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Ciencias Sociales

Tema 25: El Neolítico y la Edad de los Metales. Primeras sociedades urbanas del Próximo Oriente

El presente tema incide en uno de los procesos de cambio más importantes de la historia: la revolución neolítica y el inicio de las sociedades históricas propiamente dichas. Su estudio permite comprender la interrelación de causas desencadenantes que hacen pasar a las sociedades al sedentarismo.

El largo periodo que se extiende entre el noveno milenio y la primera mitad del primer milenio a. C. constituye una época decisiva en la historia de la humanidad, a través de la cual el hombre paleolítico, en un primer momento, establece una economía productora y, posteriormente, producto de la nueva estructura económica, consigue crear sociedades urbanas consolidadas.

Introducción

De manera convencional suele dividirse la prehistoria en dos grandes periodos: el paleolítico y el neolítico. La frontera entre ambos es un tanto difusa aunque todos coinciden en que el neolítico comienza cuando las poblaciones humanas se sedentarizan y domestican plantas y animales para su consumo. Dicho así parece algo sencillo y rápido, pero no fue ni una cosa ni la otra. El neolítico duró varios miles de años y las nuevas técnicas agrarias fueron extendiéndose con mucha lentitud partiendo de unos focos muy concretos en el creciente fértil, los valles del Yangtsé y el río Amarillo en la actual China, Mesoamérica y la cordillera andina.

De aquellas sociedades aún prehistóricas pero que fueron poco a poco ganando complejidad proviene nuestro mundo. El neolítico es la gran revolución que hizo del homo sapiens la especie dominante. Con las tecnologías neolíticas no hubo hábitat que se resistiese a nuestros antepasados que, provistos de una reserva constante de alimentos, vieron como crecían en número sus comunidades y se expandían por los cinco continentes. Todos esos avances posibilitaron la aparición de las primeras ciudades y, con ellas, la escritura. Con esta última empieza la historia humana propiamente dicha.

Hace unos doce mil años el clima de la Tierra comenzó a experimentar una mejoría. Este fenómeno lo conocen los geólogos como el tránsito entre el Pleistoceno (periodo de las grandes glaciaciones) y el Holoceno, cuyo clima se aproxima progresivamente a su estado actual. Por aquel entonces, pequeñas bandas de cazadores-recolectores, que habían alcanzado un cierto grado de complejidad cultural, se extendían por las tierras emergidas.

Sin embargo, la posición de los cazadores paleolíticos en el conjunto de la naturaleza no era diferente a la del resto de depredadores. Era un cazador extraordinariamente eficaz con respecto a sus competidores animales, pero se diferenciaba poco de ellos en su dependencia de las condiciones ecológicas en las que estaba obligado a sobrevivir.

Cinco mil años más tarde se había operado un sorprendente cambio: la mayor parte de los grupos humanos había abandonado su vida de cazadores nómadas para sustituirla por una existencia sedentaria basada en el cultivo de la tierra y la domesticación de animales: se había transformado en un productor de alimentos. Las consecuencias del paso de la caza-recolección a la producción de alimentos permitió la impresionante aceleración de la evolución sociocultural y demográfica de los últimos cinco mil años de la Historia. A este proceso se le denomina “revolución neolítica”.

La revolución neolítica supone un proceso de cambio, una ruptura con el periodo anterior. Pero no podría entenderse sin analizar sus antecedentes inmediatos. El paso de cazadores-recolectores al de agricultores-ganaderos es un proceso gradual, que además no afectó igualmente a todas las regiones: en el Próximo Oriente este sistema se impone de manera acelerada, pero en las regiones de Europa central y occidental no se da hasta el Bronce final.

Cuando en algunas zonas del Próximo Oriente la neolitización llega a un alto grado de madurez socioeconómica, se inicia entonces la formación de sociedades urbanas lo suficientemente desarrolladas para poder soportar estructuras políticas imperiales en Mesopotamia, Egipto y Asia Menor. Esta circunstancia tuvo lugar a partir del III milenio a. C.

El Mesolítico

El periodo inmediatamente anterior al Neolítico recibe dos nombres según la historiografía, las prácticas humanas o las regiones: Mesolítico (un periodo nuevo distinto del Paleolítico) y Epipaleolítico (continuación del periodo anterior con algunas novedades en cultura material y prácticas de caza).

No obstante, en este periodo comienzan a darse los primeros experimentos en cuanto a la producción de alimentos (agricultura y ganadería) en comunidades que se sitúan en el Próximo Oriente. Se dan casos de recolección intensiva, de producción incipiente, de agricultura no sedentaria y de culturas productoras sin cerámica. El que no se desarrolle en todos los sitios a la vez todo el proceso de la revolución neolítica se debe al carácter pionero de estas prácticas, alcanzando los objetivos progresivamente, por estadios y por tanteo. Las principales culturas de esta fase son la de Zarzi (Kurdistán iraquí) y la de Kebara (Palestina), donde se dan los primeros procesos innovadores.

En el X milenio el clima se vuelve más cálido y húmedo, resultando el Levante palestino y el piedemonte del Taurus un medio especialmente adecuado para la revolución neolítica. Se trata de zonas con lluvias suficientes, con cubiertas herbáceas y bosques dispersos, en las que las especies vegetales y animales que son la base del cambio neolítico se encuentran en estado salvaje (agriotipos). Estas comunidades desarrollan estrategias de producción incipiente, y aparecen tumbas: son los periodos Natufiense y Neolítico Acerámico A (Siria-Palestina), y Kamir Shahir (Kurdistán).

