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Ciencias Sociales

Tema 32. El Islam: nacimiento y expansión de un nuevo imperio

Introducción Histórica

Uno de los fenómenos más interesantes de la Edad Media es el surgimiento del Islam. Su enorme complejidad está acompañada en la actualidad de abundante bibliografía. La pervivencia del Islam en el mundo actual propicia multitud de debates en el ámbito académico y un caudal de nuevas ideas que obligan a replantear aspectos que parecían sólidamente establecidos en la historiografía. Este tema está muy relacionado con el referente a las manifestaciones artísticas: Tema 34. Arte del Islam medieval y de Al-Andalus.

A mediados del siglo VII de nuestra era se dio un hecho que cambió la historia del mundo. En la Península Arábiga apareció una nueva religión que rápidamente se extendió desde Europa occidental hasta el Océano Indico, pugnando y derrotando a los antiguos poderes de estas regiones. Esta nueva religión, el Islam, no solo implicó un cambio en el plano espiritual de sus seguidores, sino que tuvo importantes efectos en todos los planos, ya que afectó a todos los ámbitos de la sociedad, y ha perdurado hasta nuestros días.

Desierto de la península de Arabia

El surgimiento del islam

La aparición del Islam a comienzos del siglo VII surge en las márgenes de dos grandes imperios: el Bizantino y el de los persas sasánidas. Este mundo -el punto de partida de la cultura islámica- se hallaba enormemente fragmentado y estaba muy lejos de la homogeneidad política y cultural de la pax romana característica de los inicios del cristianismo.

La situación de los Bizantinos no es nada brillante. Heraclio, que sube al trono en Constantinopla en el 610, hereda un imperio desorganizado. En la lucha secular que los basileïs mantienen contra los soberanos sasánidas, Bizancio ha sufrido algunas derrotas: Siria, Palestina y Jerusalén han caído en las manos de Cosroes II. La guarnición bizantina de Jerusalén fue trasladada junto con la reliquia de la Vera Cruz a la ciudad de Ctesifonte, cerca de Bagdad[1]. Después, los Sasánidas entran vencedores en Egipto. En el 626, Constantinopla es también asediada simultáneamente por los Persas y los Eslavos aliados con los Ávaros. Pero Heraclio es un hombre enérgico y se propone restaurar el Tesoro; vuelve a tomar el mando del ejército y restablece la unidad del imperio. Ante los éxitos de los Persas, adopta una estrategia audaz, atacando a su enemigo en el territorio de Armenia. Así obliga a Cosroes II a abandonar la Capadocia y el Ponto. Cruzando el río Araxes, invade Mesopotamia en el 627 y se apodera de Ctesifonte. Los Persas devuelven entonces Siria y Egipto. Heraclio puede llevar otra vez la Vera Cruz a Jerusalén. Al año siguiente, su adversario es asesinado (628). Gracias a considerables esfuerzos, el basileus ha salvado el Imperio de Oriente. Pero Bizancio está extenuada. La situación de los Sasánidas es todavía peor: vencidos, pierden sus antiguas posesiones y Persia cae en la anarquía. Éste es el dramático resultado de tan furiosos e implacables enfrentamientos.

Desde el Imperio romano, la religión estaba estrechamente asociada al discurso político por el poder y las controversias teológicas no estaban exentas de connotaciones políticas. De ahí que las herejías cristianas como el nestorianismo y el monofisismo fueran banderas antiimperiales que contribuyeron a minar la unidad del imperio bizantino. Al mismo las guerras entre los imperios bizantino y sasánida por le hegemonía de Oriente Próximo contribuyeron en gran medida a su debilitamiento mutuo.

En la Meca, Mahoma, pregonará la reforma moral y religiosa, sobre la base de la «sumisión a la voluntad de Dios». En nombre de este mensaje, el islam se irá extendiendo hasta alcanzar, en el siglo X, la fuerza de un Imperio que incluirá toda Arabia y gran parte del Imperio Bizantino; en el año 711, un ejército numeroso de bereberes al mando de Tarik y Muza, había conquistado el Reino Visigodo de Toledo. Detrás de este panorama expansivo, el islam irá tejiendo las bases de su estructura organizativa, emulando las de los imperios vecinos pero incorporando el Corán, como elemento vertebrador de la sociedad. El Califato de Damasco bajo la dinastía Omeya, el desplazamiento del centro de poder a Bagdad bajo la dinastía Abasí.

A finales del siglo X, la unidad política del mundo islámico se resquebraja. La administración califal no fue capaz de mantener indefinidamente la unidad política. Por eso, en adelante, la historia política de los países en que los gobernantes y una amplia base social eran musulmanas, se irán transformando en “historias regionales”. Pero por encima de esta diversidad política, tendremos ocasión de ver que la cultura religiosa común es el islam expresado en lengua árabe.

Arabia antes de Mahoma

La Península Arábiga posee un clima seco y caluroso salvo el sur, zona conocida como la “Arabia feliz”, una región muy rica y regada por el monzón. El resto de la península estaba formada por desiertos sin agua salvo en los escasos oasis. La Península Arábiga fue solar de pueblos pastoriles y nómadas (norte y centro), con la población agrupada en tribus muy independientes, que defendían frente a otras tribus sus costumbres, rebaños y mujeres. Se dedicaban a la cuida de sus rebaños, a saquear a otras tribus y al tráfico caravanero.

Desde finales del siglo V se dio un importante proceso de sedentarización a lo largo de la ruta caravanera que unía Yemen (“Arabia Feliz) con Palestina y Egipto, cuyos principales centros fueron La Meca, Yatrib (Medina), Yanbo y Taima. Por la importancia de estos contactos comerciales con otras regiones se rompió el aislamiento de estos pueblos.

Algunas tribus del norte formaron reinos aliados de sasánidas y bizantinos. Los Lajmidas de Persia, asentados en las fronteras del imperio sasánida y con una capital al-Hira; y los Gassanidas de Bizancio, establecidos en los márgenes del desierto Sirio. Estos reinos vasallos fueron peones en las guerras entre estos imperios, siendo un “glacis” defensivo de los territorios de sus amos.

