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Ciencias Sociales

Tema 40. Los reinos peninsulares en la Baja Edad Media: De las monarquías autoritarias a la formación del Estado Moderno

Introducción: los orígenes de los estados modernos

Muchos historiadores debaten sobre el desarrollo del Estado Moderno, sobre cuándo podemos hablar ya de una monarquía absoluta, de un poder verdaderamente centralizado, de un sentimiento nacional, etc. Realmente, para hablar de un Estado Moderno bien desarrollado tiene que cumplir a mi juicio dos elementos básicos: el tener ya una monarquía autoritaria/absoluta con un gran poder y el que se asimile la conciencia colectiva de Estado por parte de toda la población. Algunos autores hablan de que la monarquía absoluta se consigue a finales del siglo XVI, pero parece que es demasiado prematuro. Recordamos que en el s. XVI todavía es fuerte el peso de los llamados “poderes intermedios”. Cada ciudad, condado o estamento deseaban mantener sus franquicias y el respeto por parte del soberano.

Además la lentitud de las comunicaciones favorecía la autonomía de las regiones apartadas. Incluso hablar de un ejército permanente en el siglo XVI es cuestionable. Por todo ello, el soberano tenía en la práctica mayor limitación a su poder de lo que se viene considerando con frecuencia. Por último destacar los cuatro elementos básicos para que un Estado pueda considerarse verdaderamente moderno: 1) Una cierta entidad territorial; 2) El establecimiento de un poder central suficientemente fuerte; 3) Supresión o al menos drástica reducción del antiguo poder feudal; 4) La creación de una infraestructura suficientemente sólida: burocracia, finanzas, ejércitos, diplomacia.

Centrando la cuestión en la Península Ibérica, el desarrollo de la nación española, dejando aparte el importante precedente de la monarquía visigoda, tiene lugar especialmente a partir del siglo XIII, cuando los reinos cristianos peninsulares establecen un frente común frente al poder musulmán de los almohades. Este frente común obtiene una victoria decisiva en la batalla de Navas de Tolosa (1212), punto de inflexión crucial de la llamada “Reconquista” que llegará a sus últimas consecuencias con la capitulación del reino nazarí de Granada ante los Reyes Católicos en 1492.

Los reinos cristianos peninsulares en la Baja Edad Media

Reino de Castilla

El reino de Castilla constituía una monarquía hereditaria y patrimonial, donde la nobleza se oponía a las pretensiones monárquicas. Esto llevó, en el siglo XIV, a la guerra civil entre Pedro I, y Enrique de Trastámara, que encabezó una rebelión nobiliaria. Tras la guerra se instauró una nueva dinastía en el trono, (Trastámara), y la nobleza fue recompensada con generosas concesiones por su apoyo al nuevo monarca (mercedes enriqueñas).A pesar de ello en la baja edad media la monarquía se fortaleció. Se produjo la fusión de las Cortes de Castilla y León, dentro de ellas: la Corte extraordinaria, (asamblea de los tres estamentos), limita su función al voto de subsidios extraordinarios a la corona. Nace la Audiencia como órgano supremo de justicia, sólo supeditado al rey; y aparecen la Contaduría o hacienda, y el Condestable que dirige el ejercito regio. Se crea el Consejo Real, con legistas que asesoraban al rey en todo tipo de decisiones. En el ámbito local destaca la intervención monárquica en los municipios; se establecen los regimientos formados por regidores nombrados por el rey con carácter vitalicio y con la figura del corregidor, representantes permanentes del rey en los principales municipios.

La Corona de Aragón

La Corona de Aragón es la forma política que resulta de la coordinación del reino de Aragón y del principado de Cataluña, así como de su expansión ulterior por el Mediterráneo. En 1137 se celebra el matrimonio entre Ramón Berenguer IV (1137-1162) conde de Barcelona y la infanta doña Petronila, hija de Ramiro II el Monje, rey de Aragón (1134-37), y de doña Inés de Poitiers , entregando el suegro a su yerno el reino a modo de dote, y renunciando a disponer de él, con lo que el señorío (dominatum) se transmite a la infanta, y el gobierno (principatum et ius) se confiere al conde catalán, consolidándose la unión en el hijo de ambos, Alfonso II (1162-96).

La reunión de la titularidad del poder sobre los territorios de Aragón y de Cataluña en unas mismas manos no supone la fusión ni la pérdida de la autonomía de ambos, por lo que puede decirse que constituyen una forma pluralista coordinada de poder, una unión personal o una confederación, en la que el título superior por su dignidad corresponde a Aragón -que es un reino, y, por tanto, su titular es un rey-, lo que se confirma cuando Pedro II (1196-1213) es coronado por el papa Inocencio III.

Hasta 1410, en que fallece sin sucesión Martín I el Humano (1396-1410), los reyes, en cuanto sucesores de Ramón Berenguer IV pertenecen a la que puede llamarse Casa de Barcelona, en tanto que, elegido tras el Compromiso de Caspe, Fernando I el de Antequera (1412-16), la dinastía gobernante es la castellana de los Trastámara, a la que sucede la Casa de Austria con Carlos I, de España (1516-56). La sucesión en el trono se realiza conforme a la costumbre aragonesa, fijándose ciertos principios en el Compromiso de Caspe y cuando aquélla no se observa, como en el caso de Carlos II, llega a provocar la guerra civil.

