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Ciencias Sociales

Tema 27. La civilización griega desde los orígenes a la época helenística

Introducción

Este tema se plantea como un resumen y visión general de la civilización griega. Ésta ha realizado grandes aportaciones a Occidente, siendo considerada, de hecho, la cuna de la Civilización Occidental. A su vez está enormemente relacionado con el Tema 28: El arte en Grecia. Principales características. Estudio de una obra representativa.

¿Qué tienen los griegos para que nos marquen de un modo tan distinto de como nos marcaron otros pueblos? Porque si en Grecia se hicieron cosas bellas, también se hicieron en Egipto y en Babilonia. Pero sucede que los griegos, además, reflexionaron sobre la idea de belleza. En Grecia se hizo matemática, igual que en Egipto y en Babilonia. Pero los griegos, además, reflexionaron sobre la naturaleza de los conceptos matemáticos. Del mismo modo reflexionaron sobre la amistad y el amor, la paz y la guerra, el valor y la cobardía.

Los griegos no sólo hacían cosas, sino que también reflexionaban sobre las cosas que hacían. Esto es, los griegos filosofaron. Digamos que el quehacer filosófico consiste en la reflexión sobre los otros quehaceres. La técnica por sí misma no significa un progreso si no está acompañada por un pensamiento que marque sus límites y explore sus posibilidades más humanas. Y esta necesidad de pensamiento es lo que nos obliga a seguir reflexionando, a seguir siendo griegos para seguir siendo civilizados.

Y además los griegos se interesaron por el saber como un valor en sí mismo, y gran parte de la matemática que crearon no tuvo aplicaciones hasta muchos siglos más tarde. Y estas son las dos lecciones que nos enseñaron lo griegos: el saber que reflexiona sobre sí mismo (y esto es lo que llamamos filosofía) y el saber que es un valor en sí mismo, al margen de su utilidad (y es lo que llamamos cultura).

La civilización griega

La antigua Grecia se extendía por el sur de la península balcánica, las islas del Mar Egeo y las costas de la península de Anatolia. Estos territorios del Mediterráneo oriental constituyeron la llamada Hélade, espacio donde se desarrolló fundamentalmente la civilización griega o helénica, que fue la primera gran etapa de nuestra civilización occidental y que más tarde se extenderá por las colonias en la Magna Grecia del sur de Italia y en otros lugares del Mediterráneo.

Grecia es considerada hoy día como la cuna de la civilización occidental. Efectivamente, de Grecia hemos recibido una manera concreta de entender al mundo y al hombre, un sistema de gobierno democrático y unas normas artísticas que basan sus metas en la belleza ideal, en la armonía y en el equilibrio. La civilización griega se basa en el triunfo de la razón, fundamento de la filosofía, de la técnica y de la ciencia que caracterizan a nuestro mundo occidental.

La historia de la civilización griega

 LA ÉPOCA PREARCAICA Y ARCAICA.

La civilización griega tuvo sus más hondas raíces en la cultura cretense o minoica, desarrollada en los milenios III y II a.C. y basada en la agricultura y en un rico comercio marítimo. La civilización micénica o aquea, de carácter militar y aristocrático, sustituyó a la civilización cretense h. 1400 a.C. aproximadamente.

La civilización minoica

Las comunidades agrarias neolíticas establecidas en las tierras bañadas por el mar Egeo se vieron profundamente afectadas por la llegada de la metalurgia del cobre en el III milenio a.C. El comercio de los metales y la fabricación de nuevas armas dieron superioridad a unos pueblos sobre otros y produjeron cambios en su organización.

La isla de Creta, montañosa pero fértil, favorecida gracias a su situación geográfica por la influencia de las grandes civilizaciones orientales, adquirió desde finales del III milenio un papel preponderante en la zona del Egeo. Su esplendor se inició h. 2000, época en la que la ciudad-estado de Cnosos dominaba en la isla, junto a las ciudades de Mallia, Faistos y Zakro. Hay otros centros menores, como Hagia Triada.

La sociedad cretense debió de estar rígidamente gobernada por poderosos príncipes. El rey Minos (el término significa “rey”) del que hablan los testimonios más antiguos pudo ser un rey o una dinastía que gobernó sobre la isla y creó una talasocracia o imperio marítimo.

La economía cretense, sobre una base agrícola, evolucionó hacia el comercio marítimo. La aplicación del torno a la cerámica y el dominio de la metalurgia impulsaron un comercio de exportación e importación. Los cretenses, junto a productos agrícolas exportaban sus manufacturas e importaban materias primas: cobre de Chipre y estaño de la Europa occidental. Al tiempo, los cretenses desarrollaron un papel muy rentable de intermediarios comerciales entre sus pueblos vecinos. El comercio propició el desarrollo de la vida urbana.