La principal de estas ciudades fue La Meca, la cual aprovechó la existencia de un santuario local (La Caaba) para asentar su poderío comercial sobre los demás centros caravaneros, ya que el culto de La Caaba era aceptado por todas las tribus árabes. La Caaba (contenedora de la Piedra Negra, reliquia que se remontaría a los primeros tiempos de la humanidad) era un espacio sagrado que la tradición vinculaba al patriarca Abraham, de cuyo hijo Ismael descendería el pueblo árabe. La influencia de este culto se fue difundiendo desde La Meca por toda Arabia.

La religión preislámica era una especie de animismo politeísta que reconocía el carácter sagrado de ciertos lugares y objetos (como fuentes, árboles, lámparas o piedras) en los que se localizaban entidades sobrenaturales como los genios/djins. Por encima de estos genios existirían dioses muy poderosos y supratribales. De estos, Alá (“Señor del Templo”) era el más importante, teniendo un impreciso carácter divino. Este primitivo sistema religioso con múltiples santuarios locales se enriqueció en el principal santuario (La Meca – La Caaba) con influencias judías y cristianas, debidas a la existencia de grupos árabes judíos y cristianos y a los contactos con comerciantes de Siria, Palestina y Persia.

Mahoma y el Islam.

Historicidad de la figura de Mahoma

La historicidad de la figura de Mahoma es un problema complejo, del que se deriva la distinción entre el Mahoma histórico y el Mahoma de la leyenda. Este problema se debe al lenguaje, planteamientos y metodología adoptados por autores no musulmanes, que han tratado críticamente de separar las figuras de un Mahoma real y de un Mahoma idealizado. Las investigaciones sobre el Mahoma histórico se remontan a los apologistas cristianos del medievo, intrigados por saber quién era Mahoma, y por la relativa originalidad de su monoteísmo, y por el éxito de su mensaje. Los orientalistas modernos expertos en el Islam se hacen preguntas semejantes, y tratan de responderlas con métodos más rigurosos e imparciales.

Hoy son numerosos los arabistas que, con un talante positivo, tratan de recuperar la figura del Profeta del Islam de entre el cúmulo de materiales legendarios que parece sepultarla. La resistencia de los autores musulmanes a emplear métodos críticos en la investigación sobre la vida de Mahoma ha engendrado en el mundo islámico un fideísmo crónico, y con algunas excepciones de poca importancia ha hecho de esa investigación científica una reserva del Occidente, que no debería eternizarse. Arabistas como Tor Andrae[2], Maurice Gaudefroy[3], y Montgomery Watt[4], mucho menos escépticos que algunos de sus colegas acerca de la fiabilidad de las fuentes musulmanas, han contribuido con acierto y resultados aceptables a la tarea investigadora. Destaca Watt[5] que define la obra de Mahoma en una doble vertiente: la de profeta y hombre de estado.

  • En calidad de profeta, Mahoma se presenta como recipiendario de la Revelación definitiva que ha sido transmitida por Dios, y que con el paso del tiempo acabará siendo recopilada en un libro que con el nombre del Corán reproduce palabra por palabra el contenido de los mensajes directamente emanados por Dios, un rasgo éste muy importante.
  • Como hombre de estado la tradición musulmana presenta la carrera de Mahoma como orientada a su vez, en una doble faceta: una interna, en calidad de organizador de la comunidad formada por sus seguidores –un aspecto éste que también tendrá importantes repercusiones en el futuro-, y otra externa que se verá marcada por el enfrentamiento político y bélico que Mahoma tuvo que emprender contra sus conciudadanos de La Meca.

La figura de Mahoma en la consolidación y expansión del Islam

La visión tradicional de la vida del profeta cabe dividirla en tres periodos: infancia y primeros años, predicación en la Meca y revelación de Medina Sus primeros años de vida no son muy conocidos, aunque se cree que nació hacia el 570 y que pasaría su infancia en La Meca. Pertenecía al clan de los Qurays. Tuvo relaciones con otros ámbitos culturales porque participó en actividades caravaneras y comerciales. Más adelante se casó con una rica viuda: Jaricha. Este matrimonio le dio estabilidad tanto sentimental como económica, al pasar a ocuparse de la gestión de los negocios de Jadicha. Entonces pudo comenzar a desarrollar su pensamiento político y religioso y mostrar sus dotes de organizador. Estos años a pesar de ser pocos conocidos fueron muy importantes ya que marcaron su carácter y su formación religiosa posterior.

Primeras revelaciones (610)

Con una posición social y económica sólida podía retirarse a meditar. En una gruta del monte Hira, cerca de la Meca, a donde solía ir, tuvo su primera revelación mientras dormía por el arcángel Gabriel, que fue el instrumento de Dios / Alá. El mensaje implícito en tales revelaciones era simple y terminante: los hombres debían darse cuenta de una vez por todas de que existe un solo Dios, y de que era preciso dejar de adorar otras deidades. Omnisciente y omnipotente, pero también clemente y misericordioso, el Dios único exigía a los hombres una completa sumisión a sus dictados. La experiencia, sin embargo, demostraba el carácter díscolo de la especie humana: a través de los profetas judíos primero y del también profeta Jesús después, el Dios único había intentado ya transmitir sus mensajes a los hombres pero éstos habían acabado por distorsionar siempre su contenido. La revelación encomendada a Mahoma se presentaba como el último y definitivo eslabón de una cadena de revelaciones en las que el Dios único había querido manifestarse a los hombres por medio de los profetas.

Rechazo de su predicación en La Meca y huida a Medina (622): Hégira

Comenzó sus predicaciones en un periodo de tensión social en La Meca. Todos los beneficios generados por el trafico caravanero eran distribuidos entre los principales grupos de la ciudad. Todos los autores están de acuerdo en que el santuario de La Meca tenía una gran antigüedad e y jugaba un importante papel en la Península Arábiga en época de Mahoma. La tribu de los Qurays había conseguido controlar de manera efectiva el santuario de la Meca y cada una de sus ramas ejercía diversos oficios en relación a su guarda y mantenimiento, lo que al parecer, confirió a sus miembros un considerable poder y prestigio. Ese control tenía algo de carismático y es muy posible que de ese carisma se beneficiara Mahoma.