El desarrollo social, institucional y político de la Corona de Aragón en la baja Edad Media podemos con el el largo reinado de Jaime el Conquistador, en 1208 y que se prolongaría hasta el último cuarto del siglo XIII. En su dilatado gobierno, se manifiestan paradojas tan señaladas como que:

  • De una situación de profunda crisis política a su arranque, cuando con apenas cinco años, le encaramaron al trono de Aragón y Cataluña, vacante por la muerte de su padre en la batalla de Muret,
  • Se pasó a la gran conquista emprendida por el joven rey por tierras musulmanas y, con ella, el asentamiento definitivo de una monarquía que, al aglutinar los reinos de Aragón, Mallorca y Valencia y el principado de Cataluña, rebasaba el nivel peninsular y se situaba junto a las principales dinastías de la Cristiandad Latina.
  • Finalmente, una vez fortalecido el poder real, asentado en tan extensos territorios, fue el propio monarca quien procuró, a través de sus reiterados testamentos, la fragmentación de sus dominios para dotar de reinos y posesiones a sus hijos, aun a costa de debilitar la corona y romper una unidad que parecía consolidada.

El relativo fracaso de sus intentos y las acciones emprendidas por sus sucesores, con la intervención de una sociedad múltiple y en constante transformación, consiguieron articular un proyecto político de gran dinamismo, no sólo en lo puramente político e institucional, sino también en lo económico, social y cultural. La Corona de Aragón así configurada, que en lo fundamental unía a Aragón, Cataluña, Mallorca y Valencia, constituyó el modelo básico para la formulación de una forma estatal medieval, que basaba su esencia en conservar y enriquecer la identidad de cada una de las partes que la constituían, al tiempo que se protegía y fortalecía la unión en torno a la monarquía, que era en definitiva lo que les imprimía carácter y potencia.

La monarquía, cabeza y centro indiscutible del sistema, velaba por mantener el equilibrio del conjunto y de cada una de las piezas, lo que dio lugar durante los casi dos siglos que se mantuvo con pleno vigor a que, con cierta audacia y enormes muestras de sentido común y pragmatismo, se introdujeran novedades para mantener estable un sistema de gobierno compartido entre el rey y las fuerzas sociales, integradas por elementos de los grupos tradicionales de la nobleza y el clero junto con los representantes de la sociedad surgida del desarrollo urbano y las actividades mercantiles o artesanales.

La paulatina construcción de un entramado institucional se realizó a dos niveles:

  • Global de la Corona que favorecía la cohesión general en torno al monarca, y
  • Particular para los territorios, desplegado de manera sincrónica y simétrica en cada uno,

Dicho entramado giraba alrededor de las instituciones representativas (Cortes y Diputación) surgidas para dotar de personalidad y autonomía, permitiendo el mantenimiento de códigos legales, lenguas, monedas, pesos y medidas propios, la fijación de fronteras económicas y territoriales en el interior y, en definitiva, el nacimiento de movimientos de tipo “nacional”, sin necesidad de romper la cohesión y unidad que definía la Corona.

La fecha de 1458, corresponde a la muerte de Alfonso V el Magnánimo, que no sólo cierra el proceso de expansión mediterránea iniciado en Sicilia, continuado en Cerdeña y culminado con la conquista del reino de Nápoles llevada a cabo por el propio Alfonso, sino que marca el fin definitivo de esa época vigorosa en la que se había desarrollado la comunidad de intereses y proyectos compartidos en el seno de la Corona. La voluntad de conservar la unidad, que se había mostrado fuerte incluso en momentos de graves tensiones como los levantamientos unionistas o el interregno, manifestó su agotamiento durante el reinado de Juan II, que tuvo que hacer frente a la guerra civil catalana, donde las decisiones separatistas ponían el punto final a la secular convivencia y anunciaban la quiebra del sentimiento secular de solidaridad mantenido por los tres reinos y el principado.

Después del reinado de Alfonso V los motivos y objetivos que mueven a aragoneses, valencianos y catalanes divergen y hasta se enfrentan; sólo la profunda crisis económica padecida por la sociedad del principado y las posibilidades de solución que podía significar la nueva unión dinástica establecida entre las monarquías de Castilla y Aragón con el matrimonio de Isabel y Fernando, mantendrá vivo el caparazón institucional heredado de tiempos anteriores y cuyo modelo, en parte, sirvió para establecer las bases del estado hispánico.

La antigua unidad volverá a surgir doscientos años después con motivo de la guerra de Sucesión que concluirá con la llegada de Felipe V al trono de España, a comienzos del siglo XVIII; la postura adoptada por aragoneses, catalanes, mallorquines y valencianos formando el bando contrario a la dinastía Borbón, supuso que tras las derrotas sufridas se anularan oficialmente los últimos vestigios que quedaban de la Corona de Aragón.

Navarra

El reino de Navarra es muy similar, en su organización, al de Aragón, no en vano fueron un mismo reino hasta la separación definitiva en 1135. El reino de Navarra toma cuerpo con Sancho Garcés I entre el 905 y el 925, y es extendió por el reino de Aragón. Tras los tratados de Tudillén (1152) y Cazorla (1179), Navarra se queda sin la posibilidad de continuar la Reconquista en tierras de moros. Pone sus ojos en el sur de Francia y llegó a pertenecer a su corona hasta 1328. El sobrejuntero aragonés era, en Navarra, el merino. Había cinco merindades, y el merino tenía funciones judiciales, de orden público y militares. En algunos lugares era elegido. Navarra se incorpora a la Corona de Castilla por conquista en 1512; lo que es ratificado por sus Cortes en 1515.