El arte cretense se desarrolló en la construcción de los palacios y sobre todo en la decoración con frescos figurativos de sus interiores. Además, había una espléndida artesanía en cerámica y orfebrería. Las formas artísticas, que en su origen debieron tener inspiración religiosa, sufrieron una evolución consecuente con los cambios de vida y de mentalidad de la sociedad. Dejaron de ser objetos sagrados y pasaron a tener sentido propio, dirigidos a la sim­ple contemplación. El arte minoico influyó, al parecer, en el egipcio.

La civilización micénica.

La civilización micénica se extendió por casi toda Grecia entre 1600 y 1200 a.C., especialmente en el Peloponeso. Los aqueos, h. 1450-1400, incluso invadieron el área cretense y arruinaron su civilización. Los aqueos construyeron grandes ciudades-estado amuralladas, como Tirinto, Pilos y Micenas (de donde viene el nombre convencional actual de civilización micénica). Su lengua era indoeuropea, una variante arcaica del griego, como denota la escritura lineal B de las tablillas que se usaban para la contabilidad de los palacios.

La sociedad, según la describió Homero, era una sociedad de guerreros gobernada por una monarquía que se apoyaba en la aristocracia terrateniente para dominar a la población de campesinos y esclavos. Los reyes vivían en palacios que tenían funciones religiosas, militares y económicas. La tradición homérica, sin embargo, no es una fuente histórica fiable sobre sus costumbres y organización social, porque es cuatro siglos posterior.

La economía se basó en la agricultura, pero el comercio fue ganando en importancia hasta convertir a los aqueos en los sucesores de los cretenses. En este contexto se explica la guerra de Troya cantada por Homero: Troya fue atacada porque competía con los aqueos.

El arte destacó en la construcción de ciudades amuralladas con enormes muros ciclópeos y de grandes tumbas de tipo familiar, con cámara de falsa bóveda y corredor, como la tumba de Atreo. Los aqueos destacaron también por los trabajos de orfebrería hechos con oro y otros metales.

La caída de la civilización micénica.

La civilización micénica fue modificada profundamente h. 1200 tras la invasión de nuevos pueblos, los dorios y jonios, que penetraron en el espacio griego y desplazaron a los aqueos. Homero, en realidad, refleja en la Iliada y la Odisea el caos provocado por la invasión de los dorios, procedentes de los Balcanes, en la península griega durante el siglo XII, a resultas de lo cual la estructura política y económica de la Grecia micénica se derrumbó y determinó la huida de sus anteriores pobladores, entre ellos los aqueos, hacia el mar Egeo y las costas de Asia Menor, con sus destructivos efectos sobre Creta y Troya.

Los “siglos oscuros” y el renacer.

El país permaneció pobre y aislado, casi sin historia, en los llamados “siglos oscuros”, hasta después del 900, cuando se comenzaron a restablecer las relaciones comerciales con Italia y Siria. La escritura fue recuperada c. 750, por influjo fenicio a través del comercio. Fue una innovación fundamental que se transmitió por el mundo griego con algunas variantes. Se consolidó la fragmentación política, pese a que había una gran unidad cultural y lingüística.

El movimiento colonizador.

Había precedentes del movimiento colonizador, pero a partir del 750 los movimientos de población fueron más masivos, organizados, con un planeamiento político: en el continente el poder asirio amenazaba a los griegos y estos huyeron hacia el Oeste del Mediterráneo. Había un exceso de población junto a una carencia de tierras de calidad (además dominadas por la aristocracia), por lo que el descontento social y político exigía una válvula de escape en la emigración. Otro factor fue el comercio, pues el vino, el aceite y la cerámica necesitaban de mercados exteriores. Por último, había un deseo de aventuras, de acuerdo al ideal homérico  en la Odisea.

Primera fase (750-650 a.C.)

Su finalidad fue la búsqueda de tierras de cultivo para asentar a los excedentes de población. Se dirigió a Sicilia y sur de Italia. Los Estados de origen fueron las ciudades eubeas Calcis y Eretria, junto a Corinto y Megara.

Segunda fase (650-550 a.C.)

Hay una gran ampliación geográfica del movimiento colonizador, que alcanza al extremo oeste del Mediterráneo y tiene más Estados de origen. Se fundan ciudades desde Ampurias (Hispania) y Massilia (Galia) hasta Cirenaica, Egipto y el Mar Negro. Destacan en esta fase en su actividad colonizadora Mileto (hacia el Mar Negro), Focea, Samos, Creta y Rodas (Ampurias, Massilia, Sicilia), y las mismas colonias de Sicilia y la Magna Grecia (el sur de Italia), convertidas a su vez en activos centros de emigración y colonización. Un nuevo factor esencial de esta fase fue el comercio, compartiendo importancia con la búsqueda de tierras. Algunas fundaciones son muy pequeñas, en lugares estratégicos para el comercio.

