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Ciencias Sociales

Tema 24. Proceso de hominización. Características y cultura material de la etapa del Paleolítico

Este tema aborda de modo introductorio, alguna cuestiones sobre la paleoantropología como disciplina científica del estudio de la prehistoria y que a su vez, está relacionada con otras muchas disciplinas auxiliares. Hemos querido contextualizar el debate sobre la evolución, en el que confluyen instancias no solo científicas sino también mediáticas y sociales. Algunos aspectos importantes sobre los homínidos, el australopithecus y el género homo (homo habilis, homo erectus y homo sapiens) que señalamos son la localización de sus yacimientos más importantes, así como el problema de la identificación y adscripción de fósiles de homínidos y las principales hipótesis sobre su filogenia. También hemos tratado el problema del proceso de hominización, sin confundirlo con el proceso de humanización. Por último señalamos los aspectos culturales y materiales del paleolítico desde un punto de vista más propiamente histórico.

El estudio de la prehistoria: la paleoantropología

Desde hace algunos años, se están dando gran número de hallazgos de fósiles de la Familia Hominidae. A cada nuevo descubrimiento se tambalea el edificio filogenético construido a modo de hipótesis para entender las relaciones de unos fósiles con otros. Establecer estas relaciones no es fácil, y todos los investigadores en paleoantropología lo hacen sabiendo que son provisionales, pues un nuevo fósil, según se va demostrando, las altera muy profundamente.

Atrás quedaron los tiempos de finales del XIX y principios del XX en los que con interpretaciones hipotéticas -casi no se habían descubierto fósiles-, se hacían filogenias polifiléticas en las que se asociaban determinados primates (monos) actuales con las diferentes razas humanas[1]. Mucho ha avanzado la paleoantropología para caer en simplificaciones como esa, pero la cuestión del «mono» todavía está presente en la mente de muchos divulgadores y a veces se observa un verdadero afán por demostrar la «cercanía» en la coincidencia de antepasados comunes: se llega a decir que el hombre resulta ser antepasado de ciertos monos[2]. Algunos parecen sentir la necesidad de animalizar al hombre, diferenciarlo lo menos posible de sus ancestros fósiles; cuando la cuestión ocupa a los paleoantropólogos, no es tanto la relación con otros primates actuales, sino las relaciones filogenéticas de los diferentes grupos de fósiles dentro de la Familia Hominidae, Familia que está bien diferenciada y dentro de la cual tenemos un buen número de fósiles que va aumentando continuamente merced al enorme esfuerzo de investigación que se está realizando en estos últimos años.

Es indudable que el marco general de las teorías evolutivas, las variaciones que ha habido en los últimos años sobre ellas, la incorporación de sistemas de datación más precisos y los llamados relojes moleculares de investigación biológica, han ayudado a una mejor comprensión de la hominización, entendida ésta como la variación morfológica de la secuencia de morfoespecies que parecen antecesoras del Homo sapiens sapiens. Hay, sin embargo, estudiosos que confunden ese proceso de hominización con la humanización, siendo la inteligencia una adquisición evolutiva que emergería poco a poco en la línea de los homínidos; para ellos hominización y humanización son dos procesos simultáneos, cuando son dos procesos que hemos de diferenciar y distinguir netamente.

No es fácil dar respuestas a la posible derivación morfológica del hombre que, a partir de una materia viva preexistente[3] (hominización), haya posibilitado el desarrollo y potenciación de sus cualidades espirituales (humanización). Este es, no obstante, el campo de acción de la Paleoantropología.

La Paleoantropología[4] es la ciencia que estudia los restos fósiles del hombre con la finalidad de establecer su cronología y su relación con las demás especies fósiles de primates. Nace como ciencia a mediados del siglo XIX y ha experimentado un extraordinario desarrollo en las últimas décadas, gracias a la incorporación de los métodos y técnicas aportadas por otras ciencias. Sus datos empíricos son los restos fósiles, a veces asociados a instrumentos (hachas, buriles, etc.) o a construcciones (enterramientos, restos de viviendas).

Sus métodos auxiliares son principalmente la biometría, la anatomía comparada, la bioquímica y la genética de poblaciones. Para la datación temporal de los fósiles, la Paleoantropología se sirve de la estratigrafía y la cronología fósil. Tanto por el objeto como por sus métodos, la Paleoantropología se solapa con la Arqueología en el estudio de los períodos más recientes.

El debate sobre evolución

El llamado debate evolucionismo-creacionismo puede encuadrarse en un contexto más amplio que podría llamarse debate ciencia-fe. Este a su vez se puede insertar en otro aún más amplio, que se remonta a un tiempo anterior a la aparición de la ciencia e, incluso, a la aparición de la fe cristiana: se trata del debate teísmo-ateísmo, que ya está presente de una manera muy neta en las reflexiones de los autores helénicos. La pugna entre los extremos de esta dualidad, teísmo-ateismo, estalla con fuerza en algunos momentos y permanece después atenuada durante largos periodos de tiempo, sin desparecer completamente. Concretamente, es destacable que las innovaciones intelectuales o metodológicas importantes son una ocasión propicia para que la cuerda que une los dos polos se tense de una manera especial. Esto ocurrió, por ejemplo, con ocasión del nacimiento de la ciencia moderna. No cabe duda que los siglos XVI y XVII asisten a un importante alumbramiento metódico que cambió el curso de nuestras vidas: la ciencia experimental. Esos siglos asisten también a un resurgimiento del mencionado debate.

Muchos dieron la bienvenida al nacimiento de la ciencia experimental y el tipo de racionalidad que nacía con ella porque, entre otras cosas, se vislumbraban nuevas posibilidades de defender la fe contra una visión del universo materialista y ajena a la divinidad. Destaca, por ejemplo, el apoyo del cardenal Bérulle al joven Descartes para que desarrollase la reforma de la filosofía que la Iglesia necesitaba para hacer frente a la amenaza de los libertinos. Es en este momento cuando nace la metáfora del dios relojero, tan empleada en la cultura europea desde entonces1. El entusiasmo por la nueva racionalidad de los teístas pronto se disiparía al comprobar que la ciencia recién estrenada encerraba peligros para la fe nada despreciables: la mecánica se podía utilizar precisamente para lo contrario de lo que ellos pretendían, es decir, podía servir para explicar un mundo en el que no era necesario tener en cuenta a Dios.