Portugal

Portugal nace como reino en 1143. Al año siguiente Alfonso Enríquez I se hizo vasallo de la Santa Sede, con lo que se confirmó su independencia. Sin embargo, la historia de Portugal durante la Baja Edad Media sigue muy unida a la Corona de Castilla. Su reconquista va pareja con ella. En 1147 conquistan Santarem y Lisboa, y en 1162 Beja. La Reconquista se detiene hasta la victoria de 1212 en las Navas de Tolosa, y en 1249 se conquista Faro, con lo que termina la recuperación en la península.

El clero y la nobleza incrementarán su patrimonio a costa de la monarquía, pero esta intentará recuperar su poder a lo largo de los siglos XIV y XV. Sin embargo, la monarquía es débil e inestable y hay numerosas luchas por el poder. Se buscarán apoyos en la nobleza portuguesa, en Castilla e incluso en Inglaterra. Estas guerras no terminarán hasta la paz de Santarem en 1373. Las arcas de la corona estaban vacías, y el rey impulsará el comercio marítimo para recuperarlas. Con Juan I de Avís se consolida la monarquía portuguesa, al coincidir los intereses de la nobleza y la burguesía en los dos pilares de la economía: la agricultura y el mercado internacional.

En el siglo XV continúa la expansión de Portugal, esta vez por África y el Atlántico, con Enrique el Navegante. En 1415 conquista Ceuta, en 1434 se dobla el cabo Bojador, en 1420 se ocupa Madeira y en 1427 las Azores. Los portugueses han descubierto la volta, que les permite la navegación en alta mar y penetrar en las costas africanas. Juan II alentó los descubrimientos y los viajes al sur del ecuador, para descubrir una ruta hacia las Indias. En 1487 Bartolomé Díaz dobla el cabo de Buena Esperanza. Portugal creará un gran imperio marítimo que rivalizará con Castilla. En 1494 firmará con Castilla el Tratado de Tordesillas, en el que se reparten el mundo en dos zonas de influencia. Son las dos potencias más poderosas de Occidente.

Granada

El reino nazarí de Granada se consolida en 1232 tras la derrota de las Navas de Tolosa. Es el último estado islámico de la península y se mantendrá hasta 1492. Hay pocos datos sobre su organización estatal y sus instituciones, pero eran, fundamentalmente, las que se desarrollaron con el califato de Córdoba: visires, cadíes, agentes fiscales, etc., con el malik como fuente de leyes y con poder absoluto; mucho más absoluto que el de los reyes cristianos, ya que no tenían una nobleza que se les opusiese.

El reino nazarí fue perdiendo territorio poco a poco, a lo largo de todo el siglo XIV y XV. En 1246 pierde Jaén ante Fernando III y comenzará a firmar paces de 20 años. La política de los nazaríes se caracteriza por una intensa labor diplomática entre los benimerines del Magreb y el pago de parias a Castilla. Los reyes de Granada utilizaban el título de sultán o emir pero prestaban vasallaje a los reyes de Castilla.

La crisis bajomedieval

Los dos últimos siglos medievales coinciden con una fase de crisis en Europa, que también afectó a los reinos peninsulares.

  • En la primera mitad del siglo XIV malas condiciones climáticas arruinaron las cosechas y desencadenaron crisis de subsistencia;
  • También la peste negra o bubónica llegó a la península en 1348, y se extendió con rapidez desde las Baleares y la costa levantina hacía el interior;
  • Después de la primera oleada la población, debilitada por el hambre, era más propensa a contraer enfermedades, después hubo otros brotes más localizados.
  • Afectó más al litoral que al interior y más a las ciudades que al campo, además de gran mortandad,
  • Se produjeron movimientos de población y despoblamientos en algunas zonas. Además disminuyó la mano de obra y subieron los precios.

La crisis no sólo afecto a los más pobres, sino que supuso para los señores (nobleza y clero) una disminución de rentas y vasallos; la reacción señorial se centro en recuperar sus pérdidas a costa de los campesinos y de la monarquía. Esto produjo conflictos sociales: se dieron rebeliones campesinas de carácter antiseñorial como la de los forans en Mallorca, las guerras hermandiñas en Galicia o el movimiento remensa en Cataluña. También se dieron enfrentamientos en las ciudades, como en Barcelona y rivalidades entre bandos de la nobleza por el control municipal, como en Salamanca. Además se produjeron ataques contra la población judía por parte del pueblo llano.

Por otro lado se inicia el proceso de fortalecimiento de las monarquías que choca con las pretensiones de la nobleza de detentar el máximo poder en sus señoríos y fuera de ellos. Para completar el panorama de crisis general se producen guerras civiles en los reinos de Castilla, Cataluña y Navarra, que aunque tuvieron causas específicas también en ellas emergieron tensiones sociales. Esta situación de crisis política y demográfica permitió liquidar la vieja sociedad feudal y poner las bases para la Edad Moderna.

Las rutas atlánticas: castellanos y portugueses. Las islas canarias

La exploración y conquista de las Islas Canarias se enmarca en el contexto de la expansión por el Atlántico sur de castellanos y portugueses; los avances científicos y técnicos hicieron posible esta expansión.