Como resultado, la cultura griega se difundió por la mayor parte del norte del Mediterráneo, impregnando las culturas de Italia, Galia e Hispania y asentando su influencia sobre el naciente pueblo romano.

La polis griega y la evolución de su estructura política: de la monarquía a la tiranía.

Grecia es un país montañoso dividido en pequeños valles con recortadas costas, lo que facilita más el comercio marítimo que el terrestre. Estos valles fueron los núcleos de pequeños Estados, que evolucionaron a ciudades-estado durante el siglo VIII, con formas institucionales propias, primero una monarquía no absoluta y después con la tiranía, antes de evolucionar a la democracia en muchas ciudades.

La polis es el conjunto de la ciudad y del territorio. Era una comunidad tanto política como religiosa, unida por una ciudad con su acrópolis que albergaba el templo de la divinidad principal de la ciudad. El oikos es el hogar (o la familia), la célula básica, a efectos de herencia o reparto. El genos (agrupación de oikos), reúne a los descendientes de un antepasado común, mítico por lo general, con posesiones que a menudo coinciden en su lugar. La estructura social de la genos la componen una clase de nobles terratenientes y una clase de hombres libres pero unidos por clientela a la aristocracia. Los esclavos estaban excluidos.

Las instituciones básicas son tres:

Arcontes. Son los magistrados que administran el Estado, con poderes detraídos de la monarquía. La aristocracia ocupó al principio estos cargos mientras el rey, el basileus, se limitaba cada vez más a sus funciones religiosas.

– El consejo (boulé). Es un consejo de composición aristocrática, con la función de asesorar a los arcontes y la Asamblea, y administrar la justicia.

– La Asamblea (eklesia). Es la reunión de todos los ciudadanos. En ella reside toda la soberanía popular, con funciones legislativas, de elección de los arcontes (a veces de los consejeros de la boulé), relaciones exteriores, asuntos religiosos, el urbanismo y la moneda.

La mejora de la economía gracias al comercio y la colonización permite que aparezca la moneda, aunque tardíamente. Al principio sólo se comerciaba con el trueque, estimando el valor en bueyes, caballos o mujeres, para usarse después los metales. De estos se pasó a la acuñación de la moneda de metal, con un valor estable y una garantía del poder público. Nació en Lidia c. 660 y llegó a Grecia c. 620 en Egina, luego por Corinto y Atenas c. 590 y en Eubea c. 530. La finalidad de su difusión era no tanto el comercio como las necesidades políticas: el pago de mercenarios, obras públicas, ofrendas a los dioses, tasas, multas, etc.

Durante los siglos VII y VI algunos aristócratas se alían con las clases dominadas (artesanos y campesinos) en contra de la monarquía y del resto de la nobleza terrateniente, y se convierten en tiranos (dictadores). El poder aristocrático monárquico u oligárquico es de­rrotado por estos individuos que se limitan a acaparar los órganos de poder para sí mismos y sus partidarios, con una continuidad institucional que enmascara un absoluto poder personal. Su política de favorecimiento de los campesinos, comerciantes y artesanos, junto a las obras públicas, les ganó un fuerte apoyo, pero luego las tiranías tendieron a ser hereditarias mien­tras que los sucesores eran menos brillantes que los fundadores. Sucesivas crisis (guerras civiles, destierros) eliminaron las tiranías, que a menudo quedaron como una transición entre la oligarquía y la democracia. El caso de Atenas es el más representativo de esta evolución monarquía-tiranía-democracia.

LA ÉPOCA CLÁSICA.

Hubo tres periodos básicos en la historia de Grecia en el siglo V, con Atenas en el centro de los acontecimientos:

1) El aumento del poder de Atenas durante las guerras médicas contra los reyes persas Darío I y Jerjes, que se iniciaron con la represión persa de la rebelión de los griegos jonios (496-493) y la posterior invasión de Grecia para castigar a Atenas y Eretria por su apoyo a los rebeldes, pero Atenas logró la victoria de Maratón (490).

Más tarde, Jerjes lanza una masiva invasión, que ocupa gran parte del país excepto el Peloponeso, pero los griegos, sobre todo las ciudades de Atenas y Esparta, dirigidos por Milcíades, logran la gran victoria naval de Salamina (480) y la terrestre de Platea (479), gracias a la superioridad griega en buques, armamento y espíritu militar.

Sigue la formación de la Liga marítima de Delos, dirigida por Atenas, para acabar con la amenaza persa y asegurar la hegemonía de las democracias.