El mecanicismo fue el tipo de racionalidad y la particular cosmovisión que acompañó el nacimiento de la ciencia experimental. Paradójicamente, la mecánica racional de Newton parecía ofrecer, en su inicio, soporte tanto para los teístas como para los que contemplaban como un éxito de la razón la posibilidad de explicar un mundo para el que Dios fuera superfluo. Es bien conocida la afirmación de Laplace ante Napoleón cuanto éste le hizo notar que había escrito un libro, Traité de Méchanique céleste, sin mencionar ni una sola vez a Dios: «no he tenido necesidad de esa hipótesis». En cualquier caso, el nacimiento y asentamiento de la mecánica como método de acceso a la realidad natural contribuyó a revitalizar el debate teísmo-ateísmo desde nuevas perspectivas. Entonces los polos del debate pasaron a ser la fe y la ciencia.

La mecánica gozaba en el siglo XIX de un prestigio incontestable. Muchos intelectuales vislumbraban el momento en el que la ciencia, la física en particular, podría explicar completamente la realidad material con el único recurso de las causas naturales. Esa pretensión que parecía prácticamente lograda en el mundo inanimado, se encontraba con un gran obstáculo. El argumento teleológico contaba con un bastión prácticamente infranqueable en el mundo de la vida. En una cultura dominada por el mecanicismo, y perdidas en gran medida las referencias metafísicas, el argumento teleológico, en la formulación que le diera William Paley (1743-1805), era el recurso por antonomasia para abordar la defensa racional de la fe. Pero un libro pareció amenazar con derruir los muros de esa inexpugnable fortaleza.

El origen de las especies mediante la selección natural de Charles Darwin contribuyó de una manera decisiva a la transformación de los cimientos que sostenían a la biología en el siglo XIX. Su tesis fundamental era un mecanismo natural que pretendía explicar el aumento de complejidad, la diversidad y la común descendencia de los seres vivos mediante transformaciones materiales en cuyas causas está excluida la finalidad. La teoría de la evolución constituyó una innovación metódica de carácter científico que, como ocurrió con la mecánica, ha tenido gran incidencia en el debate teísmo-ateísmo. La propuesta de Darwin dejaba en una difícil posición al argumento teleológico de Paley. El tipo de racionalidad a la que ha dado lugar dicha innovación es el darwinismo. Como ocurriera anteriormente con el mecanicismo, el darwinismo se ha constituido a lo largo del siglo XX en una auténtica cosmovisión del mundo. Más que la aportación de carácter científico, el intento de convertir a la teoría de la evolución en una teoría global y, por tanto, en una filosofía, es lo que ha provocado en muy diversos ámbitos y tradiciones culturales el rechazo desde su inicio hasta nuestros días2.

Uno de los focos de oposición a la teoría de la evolución fue, en su inicio, la misma ciencia. Pero en la medida en que se fue abriendo paso una teoría que permitió sintetizar la propuesta de Darwin con la genética y con las nuevas aportaciones de la bioquímica, la oposición científica se fue disolviendo. Hoy se puede considerar prácticamente nula. El otro foco de oposición ha sido de carácter filosófico. Este tiene que ver con el mencionado problema de la elevación de la teoría científica al estatuto de conocimiento globalizante y, por tanto, se podría decir que se trata de oposición al evolucionismo como ideología, más que a la teoría científica de la evolución. El otro foco de oposición ha sido, también desde la misma formulación de la teoría, el aparente contraste de sus tesis con la revelación cristiana: la amenaza contra la autoridad bíblica.

Especialmente en el ámbito protestante, la teoría de la evolución parecía constituir una amenaza contra dos pilares que muchos tenían como inamovibles: por una parte la autoridad bíblica y, en continuidad con ella, un modo de concebir la creación del mundo y la aparición de las diversas especies estrechamente vinculado a la literalidad de la narración del Génesis. El enfrentamiento entre la cosmovisión fundada sobre los pilares señalados, y la que se iba abriendo paso a través de la naciente ciencia biológica, tuvo en Estados Unidos un itinerario propio. La grieta cultural abierta en la sociedad por dicho enfrentamiento no ha cesado de abrirse durante el siglo XX. Su abismo sigue dividendo hoy la sociedad norteamericana. Es este el escenario más aparente en el que se puede decir que está encuadrado el debate «creacionismo-evolucionismo».

Los homínidos y el género Homo

Hallazgos más importantes

Con el hallazgo de Dubois en 1891, en Java, de un cráneo más antiguo que el de Neanderthal (Alemania) -al que llamó Pithecanthropus erectus[5], se inicia la Paleoantropología. De 1921 a 1939 se encontraron en Chukutien (China) restos de 25 adultos y 15 niños, que fueron denominados Sinanthropus pekinensis[6]. En 1924, Dart[7] descubre en Taung (Sudáfrica) un cráneo y mandíbula fosilizados de un homínido de 6 años de edad, al que denominó Australopithecus. A partir de este momento, se suceden una gran cantidad de descubrimientos de fósiles de homínidos particularmente en África del Este (Kenia, Etiopía, Tanzania, etc.).

El niño de Taung, como se le conoce, mostraba una mezcla de caracteres humanos y de chimpancé. Humanos eran los caninos pequeños, el perfil facial, y lo que Dart supuso que era un sulcus lunatus en posición postero-inferior, como en el hombre. Por otra parte, de chimpancé eran el gran tamaño de los molares permanentes y la pequeña capacidad craneal (440 cm3) para la edad dental que se le suponía.