Las Islas Canarias no despiertan demasiado interés hasta mediados del siglo XIV cuando algunos marinos empiezan a embarcarse hacia las islas. Ya en el siglo XV se emprende una conquista efectiva del archipiélago. La primera expedición la dirigió Jean de Béthencourt que ocupó Lanzarote y Fuerteventura y se ofreció como vasallo al rey de Castilla. A partir de entonces otros miembros de la nobleza comenzaron a explorar el territorio. A partir de 1475 la monarquía intervino directamente en la conquista de las demás islas que se mantuvieron como tierras de realengo.

Por su parte los portugueses habían iniciado desde comienzos del siglo XV su propia expansión por el Atlántico sur siguiendo la costa africana en busca de oro, conquistando Ceuta, Madeira y explorando el Golfo de Guinea; el archipiélago estaba por tanto, dentro de su zona de interés y se convirtió en motivo de rivalidad con los castellanos, los portugueses reclamaron ante el Papa, apoyaron a los indígenas rebeldes e incluso llevaron a cabo intentos de ocupación de las islas. Pero el conflicto no se resolvió de modo definitivo hasta 1479 con el Tratado de Alcáçovas en el reinado de los Reyes Católicos.

Los reyes católicos: la construcción del estado moderno

El reinado de los Reyes Católicos supone el paso de la Edad Media a la Edad Moderna con acontecimientos de gran trascendencia para la historia de España. Bajo su mandato se inició un proceso de unificación y una amplia expansión territorial que dio lugar a la Monarquía Hispánica y al inicio del primer imperio de los tiempos modernos.

Este reinado estuvo marcado por el fin de la reconquista, el descubrimiento de América, el establecimiento de nuevas relaciones entre el poder real y la nobleza, con la progresiva consolidación de una Monarquía autoritaria; la limitación de las prerrogativas de la Iglesia, aun persistiendo un fuerte protagonismo; y un mayor intervencionismo en los asuntos económicos (mercantilismo).

Unión dinástica: integración de las Coronas de Castilla y Aragón.

La unión dinástica de la Corona de Aragón y de Castilla se produce por el matrimonio de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. En matrimonio se celebró en secreto en 1469.

La guerra sucesoria en Castilla. Isabel I de Castilla asciende al poder tras una guerra civil. Durante el reinado de Enrique IV (1454-1474) se produce un levantamiento de la nobleza («Farsa de Ávila») y éste, para evitar la guerra, nombra heredero a Alfonso de Castilla, su hermanastro, en vez de a su hija Juana. Muerto Alfonso (1468) sus derechos pasaron a su hermana Isabel. Tras un nuevo enfrentamiento armado se llega al acuerdo de los Toros de Guisando en que Enrique IV reconoce a Isabel como su heredera. A la muerte de Enrique IV estalla una guerra civil entre los partidarios de Isabel I y los partidarios de Juana » La Beltraneja». A Isabel le apoyarán las ciudades, parte de la nobleza y la Corona de Aragón; a Juana le apoyarán la gran nobleza temerosa de una monarquía fuerte, Portugal y Francia. En 1469 se pone fin a la guerra civil con el tratado de Alcaçobas. La ya reina Isabel dominó a la levantisca nobleza castellana que a partir de ese momento perderá todo su poder político y vivirá a la sombra de la monarquía.

Fernando II de Aragón hereda los dominios de su padre en 1479, uniéndose las Coronas de Castilla y Aragón. Según la Concordia de Segovia firmada en 1475, ambos monarcas dispondrán de igual poder «Tanto monta, monta tanto». La unidad dinástica no supuso la unión política, ni la unidad de los pueblos. Fue un vínculo personal entre los soberanos, entre los representantes de dos dinastías. Cada reino conservó su organización institucional, sus antiguas leyes, sus propias formas de recaudar impuestos, y sus monedas, pesos y medidas. Así también, cada reino continuó teniendo su particular estructura económica y social, dentro del ordenamiento feudal. Incluso, en el plano legal, los súbditos de una Corona eran considerados extranjeros en la otra. Las aduanas entre unos y otros territorios certificaban esta situación de independencia.

En la Corona de Aragón continuaron vigentes las Cortes de cada reino y sus instituciones. El nuevo reinado, no obstante, impuso dos instituciones nuevas de gran importancia: el virrey, verdadero delegado real con poderes ejecutivos y judiciales, y el Consejo de Aragón (1494), que tenía funciones de carácter consultivo y de asesor de los monarcas en las cuestiones que se refirieran a la Corona catalana-aragonesa.

Por su parte, en Castilla también continuaron las Cortes, que en este caso estaban constituidas por los nobles, los eclesiásticos y los representantes de las principales ciudades castellanas. Pero su vida fue poco activa. De hecho el fortalecimiento financiero de la propia Monarquía llevó a que las Cortes fueran convocadas en muy pocas ocasiones.

Conquista de Granada y la incorporación de Navarra.

Lograda la unidad de los dos principales reinos, los Monarcas abordaron con prioridad el tema de la unidad política de la Península con el intento de incorporar Granada, Navarra y Portugal.

La conquista de Granada se inició en 1483, finalizando con las capitulaciones de Santa Fe (2  de enero de 1492). Éstas garantizaban a los musulmanes granadinos el derecho a usar su lengua, vestidos y costumbres, a practicar su propio culto y a ser juzgados por sus propios jueces. Finalizaba así la conquista cristiana peninsular.