2) El auge de Atenas durante el gobierno de Pericles (493-429 a.C.), que comienza h. 461 y acaba a su muerte. Asegura el predominio marítimo y comercial de Atenas, contiene el peligro persa, atrae a numerosos artistas y escritores, construye los monumentos de la Acrópolis. La ciudad de Atenas alcanza su cima en la política, la cultura y el arte.

3) La decadencia de Atenas en la guerra del Peloponeso (431-405), entre las dos grandes coaliciones, la democrática acaudilladas por Atenas, y la oligárquica liderada por Esparta, que termina con la victoria final de los espartanos, que imponen una efímera tiranía a los atenienses (405-403). Atenas era superior en el mar y Esparta en tierra, lo que explica la larga duración del conflicto, en el que hubo treguas. Atenas había sido diezmada por la peste (431-426), en la que murió el propio Pericles, y luego por el desastre de la expedición de Alcibíades a Siracusa (415-413), y finalmente sucumbió incluso en el mar en la batalla de Egospotamos (405).

El Estado ateniense.

El ejemplo máximo de evolución política griega fue la ciudad de Atenas en el siglo V, opuesto al modelo aristocrático de Esparta. Atenas dominada la península del Ática, con una rica agricultura del vino y del aceite, minas de plata y una gran actividad artesanal y comercial (puerto del Pireo), lo que ase­guraba una amplia clase media, que vivía gracias al trabajo de numerosos escla­vos. Desde el 507, con Clístenes, había un régimen democrático.

La democracia ateniense.

La democracia es un sistema político en el que el pueblo ejerce la soberanía, directamente o a través de representantes elegidos. El término, que en griego significa “gobierno del pueblo”, se aplica en la Antigüedad sobre todo a la democracia ateniense, establecida a fines del siglo VI. Se basaba en la isonomía, igualdad de los ciudadanos ante la ley, la isotimía, la igualdad de acceso a los cargos públicos mediante elección o sorteo, y la isegoría, el derecho de todos a hablar ante la asamblea popular y los tribunales.

En Atenas el demos (pueblo o municipio) dominaba la vida política: el ciudadano tenía el nombre del demos junto al suyo privado. Había tres grandes órganos políticos:

– La eklesia (asamblea de los ciudadanos) era el principal poder. La ciudad se dividió en diez tribus, para votar. El ostracismo permitía cada año votar el exilio de una personalidad amenazadora para el equilibrio político: no condenaba un delito, sino que intentaba evitarlo.

– El boulé (consejo) de 500 buleutas (50 por tribu), controlaba la administración. Se dividía el gobierno por décimas partes del año.

– Los magistrados eran el arconte polemarca, nueve arcontes para la justicia, y diez estrategos para el ejército.

La democracia directa, que suponía la toma de decisiones en una asamblea a la que teóricamente todos los ciudadanos tenían acceso, sólo era posible en un Estado pequeño, en el que además la mayor parte del trabajo fuera realizado por no ciudadanos: mujeres, extranjeros y esclavos. Atenas, en su apogeo, sólo tuvo unos 20.000 a 30.000 ciudadanos (adultos masculinos libres). La Antigüedad no conoció formas de democracia aplicables a ámbitos más amplios que el de la ciudad-estado y Aristóteles afirmaba que una ciudad de más de 100.000 ciudadanos no podía ser una polis.

Los principales pensadores griegos fueron críticos de la democracia: Sócrates pereció a sus manos, Platón la rechazó, Aristóteles consideraba necesario limitarla. El ideal de una constitución mixta, como preferible a las formas puras de monarquía, oligarquía y democracia, es propia del pensamiento clásico y ha sido muy influyente hasta el siglo XX.

El Estado espartano.

Esparta es el otro modelo griego. Domina el sur de la península del Peloponeso y dirigirá la Liga Doria, vasta alianza de ciudades rurales y comerciales, opuesta a la Liga de Delos.

Esparta es una ciudad-estado rural, conservadora, militarizada, basada en la opresión de una minoría aristocrática y armada (los espartiadas) sobre una población de campesinos siervos (los ilotas). Había dos reyes, que gobernaban conjuntamente y dirigían el ejército, el más poderoso de Grecia hasta mediados del siglo IV. Pero el poder civil estaba en manos del Senado, con los dos reyes y 28 ancianos, guiados por cinco éforos (superintendentes).

La época helenística

Sigue a continuación un periodo de destructoras guerras civiles en la primera mitad del siglo IV, entre Esparta, Atenas y Tebas, en el que se debilitan las ciudades-Estado. El periodo de dominio de Esparta duró poco más de treinta años, hasta las victorias tebanas de Leuctra (371) y Mantinea (362).