La Revolución Neolítica y su expansión

Alphonse de Candolle (1884) fue el primero en plantear la comprensión del inicio de la agricultura. Para ello propuso condiciones para identificar una zona como emplazamiento del primer intento de domesticación de una especie determinada: que fuese agriotipo; que el clima fuera templado; que el hombre estuviera allí; etc. Conclusiones que lo llevaron a situar que las condiciones ideales estaban en el Próximo Oriente. Respecto al cómo y al porqué se produjeron estos cambios, existen varias escuelas y teorías.

Teoría de los cambios ambientales para la introducción a la agricultura

Teoría o hipótesis del oasis (Gordon Childe, 1936). Un cambio climático provoca la desertización y la aparición de oasis. Allí se concentrarían los grupos humanos que llegarían a la domesticación naturalmente. DETERMINISMO AMBIENTAL.

Teoría de las zonas nucleares (R. J. Braidwood, 1960). Existen zonas geográficas donde se concentran los agriotipos. Allí los seres humanos tenderán, por madurez cultural, a la domesticación. IDEALISTA.

Teoría de las áreas marginales (L. Binford y K. Flannery, 1968). En un área con abundantes especies animales el hombre tenderá a su domesticación. Un aumento demográfico hará que el hombre salga, llevándose las especies domesticadas, y haciéndose dependiente de ellas. ECOLOGÍA CULTURAL.

Teoría de la presión demográfica (M. N. Cohen, 1977). La saturación espacial de los grupos cazadores-recolectores hace que se sustituya una estrategia general de subsistencia por otra (producción) que requiere menos movilidad espacial. MATERIALISMO CULTURAL.

Teoría del rendimiento decreciente (M. Harris, 1979). A finales del Pleistoceno disminuye la megafauna, con lo que el hombre tuvo que habituarse a una economía de amplio espectro para satisfacer sus necesidades (animales pequeños, plantas, peces, crustáceos), y la economía de producción se hizo más atrayente. MATERIALISMO CULTURAL.

Teoría del factor social (A. Testart, 1982). Parte de la hipótesis de la existencia de dos grupos: cazadores-recolectores móviles; y cazadores-recolectores sedentarios y acumuladores. Un grupo social de estos últimos presionaría para producir más, llegándose a la economía de producción y la complejidad social. MATERIALISMO HISTÓRICO.

Teoría del seleccionismo cultural (D. Rindos, 1984). Ciertas características humanas (genéticas) son determinantes para la aparición de variantes culturales (experimentación, toma de conciencia, etc.). NEODARWINISTA.

Teoría de la domesticación de la sociedad (I. Hooder, 1990). La domesticación refleja la dominación y el control de lo salvaje. Este discurso se traslada a la sociedad, que crea almacenes, aprende a procesar el alimento, etc. NEOIDEALISTA.

Teoría de la revolución de los símbolos (J. Cauvin, 1994). Para cambiar, es necesario “querer cambiar”. La aparición de una diosa-madre se relaciona con estructuras mentales que preparan a los grupos cazadores para superar sus limitaciones y transformar sus condiciones de vida. ESTRUCTURALISTA.

La naturaleza del cambio

La pregunta que surge es ¿por qué ese cambio del hombre de una economía de cazadores-recolectores, a una economía basada en la agricultura y el pastoreo?

El término Neolítico lo acuñó J. Lübbock (1856), identificándolo como un periodo de la historia humana caracterizado por una cultura material determinada (piedra pulimentada). El concepto varía con los antropólogos evolucionistas ingleses (Morgan, Tylor, Spencer): sería la sucesión a través de tres niveles de la humanidad (salvajismo, barbarie, civilización). El Neolítico sería, pues, un paso natural y cualitativo para toda sociedad. A finales de los 60 surgieron opiniones (Lee, De Vone) que diferían de lo mantenido hasta entonces: si realmente era un modo de precariedad, como habían mantenido hasta entonces, ¿cómo se habían mantenido esos cazadores-recolectores tanto tiempo en vigencia? Se empieza a considerar que el cambio de cazador-recolector al de agricultor-ganadero no se produjo de forma “deseada”, sino “obligada”. Propuestas como la de M. Sahlins, basada en analogía etnográfica, sobre el paso al sistema del Neolítico, apuntaban que el modo de vida del cazador-recolector presentaba una serie de limitaciones: necesitaba gran espacio para su desplazamiento, lo cual a la larga podía ser motivo de crisis.

Teorías sobre la difusión del Neolítico

Las teorías sobre la difusión del Neolítico se articulan en torno a dos posturas antagónicas: los autores difusionistas y los evolucionistas o autoctonistas.

Los difusionistas. Especial relevancia tiene Bernabó Brea (trabajo publicado en dos partes en 1946 y 1956), y la cueva de Arene Candide (Liguria) será su yacimiento referencial. Proponía una difusión del Neolítico hacia Europa atendiendo a dos principios: 1) gradación cronológica este-oeste, que situaba los yacimientos más antiguos en el este; 2) ausencia de agriotipos de las principales especies domesticadas en los yacimientos europeos.

Los autores evolucionistas. Sus teorías surgen en los años 70-80 (Jarman, Higgs). El resultado de sus investigaciones no fue determinante como para poner en crisis los planteamientos difusionistas.

Una tercera vía explicativa es la del modelo del frente de avance, atribuida a Ammerman y Cavalli-Sforza (1984). Reformulan la teoría difusionista. La difusión del Neolítico obedecería a un movimiento migratorio reducido y de carácter aleatorio. Establecían tres tipos de relaciones: colonización (ocupación de áreas deshabitadas), aculturación directa (contacto interactivo entre los cazadores-recolectores indígenas y los grupos neolíticos) y aculturación indirecta (neolitización en cadena).

Una última teoría es el modelo percolativo, que propone una neolitización integrada en las redes de intercambio, negando los aportes demográficos.