Navarra constituía un enclave estratégico entre la Monarquía hispánica y el reino de los francos. Su incorporación a Castilla se produjo en 1515, muerta ya Isabel I (1504), como consecuencia de los enfrentamientos con Francia por el tema italiano (1512). Esta anexión dejaba intacto el propio ordenamiento navarro, su autonomía y sus instituciones.

Política internacional de los Reyes Católicos.

Respecto a Portugal, los RR.CC. trataron de conseguir la unión por vía matrimonial. Esta fracasó al fallar los enlaces matrimoniales que los monarcas habían concertado para sus hijas con los herederos de la Corona portuguesa. No obstante, esta política matrimonial tendrá su reconocimiento con Felipe II en 1580.

En la política internacional en el resto de Europa, prevalecieron los intereses aragoneses: enemistad con Francia y expansión italiana. Así, el aislamiento de Francia constituyó el eje de su política internacional. Para ello siguió una complicada política matrimonial que buscó la amistad con el imperio alemán y con Inglaterra.

En cuanto a Italia, este era un país políticamente muy débil, dividido en diversos estados. Tanto el rey de Francia como Fernando el Católico querían intervenir en los asuntos italianos para conseguir ventajas territoriales, lo que condujo a varias guerras. En ellas se empleó el ejército profesional que se había formado en la campaña de Granada dirigido por Gonzalo Fernández de Córdoba, “el Gran Capitán”. Como consecuencia se incorporaron a la Corona de Aragón Nápoles, Sicilia y Cerdeña (1503). De esa forma la monarquía de los RR.CC. se convirtió en una potencia europea que dominaba el Mediterráneo.

Por otra parte, se continúa la expansión por el litoral norteafricano que respondía a los intereses de Castilla, que siempre había pretendido la conquista de Marruecos; pero sobre todo, por la necesidad de asegurar las costas de sur la Península ante posibles ataques musulmanes y de los piratas berberiscos (apoyados por los turcos). Este proyecto se vio retrasado por la política italiana y sólo se tomó Melilla (1497) en vida de Isabel la Católica. El Cardenal Cisneros, como regente de Castilla, prosiguió esta política y consiguió la toma de Orán  en 1509 y de Bugía  y Trípoli en 1510. La eficacia de la presencia castellana en estas plazas contra la piratería fue prácticamente nula.

Otro foco de la política internacional tradicional de Castilla lo constituía su rivalidad con Portugal en el Atlántico, patente en el tratado de Alcaçobas (1469), donde se lleva a cabo un reparto del océano y se reconoce el dominio castellano sobre las islas Canarias. En ese contexto se produce la incorporación de las islas Canarias a la Corona de Castilla en 1476, trampolín necesario para la aventura americana.

Organización del Estado: instituciones de gobierno.

La reciente unidad política conseguida a base de anexiones realizadas por la nueva monarquía, obligó a ésta a cambios en la organización institucional que debía gobernar a los súbditos de los diversos reinos. Y ello tanto en el ámbito de la administración central como en la municipal.

Los monarcas, a pesar de que mantuvieron las estructuras heredadas del pasado en cada uno de sus reinos, para centralizar la toma de decisiones, crearon una nueva estructura e instituciones que con pocas variantes se van a mantener hasta el siglo XVIII. La base de esa nueva estructura va a ser el Consejo (sistema polisinodial). Tiene su origen en el Consejo Real de Castilla. Había dos tipos de consejos: territoriales y temáticos. Cada consejo estaba compuesto por una serie de asesores, nobles, eclesiásticos y letrados, que asesoraban a los reyes, estudiaban las medidas a tomar en cada reino o tema concreto, y una vez aprobadas por el rey se encargaban de llevarlas a cabo. Los miembros de los consejos eran de designación real. Estos nuevos instrumentos les permitieron marginar a las diferentes Cortes.

Entre ellos estaban el Consejo Real o de Castilla, el Consejo de Aragón, el de  Hacienda, Ordenes Militares o el de la Inquisición, que fue el único que tuvo como ámbito jurisdiccional toda la Península. Posteriormente, se creará el consejo de Indias que se desgajará del de Castilla.

Los RR. CC. actuaron en Castilla también en el ámbito municipal y en el de la justicia. Al frente de los ayuntamientos, pusieron la figura del corregidor, especie de representante directo del poder real, cuyas funciones eran de todo tipo: políticas, financieras, policiales, administrativas, etc.

En el campo de la justicia, se reorganizó el aparato judicial a través de las Audiencias y Chancillerías (Valladolid y Granada). Por otro lado, se intentó una cierta unificación y codificación de las leyes existentes (Ordenamiento de Montalvo), aunque al parecer sin demasiado éxito.

Dentro de este refuerzo del poder real hay que situar la creación, en 1476, de la Santa Hermandad, especie de milicias populares, pagadas por los municipios, que se convirtieron, en realidad, en una policía de las ciudades, y que tuvo por misión específica el apaciguamiento de las zonas rurales.

El desarrollo de esta política tan activa en el exterior e interior se pudo llevar a cabo gracias a una situación hacendística muy saneada. La monarquía contó con los enormes ingresos derivados del comercio de la lana, con las rentas de las Órdenes Militares, con los impuestos eclesiástico que gracias al Patronato Regio y a la Bula de Cruzada consiguieron de la Iglesia, con el 5% del comercio americano (quinto real) y sobre todo con el control que ejerció el Consejo de Hacienda sobre todo los impuestos.