Macedonia: Filipo II y Alejandro Magno.

El reino norteño (helenizado) de Macedonia, rico en cereales, oro y madera, gracias a los reyes Filipo II y Alejandro Magno alcanzó la hegemonía sobre el Mediterráneo Oriental.

Filipo II (359-336) robusteció el poder real, venció en Queronea (338) a los tebanos y atenienses y unificó a los griegos para atacar a los persas, en la Liga de Corinto, pero murió asesinado antes de comenzar la invasión.

Su hijo Alejandro Magno (336-323) fue un personaje polémico y fascinante, que recibió educación cultural de su maestro Aristóteles y militar de su padre, participando como príncipe en las guerras contra tracios e ilirios y en la batalla de Queronea. Rey a los 20 años, se aseguró el dominio de Grecia antes de partir para la conquista del enorme Imperio Persa del aqueménida Darío III, en una guerra triunfal del helenismo contra el Oriente bárbaro (334-329).

El ejército greco-macedonio venció en las batallas de Granico (334) e Isos (333) a ejércitos persas mucho mayores, con lo que conquistó el Asia Menor; prosiguió con la estratégica conquista de Siria y Palestina, tras los sitios de Tiro y Gaza (332) y de Egipto, donde fue acogido como un libertador, un nuevo faraón. Marchó finalmente al interior de Asia, y atravesó el Eufrates y el Tigris para aplastar en Gaugamela (331) al resto del ejército persa, muy superior en número. Asesinado por los suyos el rey aqueménida, Alejandro se coronó rey de los griegos y los persas, comenzando una difícil política de unión de ambos pueblos. Continuó la conquista hacia Asia Central y la India, pero sus tropas no quisieron ir más allá del Indo (326) y tuvo que volver atrás.

Cuando planeaba la conquista de Arabia y del Mediterráneo Occidental (Roma, Cartago…) murió de fiebres en Babilonia, a los 33 años de edad (h. 13-VI-323). Su inmenso imperio, que sólo su poderosa personalidad mantenía unido, fue repartido enseguida entre sus generales, pues el hijo de Alejandro apenas había nacido y más tarde fue asesinado.

Para algunos historiadores sólo fue un aventurero aficionado a las borracheras, pero para la mayoría abrió una nueva etapa de la historia universal y fue el modelo de gran héroe guerrero del mundo antiguo. Extraordinario militar, tanto estratega como táctico, en sus 11 años de campañas militares recorrió más de 26.000 km y nunca perdió una batalla, aunque sufrió cientos de miles de bajas con sus extenuantes marchas y sangrientas batallas. Pero no fue sólo un gran militar puesto que concibió el proyecto de unificar política y culturalmente su Imperio, fusionando las civilizaciones de Occidente y Oriente. Fundó, entre otras muchas ciudades, la urbe de Alejandría de Egipto.

Los reinos helenísticos.

Muchos historiadores limitan el periodo helenístico entre la muerte de Alejandro Magno en 323 a.C. y la destrucción de la Liga Aquea a manos de Roma y la destrucción de Corinto en 146 a.C., y se incorporaron las ciudades derrotadas a la provincia romana de Macedonia.

El imperio macedonio se dividió a la muerte de Alejandro en 323 a.C. entre sus generales, los Diadocos, la mayoría nobles macedonios: Antígono, Ptolomeo, Seleuco…

Se asentaron en Europa y Asia varios Estados helenísticos: Macedonia, Egipto de los Ptolomeos, Siria de los Seleúcidas, Pérgamo de los Atálidas (264-133)… en luchas constantes entre sí por la supre­macía.

En cuanto a la misma Grecia, las ciudades-estado, bajo el control de Macedonia, se unieron en ligas (Aquea, Beocia, Etolia), junto a las grandes ciudades de Atenas, Esparta, Tebas. El intento postrero de Filipo V de dominar Grecia, provocó la reacción de Roma, que aplastó a Macedonia en Cinoscéfalos (197 a.C.) y Pidna (168), y finalmente, a los últimos reinos helenísticos, en Magnesia (190) a los seléucidas de Antioco III, y se anexionaron Grecia (Corinto fue destruida en 146), Pérgamo (por donación de Atalo III en 133), Asia Menor (liberada por el tratado de Apamea en 188 y conquistada en los dos siglos siguientes) y Siria (por conquista de Pompeyo en 64) y Egipto (por anexión en tiempo de Augusto, en 31 a.C.). Por otra parte, el reino seléucida sufrió grandes pérdidas territoriales en el este, a manos de los bactrianos y finalmente de los partos, el nuevo poder emergente en Asia, que se enfrentó con los romanos, hasta ser sustituido por los persas sasánidas en 224 d.C.