En 1959, Louis y Mary Leakey descubren el yacimiento de Olduvai (Tanzania) en el que identifican fósiles como pertenecientes a la Familia Hominidae[8], que posteriormente serían clasificados como Australopithecus boisei. En sucesivas investigaciones se hallaron en Olduvai numerosos homínidos fósiles -muy bien datados- que se asignan de modo general a dos grupos: Australopithecus y Homo. Los del género Homo presentan una capacidad craneana estimada en 750 cc y los del Australopithecus en 500 cc. Se encuentran además asociados con estos fósiles, utensilios líticos que han recibido el nombre de cultura oldovaniense, que abarca desde 2 millones de años hasta 300.000 años de antigüedad.

En el valle del río Omo y en las proximidades del lago Turkana (Etiopía), a partir de 1967, se han encontrado gran cantidad de ejemplares fósiles de homínidos y de muchos otros mamíferos. Estos yacimientos abarcan de 4,5 millones de años hasta 1,5 millones de años de antigüedad. En Omo y Turkana se identifican homínidos anteriores a Olduvai remontándose a una antigüedad de 3 millones de años.

Al norte de Etiopía, en la localidad de Hadar, se encontró a partir de 1973 un yacimiento de homínidos fósiles datados con una antigüedad desde 3,6 millones de años hasta 2 millones de años, hoy día a estos fósiles se les asigna una antigüedad de 3,1 millones de años[9].

En 1974[10] se descubre un esqueleto casi completo de Australopithecus (que recibe el nombre de «Lucy»), que junto con los fósiles descubiertos en los años sucesivos, ha dado lugar a una amplia discusión científica acerca de la taxonomía del género Australopithecus y sus relaciones con el género Homo.

Esqueleto de «Lucy» (AL 288-1) Australopithecus afarensis, conservado en el Museo nacional de historia natural, París

Al sur de Olduvai, en Leatoli (Tanzania), entre 1975 y 1978, se han descubierto veinte homínidos fósiles mal conservados. Sin embargo, se ha obtenido por primera vez la evidencia de su marcha bípeda gracias al hallazgo de huellas fósiles sobre una capa de cenizas volcánicas, que se remontan a 3,7 millones de años de antigüedad[11].

El Australopithecus

Bajo el nombre genérico de Australopithecus se reconocen actualmente dos formas principales:

a) Forma robusta del Australopithecus: Está constituida por las especies A. robustus y A. boisei. Se caracteriza por una capacidad craneal del orden de los 500 cc, presencia de una cresta sagital en el cráneo que tiene forma de campana, peso aproximado de 30 kg. y 1,50 m. de estatura. Sus fósiles son muy numerosos: se encuentran en los yacimientos de Omo, Olduvai (OH), Swartkrans (Sudáfrica, SK), Turkana (ER), Chesowanja (Kenia), Kromdraai y Taung (Sudáfrica)[12]. Los más antiguos se remontan a 2,5 millones de años, es el fósil N° KNM-WT 17000, encontrado al oeste de Turkana y pertenece a A. boisei[13] y los más recientes a 1 millón de años (Taung).

b) Forma grácil del Australopithecus: Está constituida por las especies A. africanus y A. afarensis. Se caracteriza por una estatura de 1 a 1,10 metros, un peso de 20-23 kg., carece de cresta sagital y su cráneo tiene forma de campana con una capacidad de 500 cc. Sus fósiles[14] son también muy numerosos: proceden de los yacimientos de Leatoli (Tanzania, LH), Hadar (Etiopía, AL), Omo, Sterkfontein (Sudáfrica, STW) y Turkana (ER). Los más antiguos se remontan a 3,8 millones de años (Leatoli) y los más recientes a 1,5 millones de años (Turkana).

Algunos piensan[15] que la diversidad de las formas robusta y grácil podría ser debida a dimorfismo sexual, pero estudios detenidos de los fósiles y la anterioridad en dos millones de años de la forma grácil habían descartado esa hipótesis. Los paleontólogos no coinciden en la interpretación de los fósiles de Australopithecus. Le Gros Clark había sugerido que en el Australopithecus había que distinguir dos especies: A. ajricanus (grácil) y A. robustus. Tobías considera en el Australopithecus tres especies: A. africanus, A. robustus y A. boisei. M. D. Y R. Leakey consideran que parte de los fósiles de la forma grácil debe ser incluida en el género Homo. T. D. White, D. C. Johanson y Y. Copens, sostienen que A. afarensis es anterior en 2 millones de años aproximadamente a A. africanus. E. Genet-Varcin acepta una forma arcaica (A. afarensis) y engloba en una forma típica a A. africanus, A. boisei y A. robustus, clasificando los fósiles más antiguos de Hadar -Leatoli-[16] como póngidos[17]. Olson reconocía dos especies entre los fósiles más antiguos de Hadar[18].

El descubrimiento reciente de A. boisei (KNM-WT 17000) con una antigüedad de 2,5 millones de años, hace que sean contemporáneos A. boisei a A. africanus, y vuelve a surgir la posibilidad de morfologías sexuales diferentes, o la de aparición de dos ramas paralelas en el Australopithecus, una conduciría desde A. afarensis, A. africanus a A. robustus y otra sería la formada por A. afarensis – A. boisei.

El género Homo

Se clasifican dentro del género Homo los restos fósiles de las morfoespecies H. habilis, H. erectus y H. sapiens. El hombre actual se incluye dentro de la morfoespecie H. sapiens.

El Homo habilis

Esta denominación fue propuesta en 1964 por L. Leakey, P. V. Tobías y J. R. Napier[19] para algunos de los restos fósiles encontrados en Olduvai que tenían una capacidad craneal de 687 cc, y a los que atribuyeron la cultura lítica de Olduvai. Esta atribución -tras larga discusión- ha sido aceptada considerando al H. habilis como una paleoespecie del Herectus. Además de algunos fósiles de Olduvai se adscriben al H. habilis algunos otros fósiles de Omo, Turkana y Olduvai[20]. La datación de estos fósiles abarca desde 2,5 millones de años a 1 millón de años.

Algunos autores consideran que la denominación H. habilis, siendo útil, resulta difícil de diferenciar de la forma grácil del Austrolopithecus.