Mahoma recibió el apoyo de su esposa Jadicha, su primo Ali, libertos extranjeros y jóvenes de baja extracción social. Estos jóvenes serán los “compañeros de Mahoma”, opuestos al poder de la ciudad. Este apoyo a Mahoma asustó a Abú Sufyan, líder del perteneciente a los Qurays y, dentro de estos, a la familia Omeya, comenzando una hostilidad hacia Mahoma, al quien llegó a intentar hacer asesinar.

La solución a los problemas de Mahoma vino de la ciudad de Yatrib en 622. El prestigio de Mahoma se había extendido por toda Arabia por lo que la ciudad de Yatrib le pidió que acudiese como árbitro para resolver un conflicto interno. Aceptó este arbitraje como una salida a su problemática situación en La Meca y acudió allí con sus compañeros. Esta salida fue la Hégira (que marca el año primero de la era islámica). La ciudad pasó a llamarse Medina y se convirtió en el refugio de los seguidores de Mahoma, el cual controlaba la ciudad.

El elemento principal de este periodo será la gran labor de organización llevada a cabo por Mahoma para consolidar su poder en Yatrib / Medina para defenderse o atacar a La Meca. Se ve ahora la gran cualidad de Mahoma como hombre de estado. Desde 624 se dieron una serie de batallas con una alternancia de la iniciativa militar. El liderazgo de Mahoma se pone de manifiesto en la denominada “Constitución de Medina”, redactada con posterioridad a la llegada de Mahoma a dicha ciudad, y en donde se establecen las condiciones que han de regir las relaciones entre éste (y su grupo de seguidores) y los habitantes de la misma[6]. En este documento se establece una comunidad política bien diferenciada (umma, comunidad de los creyentes) en la que a Mahoma se le asigna un papel de árbitro en virtud de su especial carisma religioso. Todo parece indicar que este carisma fue precisamente el revulsivo que dotó de dinamismo a la nueva comunidad organizada en torno a su figura, y que pronto adquirió un sorprendente carácter expansivo.

Consolidación: conquista de la Meca (630) y muerte de Mahoma (632)

El resultado final de esos enfrentamientos es el triunfo completo de Mahoma, simbolizado en su entrada en la ciudad de la Meca en 630 y en la conversión a la nueva religión de quienes en un principio se habían mostrado más recalcitrantes al mensaje del Enviado de Dios. Lo que siguió a continuación suele ser interpretado como una consecuencia lógica de la nueva situación. La toma de La Meca por parte de Mahoma y sus seguidores, y la conversión de esta ciudad al nuevo credo tuvo como efecto el trastocar el delicado sistema de alianzas imperante hasta entonces en el interior de Arabia. Durante los últimos años de su vida mahoma se vio obligado a combatir a diversas tribus árabes y a establecer nuevas alianzas que permitieran mantener la situación preeminente del nuevo poder. El resultado de todo ello fue que a la muerte de Mahoma en 632 prácticamente toda Arabia se encontraba sometida de forma más o menos directa al Enviado de Dios que en los últimos años se había establecido definitivamente en Medina.

  • Expansión bajo Mahoma, 622–632/A.H. 1-11
  • Expansión durante el Califato Ortodoxo, 632–661/A.H. 11-40
  • Expansión durante el Califato Omeya, 661–750/A.H. 40-129

Principios y pilares de la religión islámica

El Islam (aceptación, sometimiento) implica una actitud de total sumisión a la voluntad divina. Según Robert Mantran, “la revelación comporta disposiciones de carácter social y político que permitieron la edificación del estado musulmán”. El Corán recoge lo fundamental de la predicación de Mahoma. Es a la vez el libro sagrado y el código legal de la comunidad islámica. Esto será la Sharia. El libro de la sunna tendrá también este doble papel religioso y legal, conteniendo los dichos / hechos y la tradición sobre el profeta. El Islam seria una religión monoteísta y que prohíbe cualquier iconografía de Alá. Mahoma a pesar de esto integró elementos pre – islámicos como el culto a La Caaba.

El Islam tendrá cinco pilares fundamentales:

  1. Profesión de fe musulmana (dogma): “No hay mas dios que Allah y Mohamad (Mahoma) es su profeta”. Se afirma que solo se cree en un único Dios, Alá (palabra que significa Dios) y Mahoma es su profeta. No tendrá ninguna ceremonia de culto.
  2. Oración cinco veces al día hacia La Meca. Solo habrá oración colectiva los viernes en un espacio público (mezquita).
  3. Ayuno en el mes lunar de ramadán. Por las noches el ayuno no se aplica.
  4. La limosna legal o “zacat”. Será un impuesto en honor a Alá. Es el único impuesto legal para el musulmán (10% del producto de la tierra y 2,5% del producto de los negocios). Además se permite la limosna voluntaria o “sadaquat”.
  5. Acudir en peregrinación una vez en la vida a La Meca. En caso de no poderse realizar por enfermedad o edad se deberá enviar a alguien en su lugar.

Otros elementos religiosos serán:

  1. La guerra santa (jihad). Es un mandato moral para ayudar a la difusión del Islam. No tiene porque implicar necesariamente un combate físico. Puede ser una forma de perfeccionamiento personal. Este mandato fue muy utilizado políticamente por los sucesores de mahoma (Mantran, R.: La expansión musulmana.).
  2. La predestinación.
  3. La resurrección.
  4. El juicio final con premio o castigo por los actos en la vida.

También habrá normas morales como serian el respeto a la vida incluso en guerra sobre los no combatientes, la devoción a los padres, la práctica de la caridad y la prohibición de la usura.

La expansión musulmana

Los sucesos posteriores a la muerte de Mahoma producen cierta sorpresa. A la muerte del profeta en el año 632, la desaparición de la figura carismática de Mahoma no implicó la disolución de la comunidad de creyentes que se había formado como resultado de su predicación. Si bien este proceso no estuvo exento de problemas, especialmente por la rebelión de buen número de tribus árabes en las llamadas “guerras de la apostasía” (Ridda) que enfrentaron al sucesor de Mahoma, Abu Bakr (632-634) con dicha población.