Los soberanos helenísticos ejercieron un poder absoluto, autocrático, basado en la burocracia, la Hacienda y el ejército (mercenarios griegos). El poder se legitimaba con la Asamblea del ejército, la política matrimonial, el culto al soberano, la capacidad política y militar del soberano.

Se fundaron numerosas ciudades (a menudo de planta regular) con colonos y comerciantes griegos, que extendieron su cultura, lengua y tecnología. Todo esto terminará cuando Roma imponga su hegemonía.

Sociedad

Era una sociedad relativamente igualitaria entre los ciudadanos, con una aristocracia terrateniente no muy rica, una burguesía y un proletariado poco numerosos que vivían en las ciudades de la artesanía y el comercio, y una amplia masa de campesinos pobres.

En la base había los esclavos, sin libertad personal, objeto de propiedad de los ciudadanos. Su cantidad fue enorme en la Grecia clásica. En su mayoría bárbaros de Tracia, Asia Menor y Mar Negro, también había griegos. Provenían de los prisioneros de guerra, niños abandonados o vendidos, personas secuestradas e hijos de esclavos, aunque estos últimos no fueron numerosos ni en Grecia ni en ninguna sociedad esclavista, por el costo de la crianza. Al principio fueron considerados meros objetos, pero al final las leyes les garantizaban una mínima protección (esta creció en Roma). Sus condiciones de vida eran diferentes: atroces en las minas (en la atenienses de plata de Laurion había decenas de miles de esclavos, que sufrían una gran mortalidad), duras en el campo y moderadas en el servicio doméstico y la artesanía en las ciudades.

Las mujeres estaban preteridas en la escala social, realizando trabajos en el hogar, en el que estaban casi siempre recluidas en el gineceo. Sus derechos legales eran mínimos.

Las ciudades dirigían la vida política y económica de las ciudades-estado, pero eran muy pequeñas.

Economía

La economía griega era agrícola, basada en la “tríada mediterránea” de cultivos (trigo, vid y olivo), con una menor importancia de la ganadería, pesca y minería (la plata del Ática y Tracia), la artesanía y el comercio. La esclavitud tenía una gran importancia como fuente de trabajo, sobre todo en las ciudades. En la época helenística el comercio fue particularmente activo, lográndose una gran zona comercial, que abarcaba desde Oriente hasta Occidente.

Religión: del mito al logos

La reflexión filosófica sobre la religión en la antigüedad clásica apareció en Grecia como una teología natural filosófica, que convivía con la religión mítica de la cultura griega, a veces para criticarla con intención desmitologizadora, ya en los primeros filósofos de la naturaleza (peri phiseos). El objetivo inmediato de los filósofos presocráticos era descubrir la naturaleza del cosmos y su principio (arjé), primordial fuente de todo lo que es, una “realidad última”.

Los pensadores de los siglos VI y V antes de Cristo comparten en sus grandes líneas una noción común del universo concebido como una esfera cósmica limitada por el cielo, cuyo centro era la tierra, en cuya circunferencia se encontraban fijas las estrellas. Pero este cosmos no era toda la realidad, pues estaba y penetrado de una sustancia indefinida; un principio más allá de los procesos cósmicos, eterno, vivo y activo, que da inicio y guía a los cambios que lo han formado, que es de naturaleza divina. El “Logos-fuego” del que habla Heráclito es un principio divino, a la vez exterior inmanente al mundo y dirige todos sus cambios de modo tal que llega a entrar él mismo en el proceso cósmico.

Anaximandro dirá -es la misma inspiración de fondo- que el principio de todo, el “apeirón”, es inmutable, indestructible, inmortal, posee conciencia y omniscencia, y “circunda todas las cosas y las gobierna”: es divino. Más adelante se concebirá a Dios como “espíritu” (en las visiones teológicas de Anaxágoras y Diógenes).

El esfuerzo filosófico condujo -así- a una reflexión sobre Dios “desmitologizadora” de la religión griega popular del Olimpo y su panteón de dioses mitológicos, arquetipos y rectores de fuerzas, tanto benéficas como maléficas, de la naturaleza y de la vida. En la concepción filosófica lo divino no podía ser, en efecto, algo finito y limitado, mientras que los dioses griegos eran, después de todo, limitados en su capacidad de decidir e influir en el destino del mundo y de la humanidad. Se empieza a imponer así entre los filósofos una nueva concepción de la religión, una “religión filosófica” de carácter crítico y filosófico.