El Homo erectus

Esta denominación tiene su origen en la de Pitecanthropus erectus de Dubois, a la que ha sustituido. Esta morfoespecie se caracteriza por una capacidad craneal de 800-1.500 cc. Se incluyen en ella los Pithecanthropus y Sinanthropus. Se pueden adscribir a ella los numerosÍsimos fósiles en Europa (Vallonet, 800.000 años; Mauer, Uveidiya, Vertesszollos, Montmaurin, Bilzingsleben, Steinheim, Swanscombe, Petralona, Lachaise, Lazaret y Aragó, siendo éste de una antigüedad de 200.000 años), si bien hay autores que consideran a esos fósiles de Europa como H. sapiens arcáicos, (Genet Varcin) y no como H. erectus, para otros son H. erectus. En Asia (Trinil, Sanguirán y Lantián en Java; Chukutien y Chenchiavo en China, que abarcan desde 1 mill6n de años a 300.000 años) y en África (Turkana[21], Olduvai[22], Ternifine, Swartkrans[23], Thomas, Selé, Litorina, Rabat y Boda, que abarcan desde 1,6 millones de años a 200.000 años).

En África se presenta un cierto solapamiento entre H. erectus y H. habilis. La valoración de este solapamiento depende, en buena medida, de la interpretación y de la datación de los diferentes fósiles. Todo hace pensar que el H. habilis es una paleoespecie del H. erectus. Por esto, algunos autores[24] llaman pre-erectus al H. habilis. El H. erectus se considera también una forma pre-sapiens (paleoespecie) del H. sapiens, afirmando algunos autores[25] la dificultad de separarlo netamente de los H. sapiens más primitivos: sus capacidades craneanas se solapan y en todos los continentes el H. erectus se encuentra asociado a culturas líticas.

El Homo sapiens

Hace varias décadas se consideraba que además del H. sapiens habían existido, como formas diferentes, el hombre de Neanderthal y el hombre de Cromagnon. En la actualidad, es notorio que todos los fósiles constituyen una única especie, viniendo a ser considerado el hombre de Neanderthal como una mera forma extinguida del H. sapiens que coexistió con él en Europa y Asia desde hace unos 100.000 años[26].

Los fósiles son abundantÍsimos en África (Olduvai y Omo con una antigüedad de 130.000 años hasta el presente), en Europa (la forma Neanderthal se encuentra desde Ehringsdorf con 90.000 años hasta Bañolas con 20.000 años; la forma sapiens se encuentra ampliamente extendida desde hace 30.000 años) y en Asia (el hombre de Solo Gava), que algunos consideran próximo al Neanderthal, con una antigüedad de 120-20.000 años; y yacimientos en Israel, Borneo, Australia, Filipinas y China). Para algunos autores hay que considerar H. sapiens arcaico a los fósiles de los yacimientos de Montmaurin y Bilzingsleben.

El problema de la identificación y adscripción de los fósiles homínidos

Como se ha expuesto en la sección precedente, dentro de la Familia Hominidae hay una gran diversidad de formas: Australopithecus afarensis, A. africanus, A. robustus, A. boisei, Homo habilis, Homo erectus y Homo sapiens. El problema de la adscripción e identificación de los fósiles es muy grande.

La capacidad craneana es -además de los caracteres morfológicos- una de las determinaciones fundamentales para la adscripción de los fósiles homínidos a una especie u otra. Cronin y sus colaboradores[27] han puesto de manifiesto recientemente, que la capacidad craneana en los homínidos presenta un aumento continuo desde el A. afarensis (500 cc) hasta el H. sapiens (1.450 cc).

Todos los paleontólogos coinciden en la identificación clara y sin grandes problemas del grupo Australopithecus robustus-boisei, ya que sus características morfológicas lo separan de la forma grácil del Australopithecus. Alguno (T. R. Olson[28]) revalida el nombre de Paranthropus para la forma robusta del Australopithecus, dentro del cual incluye algunos fósiles de A. africanus y todos los fósiles de A. robustus y A. boisei. El resto de los fósiles de la Familia Hominidae los agrupa en el género Homo, con los nombres específicos de Homo (especie indeterminada) para algunos A. africanus, y H. habilis, H. erectus y H. sapiens para el resto. Esta tesis viene a coincidir con las hipótesis similares de R. Leakey.

La discusión no se limita a la clasificación interna del género Australopithecus, sino que igualmente hay opiniones dispares sobre qué fósiles pertenecen a cada una de las morfoespecies del género Homo. Hay dificultades para distinguir el H. ha bilis del Australopithecus africanus, H. ha bilis del H. erectus, y éste de las formas más primitivas del H. sapiens.

Este tipo de discusiones ha sido constante en la historia de la Paleoantropología. Un nuevo descubrimiento puede hacer variar las denominaciones. El problema no es situar cada nuevo descubrimiento, sino que, con el aumento del número de datos morfológicos y la mejora de las dataciones, se modifican las adscripciones de los fósiles ya conocidos.

La historia está llena de ejemplos en este sentido. Desde que se denominó como H. habilis a un fósil hasta que se aceptó la existencia de tal especie, pasaron pocos años. En la actualidad, algunos piensan en la posibilidad de incluir el género Australopithecus en el género Homo.

Cuando se descubrió en Java el primer fósil de Homo no europeo, al verlo tan distinto se le denominó Pithecanthropus. En muy pocos años, ante nuevos descubrimientos, pasó a ser considerado como un subgénero de Homo, y más tarde como el tipo de H. erectus. En la actualidad, se estima que el H. erectus es una paleoespecie del H. sapiens.