Uno de los poderes económicos más importantes eran las diferentes Órdenes Militares (Alcántara, Calatrava, Santiago, Montesa,…). Fernando II se hizo nombrar maestre de las diferentes órdenes y así quedaron vinculadas a la monarquía.

La consecuencia última de este proceso de fortalecimiento monárquico fue la creación de una numerosa y cualificada burocracia, un cuerpo de funcionarios. Este hecho ha sido frecuentemente interpretado como un acto de los Reyes contra el poder nobiliar, al que se apartaba del ejercicio directo del poder. Lo cierto es que sólo parcialmente se marginó a los nobles de las altas responsabilidades, siguieron ejerciendo la jurisdicción señorial sobre miles de vasallos y mantuvieron el poder económico (incrementado más aún con la ley del mayorazgo – Cortes de Toro 1505) y el prestigio social.

Además los Reyes Católicos crearon un ejército real permanente compuesto por caballería e infantería, que hábilmente dirigido les permitió dominar a la nobleza y mantener la hegemonía en las guerras europeas.

En busca de la unidad religiosa

Una unidad territorial interna recién estrenada y un incipiente proceso de expansión en el continente americano recién descubierto requerían que la sociedad española estuviera lo más cohesionada posible. Trataron de convertir al catolicismo en el núcleo integrador de las diferentes sociedades.

El proceso de unificación religiosa requería también la unanimidad de la jerarquía religiosa en torno al catolicismo ortodoxo. Los Reyes Católicos llevaron a cabo una reforma de las normas de vida y de la educación del clero católico. La reforma eclesiástica afectó tanto al bajo clero como a los prelados. En el bajo clero la incultura, el tradicionalismo y el fanatismo requerían una acción de reforma en profundidad. Para tal empresa los Reyes contaron con la enérgica ayuda del cardenal Cisneros (creación de seminarios y obligaciones eclesiásticas). Los Monarcas intentaron controlar el nombramiento de los altos cargos eclesiásticos (abades, obispos y cardenales) mediante la presentación de los posibles candidatos al Papa (Patronato Regio, Derecho de Presentación). En la práctica, los Reyes pasaron a tener una fuerte influencia en el nombramiento de todos los altos cargos de la Iglesia hispánica.

Cristianos, judíos y musulmanes habían vivido durante toda la Edad Media en una débil y quebradiza tolerancia étnica y religiosa, no ausente de explosiones coyunturales de violencia. A partir de 1.348 se produjeron numerosos ataques a juderías y aljamas a la vez que se marginaba en el desempeño de cargos públicos y profesiones a judíos y musulmanes. A partir de esa fecha la represión llevó a muchos judíos a convertirse al cristianismo (judeoconversos), aunque muy frecuentemente siguieron practicando en privado los ritos mosaicos (ley de Moisés). Este grupo social alcanzó gran poder político y económico. Ello desató una división religiosa entre los cristianos viejos y los nuevos, una caza del judaizante y una búsqueda incesante y obsesiva de la limpieza de sangre.

Tanto judíos como musulmanes representaban grupos económicos técnicamente cualificados y en su persecución hubo además de las motivaciones religiosas, otras de carácter económico y social. Se impuso el concepto de limpieza de sangre.

Para luchar contra los falsos conversos, los Reyes Católicos solicitaron del Papa Alejandro VI la formación del Tribunal de la Santa Inquisición[1]. Los tribunales del Santo Oficio existían desde el siglo XIII con la misión de luchar contra las herejías; dependían de cada obispo. La Inquisición Española creada en 1478 dependerá de la monarquía. Los reyes nombraban al Inquisidor Mayor al que se supeditaban el resto de tribunales. Tenían sus propias cárceles e investigadores y no existían «garantías procesales». El tribunal compuesto de religiosos (normalmente dominicos) podía juzgar las acciones y omisiones de cualquier cristiano. No solamente controlaban los actos públicos de herejía sino que llegaron a controlar las costumbres, la educación, la cultura y los actos más nimios. De esta manera se produjo un retroceso en la expansión de las ideas renacentistas en los territorios de la monarquía con su secuela de exiliados (científicos- Servet-, intelectuales – Luis Vives-…) y la proliferación de anónimos en literatura (Lazarillo de Tormes, La Celestina,…).La Inquisición pervivirá hasta las Cortes de Cádiz y el reinado de Fernando VII.

Para terminar con las minorías religiosas decretaron la expulsión de judíos y musulmanes En este contexto se explica la medida real de expulsión de los judíos realizada en 1.492 que obligaba a la conversión o la expulsión. Más de 150 000 optaron por lo segundo y emprendieron el camino del norte de Africa llegando hasta Turquía (los sefardíes), donde todavía conservan el idioma castellano (ladino). Era el año del descubrimiento de América, y la Monarquía perdía con la marcha de los judíos, una fuente de riqueza, de sabiduría profesional y de cultura, que afectaría negativamente a su desarrollo económico posterior.

También muchos musulmanes sufrieron poco después (1502) la misma alternativa, aunque la mayoría optaron por convertirse y quedarse en tierras castellanas o de la Corona de Aragón, especialmente en Granada y Valencia.

