En esta página vamos a plantear un cinefórum para hablar sobre el expolio del patrimonio artístico y cultural español. Trataremos de establecer un recorrido histórico por los siglos XIX y XX en un intento de seguir la pista a las múltiples destrucciones y amputaciones infligidas al patrimonio artístico español. Y la película «El tren» que luego comentaremos nos da la excusa perfecta.
Un poco de historia…
Pocas naciones como España han padecido con mayor virulencia el expolio de sus obras de arte: invasiones extranjeras, desamortizaciones de infausta memoria y una guerra civil que cobijó bajo sus alas el más exagerado de los odios religiosos han sido algunas de las causas de este expolio sin parangón. Pero tampoco han faltado la avaricia de coleccionistas sin escrúpulos, la connivencia de las autoridades civiles ni la desorientación eclesiástica que en un prurito de modernidad y al socaire de reformas litúrgicas posconciliares favoreció los destrozos más lamentables.
En su obra: «Pintura española fuera de España» publicada en 1958 el historiador de arte Juan Antonio Gaya Nuño llega a computar hasta 3.150 tablas y lienzos de todas las épocas que nos han sido arrebatados. Pero tal catastro documentado por Gaya Nuño es tan sólo de la punta del iceberg de un desastre sin paliativos que incluye también obras escultóricas y hasta arquitectónicas arrambladas por saqueadores que durante décadas se pasearon por los pueblos de España perpetrando los latrocinios más sangrantes a veces de forma presuntamente legal. Tampoco se detiene Gaya Nuño a considerar la multitud de obras que no se hallan en España pero tampoco fuera de España. Obras de arte destruidas por iconoclastas de diverso pelaje, abandonadas a la incuria, despedazadas por el furor de los hombres.
De todo este ingente patrimonio español perdido que ha pasado a ocupar las dependencias de un auténtico «museo de niebla» vamos a ocuparnos hoy al hilo de los acontecimientos históricos que lo propiciaron.
Nos referiremos a la ocupación francesa de 1808 que dio ocasión a los soldados napoleónicos para repetir en nuestro suelo los episodios de violencia en las personas y en las cosas que caracterizaron la Revolución Francesa, a las infaustas desamortizaciones que auspiciaron bajo un manto legal un proceso de devastación, disgregación, venta y extravío de nuestro arte religioso y, por supuesto a los acontecimientos luctuosos acaecidos durante la II República y la Guerra Civil desde la incautación de bienes eclesiásticos al furor desatado que convirtió iglesias y conventos en pasto de las llamas y del pillaje.
Pero no descuidaremos tampoco otros episodios menos estrepitosos o encarnizados, algunos, por cierto, muy recientes que de tan gigantescos suelen pasarnos inadvertidos. Detrás de la iconoclastia hay siempre un odio a la belleza. Un odio a veces anestesiado por la codicia, a veces disfrazado de coartadas ideológicas incluso filantrópicas, estéticas o religiosas pero odio a fin de cuentas. La destrucción y el expolio son, tristemente, un rasgo constitutivo de la historia humana. Allá donde los hombres han estado han dejado testimonio de su paso por la tierra creando belleza pero también destruyéndola. Y quizá no haya expresión más nítida del carácter contradictorio de nuestra naturaleza que esta doble pulsión creadora y destructiva que es apetencia de luz y de tinieblas, amor y odio a la belleza amalgamados de manera inextricable, misteriosamente indisoluble.
Alguien podría elaborar una historia del arte que atendiese antes que a la evolución de las tendencias estéticas a la periódica ansia iconoclastia que acomete a las comunidades humanas, no sólo a las más atrasadas o bárbaras sino también a las más desarrolladas y pacíficas. Y sospecho que tal historia de la iconoclastia sería, al menos, tan dilucidadora del eterno humano como la más erudita y exhaustiva historia del arte. El odio a la belleza es un sentimiento de naturaleza demoníaca que enardece a los pueblos convertidos en chusma pero, curiosamente también a sus élites más refinadas que pueden llegar a utilizar tal refinamiento como coartada o justificación de sus desmanes. Sobre este execrable y sempiterno odio a la belleza que en España ha adquirido dimensiones descomunales, sobre sus hitos más sombríos y sobre sus causas más profundas trataremos aquí.