Jenófanes, por ejemplo, atacó a los poetas por promulgar una imagen falsa de la divinidad. Sobre todo luchó contra el antropomorfismo de la religión popular helena, observando que “Homero y Hesíodo dicen que los dioses hacen todo aquello que los hombres considerarían vergonzoso y reprensible: son adúlteros, roban, se engañan unos a otros”. Esto sucede, según Jenófanes, porque la gente concibe a los dioses según su propia imagen.

Protágoras de Abdera (481-411 a. C), adoptó un agnosticismo acerca de la existencia de los dioses. Sin embargo, destacó que la adoración de los dioses es un elemento esencial de la cultura, pues deriva de una inclinación innata de la naturaleza humana y, debe ser tenido en cuanto tal, como algo normal y necesario. Pensó que la raíz de las ideas (imágenes) de Dios habría que buscarlas en ciertas manifestaciones perceptibles mediante los sentidos que tienen lugar en los sueños. El temor sentido por la gente ante “milagros” de la naturaleza y sus fuerzas (meteoros, tormentas, eclipses solar y lunar) condujeron a imaginar que los autores de tales acontecimientos eran los dioses soñados.

Para Critias la religión no es un resultado de un sentimiento natural de temor o gratitud, sino una invención de los políticos, y su fin es asumir el papel de un policía ideal; la religión es la consecuencia de una ficción política.

La escuela pitagórica se caracteriza por una interpenetración entre el pensamiento filosófico y religioso, que combinaba el misticismo órfico religioso con una imagen racional del mundo que justifica las verdades conocidas por la religión (es una racionalización del mito). Según nos refiere un testimonio antiguo: “Todo lo que los pitagóricos definen acerca del haber o el no haber tiene como meta la comunión con la divinidad; éste es el principio, y toda su vida se halla coordinada hacia este fin de dejarse guiar por la divinidad”.

Platón reconoce el importante papel psicológico que tiene la religión mitológica en la vida humana, además de una irremplazable función sociopolítica. Cree que en muchas ideas mitológicas y especialmente la religión órfica, se contenían intuiciones valiosas que debían ser purificadas y profundizadas intelectualmente para extraer las principales implicaciones de tales intuiciones. Atribuyó al mundo de las ideas un orden divino y consideró la idea suprema del Bien y la Belleza, como la quintaesencia de la divinidad. Platón dice que la idea de Bien es el Bien subsistente. Así como somos incapaces de mirar directamente al sol, que es la fuente de la luz gracias a la cual vemos las demás cosas, también somos incapaces de mirar directamente a la fuente de cognoscibilidad mediante la cual entendemos las demás cosas. La divinidad se identificaría con la suprema inteligibilidad.

Parece, pues, que según Platón, son sólo los filósofos quienes resultan capaces de alcanzar una verdadera sabiduría, moralidad y actividad política y, por lo mismo, sólo ellos son capaces de alcanzar una auténtica religión y gobernar a la masa ordinaria de ciudadanos comunes. (Cfr. Fedón, 62 b; Las Leyes, X, 966 c.).

En el pensamiento de Aristóteles (384-322 a. C.) se da una completa identificación del principio filosófico supremo con el concepto religioso de Dios. La reflexión de Aristóteles sobre la divinidad se encuentra en la disciplina filosófica más básica, la filosofía primera, a la que también denominó “teología natural”. En Aristóteles la filosofía de la religión se halla totalmente identificada con la teología natural.

Aristóteles reconoce la permanencia e importancia de la religión mítica pero expurgándola de todo lo que esté en conformidad con lo que establece la teología filosófica. A partir de la tradición religiosa, elabora una demostración de la necesidad de la existencia de una “sustancia eterna e inmutable”, acto puro, “un principio que es sustancia en acto”, que es inmaterial, la condición universal del movimiento, y fin que apetecen los demás seres, produciendo movimiento, por atracción, como un bien que es amado. La esencia de Dios es autocontemplación. “Este Entendimiento se entiende a sí mismo, puesto que es lo más excelso, y su intelección es intelección de intelección”. El concepto aristotélico de Dios excluye el interés providente de Dios por el mundo y el destino del hombre. El Dios de Aristóteles no es una providencia; ni siquiera conoce el mundo, el cual no ha sido formado –ni podría serlo- por él, ya que este Dios es pensamiento del pensamiento.

Los estoicos reconocieron la existencia de una deidad, pero no la consideraron trascendente en relación con el mundo; identificaron la deidad con el alma del mundo (panteísmo hilozoísta) y derivaron de ello el postulado de vivir de acuerdo con la propia naturaleza, que es divina. Los epicúreos afirmaron la existencia de dioses, pero dijeron que los dioses no se implican en los asuntos humanos, ya que esto destruiría su perfecta tranquilidad (ataraxia). Los escépticos aunque negaron la existencia de las divinidades, pensaron que no había pruebas para su existencia ni para su no existencia. Estas escuelas no produjeron nada esencialmente nuevo distinto de las reflexiones previamente existentes.