Política económica y social

La población

Las estimaciones sobre el número de habitantes nos permiten señalar una evidente diferencia demográfica en favor de Castilla (5 millones de habitantes) frente a la Corona de Aragón (menos de 1 millón), Granada (800000) y Navarra (10000). Por otra parte, la población continuaba siendo fundamentalmente rural. Las concentraciones urbanas más destacadas eran Valencia (75000 habitantes), Sevilla (50000), Granada (50000) y Zaragoza (25000). Barcelona no debía superar los veinte mil habitantes, mientras que Madrid no pasaba de ser todavía poco más que una modesta villa.

La agricultura y las actividades artesanales

La agricultura extensiva, principalmente de cereales, con unos medios técnicos de producción rudimentarios, se mantuvo como la principal actividad de la economía, regulando precios y salarios y siendo el elemento indispensable para la alimentación de las clases bajas. Marcaba el ritmo de los excedentes, cuya escasez impedía el desarrollo de actividades artesanales, que seguían regidas por los gremios. Pero fue en el ámbito del gran comercio donde se hicieron los cambios más notables, debido al nuevo e inmenso mercado colonial que proporcionó el descubrimiento de América.

Los Reyes Católicos emprendieron una política de saneamiento monetario que sin llegar a unificar los sistemas monetarios de los diversos reinos, sí logró al menos una aproximación en sus equivalencias. Este saneamiento monetario, junto a la paz social conseguida tras las luchas sucesorias y sociales de ambos reinos, permitió una cierta mejora económica.

La política económica en la Corona de Aragón

En el caso de los territorios de la Corona de Aragón, las medidas económicas adoptadas no fueron coincidentes entre los diversos países.

Cataluña se recuperó muy lentamente de su crisis bajomedieval. A pesar de los intentos de Fernando, el traslado de la actividad comercial del Mediterráneo al Atlántico dificultó enormemente la recuperación. Llevó a cabo una la política proteccionista destinada a reservar para los catalanes el mercado textil siciliano y prohibiendo que los genoveses comerciaran en Cataluña con navíos de su propiedad, consiguió mantener una cierta actividad en las industrias textiles, del vidrio o del coral.

En Aragón se acentuó la protección a la agricultura, que siguió siendo la fuente fundamental de sus ingresos y se reforzó el régimen señorial.

Valencia resultó, quizá, el país de la Corona aragonesa que mayor auge económico mantuvo en la época. Su rica huerta seguía siendo el centro principal de su actividad, pero el comercio y las finanzas también fueron actividades de los valencianos del litoral.

La expansión económica de la Corona de Castilla

Castilla vivió una etapa de clara expansión económica. En una época en que las relaciones entre la agricultura y la ganadería resultaron conflictivas.

Los Reyes Católicos favorecieron a la ganadería frente a la agricultura. Concedieron nuevos privilegios de la todopoderosa Mesta (ley de pastizales y ley de arriendos). A partir de 1501, se reservaron para el pastoreo todas aquellas propiedades donde el ganado ya hubiera pastado una vez, además de congelar el precio de los arrendamientos de las dehesas donde se instalaba el ganado trashumante.

Regularon de forma monopolística el comercio de la lana de las ovejas merinas. Potenciaron la feria de Medina del Campo, el Consulado de las Lanas de Burgos y la exportación por el Cantábrico. De esta forma el comercio de la lana se convirtió en una fuente de recaudación de impuestos para la Corona. Estos impuestos iban a sufragar los crecientes gastos de la Monarquía tanto en su política de expansión territorial como en el mantenimiento de una creciente masa de funcionarios reales.

En esta situación, el comercio castellano vivió una etapa de expansión, preferentemente en su vertiente cantábrica. Las lanas castellanas, y el hierro vasco propiciaron la creación de ferias internacionales, la potenciación de las industrias pesquera y naviera y la creación de importantes núcleos de grandes mercaderes. A imitación del modelo catalán y valenciano, se crearon importantes Consulados de Comercio en Bilbao y Burgos (1494). A través de este comercio, Castilla y las tierras vascongadas quedaban ligadas a la economía europea.

En Andalucía el comercio empezaba a cuajar como actividad importante gracias al contacto con el norte de África y a los primeros viajes a América. En Sevilla comenzaba a desarrollarse un incipiente núcleo de grandes mercaderes, donde los burgaleses pujaban por desplazar a los genoveses. Para centralizar el comercio con América se constituyo, a imitación de los portugueses, la Casa de Contratación de Sevilla que controlaba los intercambios con América, la emigración y los viajes (mapas y derrotas). Desde las Cortes de Toledo, en 1480, se favoreció la construcción de buques de más de 200 toneladas, sobre todo en las atarazanas de Sevilla y Bilbao.

En esta situación, las actividades artesanas tuvieron un precario desarrollo. Debilidad agrícola, intercambios comerciales desiguales, y escaso desarrollo industrial iban desde entonces a presidir la andadura económica de la nueva Monarquía hispánica.

La política social

En materia social hubo pocas novedades. Durante toda la Edad Moderna los elementos estamentales y clasistas convivieron en la organización social.

La gran nobleza y el alto clero siguieron siendo el sector dominante del feudalismo. A través de la institución del señorío dominaban grandes extensiones de tierras y una numerosa mano de obra. Los nobles fueron en parte alejados de los puestos políticos, pero su poderío económico y su prestigio social no fueron mermados. Antes bien, los propios Reyes Católicos, con la institución del mayorazgo, por la cual las propiedades de un señor debían pasar intactas al mayor de sus hijos varones, (leyes de Toro de 1505) no hicieron sino refrendar su privilegiada posición. Puede afirmarse así que la mayoría de la tierra estaba en manos de la nobleza y el clero, quienes no representaban más del 2 ó 3 % de la población.