Una vez finalizadas las guerras Ridda, se inicia, en efecto, la gran expansión militar árabe. Su enorme rapidez, extensión y éxito han causado siempre un bien justificado asombro. En apenas 10 años, el Imperio sasánida, que durante siglos había sido el principal rival de Bizancio por la hegemonía del Próximo Oriente, desapareció por completo, mientras que el Imperio Bizantino, veía perderse para siempre los territorios de Siria, norte del actual Irak y Egipto.

En pocos años, por tanto, los seguidores de Mahoma habrían pasado de ser un núcleo perseguido en su propia ciudad de origen a controlar un impresionante imperio que se extendía desde el Asia Central hasta Egipto y el Norte de África.

En este complejo periodo histórico hay que distinguir dos procesos que en ocasiones se dieron simultáneamente pero que no son sinónimos:

  • Arabización: proceso de aculturación que tiene su rasgo más característico en la adopción de la lengua árabe por parte de las poblaciones sometidas
  • Islamización: que se refiere a la conversión religiosa al Islam.

De hecho, según las fuentes contemporáneas (textos siriacos de los siglos VII y VIII escritos por cristianos herejes de tendencia nestoriana o monofisita), las conquistas del siglo VII fueron conquistas árabes y eran consideradas, por tanto, una expansión musulmana.

Desde un punto de vista político y social los sucesos del siglo VII pueden explicarse como el resultado de la creación de una formación política centralizada y expansiva que tuvo sus orígenes en Arabia y que desde allí se extendió por otras zonas del Próximo Oriente.

El califato ortodoxo (Rashidun)

El califato bien guiado o califato Rashidun (en árabe: الخلفاء الراشدون, al-julafā’ arrāshidūn) es el nombre que se da en la tradición musulmana sunní a los cuatro primeros califas que sucedieron a Mahoma, desde el 632 al 661.

  • 632-634 Abu Bakr as-Siddiq
  • 634-644 Omar ibn al-Khattab
  • 644-656 Uthman Ibn Affan
  • 656-661 Ali ibn Abi Talib

Muhammad, murió en el 632 sin especificar quien sería su sucesor ni cómo habría de ser elegido. De hecho, Abu Bakr as-Siddiq (632-634) fue nombrado por algunos de sus compañeros. La elección resultó controvertida y determinó la futura escisión del Islam en sunnismo y chiismo[7]. Abu Bakr se convirtió así en el primer Califa. Durante el califato de Abu Bakr el Islam expandió su influencia por toda la Península Arábiga. Se sospecha que la muerte de Abu Bakr fue provocada por envenenamiento.

Tras la muerte de Abu Bakr en 634, le sucedió en el califato Umar ibn al-Jattab (634-644), otro de los suegros del profeta y famoso lugarteniente de los ejércitos islámicos. Durante el califato de Umar se sucedió una guerra contra el Imperio bizantino y Persia por las cuales tomo posesión de Siria, Palestina, Egipto y Mesopotamia. Umar fue asesinado por su esclavo Firūz en 644.

A Umar le sucedió Uthman Ibn Affan (644-656), que según la tradición musulmana fue el primer habitante de La Meca en convertirse al islam. El califato de Uthman fue polémico a causa de su exacerbado sentido de la autoridad. Uthman confiscó todos los tesoros que provenían de las regiones recién conquistadas. Otro de los puntos polémicos fue la decisión de quemar todos los ejemplares del Corán editados con anterioridad a su reinado y de su acercamiento con la familia omeya. Uthman fue asesinado en 656 por el hermano de la tercera esposa de Muhammad, Aisha.

Le sucedió el primo y yerno de Muhammad, Ali Ibn Abi Talib (656-661), el cual según la tradición fue el primer seguidor de su suegro.

El califato ortodoxo terminó su mandato en 661 cuando Muawiyya, miembro de la familia Omeya y gobernador de Siria, decidió que el derecho a ser el califa le pertenecía a él y tuvo una gran disputa con el califa regente en ese momento (Ali Ibn Abi Talib) tras la cual Muawiyya salió vencedor. Aunque ya no ejercía de califa, Alí siguió ejerciendo en Mesopotamia hasta su correspondiente asesinato.

El imperio árabe Omeya

El califato ortodoxo (rasidum) acabo con la muerte de Ali en 661 ante la guerra civil tras la muerte de Utman (656) y la de Ali (661). Este era el final de una época heroica con los protagonistas directos de la vida de Mahoma y de la expansión inicial del Islam. Llegaba al poder una generación nueva y sin una vinculación directa al profeta. En esta época bajo la dinastía Omeya con Muawiya el estado islámico necesitaba nuevas estructuras y transformaciones para sobrevivir ante el reto de gestionar los nuevos territorios.

Se tendría que secularizar a este estado teocrático buscándose un estado más político que religioso. El califato de Ali (656 – 661) fue muy desastroso debido a múltiples guerras civiles ya que la búsqueda del igualitarismo de todos los musulmanes era una amenaza contra la hegemonía árabe – mequense. El nuevo califa Omeya, Muawiya contó con el apoyo del estrato árabe, dándose una arabización del imperio musulmán. Reorganizo el estado con reformas políticas y administrativas muy centralizadas acentuando el poder político del califa. Abandono los Santos Lugares (La Meca y Medina) como sedes del poder político. La nueva capital seria Damasco. Siria era la base del poder de Muawiya ya que había sido su gobernador al ser primo de Utman. El sustrato árabe fue el principal apoyo y casi único beneficiario de este sistema.

El califato omeya tuvo múltiples conflictos internos. Por un lado la oposición de los seguidores de Ali (shiies) tanto a nivel político como religioso. Estos defendían que el califato pertenecía a la familia de Ali al estar casado con la hija del profeta y ser su primo. Fue un movimiento muy fuerte en Irak y en Persia, aprovechándose de las resistencias al carácter árabe de la administración omeya que iba contra el igualitarismo predicado por Mahoma. Los nuevos musulmanes que era la población convertida o no árabe se veían como ciudadanos de segunda sin acceso a los beneficios del sistema o al poder.