Principales hipótesis acerca de la filogenia de los homínidos

Las principales hipótesis[29] filogenéticas sostenidas por los paleoantropólogos en la actualidad pueden agruparse en dos bloques. Por una parte, los que consideran al Austrolopithecus más arcaico (A. afarensis) como el punto de partida de la diversificación de la Familia Hominidae en tres líneas evolutivas: una conducirá a través de A. africanus a A. robustus, una segunda línea a A. boisei, y una tercera conduciría al género Homo (H. ha bilis, H. erectus, H. sapiens). Quienes proponen esta filogenia discuten acerca de la unificación o distinción entre A. afarensis y A. africanus, cuyos fósiles más antiguos se consideran el tronco de esta filogenia. De un modo gráfico esta filogenia -defendida con variantes por Tobías, Johanson y White[30] puede representarse así:

El segundo bloque de hipótesis filogenéticas tiene como principal representante a R. Leakey. Su diferencia esencial respecto a la filogenia expuesta anteriormente es que niega la dependencia del género Homo respecto del género Australopithecus. Esta filogenia se fundamenta en la identificación de los fósiles más antiguos de homínidos (4-2,5 millones de años) como pertenecientes al género Homo, mientras que los defensores de la hipótesis anterior los consideran pertenecientes al género Australopithecus afarensis. De un modo gráfico la filogenia de Leakey se puede representar así:

Una posibilidad de realizar una síntesis de las dos hipótesis expuestas es postular -como hace Olson[31] un antecesor desconocido anterior a 4 millones de años, del que procedieron tanto el género Homo como el género Paranthropus[32]. Los fósiles de la forma grácil del Australopithecus se distribuían entre los dos géneros de acuerdo con su diversidad morfológica de la base del cráneo. De un modo gráfico, la filogenia de Olson[33] puede representarse así:

Hominización y humanización

Para dar sentido a los datos morfológicos y culturales que se observan en los albores de la humanidad, algunos autores han diferenciado la existencia de dos procesos uno de hominización y otro de humanización (Jordana 1988). El primero sería causado por el proceso evolutivo, mientras el segundo tiene como sujetos causales a seres humanos, quienes presentan una novedad respecto a los homínidos que les precedieron.

Por Hominización se entiende la secuencia de cambios que conducen a la forma biológica del hombre. A este proceso se aplican las mismas leyes biológicas que en la aparición de otras especies: diversificación, adaptación y selección. Según el proceso de diversificación o radiación, la misma forma evoluciona simultáneamente de distintas maneras en distintos ambientes, produciéndose formas mejor adaptadas a cada nicho ecológico (adaptación). De entre las distintas modificaciones prevalecen las que suponen una mejor adaptación (selección). De esta manera, los genotipos más adecuados son seleccionados de entre los existentes en esa población.

En el caso del hombre, junto a este proceso, sucedería algo nuevo. En el seno de una forma animal con algunas especializaciones como la marcha bípeda, habrían surgido básicamente dos ramas evolutivas: el Australopiteco que con una capacidad craneal estable tendería a una especialización morfológica; y el Homo, que se caracterizaría por el constante aumento de su capacidad craneal. Este proceso aparece ligado a la fabricación, cada vez más perfeccionada, de herramientas líticas (H. habilis), al uso del fuego (H. erectus) o a los enterramientos intencionados (Jordana 1988).

En algún momento, quizá con los H. habilis, comenzaría un proceso de humanización o enriquecimiento cultural que difiere de la hominización o adaptación morfológica. El doble proceso de hominización (aspecto somático) y humanización (aspecto psíquico-cultural) se puede interpretar de dos modos:

Como un proceso de emergencia simultáneo según el cual el hombre es fruto de una evolución ciega y su psicología habría surgido poco a poco en su devenir histórico.

O bien como una novedad en la que el hombre es constituido como ser inteligente en un determinado momento, a partir del cual el proceso de su transformación morfológica está guiado por esa instancia psíquica que provoca una progresiva adaptación somática.

En esta segunda interpretación se podría hablar de un origen en sentido propio. Los primeros individuos del género Homo ya serían humanos, con todas las potencialidades propias del espíritu, aunque todavía no plenamente manifestadas. Al modo como en su desarrollo ontogénico el hombre-feto que contiene virtualmente todo lo que significa ser hombre se desarrolla en hombre-niño hasta hombre-adulto.

Esto conllevaría que la humanización del hombre (ser ya hombre) influiría en la hominización: la variación morfológica se especializa seleccionando los cambios morfológicos y funcionales que permiten una mejor expresión de su ser espiritual. El principio espiritual gobernaría pasivamente -utilizando los mismos medios de la selección natural- el propio destino morfológico del hombre hasta llegar a su plenitud de expresión (Jordana 1988).

Los cambios morfológicos favorables al ejercicio de la racionalidad que se establecen en una población les proporcionan una ventaja adaptativa frente a los que no los poseen y, por tanto son seleccionados. De esta manera se podría explicar la acumulación de cambios que son favorables a la expresión de la racionalidad, dando lugar a una morfología cada vez mejor adaptada a las necesidades del espíritu.

La mejor adaptación al espíritu supondría, al contrario de lo que sucede en el reino animal, una desespecialización morfológica. El dominio que ejerce el espíritu y la posibilidad de utilizar instrumentos, independiza al hombre con respecto al medio: no necesita adaptarse morfológicamente. Los animales se modifican para adaptarse al medio, pero el hombre adapta el medio a sus necesidades. En el hombre no se produciría esa radiación adaptativa. El destino morfológico del hombre está ligado a su racionalidad, porque cuando es capaz de modificar el medio deja de estar inmerso en la biología y se escapa, en gran medida, de los procesos de selección natural. El ser humano se independiza poco a poco de la biología por medio del cambio morfológico gradual, seleccionando, a lo largo de más de dos crones, aquellos caracteres que permitirán una mejor expresión de su ser espiritual.

El Paleolítico: aspectos culturales y materiales

Introducción

El Paleolítico (del griego παλαιός, palaiós: ‘antiguo’, y λίθος, lithos: ‘piedra’) significa etimológicamente piedra antigua, término creado por el arqueólogo John Lubbock en 1865 en contraposición al de Neolítico (piedra nueva). Es el período más largo de la existencia del ser humano y se extiende desde hace unos 2,59 millones de años (en África)[34] hasta hace unos 12.000 años. Constituye, junto con el Mesolítico/Epipaleolítico (fases de transición) y el Neolítico, la llamada Edad de Piedra, denominada así porque la elaboración de utensilios líticos ha servido a los arqueólogos para caracterizarla (en oposición a la posterior Edad de los Metales).