Algunos yacimientos neolíticos clave, ordenados de este a oeste, y de mayor a menor cronología, son: Sesklo (Grecia), Starcevo (Balcanes), Neuchatel (Suiza), Los Millares (España). En África se desarrolla la cultura capsiense (Egipto), y en Asia encontramos neolítico en China e India (cuencas de los grandes ríos). Así mismo, encontramos la cultura megalítica, reaccionaria a la neolitización, nómada y que se extiende por Bretaña, la Península Ibérica, las islas británicas y el norte europeo.

Cronología del Neolítico

La cronología del Neolítico se ha dividido en cuatro períodos, basándose en la existencia o no de cerámica, y sería grosso modo la siguiente:

Neolítico Precerámico A, conocido por las iniciales en inglés: PPN A (+/- 9000-7500). Este período se desarrolla en la zona geográfica que va desde el Jordán al valle medio del Éufrates (Nahal Oren, Jericó, Tell Aswad, Mureybet).

Neolítico Precerámico B inicial y medio, PPN B, (7500-6500). Se produce una expansión hacia Anatolia (Cayönu Tepesi, Nevali Çori, Cafer Höyük).

Neolítico Precerámico B final, (6.500-5.500). Es la época de la gran emigración neolítica, con un gran aumento de población y una colonización de las zonas esteparias del interior, tal vez debida al pastoreo.

Neolítico Cerámico A (6.500-5.000), PN A. En el VII milenio se comienza a difundir la cerámica, probablemente desde Anatolia; a comienzos del VI milenio la cerámica ya ha llegado al levante.

Neolítico Cerámico B (5000-3750) PN B. En esta fase comienza la transición hacia el calcolítico, ya que desde Asiria se difunde el trabajo del cobre.

Consecuencias de la revolución neolítica

El Neolítico supuso para las sociedades que lo experimentaron importantes cambios en su estructura, tales como la aparición de poblados permanentes (sedentarismo), el desarrollo de la agricultura y la ganadería (que a su vez conlleva el desarrollo tecnológico de la cultura material), el nacimiento del comercio (cerámicas, adornos). La geografía de esta revolución se concentra en el Próximo Oriente y los valles del Nilo, el Tigris y el Éufrates.

Las consecuencias de la neolitización son también variadas e importantísimas:

En la economía, supuso el paso de una economía depredadora a otra productora (cultivo de cereales, domesticación de animales). Aparece la propiedad privada y el concepto de riqueza. El sedentarismo lleva a acumular un excedente, que se vierte en el comercio.

Socialmente asistimos a la jerarquización social y a la división del trabajo.

Las necesidades técnicas desarrollan la cultura material, y desde el V milenio se trabajan los metales (cobre).

El campo espiritual e ideológico se hace más complejo (ideas religiosas, prácticas funerarias).

Como ejemplo de asentamientos neolíticos consolidados, que presentan un urbanismo aglutinante, simbología religiosa, cerámica y prácticas productoras citaremos los de Çatal Hüyük y Tell Buqras.

La Edad de los Metales

Esta etapa en Eurasia se ha subdividido tradicionalmente en Edad del Cobre o Calcolítico, Edad del Bronce y Edad del Hierro. De manera simplificada, el Calcolítico coincide en la mayor parte de Europa con la segunda mitad del IV milenio a. C. y casi todo el III milenio; el Bronce correspondería al II milenio a. C.; y el Hierro con el I milenio a. C., época en la que el continente entró en la Historia[1].

Calcolítico

El cobre, junto con el oro y la plata, es de los primeros metales utilizados en la Prehistoria,​ tal vez porque, a veces, aparece en forma de pepitas de metal nativo. El objeto de cobre más antiguo conocido hasta el momento es un colgante oval procedente de Shanidar (Irán), que ha sido datado en niveles correspondientes al 9500 a. C., o sea, a principio del Neolítico[2]​, sin embargo, esta pieza es un caso aislado, ya que no es hasta 3000 años más tarde cuando las piezas de cobre martilleado en frío comienzan a ser habituales. En efecto, a partir del año 6500 a. C., en varios yacimientos se han encontrado piezas ornamentales y alfileres de cobre manufacturado a partir del martilleado en frío del metal nativo, tanto en los Montes Zagros (Ali Kosh en Irán), como en la meseta de Anatolia (Çatal Hüyük, Çayönü o Hacilar, en Turquía).

Varios siglos después se descubrió que el cobre podía ser extraído de diversos minerales (malaquita, calcopirita, etc.), por medio de la fundición en hornos especiales, en los que se insuflaba oxígeno (soplando por largos tubos o con fuelles) para superar los 1000 °C de temperatura. El objeto de cobre fundido más antiguo que se conoce procede de los Montes Zagros, concretamente de Tal-i-Blis (Irán), y se data en el 4100 a. C., junto a él se hallaron hornos de fundición, crisoles e incluso moldes.

La técnica de fundición del cobre es relativamente sencilla, siempre que los minerales utilizados sean carbonatos de cobre extraídos de algún yacimiento metalífero; la clave está en que el horno alcance la temperatura adecuada, lo cual se conseguía inyectando aire soplando o con fuelles a través de largas toberas. Este sistema se denomina «reducción del metal». Se mezclaba el mineral triturado, por ejemplo, malaquita (carbonato de cobre), con carbón de leña. Con el calor las impurezas van liberándose en forma de monóxido y dióxido de carbono, reduciendo el mineral a un cobre relativamente puro; al alcanzar los 1000 °C, el metal se licúa depositándose en la zona inferior del horno. Un orificio en el fondo del horno permite que el líquido candente fluya hacia el exterior, donde se recoge en moldes; parte de la escoria queda en el horno y las impurezas del mineral flotan en el metal fundido, por lo que es fácil eliminarlas con un utensilio llamado escariador.