Esta resistencia tuvo su manifestación más radical en el movimiento jarichista. Era un movimiento que defendía como mantiene Sourdel “el principio de igualdad absoluta entre todos los musulmanes”[8]. En este contexto de descontento y frustración se originó la revuelta abbasi que manipulando en su beneficio este descontento extermino a la dinastía omeya (750) siendo su líder el abbasi Abú – l- Abbas.

A pesar de esta inestabilidad en época omeya la expansión continuó hacia oriente ocupando la Transoxiana y la cuenca del Indo y hacia Occidente con la ocupación del norte de África (Ifriqiya) y la Península Ibérica. Esta segunda expansión también fue espectacular, fundándose Qairuán (695) y la conquista de Cartago (695) y de la Hispania visigoda (711) o el acoso frente al Imperio Bizantino con asedios de la capital en 674 y 718.

El territorio del Califato en el año 750

Organización política y social

Mahoma nunca especificó como se tendría que organizar el nuevo estado musulmán ocasionando muchos problemas sucesorios. Esto fue debido a la rapidez con la que se lograron los objetivos. Los “califas ortodoxos” tuvieron un modelo en los pactos de integración en la umma por parte de las tribus árabes que aceptaron la revelación y la jefatura de Mahoma junto con los acuerdos con los grupos judíos y cristianos que se sometieron. La sumisión de los pueblos del libro implico la tolerancia de los musulmanes hacia judíos, cristianos y zoroastrianos persas. Serian los protegidos o dimmies del Islam.

La rápida conquista además supuso el embrión de una administración y de una fiscalidad basada en los sistemas bizantinos y persas. De esta forma se organizo el estado omeya tras la expansión inicial. Muawiya reservó los principales cargos políticos para la aristocracia árabe. Pero confió sin embargo en los funcionarios persas y bizantinos para el funcionamiento de la administración. Esta dependencia se mantuvo hasta el califato de Abd al Malik (685-705). Ahora la administración fue ocupada por los musulmanes entre otros motivos por las conversiones masivas que se dieron en estos momentos, siendo la mayoría de la población era ya musulmana.

La máxima figura política será el califa (“Jalifath Allah” o “representante de Dios”) que concentraba todo el poder político y la autoridad como sucesor del profeta. Era la cabeza del Islam, dirigiendo el estado. Del califa derivaba todo el poder y todos los funcionarios como los gobernadores provinciales (emires) y los altos funcionarios de los departamentos de la administración central (diwan). El califato se dividía en provincias, que eran gobernadas por los emires que tenían muy amplios poderes como el designar a los funcionarios locales, a los jueces (cadies) o siendo además el jefe del ejercito provincial. Se dio una serie de importantes reformas en el ejército que había sido el protagonista de la expansión creándose campamentos en zonas estratégicas que más tarde fueron el origen de ciudades como El Cairo, Basora o Kufa. Hasta estos momentos habían estado separados de las poblaciones locales ni poseían tierras para que no se vinculasen al territorio.

Los omeyas no hicieron más que seguir lo que Utman había iniciado con el reparto de tierras (qatia / iqta) que teóricamente seguían siendo propiedad del estado. Serían por tanto usufructuarios de estas tierras. Esto permitió la creación de grandes patrimonios territoriales debido a que la expansión se fue reduciendo por lo que se tenía que sedentarizar a estas tropas. La hacienda califal se basaba sobre todo en impuestos sobre las personas, la producción y la propiedad de la tierra. Los dimmies tendrían que pagar un impuesto personal (yizia). También tenían que pagar otro impuesto por las propiedades territoriales (jaray). Los musulmanes pagaban la limosna legal (saqat), que era el diezmo de lo recolectado en la tierra si había recibido tierras fiscales o por haberlas comprado a un propietario no musulmán. Poco a poco la limosna legal (saqat) pasó a ser un diezmo sobre el producto de la tierra, el ganado y la compra / venta de mercancías.

Tras una serie de reformas hacia 740 el jaray (impuesto territorial) se ligó a la tierra independientemente de ser dimmi o musulmán. A la vez de esto se obligó al pago del diezmo para las tierras compradas a no musulmanes. Esto se hizo para evitar la reducción de ingresos por las conversiones masivas. Fue un factor más de inestabilidad para el régimen omeya al pagarse impuestos no coránicos y propios de dimmies y no de musulmanes.

El elemento árabe dominó la vida social de este imperio islámico hasta el triunfo de la revolución abbasi (750). Esta desigualdad no era asumible cuando las poblaciones sometidas se habían ido convirtiendo de forma masiva y por tanto parte de la umma (comunidad de creyentes) islámica. Los nuevos musulmanes (mawaly) se enfrentaban a la barrera étnica árabe para poderse integrar entre los grupos dirigentes árabes. A esto se añadía el rechazo árabe que veían a los mawaly como musulmanes de segunda categoría. La conversión tampoco suponía la igualdad fiscal con los musulmanes árabes.

Umar II (717 – 720) intentó solucionar esta situación pero no lo logró ya que los mawaly comenzaron a protestar por estas desigualdades sociales. Muchos se integraron entre la disidencia religiosa, bien como shiies o como jarichies. La comunidad religiosa (umma) siempre se caracterizó por una fuerte solidaridad religiosa debido a que el nexo de unión de estos diferentes grupos era la religión que teóricamente igualaba a todos los musulmanes. Todos los creyentes a pesar de las disidencias religiosas u otras diferencias tenían muchos elementos comunes y similares como fe, prácticas rituales, organización de la vida familiar, prácticas jurídicas y estilo de vida.

Los dimmies y esclavos estaban a pesar de no pertenecer a la umma muy vinculados a esta ya que eran inferiores a los musulmanes aunque los pactos les garantizaban ciertos derechos y libertades. No obstante pudieron llegar a desempeñar en ciertos momentos funciones administrativas importantes. Los esclavos eran un grupo muy numeroso en la sociedad islámica. Para Miguel Ángel Ladero Quesada el Islam clásico fue “una civilización esclavista por excelencia”.