El tren
Con motivo de la película El Tren realizaremos algunas reflexiones acerca del patrimonio cultural español y su
Ficha técnica
El tren, trepidante producción italo-franco-americana dirigida en 1964 por el director John Frankenheimer. A Frankenheimer se le conoce por el sello personalísimo que plasmó en cintas como El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 1962), Siete días de mayo (Seven Days in May, 1964), El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, 1962), Plan diabólico (Seconds, 1966) o Ronin (1998) entre otras. Fueron Franklin Coen y Frank David los responsables de guionizar El tren, de cuya fotografía se encargó el dueto formado por el francés Jean Tournier y Walter Wottiz, ganador de un Oscar por su trabajo en El día más largo. Capítulo aparte merece el responsable de la banda sonora de la cinta, ya que ha sido uno de los músicos más reputados en el circuito internacional desde los años sesenta hasta su fallecimiento en 2009. Nos referimos a Maurice Jarre, autor de melodías tan celebradas como las que recorren los fotogramas de Laurence de Arabia, Doctor Zhivago, Mad Max, El club de los poetas muertos, o Ghost, solo por citar algunas.

Reparto
Pero vamos ahora con el reparto de El Tren. Lo encabeza Burt Lancaster, actor que trabajó codo con codo con el director de la cinta en otras cuatro ocasiones: Siete días de mayo, El hombre de Alcatraz, Los temerarios del aire y Los jóvenes salvajes. Lancaster en El Tren dará vida a Labiche, el responsable de una estación ferroviaria que falta de pocos días para que los aliados entren en un París aun ocupado por los nazis, habrá de intentar evitar que un tren repleto de obras de arte francesas llegue a Alemania para no volver. En su aventura se topará con amigos y compañeros capaces de sacrificar la vida por salvar el patrimonio galo. Este será el caso de los personajes interpretados por Michel Simon (Papa Boule), Albert Rémy (Didont), Charles Millot (Pesquet), y muy especialmente Jeanne Moreau, que encarna a Christine, dueña de un modesto hotel que no vacilará en esconder al prófugo Labiche. El mayor obstáculo que deberán sortear estos patriotas será el del ingenio del perverso coronel alemán Von Waldheim, a quien dará vida soberbiamente Paul Scofield.
Acción a raudales, intriga y un toque dramático son los ingredientes principales de esta película.
El director: John Frankenheimer
John Frankenheimer pertenece a la llamada generación de la televisión, un grupo de cineastas que habían hecho sus primeras armas como realizadores televisivos, entre quienes se contaban nombres que luego darían al cine títulos señeros como Sidney Lumet, Delbert Mann, Robert Mulligan o Arthur Penn. Precisamente sería Penn el hombre asignado en un principio al proyecto de El Tren, pero a los pocos días de rodaje, Burt Lancaster que no sólo era la estrella de la película, sino también su productor decidió despedirlo viendo que su estilo más divagatorio e intimista no se ajustaba a las convenciones de un thriller de acción trepidante y preciso que era exactamente lo que Lancaster quería que fuese la película. Tras una reescritura urgente del guión, Frankenheimer se hizo cargo de la dirección, demostrando que era exactamente el hombre que Lancaster necesitaba. Y es que no en vano ambos ya se conocían a la perfección. El estilo seco, directo y exento de florituras de Frankenheimer y la fisicidad que desprendía Lancaster (pese a que ya había sobrepasado la cincuentena), se aliaron en una película que fue rodada casi en su integridad en escenarios naturales aprovechando las facilidades prestadas por la empresa nacional de ferrocarriles franceses, que permitió incluso que los choques de trenes y los sabotajes urdidos por la resistencia francesa fuesen realizados utilizando máquinas originales ya en edad de jubilación que tras la película quedarían inservibles.