Como el cobre podía volver a fundirse muchas veces, este solía convertirse en lingotes, a veces con una forma peculiar (como los del Mediterráneo oriental, que recuerdan al pellejo de un animal), para luego fabricar diversos objetos por fusión y colado en moldes. El cobre es muy maleable y dúctil, podía martillarse en frío o en caliente, con lo que se duplicaba su consistencia y dureza. En cualquier caso, resultaba imposible eliminar todas la impurezas del cobre, pero, mientras que algunas eran perjudiciales, como el bismuto, que lo hace quebradizo, otras eran beneficiosas, como el arsénico, que reduce la formación de burbujas en su fundición, pues impide la absorción de gases a través de los poros del molde, asegurando un producto de mejor calidad. El cobre con alto contenido natural en plomo es más blando, lo cual puede ser una ventaja para fabricar recipientes por medio del martilleo de una plancha en forma de disco, curvándola en forma cóncava, para elaborar calderos o cuencos; incluso podía ser repujado. Algunos metalurgistas consideran que estos cobres con impurezas beneficiosas son, en realidad, «bronces naturales».

La técnica del cobre no tardó en difundirse por todo el Próximo Oriente, coincidiendo con el nacimiento de las primeras civilizaciones históricas de la zona, principalmente Sumeria y el Antiguo Egipto; pero muchos estudiosos consideran que pudo inventarse en fechas muy parecidas en otras partes del Viejo Mundo. Concretamente en Europa hay un avanzado núcleo calcolítico en los Balcanes que incluye ocasionalmente objetos de cobre fundido entre sus hallazgos del IV milenio a. C. (cultura Gulmenita) y todo parece apuntar hacia una invención local. Durante el siguiente milenio y también con carácter autóctono, se detectan procesos metalúrgicos en poblados fortificados del sur de la península ibérica, como Los Millares o Vila Nova de Sao Pedro.9​10​ Estos primeros metales se difundieron por la Europa central y mediterránea durante el III milenio a. C., asociados al vaso campaniforme y a la cerámica cordada.

En Asia central u oriental no puede hablarse de una Edad del Cobre con entidad suficiente, dada su corta duración, ya que el desarrollo de la metalurgia en lugares como la India o China comenzó realmente con el bronce.

Edad del Bronce

La Edad del Bronce es el período de la prehistoria en el que se desarrolló la metalurgia de este metal, resultado de la aleación de cobre con estaño. El término, que acuñó en 1820 el arqueólogo danés Christian Jürgensen Thomsen para clasificar en tres edades las colecciones de la Comisión Real para la Conservación de las Antigüedades de Copenhague, solo tiene valor cronológico en el Próximo Oriente y Europa, puesto que a la metalurgia se llegó a través de procesos distintos en las diferentes regiones del mundo. Su estudio se divide en Bronce Antiguo, Bronce Medio y Bronce Final. Aunque, generalmente, al bronce suele precederle una Edad del Cobre y seguirle una Edad del Hierro, esto no siempre fue así: en el África subsahariana, por ejemplo, se desarrolló la metalurgia del hierro sin pasar por las del cobre y bronce[3].

La tecnología relacionada con el bronce fue desarrollada en el Próximo Oriente a finales del IV milenio a. C.[4], fechándose en Asia Menor antes del 3000 a. C.; en la antigua Grecia se comenzó a utilizar a mediados del III milenio a. C.; en Asia Central el bronce se conocía alrededor del 2000 a. C., en Afganistán, Turkmenistán e Irán, aunque en China no comenzó a usarse hasta 1800 a. C., adoptándolo la dinastía Shang.

La metalurgia del bronce fue, al igual que pasó con la del cobre (véase Calcolítico), una innovación más entre todas las que se produjeron en tales períodos. La gran diferencia es que la primera se desarrolló en contextos desprovistos de minerales, mientras que la segunda lo había hecho en regiones ricas en yacimientos de cobre.

La división tripartita de la Edad de los Metales prima el cambio tecnológico por encima de los de tipo social o económico, al contrario de lo que sucede con el Neolítico. Ello está basado en el supuesto de que la metalurgia provoca la transformación de las sociedades que la utilizan, generando una intensificación del comercio a larga distancia, una cierta especialización laboral y el aumento de la diferenciación social.

Tal innovación es fácilmente reconocible en el registro arqueológico, pero es de menor importancia para la aparición de las primeras civilizaciones urbanas que, por ejemplo, el desarrollo de los símbolos pictográficos e ideográficos que formarían las protoescrituras iniciales. Los jeroglíficos en Egipto, el cuneiforme en Sumeria o el lineal A (todavía sin descifrar) en Creta, convirtieron en una realidad la comunicación escrita de los incipientes estados. Y con la escritura la región entró en la Historia.

La Edad del Bronce es claramente histórica en buena parte del Próximo Oriente[5],​ pero no se dio ningún tipo de ruptura entre las sociedades prehistóricas e históricas de esta parte del mundo.

Edad del Hierro

La Edad del Hierro es el período en el cual se descubre y populariza el uso del hierro como material para fabricar armas y herramientas. En algunas sociedades antiguas las tecnologías metalúrgicas necesarias para poder trabajar el hierro aparecieron en forma simultánea con otros cambios tecnológicos y culturales incluyendo muchas veces cambios en la agricultura, las creencias religiosas y los estilos artísticos, aunque este no ha sido siempre el caso.