La expansión hizo que la esclavitud ahora fuese muy abundante. El Corán suavizo el trato hacia el esclavo aunque sin plantearse su abolición. La liberación era un acto piadoso y de misericordia, teniendo el esclavo domestico con un trato humanitario. Muchas esclavas eran concubinas de sus dueños, siendo la manumisión fue muy frecuente. El liberto (mawla) seguía vinculado a su antiguo señor y a la tribu que le había acogido.

La vida económica

La expansión árabe revitalizó la economía de las zonas ocupadas. La economía musulmana fue heredera de la tradición romana y bizantina. Las acuñaciones monetarias siguieron modelos bizantinos y persas desde finales del siglo VII (dinars de oro y dirhams (dracmas) de plata). Hasta finales del siglo VII se siguieron utilizando monedas bizantinas y persas. Las nuevas monedas no tendrían decoración iconográfica y presentarían leyendas religiosas en árabe. Se dio un renacimiento de la vida urbana como en época clásica.

A pesar de que tópicamente se dice que Islam es una civilización nómada, realmente fue una civilización de ciudades. Massignon dirá que “el Islam se implantó para los ciudadanos, comerciantes y pequeños artesanos”[9]. Por tanto, además de revitalizar ciudades antiguas también fundaron muchas otras como Basora, Kufa, El Cairo o Kairuan.

La ciudad musulmana inicialmente tuvo una función religiosa. Era un centro de culto organizado en torno a la mezquita. Planhol señala que la ciudad articulada en torno a la mezquita es el ámbito donde se concentra el ideal social y religioso del Islam[10]. La función principal de la ciudad fue la de centro económico, siendo un lugar de intercambio, un mercado permanente, un centro de consumo, un punto de llegada y salida de las rutas comerciales, el centro redistribuidor de los productos y el motor de la producción rural del hinterland de la ciudad. Se reguló tanto el mercado como la producción artesanal. El mercado (semanal o permanente) estaba sometido a normas y a una fiscalización muy importante sometido y controlado por el señor del zoco (sahib al suq).

Los oficios no llegaron a constituirse gremios como en Europa, aunque esraban también muy controlados y fiscalizados y se agrupaban en barrios específicos en función de sus actividades. La ciudad también fue el centro del gran comercio (economía mundo) sobre todo en núcleos como Damasco, Bagdad o El Cairo.

El Islam unió en una nueva koiné el Mediterráneo y Al Ándalus con el Creciente Fértil. Generó un muy próspero comercio a larga distancia con caravanas o rutas marítimas. Esta red comercial unía desde el Mediterráneo al Índico con rutas terrestres y marítimas, como la ruta de la seda desde Asia Central, que unía por mar Basora con la India y China, o la que unía las ciudades del norte de África con el Sudán y zonas subsaharianas para obtener oro, siendo más tardía que la de la seda.

Los productos de importación fueron sobre todo seda china, especias, perfumes, maderas preciosas y productos metalúrgicos, marfil, ámbar, esclavos, pieles y cueros, hierro.

La exportación era casi toda de productos manufacturados como objetos metálicos (armas y joyas), textiles como los famosos “tiraz” o las muselinas y otros productos como algodón, cereales y frutos secos.

A pesar de la gran importancia de las ciudades y del comercio, la agricultura era la base de la economía. Hubo un continuismo con las tradiciones anteriores en cada región, con las mismas técnicas de cultivo y de irrigación sobre todo y las mismas formas de tenencia de la tierra que en época bizantina y persa. En la mayoría del territorio ocupado las aristocracias latifundistas se convirtieron y se integraron rápidamente dentro de la sociedad árabe – musulmana. La aristocracia árabe fue la máxima beneficiaria de los repartos con los omeyas de las tierras fiscales. Todo esto explica que el campesinado tuviese las mismas condiciones que antes de la conquista. Mantran dirá que la conquista “no representó para el campesinado no propietario mejora alguna de su condición”[11]. Los pequeños propietarios libres fueron víctimas de los procesos de formación de grandes propietarios en manos de los ricos comerciantes de las ciudades.

El califato abbasi

El triunfo en 750 de la revolución abbasí terminó con la hegemonía de los conquistadores árabes manifestada en los omeyas. La legitimación dinástica se solucionó con la creación de un imperio islámico y no árabe. Los mawlas o recién convertidos al Islam y no árabes por tanto tendrían tareas de gobierno. Los abbasíes siempre buscaron la legitimación de su dinastía y se dio de nuevo una sacralización de la figura del califa. Los abbasies crearon una verdadera monarquía islámica en la que se afirmaron los derechos absolutos del tío del profeta, Abbas, frente a los usurpadores omeyas. Abú –l- Abbas (líder de los abbasíes) adoptó el título de príncipe de los creyentes, pero rechazó el de imam descartando cualquier elemento del imamismo shii. De esta forma se restauraba la unidad de la umma. Suprimió los derechos y privilegios del ejército árabe y estableció la igualdad de todos los musulmanes.

Administrativamente se continuó desarrollando y perfeccionando el sistema administrativo. El modelo persa sustituyó al modelo sirio que era el sistema omeya y más occidental por influencia de Bizancio sobre todo. Se dio entonces una orientalización del Islam. Esto se simbolizó con la fundación de la nueva capital Bagdad (762). Los éxitos de la época abbasí fueron la intensificación del mundo urbano y del comercio, la definición cultural del mundo islámico integrando dentro de la fe islámica, con valores sociales árabes, ética irania y la ciencia greco – helenística.

El apogeo abbasi (750 – 850)

Se dio una sublevación contra los omeyas por el descontento de los mawaly y por las disidencias religiosas que fueron manipuladas y dirigidas por Abú – l- Abbas. En el 750 se exterminó a la dinastía omeya, salvo un joven noble consiguió llegar huido a Al Andalus. El primer califa abbasí (750 – 754) fue Abú – l – abbas “Al saffah” (“El sanguinario”) por la represión de sus enemigos que llevo a cabo. La reorganización del califato fue realizada por su hermano Al – Mansur (754 – 775). Fundó la nueva capital (Bagdad) a orillas del Tigris. Estaba cerca de la antigua capital, Ctesifonte. Por esta razón la influencia persa cada vez fue mayor. Los principales colaboradores fueron persas o de origen oriental. Los abbasíes concentraron en el califa todas las funciones (juez, general, administrador supremo). Toda la autoridad legítima surgía del califa.