El tren se basa en una historia real que, en efecto, ocurrió en los días postreros de la ocupación de Francia. Los alemanes trataron de evacuar los cuadros del museo Jeu de Paume, pero la resistencia se las ingenió para que el tren que los transportaba saliese de París. Esta maniobra de distracción se convierte en la película de Frankenheimer en una compleja y calculada operación de salvamento llena de tensión dramática y suspense en la que se enfrentan los temperamentos aparentemente contrarios pero igualmente obsesivos e indomables del ferroviario Labiche y el coronel Von Waldheim.
El tren tal vez sea la una de las mejores películas de acción ambientada en la II Guerra Mundial jamás realizada. Los cincuenta años transcurridos desde su estreno no han hecho sino aquilatar sus virtudes narrativas.
Impresiones sobre la película
Tras ver esta película podemos caer en el peligro de centrar la protección del arte en un momento o acontecimiento histórico concreto. Si cambiáramos los escenarios y los personajes podríamos ver caravanas de obras de arte a punto de travesar fronteras muy similares a las que aparecen en El tren. Las obras de arte podían ir en carromatos dirigidos precisamente por franceses si nos trasladáramos a la España de 1808 o en camiones a través de la frontera camino de Figueras del exilio en el expolio organizado por el gobierno republicano en la guerra civil.
La película El tren tiene un concepto de arte como expresión del genio nacional francés. La mayor parte del arte destruido es de naturaleza religiosa. El arte es expresión de una civilización, en el caso de España una civilización cristiana. En la medida que se destruye arte, no solo se destruye belleza sino también civilización.
Modélica, cuidado de la fotografía, grandísimos aciertos, antológica. La banda sonora ciertamente acompaña a la acción, otros aspectos más inactuales. Los episodios bélicos. Se pasa un punto en el aspecto patriótico, con una retórica un tanto altisonante y suena demasiado impostada. Un defecto o una virtud, en España el sentido patriótico se ha perdido casi totalmente y esto llama mucho la atención.
Sacados los cuadros y esculturas en carretas hay episodios similares aquella caravana de obras de arte que -gracias a Dios- se contiene, a los guerrilleros y al ejército inglés muy cerca de la frontera durante la Guerra de la Independencia después de la batalla de Vitoria (21 de junio de 1813) pone de actualidad un tema que sigue siendo actual. El expolio de Bagdad o de los museos de Egipto son bien recientes. Por desgracia los expolios de arte no son una cosa del pasado.
Gran guión e interpretación. Lancaster y Scofield. Sugiere muchísimas cosas, no solo el expolio sino también la resistencia que sería otro gran tema. Después de las investigaciones históricas sabemos que no toda Francia fue tan resistente como lo presentan sino más bien lo contrario.
Y también se sugiere otro tema, la identificación del arte con la nación aunque en este caso se cuelan a Picasso y Miró como franceses. Y recuerda a algunas películas como la de Renoir, Esta tierra es mía (1943) en la cual se describe como los nazis presionan las conciencias y las vidas en la Francia ocupada con ese soberbio personaje que es Charles Laughton, hasta hacer el discurso final de la película en pro de la libertad. Es una película admirable y tiene algunas reflexiones importantes que se pueden aplicar muy bien al caso español. Utilización del blanco y negro es una estética muy acertada, carácter histórico. Chateubriand, Memorias de ultratumba. Debate habla de napoleón que quiso hacer lo mismo en Rusia, expoliar su patrimonio pero no le dio tiempo y el invierno se lo impidió.
En la literatura existente sobre la resistencia francesa se puede llegar a la conclusión de que los franceses son unos habilidosísimos propagandistas de sí mismos que han logrado transmitir a la cultura occidental la idea de que ellos fueron unos denodados resistentes frente a la ocupación alemana cuando realmente la resistencia francesa fue muy escasa al menos hasta que empieza a derrumbarse el poderío militar alemán. Degaule les hizo creer que todos habían sido resistentes para ayudar a la reconstrucción de Francia y paliar esa mala conciencia les hizo.