Aunque esta etapa se identifica con el uso de útiles de piedra tallada, también se utilizaron otras materias primas orgánicas para construir diversos artefactos: hueso, asta, madera, cuero, fibras vegetales, etc. Durante la mayor parte del Paleolítico inferior las herramientas líticas eran gruesas, pesadas, toscas y difíciles de manejar, pero a lo largo del tiempo fueron haciéndose cada vez más ligeras, pequeñas y eficientes. El hombre del Paleolítico era nómada, es decir, su vida estaba caracterizada por un desplazamiento continuo o periódico (estacional).

Ilustración 1. Bifaz lanceolado de cuarcita procedente de Atapuerca (Burgos, España), datado en unos 350 000 años.

Periodización

El Paleolítico ha sido dividido tradicionalmente en tres periodos:

  • Paleolítico inferior, desde hace unos 2,85 millones de años hasta los 127 000 años antes del presente (AP), abarcando parte del Plioceno y los tres primeros pisos del Pleistoceno: Gelasiense, Calabriense e Chibaniense (antiguamente la segunda era conocida como Pleistoceno inferior y la tercera como Pleistoceno medio);
  • Paleolítico medio, hasta los 40 000-30 000 años AP, lo que supone casi todo el Tarantiense (tiempo atrás, Pleistoceno superior);
  • Paleolítico superior, hasta alrededor del 12 000 AP y, por tanto, casi todo el resto del Tarantiense (anteriormente, Pleistoceno superior)[35].

Esta periodización solamente es válida en su totalidad para Europa y las áreas de África y Asia más cercanas. Para el resto del Viejo Mundo y América se han comenzado a desarrollar diferentes periodizaciones pero todavía no se han establecido consensos acerca de su utilización.

Ilustración 2. Correlación aproximada de la escala temporal geológica con el Paleolítico y sus divisiones

Clima

Por diversas razones (variaciones en la inclinación del eje de rotación de la Tierra, cambios en la órbita terrestre, ciclos polares…) el clima de la Tierra ha ido variando, hasta donde sabemos, desde el Precámbrico. Entre estos cambios las denominadas glaciaciones del período Cuaternario son los mejor conocidos. Hasta hace pocos años se suponía que en Europa, Norteamérica y Asia Central hubo largos períodos en los que el clima se parecía al que hay ahora en Siberia, Groenlandia o Alaska —es decir, una temperatura media 10 o 12 grados más baja que la actual (glaciaciones)—, durante los cuales se vivía en condiciones similares a las actuales de los lapones o esquimales. Estos momentos se alternaban con los interglaciares en los que el clima era tan templado como el de hoy en día.

Esta visión está sujeta actualmente a revisión. Una de las razones es que son episodios que no están bien datados; otra, es que son regionales, de escala amplia, pero que no afectaron por igual a todo el planeta. Bien es cierto que se ha intentado una correlación entre los períodos glaciares de los diferentes continentes, sobre todo entre las glaciaciones clásicas de Centroeuropa, el Mediterráneo y el Atlántico; pero sigue siendo un tanto arriesgada.

Además, la noción misma de las glaciaciones como unos largos períodos fríos que se alternaban con otros largos episodios cálidos de manera estable está siendo muy cuestionada. Actualmente se da por seguro que lo que hubo fueron una serie de cambios climáticos muy numerosos y de corta duración, a los que identifican los científicos en la escala de estadios isotópicos con numeraciones pares para las fases frías e impares para las templadas. A pesar de lo cual sigue manteniéndose la terminología relacionada con las glaciaciones como referencia a la hora de fechar los acontecimientos del Paleolítico[36].

Economía

La economía paleolítica era depredadora, del tipo caza-recolección y con ella cubrían sus necesidades básicas: comida, leña y materiales para sus herramientas, ropa o cabañas. La caza fue poco importante al principio del Paleolítico, predominando la recolección y el carroñeo. A medida que el ser humano progresó física y tecnológicamente la caza fue cobrando mayor importancia:

  • Los primeros homininos, incluidos los australopitecos y Homo habilis apenas eran capaces de cazar. Vivían de la recolección de vegetales comestibles (tubérculos, raíces, cortezas y brotes tiernos, frutas y semillas); de capturar pequeños animales (insectos, reptiles, roedores, polluelos, huevos…) y de animales muertos o enfermos que encontraban (carroña, sobre todo). Eran animales oportunistas[37].
  • Los Homo erectus ya cazaban, pero su verdadera base alimenticia siguió siendo la recolección y la carroña, así como las capturas oportunistas o con trampas.
  • Los verdaderos homininos cazadores son Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis y Homo sapiens que, sin embargo, nunca dejaron de comer vegetales, pequeños animales o carroña. Sobre los grandes yacimientos de Torralba y Ambrona, en Soria, España,[38]​ (donde hace unos 300 000 años despiezaban enormes elefantes de hasta 20 tn de peso) algunos autores sostienen que no eran cazadores, sino lugares de carroñeo[39],​ mientras que otros creen que H. heidelbergensis se aprovecharía de la reducida movilidad de los elefantes en estas áreas pantanosas para cazarlos. Una prueba clara de que este hominino cazaba son las lanzas de madera de Schöningen, con 400 000 años de antigüedad[40].​ Los neandertales y H. sapiens también aprendieron a pescar por medio de arpones, redes o anzuelos.

Tecnología y cultura material

En esencia, las técnicas de fabricación de utensilios no cambiaron demasiado a lo largo del Paleolítico, a pesar de la multitud de culturas que han llegado a diferenciarse; lo que sí se produjo fue un proceso de perfeccionamiento más o menos constante en la obtención de las formas deseadas.

Los útiles de piedra se fabricaron por medio de diversas técnicas de talla, entre las que destaca la percusión: se golpeaba el núcleo de una roca de rotura concoidea (cuarzo, cuarcita, sílex, obsidiana, etc.) con un percutor de piedra (percutor duro) o de cuerna de cérvido (percutor blando o elástico), para dar forma a las herramientas líticas. En el Paleolítico superior se llegó a tallar la piedra por presión, además de por percusión, consiguiendo un mayor control sobre el resultado. En ambos casos se obtenían filos cortantes o, bien, esquirlas afiladas denominadas lascas. Inicialmente se fabricaban herramientas de piedra muy simples, los cantos tallados; después aparecieron los bifaces o «hachas de mano», que servían para hacer de todo: cortar, cavar, romper o perforar; más adelante, los útiles se especializaron, apareciendo las raederas (para curtir pieles), los cuchillos (para desollar animales), las puntas de lanza de piedra, etc[41].

