométrica», el triple «remedio» de la continencia fuera del matrimonio, el matrimonio tardío y la fidelidad matrimonial, que él llama el «freno preventivo de la natalidad». Dado que el «principio» que él ha descubierto es una realidad incontrovertible, según Malthus, y que el control de los nacimientos es un deber imperioso, nada menos que para asegurar la supervivencia misma de la especie humana a largo plazo, no duda en denominar su propuesta de control demográfico, el «freno moral».

No hace falta insistir acerca de la relativa ingenuidad científica de la tesis malthusiana, y —sobre todo— acerca del hecho incontestable de su absoluta falta de coincidencia con la realidad posterior a su elaboración hace doscientos años. La trayectoria de la natalidad, como ya hemos visto con mucho detenimiento, no se ha enfilado en la linea que él postulaba, ni por supuesto se han producido ninguna de las catástrofes que él vaticinaba como inevitables.

Tampoco hay indicios fidedignos de que esas catástrofes se vayan a producir, sino todo lo contrario. Por lo tanto, no deja de extrañar hasta qué punto este planteamiento unilateral, aunque muchas veces tergiversado y mal interpretado (tanto por los adeptos de Malthus como por sus detractores), sigue teniendo vigor y pujanza hoy en día, no sólo en los círculos intelectuales y académicos, sino sobre todo en los ámbitos de actuación política, con importantes ramificaciones en otros ámbitos, por ejemplo en la esfera de la ecología.

En esta última línea van los intentos recientes de legitimar una biología de la población por parte de aquellos que piensan que el carácter humano de la población no supone más que una mera distinción de especie con respecto de otras poblaciones animales o vegetales. Para esta perspectiva, la Ecología, como subdisciplina de la Biología, tiene un carácter globalista que no permite fácilmente los enfoques particulares, como puede ser, en esta perspectiva, el enfoque humano. Como consecuencia, de la misma manera que según la tesis malthusiana habría que programar la población dentro de coordenadas económicas inamovibles, este nuevo planteamiento viene a reclamar la programación de la especie humana —el control demográfico—, entre otras cosas para proteger, en igualdad de condiciones, a las demás especies en contra de la amenaza que traen consigo los seres humanos, considerados ahora no como creadores, sino como depredadores.

Contrariamente a estos planteamientos dogmáticos y unilaterales, es más prudente pensar que la manera en que afecta el crecimiento de la población al desarrollo económico y al medio ambiente, es un asunto mucho más complejo, y que no puede ser desentrañado mediante el fácil recurso a generalizaciones simples, ambiguas o globalizantes. No queda demostrado que existan leyes universales inherentes, que correlacionen directamente el crecimiento demográfico, el desarrollo socioeconómico y el medio ambiente. Todo apunta, más bien, que ello dependerá de otros factores y variables que no suelen ser ni demográficas, ni económicas, ni medioambientales. Las causas de fondo, tanto del bienestar como del malestar del mundo, hunden sus raíces en un substrato no meramente biológico, sino esencialmente antropológico y por lo tanto mucho más profundo. Se hallan ancladas en cuestiones que atañen a la ética y a la naturaleza misma de las personas, a su cultura, a sus tradiciones, a sus creencias y a sus mentalidades, de las cuales reciben poderosas influencias la política, la economía y la ecología, y no al revés.

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