Con la disgregación del califato los poderes regionales siguieron buscando formalmente su legitimación. El cargo de visir (wazir) de origen persa fue creado en esta época para controlar la administración por delegación del califa. La administración se dividía en muchos departamentos o ministerios (diwanes) como el tesoro que controlaba la fiscalidad, la chancillería, correos (una especie de servicio de información), policía y justicia. Este sistema estuvo sometido a las fuertes tensiones en torno a la familia califal. Cada facción buscaba que su candidato a la sucesión llegase al poder. El tercer califa, Al Mahdi (775 – 785) era hijo de Al Mansur. Adoptó el nombre de “Al Mahdi” (“bien guiado”) para terminar con el ambiente mesiánico apocalíptico reinante en Mesopotamia. El Mahdi llegaría para imponer un era de justicia. Era una idea difundida por los shiies.

El apogeo cultural y económico del califato se dio con Harum – al – Rashid (786 – 809), el hijo de Al Mahdi. Sucedió a su rival por el poder y hermano Al – Had (785 – 786) que murió misteriosamente asesinado. Sus diecisiete primeros años de gobierno contó con la ayuda de la familia de los Barmakies (786 – 803), que los eliminó en 803 porque vio que su gran poder podría ser un elemento de desestabilización por la lucha sucesoria a su muerte Fue un califa con una gran popularidad por sus campañas contra Bizancio que tuvo que comprar la paz, la Transoxiana y el norte de África, además de mantener relaciones diplomáticas con los reyes de la India y Carlomagno. Fue un personaje legendario protagonista de muchos cuentos como Las mil y una noches. Su reinado marca la fastuosa culminación de la dinastía abbasí y de Bagdad.

Tras la muerte de Harum al Rashid, tres de sus hijos le sucedieron en el poder siendo los más importantes: Al Mamun (813 – 833) y Mutasim (833 – 842) que en 836 fundó la nueva capital en Samarra. Bagdad se había convertido en una ciudad muy poco segura. Finalmente cayó en la influencia de su propia guardia palatina turca (mamluks = mamelucos). El poder de los turcos fue en aumento hasta controlar la sucesión al poder sobre todo tras el asesinato de Al – Mutawakkil (847 – 861). Finalmente llegaron a controlar el poder en sí.

Decadencia del califato abbasí

Desde la segunda mitad del siglo IX el califato se fue disgregando rápidamente controlando el actual Irak únicamente, estando grandes áreas estarían bajo control de los esclavos turcos como Basra (Basora), el delta del Éufrates. La secta herética de los cármatas con mucha influencia entre los beduinos asoló Siria, Egipto y Arabia, y llegó a saquear La Meca en 930. Este proceso de disgregación se había iniciado en la época del esplendor. El poder califal no se pudo ejercer de forma similar en todo el territorio “controlado”. El emirato independiente de Córdoba se explica por la debilidad del control abbasí sobre el Magreb. Los rustemies estaban en Tahert, grupos jarichies en Sijil Masa, los idrisies en Fez, los aglabies en Kairuan (Ifriqiya) y Túnez.

Esta fragmentación demostraba cómo pervivieron estructuras indígenas a pesar de la imposición del modelo sociopolítico califal por los conquistadores. Muchos gobernadores abbasíes actuaban casi como un régimen de independencia, llegando a fundar dinastías regionales como los tulunies en Egipto (871 – 905). En el Jorasan tendríamos a los tahires, safaries.

Mientras esto sucedía, el califa en Bagdad caía bajo la influencia de los buyies (funcionarios shiies que aceptaban la sunna) que tendrían el gobierno efectivo del califato. Ahora el califa no tendría más que un papel simbólico. Esta situación pervivió hasta 1258 cuando el último califa abbasi fue muerto por el khan mongol Hulagi al ocupar la ciudad. Los supervivientes se refugiaron bajo la protección de los sultanes mamelucos de El Cairo. Estos califas honoríficos pervivieron hasta que en 1517 Egipto fue conquistado por el sultán otomano Selim I.

Las bases socioeconómicas del califato abbasi

Se dio un renovado puritanismo religioso con los primeros califas abbasies. Intentaron llevar a cabo una reforma fiscal para acabar con el empobrecido tesoro y con el abandono de las tierras que ocasionó el sistema económico vigente. Se aplicó el sistema de la muqasama por el cual se calculaba la base del tributo en función de la cantidad real de la cosecha. A este sistema fiscal le acompañó una política fiscal destinada a favorecer el desarrollo agrícola y a suprimir los tributos sobre tierras no cultivadas. El estado abbasí se hizo cargo de la excavación de canales de riego por lo que aumentó la productividad de las cosechas. Además se introdujeron nuevas especies. Estas políticas se dieron sobre todo en Irak donde existían importantes sistemas de irrigación pero no afectó a los cultivos de secano, que eran mayoritarios en el resto del imperio abbasi.

El triunfo de la gran ciudad y de la vida urbana también se contempla en época abbasi. La vida urbana se basaba en el comercio y la artesanía. Bagdad, fundada en 762 y concluída en 766, fue la encrucijada de este espacio, siendo la unión de rutas fluviales y terrestres. Su forma era concéntrica, con una posible influencia de las ciudades iranias. Tenía 4 puertas, 360 torres, un foso de 20 metros de ancho y murallas de 9 metros de espesor. Bagdad fue el símbolo del triunfo de la revolución abbasi. Desde el palacio, que estaba en el centro de este círculo simbólico, se gobernaba al imperio.

Samarra y Bagdad serán los prototipos de la vida cortesana y cultural. Basra será el prototipo de ciudad comercial y mercantil como Fustat lo fue en Egipto. Toda esta intensa vida urbana ocasionó un gran movimiento artístico y cultural que culminó con la fundación de la “casa de la sabiduría” en Bagdad por Al – Mamun (832). Fue un centro de alta cultura y lugar de reunión de la filosofía y ciencia helenística con las culturas árabe – irania e hindú.