La expresión no cristiana más perfecta de las tendencias religiosas filosóficas de este período helenista aparece en Plotino (203-270) y los representantes de la escuela neoplatónica. La filosofía de Plotino tiene a la vez un carácter teorético y práctico. Se trata de una teoría que explica la relación del mundo con el ser divino (el Uno) así como una teoría sobre el modo de unión con Dios. Se trata de una filosofía orientada religiosamente, en la que los problemas de los primeros siglos fueron recogidos en un esquema metafísico, que a su vez tenía un carácter propedéutico respecto a la experiencia mística.

Cultura

Los griegos tenían una cultura común gracias sobre todo al idioma, el griego, una lengua indoeuropea, dividida en varios dialectos, con tres principales: jonio, dórico y ático, el último de los cuales, debido al influjo de Atenas, se convirtió en el dialecto de la literatura y la filosofía. Su alfabeto se formó h. 750 a.C. casi al mismo tiempo que Homero compuso sus obras. Su origen es semita (a través del comercio fenicio): las palabras alfa, beta y gamma son los términos semitas para buey, casa y camello.

Literatura

La literatura griega nació con las canciones. Las dos primeras obras son la Iliada y la Odisea, poemas épicos de Homero que marcaron la cultura poética y la educación de los griegos durante siglos, y son una gran fuente histórica. Los primeros poemas épicos eran narraciones de acciones heroicas. Evolucionan a una literatura lírica y elegíaca, para dar paso a la poesía gnómica de contenido moral y a la gran poesía clásica, y finalmente a la prosa histórica  de Tucidides y Heródoto y a la filosófica de los presocráticos y Platón.

El teatro derivó de la poesía, con los géneros de la comedia (humor, cotidianeidad, costumbres populares) y la tragedia (grandes asuntos humanos y religiosos) y grandes dramaturgos en las tragedias de Esquilo, Sofocles y Eurípides, y en las comedias de Aristófanes y Menandro, que competían en los festivales sagrados.

Filosofía

La filosofía, que se confunde al principio con el mito y la ciencia nació en Mileto (Asia Menor) a comienzos del siglo VI a.C., como una forma de poesía que se interrogaba so­bre las grandes cuestiones del hombre: la naturaleza, el alma humana, el conocimiento… Se pasó pronto de las explicaciones míticas, con una imaginación acrítica, a las explicaciones racionales del logos, propias de la razón crítica. El pensamiento racional aparece así en la humanidad. Sus grandes figuras son: Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito, Parménides, Jenófanes, Demócrito, Sócrates, Platón, Aristóteles. La Academia platónica y el Liceo de Aristóteles fueron escuelas filosóficas de extraordinaria influencia en la cultura de la Antigüedad y su influjo ha llegado a nosotros.

La doctrina de Platón (427-347), discípulo de Sócrates, se basa en el dualismo del mundo natural y el ideal. La materia es una copia imperfecta del mundo eterno e inmutable de las ideas, presidido por la idea del bien. En la República planteó su teoría del Estado ideal, a la vez aristocrático y colectivista, regido por filósofos.

La doctrina de Aristóteles (384-322), discípulo de Platón y, a su vez, preceptor de Alejandro Magno, se basa en la distinción entre materia y forma: la materia da realidad a cada ente individual, pero las formas son universales y pueden ser captadas mediante la abstracción, lo que hace posible el conocimiento científico.

Ciencia

Como derivación de la filosofía se desarrolló la ciencia: con el médico Hipócrates, el geógrafo Estrabón, los astrónomos Hiparco y Ptolomeo (autor de la teoría geocéntrica que sitúa a la Tierra como centro del Universo), la historia de Heródoto y Tucídides (Historia de la guerra del Peloponeso). También crecieron las matemáticas (Pitágoras, Euclides), la física (Arquímedes) y la biología (Aristóteles y Teofrasto).

Arte

El arte griego es un arte del hombre, medida de todas las cosas. La técnica es excelente, basada en la repetición de modelos, constantemente perfeccionados, que en arquitectura será el sistema arquitrabado (dicho también adintelado), con los tres órdenes clásicos del dórico, jónico y corintio. La belleza se basa en la proporción, armonía y simetría. Destacan los templos, los edificios públicos de la administración y la vida pública (teatros, buleuterion, stoas, gimnasios, estadios), la escultura de temas humanos, la pintura (de la que nos quedan pocos restos) y la cerámica pintada. El arte griego evolucionó desde la rigidez del arte arcaico, hasta la perfección ideal de la época clásica y culminó en el realismo del periodo helenístico.