La mayor corrupción de los sistemas políticos son los que niegan la trascendencia al hombre como es el sistema nazi, el sistema comunista o la ideología liberal progresista. Y por fuerza no he podido menos de poner en relación los dos expolios que sufre el patrimonio de Francia: en 1789 en la Revolución Francesa cuando se incautan de todos los bienes de la Iglesia y en 1905 cuando la ley Combes hace una segunda incautación. Por esta razón no vemos ni un solo cuadro religioso en El tren porque se los habían llevado todos antes. Esto da pie para hablar de nuestro expolio donde además de los criterios económicos (se expolia para conseguir dinero) también se expolia por motivos antirreligiosos.
La protagonista Jeanne Moreau es a su vez es protagonista de otra gran película: Diálogo de Carmelitas. Película con unos actores secundarios maravillosos como Michele Simon (Papa Boule), uno de los actores míticos del cine clásico francés. Lo podemos ver en L’Atalante (1934) de Jean Vigo o algunas de las películas de Jean Renoir, Boudu salvado de las aguas (1932), por ejemplo. Aquí hace Papa Boule, ese maquinista que es ejecutado por defender sus ideales. Esos actores perfectos para el papel, tiene cara de ferroviario. Y esta es una película en la que, al colaborar en ella la red de ferrocarriles franceses es de una verosimilitud extraordinaria. Hasta los choques, los sabotajes de las máquinas son de verdad.
El tema del expolio del arte de los alemanes durante la II Guerra Mundial es muy interesante y todavía es un tema que colea, por ejemplo, hay quienes reclaman obras del museo Thyssen de Madrid. Hay varias obras que proceden de expolios. Probablemente también en el Reina Sofía.
En la película ocurrió una anécdota graciosa y es que Burt Lancaster que prácticamente está presente a lo largo de todo el metraje, un día se tomó descanso. El director se dedicó a rodar con otros actores. Burt Lancaster se fue a jugar al golf y se lesionó la rodilla y se quedó cojo. A partir de ahí, el director le dijo: ahora te fastidias, vamos a finjir que te pegan un tiro cuando escapas del tren y te vas a tirar el resto de la película cojeando.
Los bienes culturales en España en el siglo XIX
En 1793 Leandro Fernández de Moratín visitaba la Real Academia de las Artes de Londres y afirmaba que solo había 856 cuadros de los que 331 eran retratos. Los otros, añadía, son vistas, ruinas, y paisajes. Hay una gran escasez de cuadros de gran composición y estudio exceptuando media docena de obras ejecutadas por buenos pintores. Lo demás es fundamentalmente mezquino y pueril propio para adornos de gabinete y cajas de tabaco. Unos años más tarde si Moratín hubiera visitado los museos londinenses se habría tropezado con muchas obras maestras procedentes de patrimonio español.
Los expolios sistemáticos de nuestro patrimonio artístico se inician durante la Guerra de la Independencia en la que mucha sangre patria se derramó hasta que logramos expulsar a los franceses tras una convulsa y lucrativa operación militar. Eso sí, no se fueron con las manos vacías. Dejando aparte los innumerables destrozos y rapiñas perpetrados por la soldadesca son de sobra conocidas las tropelías cometidas por José I y su famoso equipaje compuesto por centenares de carruajes cargados con obras de arte procedentes del palacio real de Madrid interceptadas luego por Wellington y despreciadas por el monarca Fernando VII. Otros responsables famosos del despojo fueron el mariscal Soult conocido por su predilección por los murillos compartida, por cierto, por el general Mathieu de Faviers, Murat que saqueó el palacio de Aranjuez de Godoy, Sebastian y Crochart, D´Armagnac, Dupont o los marchantes Le Brun. La lista es interminable y el daño causado a nuestro patrimonio pese a la resolución del Congreso de Viena de 1815 es incalculable como reconoció en varias ocasiones el reputado historiador Gaya Nuño. Hoy podemos ver obras que un día fueron patrimonio español enriqueciendo en el mejor de los casos las paredes de museos franceses, ingleses, rusos o norteamericanos o bien, diseminadas en multitud de colecciones particulares.