La Edad del Hierro es el último de los tres principales períodos en el sistema de las tres edades, utilizado para clasificar las sociedades prehistóricas, siendo precedido por la Edad del Bronce, asimismo la fecha de su aparición, duración y contexto varía según la región estudiada. La primera aparición conocida de sociedades con el nivel cultural y tecnológico correspondiente a la Edad del Hierro se da en el siglo XII a. C. en varios lugares:

  • en el antiguo Oriente Próximo,
  • en la antigua India (con la civilización védica, en la época previa a la composición del Rig-veda) y
  • en Europa, durante la Edad Oscura griega, que abarca desde el colapso del mundo micénico (entre 1200-1100 a. C.) hasta la época arcaica griega (siglo VIII a. C.).

En otras regiones europeas, el inicio de la Edad del Hierro fue muy posterior; no se desarrolló en Europa central hasta el siglo VIII a. C., y hasta el siglo VI a. C. en el norte de Europa. En África el primer exponente conocido del uso del hierro mediante fundición y forja se da en la cultura Nok, en la actual Nigeria, hacia el siglo XI a. C.[6]

La Edad del Hierro también acabó en periodos distintos dependiendo de la región:

  • en la zona del mar Mediterráneo, con el inicio de la tradición histórica durante el periodo helenístico y el Imperio romano
  • en la India, con la llegada del budismo y el jainismo (siglo VII a. C)
  • en China, con el inicio del confucianismo
  • en el norte de Europa se mantuvo hasta la Alta Edad Media.

Se considera comúnmente que la Edad del Hierro en Europa finaliza con la aparición de la escritura.

La Edad del Hierro se dio aproximadamente cuando su producción se constituyó en la forma más sofisticada de la metalurgia. Si bien requiere una alta temperatura de fusión, su dureza y la abundancia de fuentes de mineral de hierro lo convirtieron en un material mucho más deseable y fácil de obtener que el bronce, lo que contribuyó de forma decisiva a su adopción como el metal más usado.

Nunca hubo una Edad del Hierro propiamente dicha en América y Australasia, ya que en estas regiones las tecnologías para trabajarlo fueron introducidas por la colonización europea.

Sociedades urbanas: concepto y teorías explicativas

El cambio a una vida agrícola llevó a las comunidades del Próximo Oriente al sedentarismo, comenzando a aparecer las primeras aldeas y poblados. La ciudad propiamente dicha, si consideramos como tal a un conjunto urbano con una edificación principal (posiblemente un templo), que refleja una sociedad estratificada, podemos situarla hacia el 4000 a. C. en Mesopotamia y Egipto. El porqué se produjo esta transformación no está claro, y existen hipótesis al respecto.

Hipótesis sobre el origen de la sociedad urbana

Hipótesis hidráulica. Wittfogel y Steward señalaron la aparición simultánea de las primeras civilizaciones en regiones donde se practicaba una agricultura de regadío a gran escala, lo que requería coordinación y dirección centralizadas. Wittfogel acuñó el término de “sociedades hidráulicas” mediado el siglo XX.

Hipótesis de la especialización artesanal y la irrigación. Gordon Childe sugirió que con la agricultura de regadío intensiva (irrigación) aparecieron artesanos especialistas que debían ser mantenidos por la producción de otros, lo que hacía necesario un excedente suficiente.

Hipótesis de la presión y los conflictos poblacionales. Conflictos y guerras, provocados por la presión demográfica y los factores económicos, fueron mecanismos que estimularon el crecimiento de poderosas organizaciones administrativas y la agrupación en núcleos urbanos fortificados (R. Carneiro -1970-, I. A. Diakonoff -1991).

Hipótesis del comercio local e interregional. El desarrollo de redes complejas de comercio a gran escala estimuló el crecimiento de la sociedad urbana.

Hipótesis de la urbanización como resultado de factores múltiples. R. McCormick Adams ha planteado la multiplicidad de factores que desencadenan el proceso urbanizador: aumento de tierras cultivables, nacimiento de una élite religiosa, desarrollo administrativo, comparando en 1966 las similitudes entre el caso mesopotámico y el México prehispánico.

En este estado de desarrollo podemos citar unos rasgos distintivos, que son: urbanización; aparición de la escritura (como instrumento contable al aumentar el comercio, la producción y el excedente); aparición de una clase dirigente que domina a los productores (agricultores y pastores); estas primeras ciudades se localizan en Egipto y Mesopotamia.

En Mesopotamia, los periodos de Uruk (3600-3100) y Jemdet Nasr (3100-2900) presentan escritura, explotaciones agrícolas de importancia y posiblemente la existencia de una clase dirigente religiosa, a cuyo frente estaría un rey-sacerdote. En Egipto los periodos Gerzeense y Semainiense (3500-3000), antecedentes inmediatos del Imperio Antiguo, presenta escritura jeroglífica y actividad comercial.

Durante el III milenio algunas poblaciones mesopotámicas y egipcias desarrollaron sus estructuras urbanas y sociales llegando a construir ciudades-estado, confederaciones de ciudades e incluso imperios dirigidos por una élite étnico-militar. El poder militar y económico de los gobernantes se plasmó en el desarrollo administrativo y la aparición de leyes. Al frente de estas construcciones políticas estaba un rey-sacerdote, con la suma autoridad militar y religiosa. Pero veamos esto con más detenimiento.

Condicionantes geográficos e históricos

Las condiciones naturales en las que nacieron las primeras sociedades urbanas (cuencas de grandes ríos para disponer de recursos hídricos) fueron condicionantes, pero en ningún caso determinantes, para pasar de la Protohistoria a la Historia. Ello se debe a que hay otra multitud de factores recurrentes que influyeron en el desarrollo de estas sociedades: políticos, económicos, ideológicos, religiosos o culturales. Por lo que se refiere a estas primeras sociedades próximo-orientales, la construcción del espacio histórico es el resultado de dos tendencias complementarias: una, política, en cuanto que las necesidades de defensa y mayores recursos rompen con el tradicional aislamiento de comunidades dispersas; otra, económica, impulsada por la falta de recursos suficientes para el mantenimiento de la nueva comunidad, tendencia que abocó a mantener el contacto con otros pueblos. Las sucesivas culturas protohistóricas (El-Obeid, Uruk, Jemdet Nasr) aportaron los elementos básicos que definen a grandes rasgos el estadio de civilización que, en términos históricos, se corresponde con la formación del Estado: aumento del núcleo habitado, producción cerámica diferenciada de la agrícola, difusión del uso del metal, escritura (en origen destinada al control de la economía del templo) y una cierta organización de los grupos existentes dentro de la comunidad.