Se pueden distinguir las siguientes etapas en la talla de la piedra:

  • Paleolítico inferior arcaico, en el que predomina la llamada Cultura de los cantos tallados o modo técnico 1, conocida también con los apelativos anglosajones de olduvayense o Pebble Culture. Los homininos obtenían unos 10 cm de filo cortante de un kilogramo de roca.
  • El achelense (asociado a los bifaces) y las similares culturas sin bifaces de Asia (Pre-soaniense-soaniense en India y China y padjitaniense en Japón, todas del Paleolítico inferior), constituirían el modo técnico 2, mediante el cual se desarrollan unas técnicas de talla bifacial que permiten obtener hasta 40 cm de filo de un kilogramo de roca; para ello daban entre 25 y 70 golpes.
  • Durante el musteriense y otras culturas musteroides (modo técnico 3, correspondiente al denominado Paleolítico medio) eran capaces de obtener hasta dos metros de filo cortante de un kilogramo de roca, dando más de 70 golpes.
  • Los humanos modernos portadores del modo técnico 4 (Paleolítico superior) llegaron a sacar de un kilogramo de roca más de 26 m de filo cortante, aunque tenían que dar más de 250 golpes[42].

También se fabricaron útiles de hueso como los punzones, las azagayas o puntas de lanza, los arpones para la pesca, propulsores, agujas de coser, anzuelos, bastones perforados (a menudo erróneamente llamados «bastones de mando»), etc. Sin embargo todos estos artefactos solo se volvieron abundantes con la llegada a Europa de los humanos modernos, en el denominado Paleolítico Superior.

Arte y creencias

Venus de Willendorf, estatuilla antropomorfa femenina del Paleolítico superior (entre 22 000-24 000 años AP).

Hasta hace poco las primeras evidencias de que los hominidos habían desarrollado ciertas creencias religiosas y espirituales pertenecían al Paleolítico medio: los neandertales presentan un comportamiento funerario complejo, caracterizado por hechos como que enterraban a sus muertos, les ofrecían ofrendas (artefactos líticos, flores o restos animales) y, en algún caso, manipulaban los cuerpos[43].​ Pero el hallazgo de decenas de individuos de H. heidelbergensis arrojados intencionadamente a la Sima de los Huesos junto con un bifaz sin utilizar ha llevado a los investigadores a remontarse hasta más allá de los 300 000 años[44].​ Este tipo de comportamientos se generalizó y diversificó con la aparición del H. sapiens.

Por otro lado, antropólogos como James Harrod y Vincent W. Fallio, han propuesto recientemente que la religión y la espiritualidad (así como el arte) podrían haber surgido primero entre homínidos prepaleolíticos o en las sociedades tempranas del Paleolítico inferior. De acuerdo con Fallio, el ancestro común de los chimpancés y los humanos experimentó estados alterados de conciencia, participando en el ritual, el cual fue utilizado en sus sociedades con la finalidad de fortalecer los lazos sociales y la cohesión del grupo.

Aunque existen una placa grabada hace 300 000 años en Alemania (en Bilzingsleben)[45]​ y una posible figura antropomorfa de 250 000 en Israel (en Berejat Ram), solo son ejemplos aislados de arte paleolítico, no habiéndose generalizado las manifestaciones simbólico-artísticas hasta la aparición de H. sapiens. Estas evidencias se remontarían a, por lo menos, 75 000 años, consistiendo en unas placas grabadas y pintadas, así como una serie de conchas marinas perforadas, halladas todas ellas en Sudáfrica (en la cueva de Blombos). Es posible que el H. sapiens haya producido elementos artísticos o decorativos con anterioridad a esta fecha, pero su cuna es África y allí es muy difícil datar adecuadamente ciertas manifestaciones artísticas y las investigaciones al respecto no son tan abundantes como en otros continentes[46].

En Europa se han encontrado gran cantidad de obras de arte posteriores, pintadas o esculpidas en las paredes de las cuevas (arte parietal) o decorando elementos de uso cotidiano (arte mueble, que abarca artefactos de piedra, hueso o marfil, como arpones, puntas de lanza o bastones). No se sabe cuál era el objeto de estas representaciones simbólicas, pero es posible que tuvieran alguna finalidad mágica o religiosa, ya que su temática está íntimamente relacionada con el medio natural y su numen. Quizás eran una forma de magia simpática o evocaban figuras apotropaicas (protectoras). Las venus paleolíticas nos proporcionarían, según algunos autores, un indicio, ya que podrían haberse utilizado para asegurar el éxito en la caza o para lograr la fertilidad de la tierra o femenina[47].​ Otras veces han sido explicadas como representaciones de la Madre Tierra, similar a la diosa Gea[48],​ siendo descritas, además, por James Harrod como representantes de las mujeres (y hombres) en chamánicos procesos de transformación espiritual[49].

Bibliografía

JORDANA,

Herce, Rubén. 2016. «Origen del hombre». En Diccionario Interdisciplinar Austral, editado por Claudia E. Vanney, Ignacio Silva y Juan F. Franck. URL=http://dia.austral.edu.ar/Origen_del_hombre

[1] J. S. WEINER, El hombre: orígenes y evolución, Barcelona 1980, p. 288.

[2] F. HARROIS-MONIN, F. MONIER, 1987. Orígenes del Hombre. La gran Revolución. ABC, Marzo.

[3] Cfr. Pío XII, Litt. encycl. Humani generis (12-VIII-1950), Dz 2327-2328

[4] Dos textos completos de Paleoantropología, donde el lector puede profundizar en los datos y discusión expuestas en este resumen, son los de E. GENETVARCIN, Les hommes fossiles, Societé Nouvelle des éditions Boubée, Paris 1979, 411 pp. Y G. E. KENNEDY, Paleoanthopology, MeGraw-Hill, Ine., N. Y. 1980, 439 pp.