El califato fatimí

Fue una dinastía shii fundada por Obeid Allah. Supuestamente era un descendiente de Ali y de la hija del profeta, Fátima. Gobernó la dinastía en el norte de África desde 909 y en Egipto desde 969 – 1171. Obeid era de origen sirio y se refugió en Túnez. A inicios del siglo X se reveló como el mahdi o heredero del último imam visible (Ismail). Esta idea fue aceptada por los beréberes kotama.

Obeid se aprovecho de sus sentimientos anti – árabes y opuestos a la dinastía aglabi que controlaba Ifriqiya. En 909 Obeid Allah ocupó la capital aglabi y se declaro imam.

Tripolitania y el Magreb fueron controlados por esta dinastía con los tres primeros fatimíes, que fueron Obeid Allah, Al – Kaim (934 – 946) y Al Mansur (946 – 953). El cuarto califa Al – Moezz (953 – 975) trasladó la capital a la ciudad de El Cairo, cercana a la existente de al Fustat (972), ya que en 969 había conquistado a los tulunies Egipto. Cedió el control del Magreb a los ziries como sus delegados. Esto significaba que mientras mandasen los tributos podrían tener un régimen casi independiente.

El apogeo fatimi se dio en Egipto. Fundaron la mezquita de Al – Azahar. Pronto fue el más importante centro de cultura musulmana. Cada dinastía buscaba como una forma de legitimar su poder imitar y / o superar la “casa de la sabiduría” de Bagdad. Fueron los intermediarios comerciales entre Oriente – Occidente por su privilegiada posición geográfica que les permitió acumular una gran cantidad de riquezas. Crearon una administración muy eficaz con finanzas saneadas por la gran cantidad de riquezas acumuladas. Todo esto estaba controlado por el visir.

El califa Al – Asís (975 – 995) extendió su dominio por Siria. Fundó una gran biblioteca en El Cairo en una época muy tolerante tanto a nivel religioso como cultural. Esta tolerancia terminó con su sucesor Al – Hakim (996 – 1021) conocido como el califa loco. Intentó destruir la iglesia copta con grandes persecuciones. También llevó a cabo persecuciones contra la población judía. La decadencia fatimí comienzó con Al Hakim ( 996 – 1021) con una época de malas cosechas, tensiones sociales y continuas revueltas del ejercito mercenario compuesto por población negra, por turcos y por beréberes.

En el siglo XII el poder estaba en manos de los visires por completo. El estado fatimi no pudo evitar la penetración de los cruzados en Siria. En esta coyuntura fue un jefe militar kurdo muy prestigioso, Saladito (Salāh ad-Dīn Yūsuf), quien destituyó en 1171 al último califa fatimí y restableció nominalmente en Egipto la autoridad del califa de Bagdad siendo el comienzo de la dinastía ayyubi.

Conclusiones

Como se ha visto a lo largo del presente tema el momento de máxima expansión y crecimiento del nuevo imperio, que surge tras las predicaciones de Mahoma, se dará hasta el siglo IX, aunque esto será mas nominal que real, ya que aunque teóricamente dependientes de Bagdad, muchos de estos territorios serán independientes de facto, y se fragmentará el imperio islámico con la aparición de los califatos fatimíes y omeyas de Córdoba. Solo volverá una época de cierto esplendor con la llegada de los turcos otomanos, que lograrán conquistar la hasta entonces inalcanzable Constantinopla, e iniciar una fase de expansión por el Mediterráneo y la península de los Balcanes.

Bibliografía

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MANZANO, E. (1992). Historia de las sociedades musulmanas en la Edad Media, Madrid: Síntesis.

SOURDEL, D. (1981) La civilización del Islam clásico, Madrid: Juventud.

[1] Ctesifonte (en parto y pahlevi: Tyspwn o Tisfun; en persa: تيسفون, Tisfun; en árabe: المدائن, al-Madāʾin, «las ciudades») fue una de las mayores ciudades de la antigua Mesopotamia. Hoy, las ruinas de Ctesifonte quedan en Irak, aproximadamente 35 kilómetros al sur de la ciudad de Bagdad, a orillas del Tigris. El área que ocupaba era de unos 30 km² (compárese con los aprox. 14 km² de la Roma del siglo IV). Durante más de 800 años fue una ciudad activa localizada en la antigua provincia irania de Khvarvaran y la capital del Imperio iranio y sus sucesores, parto y sasánida.

[2] ANDRAE, Tor, Mahoma, Madrid, Alianza, 1987.

[3] GAUDEFROY, Maurice, Mahoma, Madrid, Akal, 1990.

[4] WATT, W. Montgomery, Muhammad. Prophet and Statesman. Oxford, 1961.

[5] WATT, W. Montgomery, Muhammad. Prophet and Statesman. Oxford, 1961.

[6] R.B. Serjeant, “The Constitution of Medina”, en Studies in Arabian History and Civilization, London, Variorum, 1981.

[7][7] Los suníes, que representan el 85% por ciento de los musulmanes, consideran que la sucesión de Mahoma corresponde a un árabe miembro de la tribu de Quraish, de la que procedía Mahoma. El nombre Suní vino desde Sunna, monte árabe Ahl as-Sunnah ul-Muhammad wa’l-Jamā‘ah, intenta “pueblo del ejemplo de Mahoma y de la comunidad.” En cambio los chiíes, que suponen aproximadamente el diez por ciento de los musulmanes, consideran que Alí fue el iniciador de la línea sucesoria de Mahoma. Etimológicamente, chií viene de Shiat ‘Alī (partido de Ali). Los chiíes consideran que los califas posteriores a la muerte de ‘Alī han sido usurpadores. Los jariyíes pensaban que la dignidad califal emana de la comunidad, que debe elegir libremente al más digno «aunque sea un esclavo negro».

[8] SOURDEL, D., La civilización del Islam clásico, Madrid, Juventud, 1981.

[9] MASSIGNON, Louis, Introduction à la théologie musulmane: essai de théologie comparée, Paris, Vrin, 1948.

[10] PLANHOL, Xavier de: Les fondements géographiques de l’histoire de l’Islam, Paris : Flammarion, 1968.

[11] MANTRAN, Robert, La expansión musulmana: (siglos VII al XI), Barcelona, Labor, 1982.