La formación de los primeros estados

Tanto en Egipto como en Mesopotamia las construcciones políticas que nacen después de la revolución neolítica son entidades que podríamos llamar “monárquico-religiosas”, por cuanto el dirigente es “rey” (poder político) y “sacerdote” (poder religioso) ante su comunidad. En la civilización egipcia, el rey-faraón es considerado un dios, tanto en vida como después de la muerte. En Mesopotamia, en cambio, el rey es un hombre a quien la divinidad ha encargado velar por el bien de la comunidad dotándolo de poderes extraordinarios (defensa, administración de justicia, control sobre el agua, contra maleficios, sobre la lluvia y el sol) que puede perder si no retiene la confianza de la deidad protectora. Naturalmente, algunos de estos poderes eran ficticios, pero desempeñaron un importante papel como fundamente ideológico de la autoridad en los primeros “estados”. Puesto que la realeza era de origen divino, el rey era el depositario de la voluntad de los dioses. Asimismo, el origen divino de la realeza se corresponde con un periodo (Protodinástico I y II) en que la organización del templo del dios-patrono de la ciudad dominaba sobre cualquier otra, incluido el palacio. Poco a poco este modelo se fue compartimentando, surgiendo dos poderes paralelos: el religioso (templo, sacerdotes) y el político (palacio), apareciendo un tipo de civilización que la historiografía ha dado en llamar “de modelo templo-palacial”, y que podemos encontrar a partir del III milenio en Egipto y Mesopotamia.

A diferencia de otras formas políticas primarias, la organización del Estado supone la existencia de un grupo privilegiado (sacerdotes, funcionarios) que participa directamente de los beneficios productivos o excedentarios, recibidos en forma de tributos u ofrendas por los servicios prestados a la comunidad. Este esquema redistributivo (que tiene su sede física en el templo y/o palacio) implica tanto al rey o jefe político como a sus consejeros más próximos. Surge así la diferenciación social básica en estos primeros estados: en función del trabajo, entre quienes trabajan y quienes hacen trabajar y controlan la producción. Esta organización necesita pronto de un grupo dedicado exclusivamente a la defensa de bienes e intereses comunes, que es el germen de una organización militar que sustituye al “pueblo en armas” de las formaciones tribales o de aldea. La evolución de este grupo permitirá llevar a cabo empresas exteriores, de manera que aumente el control del rey o del faraón sobre nuevos territorios y súbditos.

Mesopotamia

La evolución política de Mesopotamia desde la aparición de los primeros documentos escritos (ca. 3200, en Uruk) conoce varios periodos. El primero de ellos es conocido como Protodinástico (ca. 2750-2250), que a su vez se divide en subperiodos (I, II, III), los cuales se corresponden con la sucesión de tres tipos de dinastías políticas: míticas, mítico-heroicas e históricas. En el Protodinástico I el templo es el centro de la vida económica. En este periodo tuvo lugar el diluvio, leyenda que recuerda por su contenido y finalidad didáctica a la expuesta en la Biblia hebrea mucho después.

Durante el Protodinástico II se configura el palacio como organización económica paralela al templo. Gracias a las Listas Reales sumerias conocemos nombres de reyes (reales o míticos), como el conocido Gilgamesh de Uruk (ca. 2650 a. C.). El periodo Protodinástico III consolida la separación entre el templo y el palacio, en virtud de un lento proceso de laicización del poder. Lugalzagesi de Umma logra la primera unificación política y territorial de Sumer hacia 2350 a. C.

El imperio de Ebla

Mientras tanto, en Siria, y enlazando territorialmente el imperio de los faraones egipcios y las ciudades-estado sumerias, encontramos la ciudad de Ebla, que dominó un importante territorio a mediados del III milenio, con un peso importante del comercio como sustento de la ciudad.

El imperio acadio

Por su situación, Mesopotamia era un país abierto a influencias exteriores. El desarrollo alcanzado por las comunidades urbanas del área atrajo a poblaciones seminómadas vecinas. Desde mediados del III milenio grupos semitas procedentes de la península Arábiga alcanzaron la Baja Mesopotamia y asimilaron la cultura sumeria.

Algunos de estos semitas alcanzaron puestos de cierta responsabilidad en ciudades-estado sumerias. En la ciudad de Kish, Sharrukin, copero del rey, se apoderó del trono y creó el primer imperio mesopotámico. La figura de este rey aparece vinculada a un ciclo mítico que implica a otros grandes personajes de la Antigüedad como Moisés, Ciro o Rómulo: origen oscuro, salvación milagrosa, adolescencia sombría, destino universalista y salvador de su pueblo. Sharrukin, que se hizo llamar Sargón, fue abandonado en el Éufrates y recogido por un barquero. Sargón derrotó a Lugalzagesi de Umma y consolidó su imperio desde la ciudad de Akkad, que da nombre al imperio acadio de Sargón I. Su nieto Naramsin afianzó sus conquistas, pero con los sucesores de éste el imperio se derrumbó. Las revueltas internas y la infiltración de nuevos pueblos llevaron al imperio sargónico a su fin. Entre estos pueblos invasores encontramos a los “qutu” o “guti”.