[5] E. DUBOIS, 1896. Resumé d’une communication sur le «Pithecanthropus erectus» du Pliocene da Java. Bul!. Soco Geologie, 9: 151-160.

[6] D. BLACK, T. CHARDIN, C. YOUNG, W. PE!. 1933: Fossil Man in China. Geological survey 01 China. Memoir Series A (11).

[7] R. DART, 1925. Australopithecus africanus: The Man age of SoutH. Africa, Nature, 115: 195-199.

[8] G. E. KENNEDY, op. cit., p. 170.

[9] La Recherche, 142, Marzo 1983. Nature, 300: 631-633, 1982.

[10] D. C. JOHANSON, M. TAIEB, 1976. Nature, 260: 293-297.

[11] M. D. LEAKEY, R. L. HAY, 1979. Nature, 278: 317-323.

[12] Los fósiles denominados por letras y números son los siguientes: KNMWT 17000, OMO E, OHs, SK4s, OMO F, AL 166-9, OH26, KNM-ER906K, KNM-ER732, OH20, Chessowanja, KNM-ER999, OH3, KNM-ER406, KNMER407, SK 48 (Swartkrans) OMO G, Kromdraai, Taung. Véase cuadro.

[13] WALKER et Al., 1986. 2,5 Myr. «Australopithecus boisei» Irom west ollake Turkana, Kenya Nature (London), 322: 517.

[14] LH4, LHs, ALZOO, AL199, AL188, ALZ77, AL266, AL128, AL129, OMO (formación USNO) OMO B, AL288 (Lucy), OMO C, STW, OMO D, OMO G, OMO H, KNM-ER732, KNM-ER992.

[15] K. F. WEAVER, 1985. National Geographic, 168 (5): 561-623.

[16] AL198, 199, 200 Y LH2.

[17] Véase GENET-VARCIN, op. cit., pp. 76-78.

[18] T. R. OLSON, 1981. Basicranial morphology of the extant hominoids and Pliocene Hominides. The new material from Hadar formation, Ethiopia; and its significance, in early human evolution and taxonomy in Aspects 01 human evolution, Ed. C. B. Stringer, Taylor and Francis Ltd. London, pp. 99-128.

[19] L. LEAKEY, P. TOBÍAS, J. R. NAPIER, 1964. Nature, 202: 5-7.

[20] OMO 44, KNM-ER1470, OH7, OH6, OH24, KNM-ER1813, KNMER3733, OH13, OH30, OH27, OH8, OH35, OH4.

[21] KNM-ER3733, KMN-ER730, KNM-ER3803, KNM-WT15000.

[22] OH9, OH36, OH12, OH22, OH28.

[23] SK15.

[24] E. GENET-VARCIN (véase nota 4)

[25] G. E. KENNEDY (véase nota 4).

[26] E. TRINKAUS, 1987. Mundo Científico, 63 (6): 1158-1165.

[27] J. E. CRONIN, T. T. BOAZ, C. B. STRINGER y Y. RAK, 1981. Nature, 292: 113-122.

[28] Cfr. T. R. OLSON, o.c.

[29] A la hipótesis de 1982-1984 de diferentes autores, se ha añadido la variación que supone el KNM-WT17000, de 2,5 millones de años de antigüedad.

[30] T. D. WHITE, 1982. La Recherche, 13: 1258-1270.

[31] T. R. OLSON, o.c. en nota 31.

[32] Se denominó con este nombre a Paranthropus robustus, posteriormente esta especie fue incluida en el género Australopithecus nominado por Dart y por tanto, pasó a llamarse Australopithecus robustus. Si se separa ahora a nivel genérico el código de nomenclatura zoológica obliga a llamarlo otra vez con el nombre que le dio originalmente.

[33] Cfr. T. R. OLSON, o.c.

[34] Sala, R. (2005) «Las principales secuencias pliocuaternarias». Carbonell, E., ed. Homínidos: las primeras ocupaciones de los continentes. Barcelona: Editorial Ariel. pp. 135-160.

[35] Arsuaga, Juan Luis (2004). El collar del Neandertal. En busca de los primeros pensadores. (tercera edición). Barcelona: Random House Mondadori. pp. 96-97.

[36] Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi. Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana. p. 44

[37]  Santonja, Manuel; López Martínez, Nieves y Pérez-González, Alfredo (1980). Ocupaciones Achelense en el valle del Jarama (Arganda, Madrid). Madrid: Diputación provincial de Madrid.

[38] Biberson, Pierre (1964). Torralba et Ambrona. Notes sur deus stations acheuléennes de chasseurs d’eléphans de la Vieille Castille. Barcelona: Diputación Provincial de Barcelona.

[39] Ortega Martínez, Aba Isabel (1994). La industria lítica de Torralba del Moral (Soria). Valladolid: Universidad de Valladolid.

[40] Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi. Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana. p. 78.

[41] Benito del Rey, L. y Benito Álvarez, J. M. (1998). Métodos y materias instrumentales en prehistoria y arqueología (la edad de la piedra tallada más antigua). Salamanca: Librería Cervantes. PIEL-DESRUISSEAUX, J.-L. (1986). Outils préhistoriques, forme, fabrication, utilisation. París: Masson.

[42] Leroi-Gourhan, André (1985). Los cazadores de la Prehistoria. Barcelona: Ediciones Orbis.

[43] Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi. Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana. pp. 84-85

[44] Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi. Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana. p. 78

[45] «Die Sammlung des Landesmuseums zur Altsteinzeit in Mitteldeutschland». Archivado desde el original el 27 de marzo de 2020.

[46] Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi. Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana. pp. 97-98

[47] McClellan (2006). Science and Technology in World History: An Introduction. Baltimore, Maryland: JHU Press.

[48] Witcombe, Christopher L. C. E. «Women in the Stone Age.» The Venus of Willendorf. Consultado el 8 de marzo de 2008

[49] Harrod, James: «Upper Paleolithic Art, Religion, Symbols, Mind.»