También ofrecieron a las capas ricas del patriciado urbano la posibilidad de acceder a la hidalguía mediante la compra de un mayorazgo y el establecimiento de una genealogía familiar, la mayor parte de las veces falsa.

Una situación muy diferente vivían las masas campesinas, más del 80 % de los habitantes, que en su mayoría se encontraban desprovistas de propiedades y al borde de la miseria. La situación era diferente en Castilla y en Aragón.

En Castilla, el campesinado andaluz estaba formado, mayoritariamente, por jornaleros (dado que la propiedad de la tierra estaba muy concentrada en manos de unos pocos señores), mientras que en la alta Castilla fue creándose un campesinado poseedor de pequeñas y medianas propiedades, ajeno en buena medida al régimen señorial, que con el tiempo fue dando lugar a un grupo de labradores ricos. Sin embargo, los arrendatarios castellanos, que tenían contratos a muy corto plazo (4 o 5 años), no pudieron acumular capital, lo que impidió la modernización de la agricultura.

En Cataluña, la Sentencia Arbitral de Guadalupe (1486) decretó la libertad de los campesinos, les dio el acceso a la propiedad de hecho sobre las tierras con la única obligación de pagar un canon al señor. Se creaba así una clase media de campesinos propietarios que se interesaban en la mejora de la tierra y en el aumento de la producción. En realidad, este tipo de solución fue posible porque el «pacto» era deseado por todos (campesinos, señores y monarcas): consolidaba a largo plazo el régimen señorial y permitía una mayor disponibilidad sobre la tierra a los campesinos «remensas».

En las ciudades la mezcla de grupos sociales era mayor. En centros como Bilbao, Valencia, Barcelona, Sevilla o Burgos, aparecieron grupos de grandes comerciantes y de incipientes banqueros que formaban una reducida burguesía mercantil, muy ligada todavía a la mentalidad nobiliaria dominante en la época. A su lado formaban parte del patriciado urbano, sectores modestos de la nobleza (hidalgos) y sectores enriquecidos de los profesionales (notarios, abogados, altos funcionarios) o los grandes artesanos (plateros, drogueros, etc.). Frente a ellos, la inmensa mayoría de la población urbana estaba formada por la mayor parte de los artesanos y por los numerosísimos mendigos que vivían a expensas de la caridad, principalmente eclesiástica.

Conclusiones

A finales del S. XV la unión personal de los dos grandes reinos (Castilla y Aragón) consolidó la unión territorial de los reinos peninsulares y supuso el afianzamiento de la monarquía autoritaria. Aunque tenemos que dejar bien claro, que el nuevo Estado creado por los reyes católicos fue una mera asociación dinástica, no una unidad de los reinos. Ambos reinos tenían los mismos monarcas, pero no había ningún cambio en lo que a instituciones se refiere en cada uno de ellos.

Por otra parte, aunque la unión de la Corona se consideró una unión entre iguales, la balanza en lo que a protagonismo se refiere se inclinó en favor de Castilla. ¿Por qué?, pues porque geográficamente tenía la ventaja de su situación central, y porque su extensión era tres veces mayor a la de Aragón. Además mantenía una economía muy fuerte gracias a sus riquezas laneras y a sus vinculaciones atlánticas, sin olvidar que su superioridad demográfica era aplastante. Por otra parte, las leyes e instituciones de Castilla no obstaculizaban la centralización del poder en la figura del monarca a diferencia de Aragón, donde la autonomía de sus Cortes y sus leyes forales eran muy fuertes.

Por estas cuestiones, los reyes católicos fueron conscientes que desde Castilla podrían articular de forma más perfecta el nuevo Estado. Así pues, por razones naturales, Castilla tendrá el papel dirigente en la unificación del nuevo Estado, convirtiéndose en el punto de apoyo de la política de los soberanos. No obstante, aunque la supremacía castellana propició la expansión de su lengua y su propia cultura… los súbditos de los reyes católicos se consideraban primero aragoneses o vascos ante que españoles.

Así pues, la unión de las dos coronas fue solamente el comienzo de la unificación de España. Unificación que pacientemente tratarán de fundar los reyes católicos, para ello, y entre otras cosas fomentarán los matrimonios de familias de nobles catalanas y castellanas, colocarán a eclesiásticos castellanos en importantes cargos en Cataluña, y ante todo, supieron ser pacientes y no enfrentarse a las autonomías de los Reinos de la Corona de Aragón para no debilitar la unificación (por tanto, aquí no se planteó la batalla de la centralización ya que con centralizar Castilla sobraba para afirmar el poder estatal, con sólo dos instrumentos: los impuestos y el ejército).

Por otra parte, la unificación religiosa fue también un elemento de unidad territorial, con la creación de la Inquisición (única institución que funcionaba en los dos reinos), sin olvidar también la demagógica expulsión de los judíos. También contribuyeron a la unificación la propia política expansiva, ya que incrementaba el sentimiento de un Estado unificado con unas fronteras bien delimitadas (toma de Granada, 1492; ocupación de las canarias, 1496; anexión de Navarra, 1512; conquistas de emplazamientos estratégicos en el norte de África como Melilla u Orán…) y por supuesto, la política de alianzas matrimoniales, que garantizaba la estabilidad del nuevo estado.

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