Los guti y la dinastía III de Ur

Los “guti”, procedentes de Irán, disputaron su hegemonía a algunas ciudades sumerias como Uruk y Lagash. Los reyes de las ciudades-estado fueron expulsando a los “guti”. En el último siglo del III milenio los soberanos de la III dinastía de Ur lograron un “renacimiento sumerio”, aunque en realidad el imperio de Ur era más económico que político. El sistema de canales fue ampliado para incrementar la tierra irrigable, y se desarrolló la literatura sumeria. La penetración de nuevos pueblos (cananeos) y el expansionismo asirio por el norte acabaron con el florecimiento sumerio. Dentro de este florecimiento debemos mencionar una importante cultura matemática (sistema sexagesimal, observación astronómica), arquitectónica (zigurats) e hidráulica (irrigación mediante canales).

Egipto

Según la tradición, la formación del Estado egipcio habría sido obra de Menes (Narmer), el primer rey-faraón, un personaje semilegendario que habría establecido el culto a Ptah, dios creador del universo, en Menfis. Pero en realidad la formación del Estado y la configuración de la teología sincrética de las primeras dinastías egipcias son tan sólo los resultados más significativos (político y religioso) de un lento proceso de unificación, cuyos orígenes se remontan a tiempos prehistóricos.

Precedentes neolíticos: el dualismo de culturas

Los hallazgos arqueológicos han demostrado la existencia de aldeas neolíticas tanto en el Norte (Delta) cono en el Sur (Valle del Nilo). El Neolítico egipcio es influencia del asiático. En Egipto existe también un periodo Predinástico, a semejanza de lo datado en Mesopotamia, que empieza hacia el V milenio y se extiende hasta aproximadamente el 3100 a. C. De este legendario periodo quedó la historia del rey-escorpión, y quizás la existencia del primer rey-faraón. La unificación de Egipto supuso que el Norte (Delta, Bajo Egipto) y el Sur (Valle, Alto Egipto) quedasen bajo un mismo poder político. La mitología egipcia refiere un Norte con capital en Heliópolis y cuyos dioses-patrones eran Horus y Uadjet (la diosa-cobra); y un Sur con capital en Hierakónpolis, con Seth y Nekhbet (diosa-buitre) como dioses locales. Poco importa que fuese por una imposición del Norte sobre el Sur o del Sur sobre el Norte. Lo que sí puede comprobarse por los hallazgos arqueológicos (Paleta de Narmer, maza del rey-escorpión) y escritos (Textos de las Pirámides, Lista de Manetón) es que Narmer reconocía la existencia de dos Egiptos: el Alto Egipto (representado por la corona blanca) y el Bajo Egipto (corona roja). La capital se estableció en Menfis, en la confluencia entre la costa mediterránea y la primera catarata. En ese momento empiezan las “interminables” dinastías faraónicas, cada una de las cuales incluye varios faraones y que fueron recopiladas en el siglo III a. C. por Manetón en una larga lista.

Época Tinita (dinastías I-II)

Este primer periodo de la historia del antiguo Egipto es conocido así por el nombre de la capital (la ciudad de Tinis), próxima a Abydos. La época tinita (ca. 3100-ca. 2600) contiene ya algunos de los elementos institucionales y sociales que caracterizarán la historia posterior: la residencia real tiende a fijarse en el Delta; la expansión hacia el Norte (Sinaí), Sur (Nubia) y Este (Mar Rojo) preludia la futura política exterior faraónica de los “imperios”; la configuración de órganos administrativos de tipo provincial (nomos). Estos cambios suponen la consolidación de la realeza faraónica.

La incipiente centralización del Estado llevada a cabo por la monarquía unificadora supuso en Egipto, como en otras áreas del Próximo Oriente, un fuerte impulso a los métodos y sistemas más estrechamente ligados a su mantenimiento: la escritura, como medio de control; la irrigación, como instrumento de poder; los ritos y símbolos religiosos, como legitimación del poder faraónico; el conocimiento práctico (medidas, pesos, cálculo, calendario, observación astronómica), que constituía el soporte técnico y cultural necesario para el mantenimiento y avance del nuevo Estado.

El Imperio Antiguo egipcio

El Imperio Antiguo, que comprende las dinastías III-VI (ca. 2600-2180 a. C.) constituye la primera fase de esplendor de la milenaria historia egipcia. Contra el tópico de su aislamiento milenario, Egipto se vio obligado pronto a traspasar sus límites naturales por razones económicas, dado que el país (como Mesopotamia) era deficitario en madera, piedra y minerales. El Estado organizó expediciones oficiales encargadas de adquirir estos productos en el extranjero (Siria, Libia, Nubia, Etiopía). Al principio estas expediciones no tenían carácter de conquista, sino de expediciones punitivas contra quienes obstaculizaban el comercio. A lo largo de estos siglos se consolidó la estructura estatal se configuró un sistema sociopolítico basado en la figura del rey-dios. De los faraones “servidores de Horus” se pasó al faraón “hijo de Ra”. En este periodo, la jerarquía religiosa que rendía culto a Ra tenía un gran poder, controlando incluso en ocasiones la elección del faraón.

La dinastía III tiene en Zoser a su faraón más conocido, pero la figura dominante fue la del arquitecto y médico Imhotep (constructor de la pirámide escalonada de Saqqara).

En la dinastía IV se construyeron las grandes pirámides para los faraones principales de la dinastía (Keops, Kefrén y Mikerynos). Las pirámides eran la parte más visible de los complejos funerarios de los faraones. La creencia en la vida del más allá explica también estas construcciones. En cualquier caso, la realización de estas grandes construcciones no sería posible sin un esfuerzo colectivo, aunque la forma en que éste se consiguiera continúa siendo una de las piezas clave de los “secretos” que aún albergan las pirámides.