Capítulo aparte pero capítulo ominoso para nuestro patrimonio fue el acaecido durante el mismo siglo XIX de la mano de las sucesivas desamotizaciones iniciadas bajo los auspicios de Godoy durante el reinado de Carlos IV en el que se procedió a expropiar los bienes de los jesuitas alcanzando su apogeo durante el trienio liberal entre 1820 y 1823. Posteriormente el ministro Juan Álvarez Mendizábal desposeyó a la Iglesia de ingentes propiedades que fueron a para a manos de oligarcas y grandes propietarios. Más tarde el regente Baldomero Espartero en 1841 y sobre todo el ministro Pascual Madoz en 1855 promovieron nuevas desamortizaciones de bienes eclesiásticos y de propiedades comunales contribuyendo así al expolio y al empobrecimiento de los pueblos y aldeas de España.
El patrimonio cultural español a lo largo del siglo XX
Hablamos ahora del expolio del patrimonio artístico español perpetrado en el siglo XX. Es imposible no mencionar la quema de conventos ocurrida entre el 11 y el 12 de mayo de 1931, apenas un mes después de la proclamación de la República. Los acontecimientos de Asturias durante la revolución de octubre del 1934 y los numerosos asaltos a templos en los meses anteriores al estallido de la guerra que José María Gil Robles denunciara en el Congreso de los diputados según se recoge en el diario de sesiones del 16 de junio de 1936. Pero sería a partir de julio de 1936 cuando el odio religioso alcanzase cotas inimaginables merced a la acción de milicias socialistas, comunistas y anarquistas descontroladas o bajo la observancia pasiva de un gobierno dimisionario que martirizaron a miles de sacerdotes y religiosos y saquearon o destruyeron cientos de templos con pérdidas incalculables para el patrimonio artístico español. Regiones como Cataluña o Valencia, ciudades como Madrid o pueblos como Barbastro, por citar unos pocos ejemplos, sufrieron en sus carnes este estallido iconoclasta y cristofóbico sin precedentes.
Aunque ningún episodio expoliador revistiese la gravedad de los acaecidos durante los años de la guerra civil, los saqueos y destrucciones de nuestro patrimonio no se detuvieron ahí. Antes y después de la guerra coleccionistas y anticuarios a veces foráneos como Arthur Byne que llegó a desmontar piedra a piedra el claustro del monasterio de Santa María de Sacramenia para solaz del magnate de la prensa William Randolph Hearst y a veces autóctonos como el catalán Federico Marés siguieron expoliando sin remilgos nuestro patrimonio.
Pero el patrimonio español habría de enfrentarse a otra plaga asociada a la reforma litúrgica posconciliar que propició que cientos de iglesias fuesen despojadas o amputadas de sus altares, sillerías, sagrarios, retablos, púlpitos e imágenes en un extraño intento de adecuar nuestro arte sacro a las nuevas tendencias arquitectónicas y decorativas. Lo ocurrido fue tan grave que ha merecido una reprobación en la circular del 15 de octubre de 1992 de la Pontificia Comisión para la Conservación del Patrimonio Artístico e Histórico de la Iglesia, ahora llamada para los Bienes Culturales de la Iglesia. Por restauraciones devastadoras arguyendo motivos de adaptación litúrgica. Circular que confirma otra de la Congregación para el clero dirigida a los presidentes de las conferencias episcopales de 11 de abril de 1971 en la que se denuncia que ha habido muchos que, olvidando las normas y disposiciones emanadas de la Santa Sede han tomado como pretexto la renovación litúrgica para verificar cambios absurdos en los lugares sagrados arruinando y perdiendo obras de inestimable valor.