Durante las dinastías V y VI se abandonaron los grandes proyectos arquitectónicos, aunque siguieron construyéndose pirámides. Con el paso del tiempo los nomarcas (gobernadores de los nomos) que eran nombrados por el poder central, acabaron siendo puestos hereditarios, creándose dinastías locales que acabaron rivalizando con el poder central. Hacia 2180 las disputas entre dinastías locales y faraónicas llevaron al desmembramiento del Estado en las dinastías posteriores (VII-X), periodo que suele denominarse “Primer Periodo Intermedio”. El separatismo de los nomarcas, convertidos en auténticos “señores feudales”, acabó estrangulando la economía del país. A finales del III milenio tuvo lugar la reunificación del país bajo un mismo soberano, Mentuhotep, príncipe tebano que inicia la dinastía XI. Egipto entraba así en el Imperio Medio.

El imperio nuevo de Egipto y el Valle de los Reyes

El Valle de los Reyes fue la necrópolis elegida por los faraones del Imperio Nuevo como lugar para su eterno descanso o, ateniéndose a las creencias de los antiguos egipcios, para su tránsito de esta a la otra vida. A diferencia de las necrópolis del Imperio Antiguo como las de Guiza o Saqqara, la del Valle de los Reyes trataba de pasar desapercibida. Los faraones dejaron en torno al año 1500 a.C. de construir pirámides y decidieron enterrarse bajo tierra en tumbas de gran tamaño, auténticos complejos funerarios repletos de pasillos y cámaras sobre cuyas paredes realizaban vistosas inscripciones y dibujos.

Eso es todo lo que ha quedado de estas tumbas a excepción de la única que ha llegado hasta nuestros días, la de Tutankamón, el faraón niño de la dinastía XVIII que reinó hace unos 3.300 años. La de Tutankamón está en el mismo corazón del Valle de los Reyes. Fue descubierta por el arqueólogo inglés Howard Carter hace un siglo, en 1922, y por la riqueza de su ajuar constituye uno de los grandes tesoros del antiguo Egipto. La tumba de Tutankamón que, por lo demás, fue un faraón menor, nos permite hacernos una idea de cómo era aquella sociedad y el asombrosamente alto nivel de riqueza material que alcanzó hace más de tres milenios. También nos permite imaginar como serían las tumbas de los grandes faraones del Imperio Nuevo como Ramsés II, Seti I o Tutmosis II, enterrados todos en el Valle de los Reyes. Nos han llegado sus momias, pero no sus ajuares, que fueron saqueados en la antigüedad.

Lo que los ladrones no pudieron llevarse fueron las pinturas de sus tumbas, que son un testimonio de incalculable valor sobre la vida, las costumbres y las creencias de aquellas gentes. Gracias a ellas los arqueólogos han conseguido recrear con gran exactitud lo que fue el Imperio Nuevo, el periodo más próspero del Egipto faraónico.

Conclusión

El proceso de neolitización constituye una de las grandes revoluciones de la humanidad, porque significó el paso de las sociedades depredadoras a las productoras, iniciándose así el alba de la civilización. Dicho proceso está marcado por unos ritmos cronológicos muy amplios y desiguales en función de las zonas geográficas, existiendo unas zonas nucleares que a partir del IX milenio iniciaron un lento camino en la implantación del Neolítico. El Neolítico más temprano fue el mesopotámico, aunque el desarrollado en el valle del Nilo fue mucho más veloz, por lo que al final del periodo Egipto se coloca al mismo nivel de desarrollo que Mesopotamia. En Europa el proceso es más tardío, llegando a los Balcanes y el Egeo sobre el VII milenio. Todo esto condujo a la revolución urbana en aquellos lugares donde triunfó el Neolítico. Este proceso condujo al dominio de las ciudades sobre las aldeas; la división del trabajo; la estratificación social; la aparición de la metalurgia y la escritura; la creación de formas políticas estatales.

Bibliografía y referencias web

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FERNÁNDEZ ARMESTO, F. (2002). Civilizaciones. La lucha del hombre por controlar la naturaleza. Madrid: Taurus.

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GORDON CHILDE, V. (1972). El origen de la civilización. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

KINDER, H. y W. HILGEMANN (2006). Atlas histórico universal. Madrid: Akal

LEROI-GOURHAN, A. (2000). La Prehistoria en el mundo. Madrid: Akal.

Revistas especializadas

BRAIDWOOD, R. J. (1960). The agricultural Revolution, Scientific American, 203.

CAUVIN, J. (1989-1991). “El proceso de neolitización en el Próximo Oriente”, en Arqueología Prehistórica del Próximo Oriente, UAB.

Notas

[1] Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi. Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana. p. 173.

[2] Eiroa, Jorge Juan (1996). «La Prehistoria. La Edad de los Metales». Madrid (primera edición) (Ediciones Akal). p. 12

[3] Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi (2005). «Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana». Barcelona (primera edición) (Ed. UOC), p. 173.

[4] Margueron, Jean-Claude (2002). «Las primeras utilizaciones de los metales». Los mesopotámicos. Fuenlabrada: Cátedra.

[5] Fullola, Josep Mª; Nadal, Jordi (2005). «Introducción a la prehistoria. La evolución de la cultura humana». Barcelona (primera edición) (Ed. UOC), p. 171.

[6] Duncan E. Miller y N.J. Van Der Merwe, ‘Early Metal Working in Sub Saharan Africa’ Journal of African History 35 (1994) 1-36. Minze Stuiver y N.J. Van Der Merwe, ‘Radiocarbon Chronology of the Iron Age in Sub-Saharan Africa’ Current Anthropology 1968.

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